Desde tiempos remotos, la humanidad ha intentado explicar todo. Hemos cartografiado mares, diseccionado cielos, perforado la tierra y descrito minuciosamente los mecanismos que rigen la vida. Hay enigmas que nacen en el pasado remoto, otros brotan en cámaras de seguridad, y algunos se escurren entre los cables del mundo digital. Misterios ocultos no pretende ofrecer respuestas definitivas ni alimentar fantasías sin fundamento. Su propósito es distinto: recuperar, organizar y narrar aquellos casos que desafían la lógica, que resisten las explicaciones fáciles, que continúan generando debates entre científicos, historiadores, periodistas e investigadores independientes. Lejos de ofrecer conclusiones cerradas, este libro propone caminos. Caminos para pensar, para cuestionar, para maravillarse. Bienvenido a los bordes de la realidad.
La Zona del Silencio: Donde la Radio Muere y la Naturaleza Florece
Hay lugares en el mundo que parecen diseñados para desafiar nuestra lógica, sitios donde las reglas que aprendimos en la escuela primaria sobre cómo funciona el mundo físico deciden tomarse un descanso. En el norte de México, existe un rincón que se niega obstinadamente a ser "mapeado" en el sentido tradicional. Lo fascinante de la Zona no es solo lo que sucede allí, sino cómo nos hace sentir. Es un vacío ruidoso. Un lugar donde el silencio auditivo se ve interrumpido por el grito de las frecuencias magnéticas que, aunque no oímos, sentimos.
Para entender la mitología moderna de este lugar, tenemos que rebobinar hasta el 11 de julio de 1970. La Fuerza Aérea de los Estados Unidos lanzó un cohete Athena desde Green River, Utah. El plan era sencillo: debía caer en White Sands, Nuevo México. Era un tiro de práctica, una rutina. Pero algo salió mal. Muy mal. Aquí es donde la historia se pone interesante. El cohete llevaba contenedores de Cobalto-57, un isótopo radiactivo. No fue solo un "oops" balístico; fue un incidente internacional. Los equipos de recuperación estadounidenses notaron algo extraño mientras buscaban los restos. Las transmisiones de radio se cortaban. Las señales se desvanecían. Las brújulas giraban como si estuvieran borrachas. Tuvieron que construir una vía férrea temporal solo para sacar toneladas de tierra contaminada. La operación fue tan surrealista y secreta que la población local comenzó a sospechar. Y cuando la gente sospecha en el desierto, nacen los mitos.
Hablemos claro: ¿Qué pasa realmente con las ondas de radio aquí? No es magia, aunque lo parezca. La teoría geológica predominante sugiere que el subsuelo de la región es rico en depósitos de magnetita y uranio. Incluso hoy, con nuestros dispositivos satelitales avanzados de 2025, la señal es caprichosa. A veces tienes una conexión perfecta; das dos pasos a la izquierda y estás en un agujero negro digital. Los pilotos que sobrevuelan la zona a menudo reportan fallas en sus instrumentos de navegación. No es que los aviones caigan del cielo como moscas -eso es una exageración de los tabloides-, pero definitivamente hay una "zona ciega" que requiere vuelo visual y mucha atención.

Si el magnetismo fuera lo único raro, quizás la Zona del Silencio sería solo una curiosidad para los ingenieros de telecomunicaciones. La flora y la fauna de la región presentan características que no se ven en otros lugares. El ejemplo más famoso es el nopal violáceo. En esta zona, ciertos cactus adquieren un tono morado intenso. Los biólogos sugieren que es una respuesta al alto nivel de radiación ultravioleta, ya que la atmósfera en esta región específica parece permitir una entrada más agresiva de luz solar, o quizás una reacción a los minerales del suelo. Y luego está la tortuga del bolsón (Gopherus flavomarginatus). Es la tortuga terrestre más grande de Norteamérica y, durante mucho tiempo, se creyó extinta. Estos "dinosaurios" del desierto han sobrevivido aquí, aislados, protegidos por la hostilidad del entorno. También se habla de insectos más grandes de lo normal y de coyotes que parecen más grandes y audaces. ¿Mutación por radiación natural? ¿Adaptación evolutiva al aislamiento extremo?
