El TBO fue una revista de historietas española de periodicidad semanal que apareció en 1917 y se publicó, con interrupciones, hasta 1998. La revista tuvo una gran importancia en la historia del cómic español y fue la popularizadora del formato, hasta el punto de originar la palabra «tebeo», que en España designa a la publicación que contiene historietas, y ha sido consagrado su uso en la edición de 1968 del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española. Dirigida al público infantojuvenil y dueña de un estilo propio de historieta humorística, constituyó una de las tres grandes escuelas de la posguerra española, junto a la Escuela Bruguera y la Escuela Valenciana.
El primer número de TBO apareció el 11 de marzo de 1917, procedente del taller de litografía de Arturo Suárez, en Barcelona. Al principio, la revista estaba impresa en un solo color (azul); mostraba en su diseño una gran influencia de En Patufet. El precio inicial de portada era de 5 céntimos. Tomaron su nombre de la revista lírica T.B.O. TBO estaba claramente orientada al público infantil y juvenil, por lo cual se centró en el humor blanco y excluyó de sus páginas contenidos políticos o satíricos.

En 1939 se creó la editorial Buigas, Estivill y Viña y a partir de 1941 TBO conoció una segunda etapa, de aparición irregular al no haber conseguido el permiso de publicación periódica y sufrir las restricciones de papel. Conseguido el permiso de publicación periódica en agosto de 1951, comenzó su tercera etapa al año siguiente y se reinició la numeración de la revista.
A partir del número publicado el 15 de diciembre de 1972, los editores cambiaron el nombre de la revista a TBO 2000 y comenzaron una nueva numeración que empezaba por el número 2000, que supuestamente resultaría de sumar los ejemplares publicados en todas las etapas anteriores. Son también notables las parodias de series televisivas de Cubero. En 1973, su tirada era de 150.000 ejemplares. Sin embargo, la competencia de las revistas de la Editorial Bruguera fue feroz en esta etapa y las dificultades económicas de la empresa obligaron a hacer nuevos cambios. Con el número 2364, publicado el 28 de diciembre de 1979, termina la etapa de innovación que había comenzado siete años antes y desaparece la cabecera TBO 2000, que es sustituida por El TBO a partir del número 2365 (4 de enero de 1980). Desde entonces se recurre principalmente a la reedición de historietas publicadas años atrás (incluidas las de la Familia Ulises).
En 1981 los números normales de la revista se convirtieron en suplemento infantil de la revista "Lecturas" (concretamente, del número 2426 al 2468). En 1982 El TBO volvió a los kioscos, pero terminó por sucumbir en mayo de 1983, cuando se publicó el número 2502. Al mes siguiente apareció un extra con 32 portadas de diferentes épocas, en cuya última página se despedía escuetamente su director Alberto Viña con un "Hasta siempre querido lector".
Fue denominada por los editores «cuarta época», al considerar la tercera y la cuarta como una sola. Fue editada al alimón por Editorial Complot y la agonizante Editorial Bruguera. Excepto por el nombre, podría considerarse una revista diferente. Se cambiaron las clásicas letras redondeadas y rojas de la cabecera por otras más angulosas de color amarillo o naranja, y se añadió en la portada el subtítulo «semanario de diversión y reflexión». Claramente se dirigía a un público diferente que el del clásico semanario de las etapas anteriores, con un tipo de humor que ya no puede considerarse «para todas las edades». Puede enmarcarse en la línea (clara) representada por la revista Cairo, también dirigida por Joan Navarro.
Tras el hundimiento de Bruguera, los derechos sobre TBO y sus personajes pasan a ser propiedad de Ediciones B, que saca al mercado nuevamente la revista a partir de febrero de 1988. Colaboran en esta etapa multitud de autores que crean nuevas series y secciones de chistes. Para marcar la continuidad con etapas anteriores, Sabatés publica nuevos "Inventos de TBO" mientras que Sempere y Pérez Navarro realizan una nueva versión de La Familia Ulises en "¡Hala, hala, a mogollón... Además del material nuevo, la nueva publicación llevaba un encarte central con historietas de archivo de los autores clásicos de la segunda y tercera etapas, con el título "El TBO de siempre". Se mantuvo un ritmo de publicación mensual hasta principios de 1996, fecha en la que desaparecieron las otras revistas de historietas que aún publicaba Ediciones B.
