Mucho tiempo sin escribir. Mal asunto. Desde octubre del año pasado ando convaleciente de una intervención quirúrgica para colocarme una prótesis de cadera que se me complicó y me tiene aún con bastantes dificultades para la movilidad. No es algo serio, pero sí lo suficientemente molesto como para que los desplazamientos estén limitados y la posibilidad de sentarse concentrado un momento largo para escribir algo, también.
Hoy quería hablar de tiempos más viejos y fraternales. Comenzar esta vuelta a la escritura apelando a la memoria. Y lo hago a colación de un debate radiofónico que oí hace poco sobre la iniciación de los niños a la lectura. Quería contaros aquí cómo lo hice yo.
El asunto es que éramos inmigrantes en aquel Madrid de aluvión de los años sesenta. Vivíamos en un barrio obrero de aquellos en los que todavía todo el mundo conocía a sus vecinos, sus nombres, sus historias. Mi familia tenía el dinero justo para sobrevivir, nada sobraba y menos para comprar libros y, sin embargo, yo me convertí en un lector empedernido. ¿Qué cómo lo hice? Pues cambiando libros y tebeos.
Parece que lo estoy viendo aún. Yo tendría alrededor de diez o doce años y en el mercado de Ana Isabel y Agustina Díez en el barrio de Palomeras, cerca de casa, creo que era en el primer puesto al entrar a la derecha, había una papelería que vendía libros y tebeos. Allí podías comprar un tebeo y estar cambiándolo continuamente por otro que otro niño había comprado y lo dejaba igualmente para cambiar. Era una especie de red P2P de barrio. Obviamente el quiosquero cobraba una muy pequeña cantidad por cada cambio, pero era insignificante si se contrastaba con el precio del libro o el tebeo nuevo.
Todavía recuerdo con emoción el camino desde casa al mercado con tres o cuatro ejemplares en la mano, dispuestos a sacrificarlos para rotarlos por otros de lectura inédita. Subía por la calle Concepción Marín, donde vivíamos y que hoy ya no existe, pasaba la travesía de Juan Pablo y de ahí salía a una explanada desde la que ya se divisaba el final de la Avenida de Palomeras, hoy calle de Villalobos. Allí me esperaba un interesante montón de tebeos para elegir tras dejar el mío. Unos pocos céntimos y la transacción estaba hecha, ya tenía lectura garantizada para las siguientes semanas.
Gracias a este método personajes como el capitán Trueno, el Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz (mi favorito) llenaron mis neuronas de las aventuras que contribuyeron a forjar una mente inquieta.

Y cómo no destacar aquel inolvidable TBO con su última página dedicada a los grandes inventos. Aquellos disparatados artilugios del profesor Franz de Copenhague.
Los grandes inventos del TBO fue una sección humorística fija del semanario de historietas TBO a partir del año 1943. Esos «inventos del tebeo» fueron una idea de Joaquim Buigas, codirector del TBO, con la colaboración de un grupo de dibujantes como Nit (años 40), Tínez (años 50), Marino Benejam (también con los seudónimos de Rino y Ferrer), Tur y Sabatés.
Los inventos de TBO se caracterizaban por su visión humorística de la vida cotidiana, describiendo pormenorizadamente inventos estrafalarios, a veces sumamente complejos, con una finalidad ciertamente banal.
En el prólogo al libro «Los grandes inventos de TBO» (Ed. Recuerdo con especial cariño dos frases que me decía mi madre cuando yo era un pimpollo: «Hijo, tienes ideas de bombero jubilado» y «Bah, eso son inventos del tebeo». Y creo que si se quedaron grabadas en mi cabezota infantil fue porque nunca llegué a entenderlas del todo.
La primera me dejaba desconcertado, ya que el único bombero que conocía era Xavi Indiana Llorens, amigo íntimo de la familia y persona sensata donde las haya, a pesar de su profesión y de su apodo; la segunda me remitía a los cómics de Rompetechos que leía de bruces en la cama, donde la (involuntaria) invención del protagonista se limitaba a confundir una farola con un policía de tráfico. Sin embargo, hace poco cayó en mis manos un ejemplar recopilatorio de Los Grandes Inventos del TBO y pude entender por fin a mi madre (a medias, eso sí, porque la frase del bombero sigo sin comprenderla: supongo que tendré que esperar a que Indiana se jubile).

