La Barrilla: El Tesoro Canario que Conectó Mundos y la Lejía en Londres

No hablamos de oro ni de plata, sino de un tesoro que se hallaba a ras de suelo: un “mineral vegetal” capaz de mover imperios mercantiles y revelar las complejas -y a menudo invisibles- conexiones del comercio entre el siglo XVI y mediados del XVIII.

En un tiempo en que la moda dictaba el color, un humilde polvo recogido en las áridas costas de Canarias se convirtió en un hilo conductor que unió a mercaderes flamencos, a la poderosa Casa de Médici y a los tintoreros de Londres.

Todo comenzó en 1553. La conquista de Canarias había finalizado hacia 1496 (aunque algunas islas se incorporaron antes), y en el Reino Unido la Compañía de Tintoreros presentó al rey Eduardo VI una petición formal para que extranjeros pudieran comerciar con productos de teñido.

El Origen de la Barrilla y su Viaje Comercial

La barrilla es la ceniza alcalina de halófitas costeras como Salsola, Salicornia o Atriplex. Al calcinarse producen una roca vítrea y oscura que, molida y disuelta, genera una lejía rica en carbonato de sodio: el álcali que limpió lanas, fijó colores y abarató vidrio y jabón durante siglos.

Los comerciantes flamencos, ya establecidos en el archipiélago y curtidos en el mercado de cereales, vieron una nueva fuente de riqueza en la barrilla. Alejandro Cioranescu menciona en su Historia de Santa Cruz de Tenerife exportaciones de barrilla “para vidrio” a Flandes, Francia e Inglaterra.

El comercio se concentró en la costa sur de Tenerife y en zonas áridas de Gran Canaria, como Agaete, El Confital o San Isidro de Gáldar.

Cornieles Van der Manacker y Felipe de Dayzel compraban planta por adelantado a 4-5,5 reales/quintal y la revendían en Europa a más del doble, a veces pagando en ropa importada.

Según contratos de la época estudiados por Miguel Ángel Puig‑Samper y Manuel de Paz Sánchez, la recogida debía hacerse en verano, a más de media legua tierra adentro, para que alcanzara la sazón perfecta antes de calcinarse y formar la masa pétrea y negruzca lista para exportar.

Desde Aagete o Sardina de Gran Canaria y las caletas del sur de Tenerife -Las Galletas, Los Cristianos, Jubiteros- hasta Garachico, principal centro logístico, la barrilla viajaba en barcos portugueses hacia Cádiz, Sevilla y Lisboa.

Allí la industria vidriera y jabonera prosperaba.

Mapa de las rutas comerciales de la barrilla desde Canarias a Europa

La Barrilla en la Industria y la Vida Europea

Los gremios medievales de comerciantes (livery companies) regulaban oficios, formaban aprendices y protegían a sus miembros. Desde el siglo XVI, afiliarse a uno era vía principal para obtener la ciudadanía de la City y el derecho a ejercer en ella.

La innovación llevó a los tintoreros a indagar en la barrilla canaria. La Venerable Compañía de Trabajadores de la Tela, con miembros ilustres como Jaime I, el Príncipe Alberto de Sajonia‑Coburgo y Gotha, la Baronesa Burdett‑Coutts o Lord Kelvin, se servía de redes mercantiles vinculadas al comercio de azúcar y vinos para asegurar el suministro de álcalis y tintes naturales desde Canarias a proveedores como Wm.

En los salones reales europeos, cortinajes y papeles tratados con lejías de barrilla colgaban junto a copas y vajillas cuya fabricación dependía de esa sosa como fundente. El ligero aroma sulfuroso al arder se mezclaba con incienso y vino, y las llamas de las velas titilaban sobre sedas y damascos.

El cuaderno de Giuliano di Raffaello (1552‑1555) documenta adquisiciones de lana y de telas teñidas con barrilla por parte de los Médici. Sophus A. Reinert y Robert Fredona han explorado, a partir de manuscritos de la familia, la geopolítica y el papel empresarial de este linaje.

Mercaderes españoles como Luis de Polanco o López Gallo abastecían lana cruda y adquirían telas terminadas como la rascia negra, mientras que en 1563 Juan Alonso de Malvenda vendía azúcar canario y de la India a la firma de Giuliano di Raffaello. El intercambio era preciso: 1.000 libras de lana española por 3 rollos de rascia, con una relación aproximada de valor de cinco a uno.

Detalle de un antiguo telar o muestra de tela teñida

El Declive de la Barrilla y la Transformación Económica

A finales del XVIII y XIX, la sosa artificial de los procesos de Leblanc y Solvay relegó a la barrilla del mercado global.

Cuando el azúcar dejó de ser el producto estrella, el cierre del mercado de Amberes y la política belicista entre Felipe II e Isabel I contrajeron las exportaciones canarias.