TBO fue la más vendida de las revistas infantiles y juveniles de Ediciones B, y la última que dejó de publicarse; pero, como las demás, desapareció sin previo aviso y sin despedirse.
El TBO y su legado cultural
Esa reivindicación de la palabra “tebeo” frente a denominaciones más elevadas, como puedan serlo novela gráfica, noveno arte o simplemente cómic nos demuestra que aquellas historietas fueron mucho más que unas viñetas joviales y seriadas para quienes prefieren llamarlas tebeos. No son otros que aquellos niños y adolescentes que los leían con avidez hace cuarenta, cincuenta o sesenta años. Para ellos, los tebeos fueron, ni más ni menos, que uno de los pilares de su educación sentimental.
Antes de empezar a llamarse “cómics”, que como tan acertadamente recuerda Guiral fue a finales de los años sesenta, a los niños se les regalaban tebeos como Pumby, Jaimito o Roberto Alcázar y Pedrín, los domingos, al salir de misa. Otras veces el obsequio era para que estuvieran callados en las visitas y, naturalmente, cuando convalecían en la cama de sus enfermedades. A menudo eran ellos mismos quienes reservaban su paga semanal para acudir a los quioscos y adquirir publicaciones como Hazañas bélicas, del gran Boixcar, o El capitán Trueno de Víctor Mora.

El novelista Montero Glez recuerda cómo la maravilla de los sábados de su infancia consistía en merendar unos bocadillos de calamares, junto a sus padres, en las cervecerías de la madrileña glorieta de Cuatro Caminos. El TBO, que sus progenitores le regalaban acto seguido, a modo de colofón a la fiesta, hizo surgir en él su vocación narrativa.
Sí señor, los tebeos son arte mayor, aunque los editores -que a menudo también eran los guionistas de los personajes señeros de la casa, tal era el caso de Juan Bautista Puerto- dispensaran un maltrato proverbial a sus dibujantes, a quienes no devolvían los originales y, a menudo, ni siquiera dejaban firmar sus trabajos.
No hay duda de que el gran Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón y tantos otros personajes inolvidables, es el paradigma de ese maltrato sistemático del que fueron objeto los grandes autores del cómic español.
Historietas del tebeo repasa tan dulce arte desde las primeras revistas surgidas en la primera década del amado siglo XX -TBO, Pulgarcito, Macaco- hasta Tótem y el resto de las publicaciones para adultos que vieron nacer los años setenta. De los cuadernos apaisados -El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín- a los impagables fascículos de la editorial Buru Lan -Flash Gordon, Príncipe Valiente, Drácula-; desde Flechas y pelayos, el tebeo de la España oficial de la posguerra, hasta Florita, Claro de luna, Sissi y las revistas femeninas. Todo el tebeo español está en esta exposición.

Este sábado 11 de marzo celebramos el centenario del TBO, la revista que dio nombre a los tebeos en España. Una publicación que marcó la infancia de casi todos los chavales del Siglo XX y que también es uno de los mejores reflejos de la sociedad española y de su evolución durante ese siglo. Para celebrar este aniversario, el crítico y escritor Antoni Guiral publica el imprescindible libro 100 años de TBO. La revista que dio nombre a los tebeos (Ediciones B) y prepara una gran exposición, Humor Blanco de TBO, para el Salón del Cómic de Barcelona (30 marzo -2 de Abril).
Guiral destaca la importancia de esta publicación en la historia de España: “TBO es esencial en la historia del cómic español. Primero, porque fue tan popular que terminó dando su nombre a todas las revistas de historietas: “tebeos”; segundo por su longevidad, ya que apareció en 1917 y se publicó, aunque con algunos años en blanco, hasta 1998, lo que quiere decir que incidió mucho en la historia de los tebeos y en la historia de la cultura popular de España”.
