París, la ciudad del amor, se convirtió en el escenario perfecto para que Alec Lightwood experimentara el mundo más allá de Nueva York e Idris. Tras tres días en la antigua y hermosa metrópoli, Alec comenzaba a familiarizarse con el ritmo de la ciudad, aunque la magia de Magnus Bane, el Gran Brujo de Brooklyn, sin duda había influido en su capacidad para encontrar el camino y disfrutar de cada momento.
Magnus, conocedor de las restricciones que los padres de Alec habían impuesto tras su alianza con Valentine, se aseguró de que el joven cazador de sombras viviera experiencias únicas. Los tres días anteriores habían estado llenos de paseos y descubrimientos. Las mañanas comenzaban con deliciosas crepas y café en las numerosas cafeterías, observando el ajetreo de los parisinos, fácilmente distinguibles por su paso seguro, en contraste con la curiosidad de los turistas.
Una visita al Louvre se convirtió en una experiencia inolvidable. Magnus compartió sus lugares favoritos, revelando detalles históricos que hacían que el arte cobrara vida. Alec, aunque no era un apasionado del arte, se sintió abrumado por la belleza del lugar, reconociendo que cada rincón era una obra maestra en sí misma, transportándolo a través de innumerables eras.

El segundo día, un romántico paseo en bote por el río Sena ofreció vistas impresionantes de los monumentos más emblemáticos de París, incluyendo la Torre Eiffel, el Museo de Orsay y la Catedral de Notre Dame. Alec sospechaba que la magia de Magnus había alargado el paseo, pero estaba agradecido por las vistas y por compartir un momento tan romántico con él.
Mientras el crucero avanzaba, Alec observaba las parejas que se mostraban afecto a orillas del río. Tomado de la mano de Magnus, sintió una felicidad serena y la confirmación del amor que se habían confesado. Escondidos bajo la sombra de un puente, Magnus susurró un "te amo" antes de besar a Alec, un beso que le robaba el aliento.

De regreso al hotel, un edificio antiguo con un lobby lujoso que evocaba épocas pasadas, Alec se sentía cómodo en la espaciosa habitación con una cama king size. A pesar de haber compartido cama las últimas noches, Magnus respetaba su ritmo, dándole el tiempo necesario para sentirse seguro en la relación.
El tercer día estuvo marcado por las compras, una actividad que a Alec no le entusiasmaba, pero que cedió ante la insistencia de Magnus, quien le compró un elegante traje para una ocasión especial esa noche. Los ojos brillantes de Magnus al mencionar sus planes provocaron un escalofrío en Alec, pero sus temores resultaron infundados.
Al atardecer, la temperatura descendió, haciendo que el traje de Alec fuera una prenda bienvenida. Se encontraban en lo alto de la Torre Eiffel, en un balcón solitario, la magia de Magnus garantizando su privacidad. La torre brillaba contra el cielo nocturno, ofreciendo una vista panorámica espectacular de París, una ciudad de luces que parecía sacada de un sueño.

Una pequeña mesa apareció con dos copas de champaña. Mientras Alec disfrutaba del burbujeante líquido, Magnus parecía absorto en sus pensamientos. Alec, recordando la promesa de no preguntar sobre su pasado, se limitó a disfrutar del momento. Magnus, al notar su mirada, le recordó que vivían en el presente, sin anclarse al pasado.
La champaña, la altura y la cercanía de Magnus provocaron que Alec se sintiera mareado y ansioso. Magnus lo atrajo hacia sí, trazando líneas gentiles en su mejilla y susurrando un "Te amo, Alexander Lightwood" antes de besarlo apasionadamente.
El beso se prolongó, y Alec se entregó al momento, perdiendo la noción del tiempo entre las caricias de Magnus. Despertó en la cálida habitación del hotel, con la ropa esparcida por el suelo. Una botella de champaña y fresas con chocolate esperaban en una mesita auxiliar.
Magnus ofreció la última fresa a Alec, sellando el momento con un beso sensual. Sus caricias se volvieron más urgentes mientras Magnus desabrochaba lentamente la camisa de Alec, buscando en sus ojos la confirmación de su deseo. Alec, sin dudar, tomó el rostro de Magnus, besándolo profundamente, indicando que estaba listo.
La tensión sexual era palpable. Alec, con las manos temblorosas, desabrochó la camisa de Magnus, sintiendo el calor de su piel. Las caricias se volvieron más intensas, explorando cada centímetro de sus cuerpos. Magnus permitió que Alec lo desnudara con calma, correspondiendo a sus avances con la misma pasión.
Timelapse of sunset in Paris, Eiffel Tower, with full moon (Paris au coucher du soleil) HD
El cazador de sombras no tuvo conciencia de sí mismo hasta que sintió el ambiente cálido de la habitación. Estaban sentados a la orilla de la cama, besándose, rodeados por la intimidad de la noche. La conexión entre ellos era profunda y palpable.
Magnus, con una sonrisa devoradora, colocó la última fresa en los dientes de Alec, un gesto que culminó en un beso apasionado. Sus manos exploraron el cuerpo del otro, deshaciéndose de las prendas con urgencia. Alec, sintiendo el deseo ardiendo en sus entrañas, expresó su disposición: "No quiero que te detengas, Magnus. Estoy listo."
Magnus, conmovido por la sinceridad de Alec, preguntó nuevamente si estaba seguro. Alec asintió con firmeza, declarando su amor. Con esa confirmación, Alec procedió a desabrochar la camisa de Magnus, sintiendo una electricidad recorrer su cuerpo al tocar su piel. La urgencia y el deseo mutuo impulsaron sus caricias, explorando cada curva y músculo.
Las manos de Alec se encontraron con el botón de los jeans de Magnus, desabrochándolos con una confianza creciente. Magnus permitió que Alec lo desnudara, disfrutando de cada toque y cada mirada. La intensidad del momento se reflejaba en sus ojos, un lenguaje silencioso que confirmaba la profundidad de su conexión.
El viaje a París no fue solo un recorrido por la ciudad, sino un viaje hacia la intimidad y el descubrimiento mutuo. La elegancia de la ciudad, la magia de Magnus y la entrega de Alec tejieron una historia de amor inolvidable, marcada por la pasión y la profunda conexión que compartían.
