La carrera de Alan Le May (1899-1964) como guionista y novelista está vinculada al western casi por completo.
Su producción suma docena y media de obras entre antologías de relatos y novelas. De entre sus trabajos como guionista, conviene destacar Policía Montada del Canadá (North West Mounted Police, Cecil B. DeMille, 1940).
No es este el lugar para hilvanar la lista en cuestión, pero les diré otro título que ocuparía un lugar destacado, Centauros del desierto (The searchers, 1954), de Alan Le May.
Valdemar, en la cuarta entrega de su colección Frontera, sigue apostando por novelas que han sido llevadas al cine. En esta ocasión nos ofrece, en opinión de muchos, una obra maestra; y después de leerla con auténtico entusiasmo, un servidor de ustedes no va a discutírselo. La razón de que esto sea así queda explicado en la buena presentación (como siempre) que firma Alfredo Lara López. Razones con las que estoy bastante de acuerdo, aunque no voy a extenderme comentándolas.
Estamos ante “una buena” del Far West. Como novela de aventuras lo tiene todo. Como novela “Western” su colorido es extraordinario. La ambientación es perfecta. Una gran narración que respira “Frontera” por sus cuatro costados y en todo su esplendor.
Colonos, comanches, Tonkawas, Rangers de Texas, la caballería, comancheros, los grandes desiertos de Texas y Nuevo México con sus distancias gigantescas e inhumanas. Con una gran profusión de detalles, elementos y situaciones que se derivan de lo citado anteriormente. Esto podría dar pie a criticar esta obra de Alan Le May, de tópica, pero para mi no es así, ya que pocas novelas hay que tengan esta gran configuración. Pero esto no acaba aquí.
The Searchers/Centauros del desierto, es la historia de una búsqueda con tintes épicos, la de unas niñas raptadas por los comanches, que tiene su punto de partida con la descripción de la vida heroica de los colonos, aunque yo prefiero en este caso la palabra “pioneros”, que aparece en algún sitio del texto, por su mayor intensidad épica y el mayor drama que sugiere.
A través de esta búsqueda vamos comprendiendo la actitud ante la vida de aquellas gentes de la Frontera, no ya solo de los diversos tipos de anglosajones, sino también de los indios y de los hispanos. El autor desarrolla la sicología de los personajes a partir de la búsqueda; principalmente de los dos protagonistas: Amos Edwars (John Waine en el film) y Martin Pauley, para los cuales la situación se convierte en su forma de vida. Una forma de vida que tiene sus consecuencias sicológicas y sociales. Porque las búsquedas, las grandes búsquedas, te calan hasta los huesos, hasta el corazón, hasta el alma. La dura vida en el desierto te cambia, la desesperación te cambia, el complejo trato con los indios y demás habitantes de la Frontera te cambia. Alan Le May, nos cuenta todo esto con un estilo sobrio, claro y directo. Abrumadoramente eficaz y nada complicado. Sin florituras innecesarias. Con precisión en los detalles y con una fidelidad histórica encomiable (mil ochocientos setenta y pico). Para mí, de los cuatro libros de la colección aparecidos hasta ahora, este es el mejor.
Le May nació en Indianápolis en 1899 y falleció en 1964. Participó en la IGM. Se licenció en filosofía en 1922 en la universidad de Chicago.
Centauros del desierto se abre con la imagen de Ethan (John Wayne sublime ) recortada en el horizonte y dando inicio a la historia . Y se cierra con la imagen de nuevo del héroe cansado que ha de marcharse en el mismo horizonte después de haber encontrado el final de su búsqueda .

Centauros del desierto está basada en un hecho real ; una niña Cynthia Ann Parker, raptada por los indios en 1836. Su tío, James Parker, estuvo más de una década intentado encontrarla. La niña creció y se convirtió en Nautdah, la esposa del célebre guerrero Peta Nocona. Tuvo tres hijos. Uno de ellos se convertiría en una leyenda entre los comanches: Quanah Parker. Sobre este argumento Ford construye - con la ayuda del guión de Frank S. Nugent - un western mítico y a la vez profundamente humano .