Al abrirlo, se desplegó ante mis ojos un universo de fantasía ilimitada, que me hizo soñar con una sociedad gobernada por inventores estrafalarios capaces de encontrar soluciones para todo. «Basta que un libro sea posible para que exista», escribió Borges. «Basta que un invento sea posible para que lo dibujemos», le parafrasearon los colaboradores de la revista TBO en pleno franquismo. Y se dedicaron a llenar los hogares españoles con un sinfín de tiras cómicas que venían a demostrar que la imaginación puede cambiar el mundo.
Terenci Moix, en el prólogo a la edición que cayó en mis manos, aseguraba que los inventos del tebeo provenían directamente de un reino llamado Utopía, donde «todo es posible, excepto la falta de imaginación», y acababa ensalzando la figura del mítico profesor Franz de Copenhague, que, con su aspecto de sabio decimonónico y su origen inconfundiblemente germánico, hizo las delicias de miles de niños -y no tan niños- españoles.
Posteriormente, ya en la década de los cincuenta, el dibujante Tínez empezó a colaborar en la sección, aportando inventos revolucionarios como el Farol Simulado, una farola con ruedas para conducir a los borrachos a sus casas, que las esposas abnegadas debían colocar junto al bar frecuentado por sus maridos. Pero fue seguramente Benejam, autor de los célebres episodios de La Familia Ulises, el que acabó de popularizar durante los años sesenta los inventos del tebeo, algunos de los cuales contenían latente una crítica mordaz a la sociedad de la época, como la Pistola Automática Lanzadora de Tapones de Botellas de Champaña, que imitaba perfectamente el sonido de una botella al descorcharse (ideal para familias con pocos recursos económicos que no quisieran renunciar a celebrar las fiestas comme il faut), aunque podía ser usada también para sacrificar el pavo o defenderse de los ladrones.
Pero quizá lo más curioso sea que alguno de aquellos inventos imposibles o insensatos acabó por ser construido, como la máquina para cortar la punta de los puros, fabricada por el propio Sabatés y testada por el mismísimo Franco.
Parodiando los extraordinarios avances científicos y tecnológicos que caracterizaron el siglo XX, Los grandes inventos de TBO presentaron, con todo detalle, las características de absurdos y sofisticados artefactos ideados para solucionar sencillos problemas cotidianos. La popularidad alcanzada por esta serie propició que se extendiese la expresión “inventos del TBO” para referirse a ideas estrafalarias o desproporcionadamente aparatosas en relación a aquello que se pretende resolver.
Al parecer, el creador de la serie, como guionista, fue el director y editor Joaquim Buigas. Muchos de los dibujantes que colaboraron con TBO se ocuparon en algún momento de esta longeva serie. Los más asiduos fueron Nit (su iniciador), Serra Massana, Méndez Álvarez, Urda, Alfred Opisso, Maurice Cuvillier, Benejam, F. Tur o Blanco. Pero quien más inventos dibujó fue Sabatés, que empezó a ocuparse de Los grandes inventos de TBO en la década de los 60 y continuó hasta el último número de la revista publicado por Ediciones B en 1998. Sabatés aplicó a la serie sus conocimientos como perito mecánico y se preocupó de que todos los inventos pudiesen funcionar, al menos teóricamente.
Serra Massana introdujo en el número 920 de la primera época de TBO (con fecha del 1 de febrero de 1935) el personaje del profesor Franz de Copenhague para otra sección, pero se acabó convirtiendo en el creador y presentador de esos inventos. Otros dibujantes retomaron el personaje, adaptándolo ligeramente a sus respectivos estilos. En la posguerra inmediata los personajes extranjeros no estaban bien vistos, por lo que durante algún tiempo fue sustituido por otro inventor anónimo, de aspecto claramente distinto, que se tocaba la calva con el dedo indicando que había tenido una idea genial.
La mayoría de las entregas de la serie constan de una única ilustración en la que se muestra el invento, sus partes y su funcionamiento. Se trata de una de las series que los lectores identifican más con la publicación en la que surgió.