Si trazas una línea alrededor del mundo en el Paralelo 27 Norte, te encuentras con una coincidencia inquietante. ¿Es casualidad? Probablemente. Los paralelos cruzan muchos lugares. Pero para los buscadores de vórtices energéticos, esto es la prueba definitiva de que la Zona es parte de una red global de puntos de poder. He hablado con gente que jura haber visto bolas de fuego en el cielo que no se comportan como meteoritos. Se mueven, se detienen, cambian de dirección. Los lugareños los llaman "las luces". Y no podemos olvidar las historias de los "rubios". Una leyenda urbana persistente habla de tres seres altos, de cabello rubio y aspecto nórdico, que a veces aparecen pidiendo agua a los rancheros. No piden comida, no piden dinero, solo agua. ¿Extraterrestres? ¿Alucinaciones por golpe de calor? Tú eliges tu propia aventura.
Más allá de los hombrecillos rubios y los cohetes de la NASA, hay algo que sí cae del cielo con regularidad: rocas espaciales. El más famoso es el meteorito de Allende, que cayó en febrero de 1969 (un año antes del incidente del Athena, curiosamente). Contiene materiales que son más antiguos que nuestro propio sistema solar. Polvo de estrellas literal. La claridad del cielo nocturno aquí es absoluta. Sin contaminación lumínica de grandes ciudades cercanas, las estrellas no solo se ven; se te echan encima. Es un planetario natural de 360 grados. Para los astrónomos aficionados y profesionales, este lugar es la meca. Aquí, bajo la bóveda celeste, entiendes por qué las culturas antiguas estaban obsesionadas con el cielo.
No podemos hablar de la geografía sin hablar de la gente. Los habitantes de las pequeñas comunidades cercanas, como Ceballos, han aprendido a vivir con la fama de su patio trasero. Hay una hospitalidad ruda y honesta en ellos. No te venden la leyenda barata; te cuentan lo que han visto, sin adornos. Para ellos, las luces en el cielo son tan normales como la lluvia (que es escasa). Han aprendido a respetar el desierto. Saben que si te adentras sin agua o sin guía, la Zona no te perdonará.
En 2025, el turismo en la zona ha cambiado. Ya no se trata solo de buscar ovnis. Se trata de la desconexión. Ejecutivos quemados de la Ciudad de México y Monterrey vienen aquí buscando el "silencio digital". Pagan por el privilegio de que sus teléfonos no suenen. La anomalía magnética se ha convertido en una característica de bienestar. Al final del día, ya sea que creas en los portales dimensionales, en las bases alienígenas subterráneas o simplemente en la geología caprichosa, la Zona del Silencio cumple una función vital. Nos recuerda que no lo sabemos todo. Vivimos en una era donde creemos tener una explicación para cada fenómeno, una pastilla para cada dolor y una aplicación para cada problema. La Zona del Silencio se ríe de esa arrogancia. Si decides visitarla, no vayas esperando que te abduzcan. aunque...
Naica: La Catedral de Cristal Bajo Tierra
Si conduces hacia el sur desde la ciudad de Chihuahua, el paisaje se vuelve una repetición hipnótica de matorrales, polvo y montañas escarpadas que parecen costras de la corteza terrestre. Es un lugar donde el sol no calienta, castiga. Hoy, en 2025, escribo esto con cierta nostalgia. La Cueva de los Cristales ha vuelto, en gran medida, a su estado natural, reclamada por las aguas subterráneas que la engendraron. Naica no es solo una mina de plomo, zinc y plata; es el hogar de la anomalía geológica más espectacular del planeta. A 300 metros bajo tierra, la naturaleza construyó una catedral. No para nosotros, no para ser adorada, sino como un subproducto accidental del tiempo y la química.
La historia es casi cinematográfica. Estamos en el año 2000. Los hermanos Eloy y Javier Delgado, mineros de la compañía Industrias Peñoles, estaban taladrando un túnel de exploración a 290 metros de profundidad. Buscaban metal, la sangre de la economía local. Al romper la pared de roca, se toparon con una cavidad de unos 30 metros de ancho por 10 de largo. Pero las dimensiones de la sala eran irrelevantes comparadas con lo que la cruzaba.

