Los señores Zhou y Cheng, de Wendeng, eran compañeros de clase con una relación profunda y duradera. Cheng, de origen humilde, dependía a menudo de Zhou, quien era el mayor de ambos. La esposa de Zhou era llamada "cuñada" por Cheng, y compartían festividades como una sola familia, evidenciando la estrecha hermandad que los unía. Sin embargo, la tragedia golpeó cuando la esposa de Zhou falleció poco después de dar a luz. Viudo, Zhou se casó con una joven llamada Wang. La llegada de Wang a la vida de Zhou marcó un cambio, y Cheng se sentía incómodo ante su juventud.
Un día, el hermano menor de Wang visitó a la pareja, y se organizó un banquete. A pesar de la invitación de Zhou para unirse a la celebración en el interior, Cheng se sintió reacio y decidió marcharse. Zhou, preocupado, lo siguió hasta una habitación contigua, y tras insistencia, Cheng accedió a sentarse.
En ese momento, un sirviente trajo noticias alarmantes: el magistrado del condado había ordenado azotar a uno de los sirvientes de la casa de Zhou. La causa de la disputa radicaba en que unos animales de la familia Huang, influyente en el Ministerio de Personal, habían invadido las tierras de Zhou y causado destrozos. Un sirviente de Zhou se había enfrentado al sirviente de los Huang, lo que provocó la represalia de estos últimos, quienes llevaron al sirviente de Zhou ante las autoridades locales para ser castigado.
Zhou, indignado, exigió una explicación. Se enfureció al pensar que un sirviente de la familia Huang, cuyos ancestros habían servido a su propio abuelo, se atreviera a actuar con tal insolencia. Su furia lo impulsó a querer confrontar directamente a los Huang. Cheng, sin embargo, intervino con calma, advirtiéndole sobre la corrupción y la falta de justicia en el mundo.
Zhou, inicialmente sordo a las súplicas de Cheng, solo desistió de su ira cuando vio las lágrimas de su amigo. Al día siguiente, Zhou expresó su frustración por la injusticia, cuestionando la parcialidad del magistrado del condado al actuar como un "perro" al servicio de los Huang, en lugar de cumplir con su deber ante las autoridades imperiales. Decidió presentar una denuncia contra el sirviente de los Huang ante el magistrado.
Para su sorpresa, el magistrado rompió la denuncia delante de él. En el tribunal, Zhou pronunció palabras ofensivas hacia el magistrado, quien, encolerizado, ordenó su encarcelamiento.
Cheng se enteró de la situación al día siguiente y se apresuró a la ciudad para intentar disuadir a Zhou, solo para descubrir que ya estaba en prisión. Mientras tanto, el magistrado, en connivencia con la familia Huang, tramaba culpar a Zhou de piratería, con el fin de despojarlo de su cargo y someterlo a tortura.

Cuando Cheng visitó a Zhou en prisión, ambos lamentaron su situación. Cheng propuso viajar a la capital para apelar directamente al emperador. Zhou se sentía atrapado, y aunque tenía un hermano menor, sentía que su ayuda sería limitada.
Cheng, sintiéndose culpable por no haber apoyado a Zhou en momentos difíciles, decidió emprender el viaje a la capital. A pesar de no tener contactos, se las arregló para acercarse al emperador durante una cacería y clamar por la injusticia sufrida por Zhou. Su súplica fue escuchada, y se le concedió permiso para presentar su caso en el tribunal.
Mientras tanto, la sentencia de muerte para Zhou se acercaba. La orden sorprendió al gobierno, que revisó el caso. Los Huang, temerosos, sobornaron al carcelero para que privara a Zhou de alimento y agua, impidiendo que su familia lo auxiliara. Cheng regresó al tribunal para denunciar esta nueva injusticia. Cuando Zhou fue llevado ante el juez, estaba tan debilitado que apenas podía mantenerse en pie. El juez, enfurecido, ordenó la ejecución del carcelero.