El héroe que regresa al hogar anhelado pero donde la mujer que ama está casada con su hermano . Maravilloso ese plano en el que su cuñada, le mira y le besa con dulzura a su llegada a la cabaña. Y poco después su sobrina ( Natalie Wood ) será raptada por los indios . Encontrarla se convierte en su obsesión : años de búsqueda , persecuciones, violencia, soledad …hasta que el encuentro se produce y aunque su primera idea es acabar con la joven profanada cuando la levanta entre sus brazos y los rayos de sol acarician el rostro de la muchacha , todo cambia . Un plano simple de incalculable belleza . Pura poesía hecha imagen .

Ford , como Hitchcock, Lang, De Mille, Hawks, Vidor, Mann , Renoir , Walsh , Fellini, Dreyer , Visconti, Mizoguchi , McCarey , solo necesita una mirada, una luz , un gesto, para transmitir belleza .
Centauros del desierto fue una película popular en su estreno ya que John Wayne era una estrella y el “western “ se encontraba en su apogeo ( Rio Rojo, Solo ante el peligro, Winchester 73, El hombre de Laramie, Johnny Guitar, El hombre del Oeste, Raices profundas, Rio Bravo ……) pero no fue valorada por una crítica miope incapaz de comprender la inusitada belleza de sus propuestas . En los años setenta del siglo pasado fue reivindicada por una nueva generación de directores encabezados por Spielberg , Coppola, John Milius, Wim Wenders o Scorsese.
Y está por supuesto el gran John Wayne . Sin duda no solo uno de los más grandes actores de la historia del cine, sino uno de los que más personajes inolvidables han encarnado : baste recordar su Ringo Kid en “La diligencia “, el capitán Tolliver en “Piratas del mar Caribe “ (Cecil B. De Mille , 1942 ) y por supuesto su colección de obras maestras a las órdenes de John Ford : La legión invencible, El hombre tranquilo , Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty V alance ….) y Howard Hawks : Rio Rojo, Rio Bravo, Hatari, Eldorado . John Wayne refleja mejor que nadie el espíritu originario de los Estados Unidos de América, su mirada ruda pero noble, la magia de su personaje, los valores que encarnó a lo largo de más de cien películas permanecen vigentes porque eran - son - universales .

Un estudio de la antropología a través del cine puede perfectamente analizar las películas de John Wayne y entreverá un modelo masculino perfectamente delimitado, un pensamiento conservador abierto a la aventura y al riesgo ( el espíritu de la frontera ), y desde luego maduro .
Estamos en Texas, en 1868, tres años después de acabar la Guerra de Secesión. La película se inicia con una escena feliz. La familia Edwards recibiendo al tío Ethan, un ex-militar confederado interpretado magníficamente por John Wayne. Luego viene una gran escena, el ataque de los indios al rancho. Secuencia que en realidad no se ve pero que está resuelta perfectamente. La familia será asesinada al completo por los indios excepto la hija pequeña, Debbie, que consigue huir con su muñeca pero que será raptada por los indios. Durante cinco largos años Ethan persigue a los comanches, acompañado de su sobrino Martin (Jeffrey Hunter) para recuperar a su sobrina.
Centauros del desierto está basada en un hecho real, el de una chica de nueve años, Cynthia Ann Parker, raptada por los indios en 1836 y rescatada 25 años después.
Qué se puede decir de John Ford. Hay muchísima información en Internet, bibliografías, etc. Me conformaré con recordar algunos de sus títulos más emblemáticos: Fort Apache, La legión invencible, El delator (Oscar mejor director, 1935) La diligencia, El hombre que mató a Liberty Valance. Si bien, Ford cuenta en otros géneros con auténticas joyas: Las uvas de la ira (Oscar mejor director, 1940), Mogambo, ¡Qué verde era mi valle! (Oscar mejor director y mejor película, 1941) y El hombre tranquilo (Oscar mejor director, 1952), reseñada también en NST.