No era la primera cueva de cristales en Naica. En 1910 se descubrió la "Cueva de las Espadas", a menor profundidad, con cristales más pequeños (de uno o dos metros). Pero la Cueva de los Cristales jugaba en otra liga. Lo fascinante aquí no es solo el tamaño, sino la pureza. El yeso es un material humilde, el componente básico del panel de yeso de tu casa. Para entender cómo se formaron estos monstruos, hay que pensar en una escala de tiempo que a los humanos nos resulta incómoda. Hace unos 26 millones de años, una intrusión de magma empujó hacia arriba desde el manto, formando el anticlinal de Naica. Esta agua estaba saturada de sulfuro de calcio. Durante cientos de miles de años, la temperatura del agua en la cueva se mantuvo estable, justo por encima de los 58 °C. Este es el punto crítico. Si hubiera estado más caliente, los cristales no se habrían formado. Pero en ese punto dulce de 58 °C, el sulfato de calcio en forma de anhidrita se disolvió y se redepositó lentamente como yeso. Y cuando digo lentamente, me refiero a la velocidad de crecimiento más lenta jamás medida en un cristal: el grosor de un cabello humano cada cien años.
Hay una ironía cruel en Naica. Visualmente, la cueva parece la Fortaleza de la Soledad de Superman. Parece hielo. Nuestro cerebro primate ve blanco, ve cristales, y asume "frío". Aquí es donde la biología humana falla. Nuestro sistema de enfriamiento se basa en la evaporación del sudor. Sudamos, el agua se evapora y se lleva el calor. Pero en un ambiente con 100% de humedad, el sudor no se evapora. Simplemente se acumula. Además, el aire está más caliente que tu temperatura corporal interna. Cada vez que inhalas, no estás enfriando tu cuerpo; estás cocinando tus pulmones desde adentro. El aire se condensa en los alvéolos.
Los científicos y fotógrafos que documentaron este lugar (héroes modernos como el equipo de La Venta o el fotógrafo Carsten Peter) tuvieron que usar "trajes de hielo": monos llenos de paquetes de hielo y respiradores conectados a mochilas refrigeradas. Aun así, el tiempo de trabajo era limitado a 30 o 40 minutos.
Más allá de la geología, Naica abrió una puerta inesperada a la astrobiología. La Dra. Penelope Boston, del Instituto de Astrobiología de la NASA, realizó trabajos pioneros aquí. Dentro de esas burbujas, encontraron microbios. Pero no microbios muertos. Estaban en un estado de latencia, "durmiendo". Los investigadores lograron revivirlos en el laboratorio. Esto cambió el juego. Si la vida puede sobrevivir latente dentro de un cristal en un entorno subterráneo infernal durante 50.000 años, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo en el subsuelo de Marte, o en las lunas heladas de Júpiter y Saturno? Naica nos enseñó que la vida es mucho más terca y resistente de lo que pensábamos.
Desde el momento en que se drenó la agua para permitir la minería en los niveles inferiores, la Cueva de los Cristales empezó a morir. Los cristales de selenita necesitan agua para mantener su estructura y claridad. Expuestos al aire, empiezan a deshidratarse, se vuelven opacos y eventualmente se agrietan. Hubo robos, también. Al principio, la seguridad era laxa y algunos cristales menores aparecieron en ferias de minerales en Tucson o Múnich. La codicia humana es tan predecible como la gravedad.
La mina de Naica cesó sus operaciones principales hace años debido a inundaciones y cambios en la economía de los metales. Hoy, en diciembre de 2025, el agua ha reclamado su territorio. Las bombas que rugían día y noche, extrayendo miles de galones por minuto, están en silencio. Para muchos, esto es una tragedia. Significa que nunca podremos volver a ver esa maravilla con nuestros propios ojos. Pero hay una belleza poética y pragmática en esto. Al inundarse, la cueva vuelve a las condiciones que la crearon. El deterioro se detiene. Los cristales vuelven a estar arropados por el fluido mineral caliente. Dejar que se inunde fue el acto de conservación definitivo. Fue admitir que no todo nos pertenece, que no todo puede ser un parque temático o una atracción turística.