El tebeo era un semanario infantil, suerte prehistórica de cómic, que devorábamos con fruición. Muchos personajes han pasado a la historia como los creados por Ibáñez o Vázquez y otros desaparecieron con discreción, restando sólo en algunas memorias, caso del Profesor Franz de Copenhague. Esta figura con espíritu inventor creaba artificios simples y grotescos como los melones cuadrados (crecidos dentro de una caja), la máquina de bebidas dulcessorbos (exprimía uvas desde la cepa hasta llevarla como vino a la mesa) o los zapatos familiares (calzado alargado con agujeros para que cada miembro del linaje introdujera los pies para andar todos al unísono).
Nada comparado con lo que la modernidad nos ofrece, como los tapones unidos indeleblemente a una botella o las máquinas limpiacristales automáticas, que todos tienen pero que nadie utiliza.

La Biblioteca del Museo Reina Sofía acoge una exposición de 53 trabajos de diferentes artistas, que experimentan con la relación entre el cómic y otros lenguajes artísticos. El resultado es una serie de encuentros inesperados llenos de nuevos sentidos y posibilidades en las diferentes narraciones, viñetas, tiras, diálogos, planos, etc. Desde el surgimiento del cómic a finales del siglo XIX, los artistas visuales se han apropiado de diferentes aspectos de este género y han intentado adaptarlo a su arte. La poesía visual, el collage y la escultura también han aprovechado los rasgos característicos del cómic: la estructura de la página, las viñetas, los personajes o el lenguaje onomatopéyico. De esta manera, mediante el uso de las composiciones típicas del cómic, los artistas deconstruyen este género tradicional hasta conseguir reducirlo a su esencia.
Esta selección de piezas, llevada a cabo por Guy Schraenen, muestra cómo Dieter Roth encuaderna páginas de diferentes tebeos para crear un libro, que más tarde agujerea. De esta forma, cada página te deja ver un fragmento de la siguiente. Christian Barclay, selecciona varios fragmentos de cómics para componer una partitura gráfica, para varios instrumentos, a través de la ordenación de diferentes onomatopeyas. Otros autores como Ben Vautier, Emmet Williams o Adrian Piper se han centrado exclusivamente en el elemento de los globos de diálogo, característico de los cómics. Por su parte, Roy Lichtenstein y Raymond Pettibon han demostrado cómo las portadas de los discos también pueden ser un buen soporte para evocar imágenes típicas de los cómics. En esta misma línea, Laurie Anderson ha dedicado la portada de uno de sus discos e incluso una canción, al famoso héroe de cómic Superman. Por su parte, Roberto Altmann ha adoptado la estructura de la página del cómic, pero ha inventado personajes abstractos, así como textos sin semántica con el objetivo de obligar al lector a utilizar su imaginación. Mirta Dermisache también ha utilizado la estructura de la página de cómic y ha introducido típicos textos sin semántica en las viñetas. En definitiva, en todas estas piezas, los artistas ofrecen nuevas perspectivas.
Nombre de la exposición: Cómics. Horario: de lunes a viernes de 10 h. a 21 h.
El centenario del TBO (1917-2017) dio lugar a un estupendo libro editado por Ediciones B: "100 años de TBO. La revista que dio nombre a los tebeos". A este se suma otro similar dedicado a su sección más popular: "Los grandes inventos de TBO. Edición integral de Ramón Sabatés" (B Cómic), de Antoni Guiral y Lluís Giralt.
“Es un libro -asegura Antoni Giral- que hace justicia histórica porque recupera absolutamente todos los grandes inventos del TBO realizados por Ramón Sabater durante muchísimos años, entre 1942 y 1998, la mayoría presentados por el Profesor Franz de Copenhague. Y también es un placer poder leerlos en una edición de tanta calidad”.
“Porque -continúa Guiral- es un libro impresionante, de gran tamaño, 608 páginas, tapa dura… donde salen muy bien reproducidos todos los inventos, lo que no ha sido fácil. Personalmente ha sido un orgullo participar en este proyecto que supone un paso importante en la recuperación de nuestro patrimonio, no sólo historietístico sino también histórico y cultural”.
La sección de los inventos nació en 1920, realizada por el dibujante Urda y con el título Inventos del TBO, porque los presentaba “el niño del TBO” que era un personaje de la revista por aquel entonces. Un chaval de edad indeterminada que llevaba una gorrita. Su aparición se fue regularizando hasta 1925 cuando el propio Urda y Túnez oficializan la sección como Los Grandes Inventos de TBO y, a partir de ahí la realizan con aportaciones de otros autores como Nit, Serra Massana… hasta 1939.