Los Huang, aterrorizados, se enfrentaron a la perspectiva de miles de liang en sobornos para salvarse. El juez los condenó al exilio de por vida. Zhou fue liberado, regresando a casa con una gratitud y una amistad aún más profundas hacia Cheng.

Tras esta experiencia, Cheng comprendió la complejidad del mundo y sugirió a Zhou retirarse a la montaña. Sin embargo, Zhou, extrañando a su joven esposa, declinó la oferta con una sonrisa. A pesar de la aparente aceptación de Cheng, este había tomado una decisión firme.
Los días pasaron sin noticias de Cheng, lo que preocupó a Zhou. Al enviar a alguien a su casa, se enteró de que Cheng no había regresado. Sospechando algo, Zhou buscó a Cheng en templos y en la montaña Ming, ofreciendo ayuda económica al hijo de Cheng.
Ocho o nueve años después, Cheng reapareció, vestido como un monje taoísta, con una apariencia solemne. Zhou lo recibió con alegría, preguntándole por su paradero. Cheng respondió con metáforas sobre la libertad y la naturaleza efímera de la vida.
Durante la conversación, Zhou intentó persuadir a Cheng para que abandonara su vida taoísta. Cheng, enigmático, solo sonrió. Zhou le preguntó por qué había abandonado a su esposa, a lo que Cheng respondió que no era él quien abandonaba, sino que otros lo abandonarían a él.
Esa noche, Zhou soñó que Cheng se acostaba sobre su pecho. Al despertar sobresaltado, se dio cuenta de que estaba en la cama de Cheng y que, de alguna manera inexplicable, había intercambiado cuerpos con él. Al verse en el espejo, notó su propia apariencia en Cheng y la de Cheng en sí mismo.

Zhou comprendió que todo era un truco de Cheng para convencerlo de marcharse con él. Intentó entrar en una habitación, pero su hermano, engañado por su apariencia, se lo impidió. A pesar de sus intentos por explicar la situación, Zhou se vio obligado a ordenar a un sirviente que preparara un caballo para buscar a Cheng.
Días después, Zhou llegó al monte Lao. Preguntó por Cheng a los monjes taoístas, quienes le indicaron que vivía en el palacio de la Pureza. Un antiguo compañero de Cheng lo reconoció, pensando que era el propio Cheng, y le informó que acababa de irse.
Zhou, desconcertado por no reconocer su propio rostro, continuó su búsqueda. Su sirviente regresó a casa, mientras Zhou, a pie, se adentró en la montaña.
Divisó a un joven, quien resultó ser discípulo de Cheng. El joven lo guió hasta el palacio de la Pureza. Al llegar, Zhou vio a Cheng, quien ahora tenía su propio rostro. Cheng lo recibió con hospitalidad, sirviéndole licor.
Extraños pájaros, sin temor a los humanos, cantaban a su alrededor, provocando en Zhou una sensación inusual. A pesar de la belleza del lugar, extrañaba a su familia y no deseaba quedarse mucho tiempo.
Esa noche, en un instante, Zhou sintió que había vuelto a intercambiar lugares con Cheng. Al tocarse la barbilla, notó su antigua barba. Al amanecer, decidió regresar a casa.
Cheng lo retuvo tres días más, prometiendo acompañarlo de vuelta. Sin embargo, al cerrar los ojos, escuchó a Cheng decir: "¿Estás preparado ya? Vámonos." Zhou siguió a Cheng por un camino desconocido hasta que divisó la puerta de su casa.
Cheng se despidió, dejando a Zhou continuar solo. Al llegar a su hogar, nadie respondió a su llamado. Saltó el muro y entró en su dormitorio, donde encontró velas encendidas, indicando que su esposa aún estaba despierta.
Escuchó susurros y, al mirar por la ventana, la vio bebiendo íntimamente con un sirviente. Enfurecido, quiso confrontarlos, pero se dio cuenta de que no podría solo. Salió sin hacer ruido y pidió ayuda a Cheng.