John Wayne es John Wayne. Borda los papeles de vaquero duro y curtido en mil batallas aunque no es su único registro. Ganó un Oscar en 1949 al mejor actor por Arenas Sangrientas. En1979, ya gravemente enfermo, le pudimos ver en la entrega de los Oscar recibiendo una enorme ovación. Fué su última aparición en público.
La escena final de la película es magnífica. Absténganse de verla aquellos que todavía no conozcan esta película y disfruténla de nuevo los que ya la conocen. Un John Wayne solitario, la puerta de la casa que se cierra y él alejándose, con sus andares característicos, una vez cumplido su deber, sin un claro destino y sin que los demás adviertan su silenciosa marcha.

Al acabar la película con aquel último plano, que dejaba ver al vaquero casi mirando al espectador, sin decir nada, sin entrar en el hogar, porque, verdaderamente, su lugar está ahí fuera, en el Oeste, John Ford nos regalaba uno de los mejores finales de la historia del cine. Un cowboy que tiene que afrontar los cambios, que sabe que es imperfecto, como todos los somos, pero que no tiene miedo. Así es mostrado por éste insigne director en el primer y último plano de la película. Un viaje de ida y vuelta, o casi vuelta, porque no hace falta vanagloriarse de los actos que uno presta para el bien común. Se hacen por deber, no por medallas o premios. Y andando hacia su lugar, el salvaje Oeste, regresa de nuevo a la lucha, sólo, no puede ser de otra manera, porque John Wayne, tiene claro que, si se ha de ir solo, se va, para que otros vivan mejor, para que otros sean felices.
De niño no le daba importancia a aquel final, simplemente acababa la película. Ahora revivo, mientras escribo, aquellos sentidos momentos, tras revisionar esta hermosa película llena de valores: respeto, compromiso, fe, esperanza. Un regalo que estaba envuelto de un pasado al que tanto extraño. Porque revivir, a veces, es bueno. Porque el regalo es sensacional, pero el envoltorio es mágico y no debemos olvidarlo.
Y es que, en cierta parte, todavía sueño con ser John Wayne. Me aventuro a cada día que pasa a buscar y cumplir mi cometido para con los demás y avanzar hacia el horizonte, como ese eterno cowboy, en busca del lugar del que provengo. Siempre he tenido muy presente que la vida, no referida al tiempo, sino a vivir, es una suma de tres grandes principios que, al igual que Platón, representan la fuente de creación más grande de la humanidad: la pasión, el deseo y el alma.
Clásico entre los clásicos del western, «Centauros del desierto» presenta una de esas lecciones morales propias del cine de John Ford que, en sus manos, se convertían en epopeya.
Ford es reconocido como el epítome del cine clásico norteamericano. A lo largo de sus más de cien películas realizadas durante cerca de cincuenta años de carrera (entre 1917 y 1966), Ford edificó los cimientos del cine estadounidense, basado en la idea de que la psicología de los personajes se muestra a través de su exposición a circunstancias extraordinarias. De su reacción se sacarán conclusiones y lecciones sobre la condición humana. Así, en sus películas, predominan los géneros de aventuras (como el western), capaces de generar peripecias continuamente para poner a los personajes a prueba. Sin embargo, en su extensa trayectoria también podemos encontrar películas sobre la cotidianeidad, sobre personajes anónimos que tienen que hacer frente a sus problemas diarios, y que nos muestran el carácter liberal de Ford, su convicción de que la libertad individual no puede verse sometida por grupos religiosos, económicos o políticos. Ahí están sus películas con Will Rogers en los años 30 («Doctor Bull», «El juez Priest» y «Steamboat round the bend»), anticipo de «El hombre tranquilo». Sin embargo, en «Centauros del desierto», uno de sus westerns más conocidos, el protagonista no es ya un médico o un juez de tendencia progresista, sino un excombatiente de la guerra de Secesión que se caracteriza por su condición de perdedor, resentido y tremendamente racista. Ethan Edwards (John Wayne) vuelve a casa de su hermano al finalizar la guerra. La presentación de la historia es el ejemplo de manual de cómo narrar sin mostrar explícitamente, de cómo utilizar las herramientas fílmicas para introducir a los personajes y exponer sus conflictos, es decir, de todo un modo de proceder en el cine de John Ford y, por extensión, en el cine clásico. El juego de miradas y gestos que establecen Ethan, su hermano y su cuñada involucran al espectador en un pasado de reproches, de antiguos amores y de confrontaciones producidas por la guerra.