Hacendados y agricultores orientaron entonces su economía hacia el vino.

Tras los tratados con Inglaterra (1604) y Holanda (1609), la barrilla mantuvo su presencia en Europa.

La Barrilla como Metáfora de Conexiones Globales

La barrilla fue más que un ingrediente industrial: cosió puertos, gremios, familias y naciones. Desde salinas canarias hasta vidrieras inglesas, de telares flamencos a salones florentinos, su rastro habla de rutas marítimas, monopolios, innovación química y lujo cortesano.

Infografía mostrando la cadena de valor de la barrilla, desde su recolección hasta su uso en diversas industrias

Relevancia Actual y Reflexiones sobre el Turismo en Londres

En España son constantes las manifestaciones contra el turismo masivo, algo que afecta especialmente a los ciudadanos londinenses. La ‘turismofobia’ no es solo propia de España, sino que se extiende hasta otras ciudades por miedo a que sus sitios tradicionales y joyas ocultas sean invadidas.

Hoy en día, las redes sociales contribuyen a aportar un carácter de proximidad a cualquier ciudad o establecimiento. Utilizar falsas reseñas para espantar a los turistas es una práctica que, con el tiempo, muere de éxito.

Los usuarios idearon una estrategia para llenar el foro de reseñas falsas y humorísticas relacionadas con la cadena de restaurantes de asados; Angus Steakhouses. Aunque en su momento fueron muy exitosas, ahora han pasado a un segundo plano debido a su carácter añejo y a la baja relación calidad-precio de su comida.

Por tal de posicionarlo, comenzaron a escribir reseñas falsas sobre la enorme calidad de los Angus Steakhouses. De ahí que surgiesen reseñas como: “la mejor joya escondida de Londres”, “el mejor sándwich de carne” o “el mejor restaurante para vegetarianos”.

Pese a que al principio lograron su objetivo y Angus Steakhouse consiguió ganar notoriedad, los turistas que visitaban este restaurante no tardaron en escribir reseñas y en desmentir por Internet las opiniones, asegurando que la comida no cumplía con las exageradas promesas.

El gran beneficiado fue Angus Steakhouse, que logró una mayor repercusión y que, aprovechando la broma, adaptó sus campañas publicitarias en medios de comunicación y redes sociales.

En el año 2017, el periodista Oobah Butler quiso poner a prueba el ingenio de los internautas y comprobar si realmente se creían todo lo que leían en la red. A Butler le habían pagado previamente restaurantes reales para que redactase reseñas falsas convincentes, por las que llegaba a cobrar unas diez libras. Como comida utilizaba pastillas de cloro, telas, espuma de afeitar e incluso trozos de piel sazonados con colorante, café y cilantro.

Rápidamente logró ascender del puesto 18.000 al 10.000 de entre todos los restaurantes de Londres, hasta que finalmente pasó a convertirse en el local mejor valorado de todo Londres. Todo acabó con varios comensales visitando el cobertizo, para el que compraron algo de comida congelada.

La capital británica pretende implementar un impuesto turístico sobre los hoteles de Londres para frenar la llegada masiva de turistas a la ciudad. La diferencia es que, en Inglaterra, pese al interés de partidos políticos más conservadores, ninguna autoridad local tiene el poder de imponer directamente un impuesto turístico.

El Ayuntamiento de Manchester ha incluido la denominada tasa ‘City Visitor Charge’ e impulsa que los huéspedes lo detallen en sus facturas.

Si la ‘turismofobia’ sigue avanzando a un ritmo vertiginoso en todo el mundo, no es de extrañar que las falsas reseñas sigan triunfando en las redes sociales y plataformas de opinión, engañando a usuarios y turistas que simplemente confían en la opinión de unos desconocidos.

La forma de planificar un viaje ha cambiado.

Imagen de la Torre de Londres o el Parlamento Británico para evocar la ciudad.

Comercio y Política en el Reino Unido Post-Brexit

El primer ministro del Reino Unido Boris Johnson llega a Downing Street en Londres, este lunes.John Sibley (Reuters)

El Gobierno del Reino Unido, liderado por Boris Johnson, se ha propuesto evitar que la realidad de una pandemia global, especialmente inclemente con los británicos, altere la estrategia de la era post-Brexit.

Londres y Washington han puesto en marcha este martes la negociación de un futuro tratado comercial que, según los euroescépticos más recalcitrantes, ayudará a paliar las consecuencias negativas del abandono de la UE.

El virus ha hecho que la primera ronda se realice a través de videoconferencia. Cada una de las partes ha movilizado a más de 100 expertos y Downing Street promete una “dura discusión” que permita obtener los máximos beneficios posibles para ambas partes.

Los dos Gobiernos han manifestado su intención de negociar con un “ritmo acelerado” y dedicar “todos los recursos necesarios para avanzar con velocidad”.