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Regresaron al dormitorio y golpearon violentamente la puerta. Cheng logró abrirla con su espada, y Zhou entró. El sirviente huyó por la ventana, pero Cheng le cortó un brazo con su arma.
Zhou interrogó a su esposa bajo tortura, descubriendo que había cometido adulterio desde su encarcelamiento. Tomando la espada de Cheng, Zhou decapitó a su esposa y colgó sus intestinos de un árbol. Luego, ambos amigos emprendieron el camino para marcharse.
De repente, Zhou despertó en su cama, gritando por el miedo de su extraño sueño. Cheng, riendo, le dijo: "Piensas que los sueños son realidad y que la realidad es un sueño." Cheng le mostró la espada ensangrentada, pero Zhou, creyendo que era otro truco mágico, no le creyó.
Cheng lo acompañó a su casa, donde le dijo: "Aquella noche te esperé aquí con mi espada. Hoy seguimos esperándonos. Me marcharé antes de que se haya puesto el sol en la montaña."
Zhou llegó a su casa y la encontró desierta. Fue a casa de su hermano menor, quien, llorando, le contó que unos ladrones habían asesinado a su cuñada, le habían sacado los intestinos y que las autoridades no habían encontrado a los culpables.
Zhou despertó como de un sueño, relató todo lo sucedido a su hermano y le pidió que no continuara con la investigación. Preguntó por su hijo, encargando a su hermano que lo criara bien, y expresó su deseo de apartarse del mundo de los hombres.
Zhou salió de la casa con una sonrisa, caminando junto a Cheng. Se despidió de su hermano con la frase: "¡La paciencia es la mayor de las alegrías!" Cheng agitó su manga y ambos desaparecieron, dejando a su hermano sumido en el dolor.
El hermano de Zhou cumplió su palabra, sin buscar el poder familiar. Años después, la economía familiar decayó, y el hijo de Zhou, sin recursos para un tutor, estudió por su cuenta. Una mañana, encontró una carta sellada de su padre, vacía excepto por un trozo de garra.
Extrañado, colocó la garra sobre una piedra de tinta, que milagrosamente se convirtió en oro. Descubrió que al frotar la garra sobre bronce y hierro, estos también se transformaban en oro. Se hizo inmensamente rico y obsequió dos mil monedas de oro al hijo de Cheng. La leyenda cuenta que ambas familias poseían el arte de convertir las cosas en oro.

El confucianismo, una filosofía y sistema ético centrado en la armonía social, la piedad filial y el autoperfeccionamiento, influyó profundamente en Zhou y Cheng. El concepto de "Li", que abarca rituales, rectitud y buenas formas, es fundamental. El "Ren", la bondad hacia los demás, y las virtudes de "Zhong" (lealtad) y "Shu" (perdón o compasión) son pilares del comportamiento ideal.
La figura del "Junzi", el hombre superior, educado y justo, se contrapone al "Xiaoren", el hombre vulgar. La misión del Junzi es ocupar cargos públicos para guiar a la sociedad, un ideal que marcó la burocracia imperial china.
La muerte en la cultura china no es un fin, sino una continuación de la vida familiar y de la línea de descendencia. Los ritos funerarios, cargados de simbolismo y tradición, reflejan la profunda conexión con los antepasados y el mundo espiritual.
El concepto del "Cielo" (Tian) en el confucianismo no es un dios antropomórfico, sino una fuerza cósmica que regula el universo y de la cual emanan los mandatos. La armonía con el cosmos se logra a través de la introspección, el estudio y el desarrollo del Li y el Ren.
La historia de Zhou y Cheng, marcada por la injusticia, la lealtad inquebrantable y la transformación espiritual, resuena con los principios confucianos de paciencia, rectitud y la búsqueda de la armonía interior y exterior.
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