«Centauros del desierto’ supone, además, la desmitificación de John Wayne y la negación de esa visión monocorde del héroe de Ford. Al contrario, el héroe de sus películas está en constante lucha contra los elementos, anteponiendo incluso el deber sobre sus intereses personales. Así como «Harry el sucio» ponía en juego su reputación, su carrera y su propia vida por el cumplimiento de una misión que consideraba justa, Ethan Edwards deja a un lado sus ideas racistas, sus prejuicios y resentimientos para aportar un poco de justicia y cordura en un mundo salvaje, en una sociedad depredadora y feroz. Ésa es la auténtica lección moral de una película como «Centauros del desierto». Una lección que ciertos sectores de la crítica se niegan a ver.
La mirada de Ethan lo dice todo¿Qué tiene de especial este título? En apariencia es un wéstern más de la época, con su manido argumento de colonos y soldados de caballería enfrentados a los indios. Pero hay un elemento distintivo: el retrato que hace del racismo. Por supuesto, estaba latente en muchos guiones de la época, en los que “el único indio bueno es el indio muerto”. Tampoco es que Ford filmase un alegato en favor de los nativos americanos (en todo caso, eso vendría más tarde con El gran combate, su último wéstern). En 1956 el odio ni se esconde ni se matiza: se expresa en cada gesto, cada mirada y cada palabra de Ethan Edwards (Wayne), un hombre violento, solitario, autoexcluido de la familia y de la comunidad, que emprende la búsqueda de una sobrina raptada por los comanches con la determinación de asesinarla si descubre que ha sido “contaminada”. Y lo hace en compañía de Martin (Jeffrey Hunter), a quien desprecia por su sangre mestiza.

El tema de la niña blanca secuestrada por los indios no era nuevo. Ford se basó en la novela homónima (The Searchers) de Alan LeMay, quien, a su vez, se había inspirado en varios casos sucedidos en Texas durante el siglo XIX. También los personajes de Ethan y el jefe comanche Scar (Cicatriz) tienen un sustento real. La genialidad de Ford consiste en hacer del segundo un espejo del primero: también él odia (al hombre blanco) por la muerte de su familia (dos hijos). Por otra parte, insinúa más que explica el pasado de Ethan; sólo sabemos que es un veterano de la Guerra de Secesión (1861-1865), se da a entender que después habría sido mercenario en México y seguramente un forajido, y sospechamos que entre su cuñada y él hubo algo en el pasado (¿será la pequeña Debbie producto de ese amor imposible?).
Al final de la película, Wayne rinde homenaje a Harry Carey adoptando su pose característica
Este papel de outsider racista no es típico de la carrera de Wayne, de ahí su interés. Y hay más cosas que convierten a Centauros del desierto en un clásico imprescindible. La fotografía de Winton C. Hoch capta como nunca la belleza visual del majestuoso Monument Valley. La partitura de Max Steiner y los temas de carácter tradicional subrayan la narración. Los nombres de algunos personajes tienen -y no por casualidad- resonancia bíblica (Ethan, Aaron, Mose). La importancia de los vínculos familiares no se limita al guion, sino que se extiende al equipo de producción y al elenco de actores: dos hermanas Wood caracterizan a la pequeña (Lana) y a la adulta Debbie (la malograda Natalie); también aparecen la viuda y el hijo de Harry Carey, amigo de Ford y Wayne; incluso Pat Wayne, hijo de John, tiene un breve papel. Por otra parte, Ford se rodea de secundarios habituales en sus proyectos, como Ward Bond en el papel del reverendo Clayton.