“A mí como a tantos chavales de tantas generaciones -confiesa Guiral- me trae recuerdos de lecturas de pequeño, cuando mis padres me compraban el TBO, y algunas publicaciones de Bruguera y de la editorial mejicana Novaro. Sigo conservando algunos TBO de cuando era pequeño y recuerdo leer con atención La familia Ulises”.
Además, el TBO, forma parte de nuestra cultura popular: “Por ejemplo -asegura Guiral- yo recuerdo frases como: “Esto parece un invento del TBO”, para referirse a algún objeto estrafalario; o “Esta más visto que el TBO”; o cuando alguien ve una familia numerosa y dice que “Se parece a La familia Ulises”.
Autores y personajes destacados del TBO
Guiral asegura que el TBO fue muy innovador: “En teoría era heredero de los periódicos infantiles que eran publicaciones morales y didácticas para los niños. Pero TBO intentó ser otra cosa, un semanario festivo para que los niños, y toda la familia, pasasen un buen rato. Además, TBO aportó algunos de los dibujantes y humoristas gráficos más importantes de la historia de España, como Opisso, Benejam o Coll, solo por poner tres ejemplos. Sin olvidar series como la mencionada Familia Ulises o Los Inventos del TBO”.
“Hay muchos otros grandes autores que marcan la historia del TBO -continúa- como José Cabrero Arnal, aunque no colaborase mucho, Arturo Moreno, Salvador Mestres, Valentí Castanys y Urda…”
“Y a nivel de series -añade- destacaría la sección De todo un poco, que era un batiburrillo de noticias; Visiones de Hollywood, las biografías de los actores; Josechu el vasco de Muntañola y Altamiro de la cueva de Joan Bernet Toledano y Carles Bech. En los 70 destacaría tres series que no se publicaron mucho tiempo pero son fundamentales: Letras, números y Cia, de Francesc Rigol i Alsina ,“RIGOL”, que fue una serie muy original y divertida protagonizada por letras y números; otra es Historias del Fort Baby, de Sirvent y Tha, que es un canto al humor surrealista y, por supuesto la sección La Habichuela realizada por Paco Mir, Tha, Sirvent, Esegé y Joan Tharrats, una sección de humor surrealista muy diferente a lo que se publicaba en la revista y fue muy rompedora”.
Fueron muchos, pero si hay que destacar a algunos, se debe mencionar a Marino Benejam, el creador de la más que icónica, y quizás la más popular: La familia Ulises, creada en 1944, una serie costumbrista que narraba y mostraba un retrato lleno de humor de las aventuras y desventuras de una familia numerosa. También de relevancia fue Josep Coll, al que se considera el mejor pero no alcanzó la popularidad de otros autores al no haberse centrado en unos personajes fijos. Destaca también Sabatés, el autor que más dibujó al famosísimo profesor Franz de Copenhague, personaje creado por Serra Massana, y que introducía y explicaba los famosos inventos del TBO.

“La familia Ulises (Marino Benejam) es muy importante para entender la fidelidad de los lectores del TBO en esos más de 80 años de historia. También es un retrato sociológico de la clase media española. Aparece en 1944 y en los años 40 y 50 se habla de lo que está ocurriendo en la España de la época, incluso de cosas como el estraperlo, de la vida cotidiana de la clase media española. Y a medida que pasa el tiempo vemos cómo la familia va adquiriendo una lavadora, un televisor, un coche, una segunda residencia, veranea… Así que si estudias La familia Ulises puedes tener un retrato muy fiel de lo que era la clase media española”.
Desde el principio su estilo visual se pensó claro y sencillo, y se enfocó en la narración gráfica con viñetas y chistes de autores tanto nacionales como internacionales. Además, su primer destino para los lectores más jóvenes significó el uso del humor blanco y atemporal y el desarrollo de personajes entrañables y secciones llenas de ingenio, como la de los inventos del TBO, que también quedó como frase genérica para referirse a esos inventos disparatados o sorprendentes.