Naica nos recuerda lo poco que conocemos nuestro propio planeta. La "Cueva de los Cristales" funciona como un espejo. Nos mostró nuestra fragilidad física frente a las condiciones extremas de la Tierra. Nos mostró nuestra curiosidad insaciable, capaz de diseñar trajes y tecnologías solo para estar de pie 20 minutos frente a una piedra bonita. Si alguna vez tienes la oportunidad de ver una pieza de selenita de Naica en un museo, no veas solo un mineral. Mira el tiempo congelado. Es fácil caer en la trampa de pensar que la belleza solo existe si hay un ojo humano para percibirla. Naica refuta eso. Esas vigas colosales brillaron en la oscuridad absoluta durante 500.000 años antes de que el primer rayo de luz de una linterna minera las tocara en el año 2000. La catedral de cristal sigue allí, bajo el desierto de Chihuahua. Hasta entonces, nos quedan las imágenes y el asombro.
El Lago Nyos: La Explosión Silenciosa
Si hoy te pararas en el borde del cráter del Lago Nyos, en la Región del Noroeste de Camerún, verías una escena de tranquilidad absoluta. El agua refleja el cielo, los agricultores trabajan en las laderas fértiles y la brisa mueve suavemente la hierba alta. Estamos en 2025, y la memoria colectiva tiende a desvanecerse, pero la historia de Nyos es una que no debería perderse en el ruido de la era digital. No fue un terremoto que derribó ciudades, ni un volcán que escupió fuego y lava. Fue un evento invisible. Era una noche fresca y lluviosa de jueves. Los habitantes de las aldeas cercanas al lago -Nyos, Cha y Subum- estaban terminando sus rutinas diarias. Las familias cocinaban la cena, los niños se iban a dormir y el ganado descansaba en los corrales. No había alarmas, no había sismógrafos advirtiendo de un peligro inminente.
Los sobrevivientes lo describieron más tarde como un estruendo sordo, similar a un trueno distante o al sonido de una gran pila de piedras colapsando. Lo que sucedió a continuación desafía las pesadillas convencionales. El lago explotó, pero no con agua, sino con gas. El $\text{CO}_2$ es más denso que el aire. No se elevó hacia la atmósfera para disiparse, sino que formó una nube mortal que descendió sobre las aldeas cercanas, asfixiando a casi 1.700 personas y a miles de animales.

La causa exacta de la liberación masiva de dióxido de carbono sigue siendo objeto de debate científico. Las teorías principales apuntan a un deslizamiento de tierra o una actividad volcánica menor que desestabilizó el lago, liberando el gas acumulado en sus profundidades. El $\text{CO}_2$ se acumula en lagos volcánicos en zonas con actividad geotérmica, y el Lago Nyos, situado sobre una falla geológica, era un candidato perfecto para este tipo de catástrofe. La falta de ventilación y el proceso de estratificación del lago impidieron que el gas se liberara gradualmente, creando una bomba de tiempo natural.
Tras la tragedia, se implementaron medidas de desgasificación para evitar futuras liberaciones catastróficas. Se instalaron tuberías para liberar gradualmente el $\text{CO}_2$ acumulado, reduciendo el riesgo para las comunidades circundantes. A pesar de estas intervenciones, el Lago Nyos sigue siendo un recordatorio sombrío de los peligros latentes que pueden surgir de la propia naturaleza, y de la fragilidad de la vida ante fuerzas geológicas incontrolables.
Historias Innecesarias: Tragedia del Lago Nyos
El Humo en la Literatura: Símbolo de Desencanto y Escape
El código JavaScript para el libro: Joel Espinosa Longi, IMATE, UNAM. Recursos interactivos: DescartesJS, Grok, Google AI Studio, Pollinations AI, Herramientas de IA.