En definitiva, The Searchers es la historia de una búsqueda obsesiva tanto como la tragedia de un solitario. Un relato épico en el que se aprecia dos partes claramente diferenciadas, hasta el punto de que algunos críticos hablan de dos películas en una: los primeros 45 minutos, plenos de intensidad dramática; y el resto, un largo intermedio humorístico que tendría por objeto rebajar la tensión antes de afrontar el desenlace.
Cine clásico en la UPM: “Centauros del desierto” (“The searchers”). Título original: The Searchers. Director: John Ford. Año: 1956. Reparto: John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles, Natalie Wood y Ward Bond. Música: Max Steiner. Productora: Warner Bros.
El argumento de Centauros del desierto gira en torno a la búsqueda obsesiva en pos de dos hermanas: una adolescente y una niña. No me detendré demasiado en el argumento, puesto que la película de Ford es archiconocida y el guión, firmado por Frank S. Nugent, sumamente fiel en forma y esencia a la novela.
No digo que tales comparaciones estén fuera de lugar, pero parecen avergonzadas componendas de alguien que tiene que hacerse perdonar la defensa de un “humilde” western.
Otro detalle notable es la dimensión temporal e histórica de la obra. La búsqueda de los protagonistas transcurre durante casi seis años, entre principios y mediados de la década de 1870. En la novela, el ritmo del paso del tiempo queda muy bien plasmado. Así, el autor se refiere a los comancheros, la fallida política de apaciguamiento dirigida por los cuáqueros, la segunda batalla de Adobe Walls o Fort Sill. En cambio, Ford inicia la acción en 1868. La referencia en el diálogo a que la Guerra de Secesión (1861-1865) terminó tres años atrás es elocuente.
Cuando era pequeño soñaba con ser John Wayne en ‘‘Centauros del desierto’’. Quería ser ese vaquero porque me encantaba su sombrero, su pañuelo de color rojo y su revolver ‘‘Colt’’. Era extraordinario admirar la cabalgata bajo el sol, a lomos de su caballo, por aquellos desiertos donde se dibujaba en el horizonte esas rocas erosionadas por el viento y la arena. Además, ver perseguir a los indios le daba algo de encanto ¡me atrapaba!

Con el paso del tiempo me he identificado con John Wayne, ese cowboy que el mundo en el que vive no le entiende, o él no entiende al mundo. De igual manera, él es consciente, sabe que sufre cambios y que, a pesar de la desdicha, de la complacencia de los‘‘otros’’, encara la vida para la búsqueda del bien.