Vuelve en 1943, ya de forma regular, y a partir de 1960 se ocupará de ella Ramón Sabatés, que la realizará hasta el cierre de la revista, en 1979, y en su posterior renacimiento, de 1988 hasta la definitiva despedida del TBO, en 1998.
En cuanto al Profesor Franz de Copenhague también tiene una curiosa historia: Se lo inventó Serra Massana en 1935, y al principio tenía una sección propia compartida con los inventos oficiales. Eran secciones distintas. Pero en los años 50 se convertirá en el presentador oficial de los Grandes Inventos del TBO, dónde Sabatés le mantendrá durante toda su trayectoria.
Los Grandes Inventos del TBO no fueron una invención española: Es posible que se basaran en el cómic norteamericano Inventions of Professor Lucifer Gorgonzola Butts (Rube Goldberg). Pero es mucho más lógico que los responsables del TBO sacaran la idea de la revista francesa Péle-Melé, donde aparecía una sección que se llamaba Les inventions of Péle-Melé. Porque por aquella época les copiaban bastantes cosas.
Los Grandes Inventos del TBO fue, junto a La Familia Ulises, la sección más popular de la revista. El calado en la calle fue evidente hasta el punto de que en el lenguaje popular, cuando se veía un invento o un cacharro raro se decía que “parecía un invento del TBO”. Y eso hacía evidente la popularidad de la serie.
Sabatés aportó a la serie sus conocimientos como perito mecánico. Gracias a eso, muchos de sus inventos, por muy estrambóticos que pareciesen, eran factibles. También una dinámica de juego, de humor, que no tenían otras secciones que podían ser más serias, entre comedia.
Los inventos eran tan factibles que Sabatés llegó a construir varios en su taller. De hecho se conserva uno de ellos, la máquina-guillotina para cortar las puntas de los puros, realizado por Nit y publicado en TBO en 1925. Es una demostración palpable de que sus inventos podían llevarse a cabo. Un invento que actualmente puede disfrutarse en el Museu del Joguet de Catalunya, en Figueres (Girona). Otro de sus inventos, el del aparcamiento vertical de coches, también fue muy popular. Incluso el ayuntamiento de una localidad, no recuerdo cuál, se puso en contacto con él para ver si esa idea se podía llevar a cabo. Al final la cosa quedó en nada pero es muy curioso, porque es una demostración de que muchos de esos inventos del TBO tenían una visión futurista y algunos de ellos se han convertido en realidad.

“No es que fuera un visionario -afirma Guiral- pero es muy posible que su mentalidad abierta y sus capacidades técnicas dieran como resultado una serie de inventos que podían ser perfectamente factibles”.
Los que más llaman la atención son los que teóricamente te hacen más fácil la vida cotidiana, por ejemplo, el mando a distancia de la televisión, que también estaba adelantado a su tiempo. Un invento al que Sabatés recurrirá en más de una ocasión.
Pero Sabatés no fue el único genio detrás de los Grandes Inventos del TBO: Yo destacaría a Nit, que estuvo muchos años haciéndolo y era un estupendo dibujante, y a Francesc Tur, que se ocupó de la serie durante cinco años y también era un excepcional artista que aportó cosas muy interesantes. Aunque hubo muchos más, desde los mencionados Urda y Serra Massana, a Tínez, Albert Mestre, Ricard y Albert Opisso… incluso Benejam (La familia Ulises) realizó varios. Pero los más destacados son, sin duda, los de Sabatés.
El tomo del centenario del TBO, este libro viene firmado también por Lluís Guiralt, uno de los mayores coleccionistas del TBO. Guiralt tiene prácticamente todos los números del TBO en su casa y su colaboración ha sido imprescindible. Ha hecho una revisión desde el año 42 hasta el 89, localizando todos los inventos, y ha cedido esos ejemplares para que pudieran escanearse.
Los grandes inventos del TBO
Guiral cree que sería un tesoro recuperar toda La familia Ulises de Benejam. Serían dos tomos porque hay muchas páginas, más de mil, pero cree que sería otro tesoro recuperado.
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