“Estados Unidos es nuestro mayor socio comercial, y un incremento del comercio transatlántico puede ayudar a ambas economías a superar con fuerza el desafío económico que supone el coronavirus”, ha dicho la secretaria de Estado británica de Comercio Internacional, Liz Truss.

La primera ronda de las conversaciones se prolongará durante dos semanas, y abarcará un espectro de objetivos tan ambicioso como generalista. Los negociadores quieren comenzar a abordar las reglas para el intercambio de bienes y servicios, pero el lado británico está especialmente interesado en impulsar todo lo relativo al comercio digital y a los servicios financieros. Sobre el papel, son dos de los ámbitos donde el Gobierno de Johnson tiene más interés, para poder trasladar a la opinión pública la idea de un futuro impulsado por la tecnología y la innovación.

Paradójicamente, el propio Gobierno británico admite en sus cálculos que los beneficios económicos de los logros más fácilmente alcanzables serán muy escasos. Washington y Londres disfrutan ya de un comercio de aranceles bajos o inexistentes en muchas de sus exportaciones.

Las previsiones más optimistas señalan un incremento anual del PIB británico, gracias un futuro acuerdo, de entre un 0,07% y un 0,16% en los siguientes 15 años. Claramente insuficiente para compensar las pérdidas que un informe gubernamental de 2018 atribuía al Brexit, que podían llegar a alcanzar el 8% del PIB durante los primeros años de la desconexión.

Tanto Donald Trump como Boris Johnson ensalzan, por puro interés político e ideológico, las ventajas que acarreará el acuerdo. Pero los puntos de mayor fricción serán complicados de sortear, y pueden acabar demostrando cierta la predicción de los mayores críticos de que un acuerdo comercial de estas características tarda años en cerrarse.

Estados Unidos no parece inclinado a facilitar el acceso a sus mercados de la industria digital británica y mantiene serias discrepancias con Londres respecto al empeño en gravar fiscalmente a los gigantes tecnológicos como Google o Amazon.

En materia de servicios financieros, la alianza entre la City londinense y Wall Street tiene de momento más carácter propagandístico que práctico. Estados Unidos ha apartado históricamente este sector de cualquier acuerdo comercial.

“El Gobierno persigue un acuerdo ambicioso en materia de servicios financieros y nuevas oportunidades para relajar las fricciones trasatlánticas en intercambios y regulación”, dice el documento que presentó Downing Street en marzo con los objetivos perseguidos en las negociaciones. Será más fácil, dicen los expertos, ir aproximando con el tiempo las regulaciones respectivas que permitir un acceso a los mercados en igualdad de condiciones.

Y luego está el Servicio Nacional de Salud (NHS, en sus siglas en inglés), la joya de la corona para muchos ciudadanos británicos y materia especialmente sensible después de los estragos provocados por el coronavirus. A pesar de aquel primer comentario de Trump durante su visita oficial al Reino Unido, en el que sugirió que todo “estaría encima de la mesa”, incluida la prestación sanitaria, ambos Gobiernos se han esforzado durante los últimos meses en desmentir esa posibilidad.

“Los precios que el NHS paga por sus medicamentos no estarán sobre la mesa. Los servicios que el NHS provee no estarán sobre la mesa. El NHS no está, ni estará nunca a la venta para el sector privado, ni nacional ni extranjero”, proclamaba desde sus primeras líneas el documento del Gobierno británico.

“Las posiciones de Estados Unidos ante cualquier acuerdo de libre comercio siempre han estado fuertemente influidas por los intereses empresariales. Y las industrias sanitarias y farmacéuticas gastan en lobbies de influencia más que ningún otro sector. Eso sin contar con que el propio Trump no ha dejado de quejarse de los altos precios que se ven obligados a pagar los consumidores estadounidenses para subsidiar los precios en otros países”, ha advertido Charles Clift, experto en Programas de Salud Globales del centro de pensamiento británico Chatham House.

Hasta la fecha, la única cesión sin concretar del negociador estadounidense ha sido la de resignarse a que sus pollos tratados con cloro o su ternera hormonada no accedan libremente al mercado británico.

Londres y Washington se han emplazado a poner en marcha nuevas rondas negociadoras cada seis semanas, a partir de la inicial. Con el calendario en la mano, la segunda coincidirá con el momento exacto en que Downing Street debe decidir si pide o no la prórroga del periodo de transición destinado a cerrar con Bruselas un nuevo tratado comercial, que finaliza el 31 de diciembre. Johnson ya ha dejado claro que no tiene intención de solicitar esa extensión, y ha trasladado presión a la UE para que acceda a su pretensión de otorgar al Reino Unido un acuerdo “a la canadiense”.

Reino Unido y UE alcanzan un acuerdo comercial post Brexit

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