Con el tiro de cámara de un maestro como John Ford y el talento de su inseparable John Wayne frente al objetivo, que Centauros del desierto (1956) estaba destinada a convertirse en clásico parecía fácil. Pero el gran cineasta del western americano tuvo que enfrentarse a muchos obstáculos para que la industria acabase elogiando su obra como merecía. Eran mediados de los años 50 y hacía seis años que Ford había sido apartado del género que lo encumbró con títulos eternos como La diligencia (1939) o Río Grande (1950). Y no solo porque las películas de vaqueros hubiesen quedado relegadas a la pequeña pantalla. El carácter agrio y cascarrabias del director había hecho enfadar a unos cuantos en la industria. Sus problemas con el alcohol no ayudaban mucho y muchos, por aquel entonces, le daban por acabado. Aquejado por un problema en la vesícula, a la que había sometido a una buena maceración en whisky, Ford tuvo que someterse a una operación para extirpársela. Fue entonces, durante su convalecencia y recuperación que en sus manos cayó un libro de Alan Le May titulado Los buscadores. Ambientada en aquel lejano oeste que tanto le apasionaba, Ford se dio cuenta de que más allá de los tiroteos y los enfrentamientos entre vaqueros e indios, la historia tenía elementos novedosos, con un perfil profundo de personajes, varias aristas y un protagonista que parecía hecho para su gran amigo Wayne, (quizá el único que le soportaba por entonces). Así nació la idea de Centauros del desierto (el nombre, mucho más atractivo que se le dio en España). Una película difícil de clasificar en el que el cineasta muestra su visión más oscura. Una película atravesada por el recurso de la elipsis que puede dejar descolocado al espectador menos hábil, llena de misterios y secretos que se desvelan no a través de hechos esenciales, sino de sus consecuencias. Quizá por eso, su estreno en Estados Unidos y, cinco años después, en nuestro país, paso muy desapercibido para el público. Aunque la cinta logró en taquilla más de lo que costó su producción, el año de su estreno no obtuvo el favor de la crítica ni de la Academia, que ni siquiera nominó a Wayne al Oscar. Algunos críticos del momento hablaron de película “decepcionantes”, aunque Cahiers du Cinéma de llevo la palma: “Lamentamos ver un buen guion echado a perder”, escribieron.
¿De qué va Centauros del desierto?Centauros del desierto nos cuenta la historia de Ethan Edwards (John Wayne), un hombre que, tres años después de la guerra de Secesión, regresa a Texas en el que antes era su hogar. Pero llegar allí, se da cuenta de que ese lugar ya no le pertenece. Allí le reciben su hermano y su cuñada, la mujer con la que, de haberse dado otras circunstancias, ahora podría estar con él. La película comienza así, con la historia de aquel amor oculto que se nos va desvelando poco a poco. Todo se desvela de forma sutil, parece que haya tramas que se nos han ocultado o que una edición brusca, hecha a “hachazos”, como defendía algún crítico en el programa ¡Qué grande es el cine! Para algunos, al guion le faltaba información, pero, ¿realmente era así?
Como toda película destinada a convertirse en leyenda, sobre ella hay toda una serie de suposiciones e historias más o menos creíbles. Durante años se contó que los productores, hartos del rodaje cada vez más extenso en el tiempo de Ford achucharon al director diciéndole que iban retrasados según el plan previsto, a lo que Ford respondió tirando parte de las paginas del guion y diciendo que el problema ya estaba resuelto. Resulta poco creíble que una persona tan meticulosa con su trabajo basara las cuidadas y simbólicas elipsis de su película en un ataque de ira (por muy dado a estos que el director fuera). Además, parece ser que en los rodajes de Ford, era bastante frecuente que el director decidiese suprimir escenas e imágenes una vez rodadas. En montaje, cuando analiza la estructura, solía prescindir de aquellas secuencias de carácter explicativo o los largos parlamentos que hacían todo demasiado explicito. No se trataba, por tanto, de una falta de guion, la belleza estaba en la evocación. Vemos consecuencias, no acciones, y la historia no pierde sentido. Las historias que parecen habernos sido escondidas emergen según avanza el metraje, el pasado y la verdad emerge. Algo muy complejo de hacer, que rompe con las estructuras clásicas y lineales del momento en el cine y que revelan el talento de Ford y de su narrativa. Afortunadamente, con el tiempo, aquello que un día se vio como defecto se convirtió en virtud.

Descubrir de nuevo o ver por primera vez Centauros del desierto es una experiencia cinematográfica que une cine y poesía, acción y humanidad . John Ford es sinónimo de cine y cuantos se acerquen a su obra sentirán emociones vivas y encontraran seres humanos , a veces contradictorios , pero a última hora positivos .