Curiosidades y anécdotas del TBO
¿De dónde sale el nombre de TBO? Había varias teorías -asegura Guiral-. La editorial afirmaba que venía de la expresión “te veo”, de ver, pero que no pusieron la v porque fuera de Cataluña la gente diría “T V O”; otra era que eran las siglas del nombre de un editor. Lo más creíble es lo que descubrió Rosa Segura, que fue secretaria de redacción durante muchos años. Gran aficionada a la lírica y a la zarzuela, estaba buscando unos datos y encontró una revista cómico-lírica, de 1909, que se llamaba T.B.O. y que narraba la aparición de un nuevo periódico. Teniendo en cuenta que en 1917 Joaquín Árques colaboraba en la redacción (un periodista y letrista de género lírico, de Zarzuelas) es más casi seguro que conocía esa revista de 1909 y decidiera proponer su nombre al tebeo.
El TBO y la censura. La censura también afectó al TBO, como nos comenta Guiral: “Siempre se presentaba una maqueta a la dirección General de Prensa y esta decidía lo que se publicaba y lo que no. Pero a partir de 1954 se inicia la legislación sobre publicaciones infantiles y juveniles y es cuando queda más claro lo que se puede publicar y lo que no. Eso hizo que el TBO se infantilizara un poco, sobre todo a partir de los años 60. En los años 40 y 50 -asegura Guiral- había historietas bastante duras que retrataban lo que pasaba en la calle, a partir de los 60 eso casi desaparece y el humor se hace más blando”.
Guiral destaca dos anécdotas relacionadas con la censura: “En 1951 se publicó El ojo electrónico, de Díaz, una especie de batiburrillo de texto con imágenes en la que había una broma con un señor que se llamaba Blas Pérez. Por desgracia, también era el nombre del Ministro de la Gobernación, por lo que la autoridad competente se presentó en las oficinas del TBO para cerrar ese número y ponerles una multa. Por suerte no les cerraron la revista”.
“La otra anécdota fue muchos años después, en 1970 -continúa- cuando censuraron una historieta de Blanco en la que un señor intentaba dar de alta el teléfono y no podía porque no tenía recomendaciones. Esa historieta fue censurada y no se publicó jamás”.
Otra de las curiosidades que nos descubre el libro 100 años de TBO es que durante una larga temporada no tuvo numeración: “En 1941, TBO vuelve con un solo número -asegura Guiral-, y es que sólo había dos posibilidades para publicar revistas: una como publicación periódica, lo que te permitía tener un cupo fijo de papel para editarla y, además, te dejaban numerarla. La otra era publicar como publicación única, y cada vez que sacabas algo tenías que pedir un permiso. Evidentemente los permisos para publicaciones periódicas fueron a parar a manos de editores afines al régimen y revistas como Flechas y Pelayos o Chicos. El TBO no lo obtuvo y desde 1941 hasta 1952 tuvo que cambiar de pre-título en cada número, siempre manteniendo Ediciones TBO en la portada, para que quedase claro que era la misma revista”.
¿Tebeo o Cómic? ¿Cuál es la diferencia?
El libro 100 años de TBO de Antoni Guiral, comisario de la exposición del mismo nombre, ofrece un detallado recorrido por la historia de la revista. La estructura del libro se divide en una descripción histórica de las diferentes etapas del TBO, profundizando en detalles y anécdotas, y destacando las series más significativas. Una segunda parte está dedicada a los autores más destacados, con un espacio para los guionistas. El libro concluye con una reflexión sobre el legado del TBO, que, a pesar de su gran influencia, ha dejado poca huella en la cultura actual, a excepción de alguna reedición.
La exposición Humor Blanco del TBO, comisariada por Antoni Guiral para el Salón del Cómic de Barcelona, presentó 100 originales de la revista, divididos en cuatro partes: repaso histórico, series destacadas, autores destacados y un espacio dedicado a Josep María Blanco. La exposición resaltó la figura de Blanco como el último representante de la época dorada del TBO, destacando su estilo sintético y limpio, y su labor como continuador de "La familia Ulises".

El libro "100 años de TBO" no habría sido posible sin la colaboración de Lluís Guiralt, un gran coleccionista del TBO que puso a disposición sus originales y ayudó a catalogar los tebeos, descubriendo cientos de datos.