Si algún improbable crítico positivista del futuro Mundo de la Información se dedicara a contabilizar el número de veces en que los personajes de ficción de la antigua literatura encienden un cigarrillo (o consumen alcohol, pues ambos gestos parecen ir necesariamente de la mano), seguramente las novelas de José María Guelbenzu ocuparían un lugar de privilegio en ese hipotético Libro Guinness de los récords literarios. Desde los ya lejanos años de El mercurio hasta esta última, por ahora, novela del narrador madrileño, las criaturas novelescas que viven en su obra no dejan pasar ninguna ocasión, en soledad o en compañía, en la que no se vean envueltos por el humo que desprenden sus cigarrillos o los efluvios que emanan de sus copas. Esto, desde luego, es una marca de época, es constante en la literatura de esa generación, y en el cine del siglo XX que nos ha alimentado a todos, y sus resonancias van desde la denuncia indirecta de la asfixiante sociedad española del franquismo, de la que sólo podía escaparse momentáneamente por medio de los refugios imaginarios permitidos -entre los que se encontraban, desde luego, el alcohol y el tabaco, pero también, en ocasiones, la literatura-, hasta el valor simbólico que adquieren como objetivación del desamparo y el desconcierto de los personajes. No es extraño, pues, que su presencia sea constante en los novelistas de la generación de Guelbenzu, aunque en este último el fenómeno sea más intenso, como si el autor no supiera imaginar una escena sin que, en algún momento, sus personajes se aferren a un cigarro o a una copa. Cuando leo sus novelas, mi sensación es que las escenas están siempre envueltas en humo, lo mismo que el mundo interior de sus personajes. Y, además, está la novela negra, claro. Mucho de ese humo proviene del cine en blanco y negro, surge de los labios de Humphrey Bogart o de Robert Mitchum, de las páginas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, de los clubes de jazz y del existencialismo. Expresa el desencanto, el desconcierto y la disidencia.
Y la novela negra es uno de los principales elementos narrativos en Mentiras aceptadas. Desde El sentimiento (1995), Guelbenzu había acostumbrado a sus lectores a dos tipos diferentes de novelas: obras más ambiciosas literariamente, de introspección psicológica y vuelo lírico, como Un peso en el mundo o El amor verdadero; y una serie de novelas policíacas, como No acosen al asesino o La muerte viene de lejos, en las que el estilo se simplificaba en favor de una trama convencional de investigación criminal. Ahora, con esta nueva obra, parece Guelbenzu haber decidido que las dos formas pueden fusionarse en una sola novela, aunque me parece que la mayor parte de los problemas que presenta proceden, precisamente, de ahí, en especial del hecho de que el elemento «negro» se usa más como pastiche que como instrumento eficaz al servicio de la intención del autor, a la vez que su presencia parece contaminar también al estilo, aligerándolo.
El tema de la novela son las «mentiras aceptadas» sobre las que estamos construyendo el mundo, la hipocresía económica, social y política que, al mismo tiempo que consentimos, parecemos asumir como inevitable. Y un género muy fértil para este tipo de denuncias ha sido siempre la novela negra. A buen seguro, Guelbenzu, como su personaje Justo Paleta, escritor de ese tipo de obras, cree que «la novela negra tenía una misión que cumplir denunciando las corruptelas de la sociedad contemporánea […]. Paleta era un fanático de la novela negra clásica que, en su opinión, tan eficientemente había retratado la podredumbre moral y económica de su sociedad» (p. 129).
La novela cuenta la historia de Gabriel Cuneo, guionista de series de televisión, divorciado de Isabel, con la que tiene un hijo, Martín. Isabel se ha vuelto a casar con un alto ejecutivo de un banco, al que, posteriormente, abandona, en una maniobra que implica tenebrosas luchas financieras por el poder en las que ella desempeña un papel esencial, para ser la amante de un personaje aún más rico y poderoso, el «magnate» Perfecto Alumbre, una especie de self-made son of a bitch, que parece modelado teniendo en mente la imagen de Jesús Gil (la primera vez que oímos hablar al personaje, en una reunión con Gabriel y su productor, que buscan su apoyo financiero para un proyecto cinematográfico, el individuo se expresa así: «Asín que dices que nos hace falta una esnosis… un esnosio… un….»; lo que el hombre quería decir era «sinopsis»).
La principal preocupación de Gabriel es el bienestar de su hijo, al que quiere sacar de ese ambiente malsano en que lo cría su madre. Este mundo de maniobras financieras, escándalos de prensa amarilla, luchas por el poder, sobres que cambian de mano con información comprometedora, sexo y ambición despiadada es el material narrativo que permite a Guelbenzu utilizar los mecanismos de la novela negra, mientras que la lucha de Gabriel por conseguir sacar a su hijo de ese mundo le sirve para tratar el otro gran tema de la novela, el de la relación padre-hijo, éste de tinte más psicológico y personal, cuya relevancia se afirma ya desde la cita de Virgilio (que es también el nombre del padre del Gabriel) que encabeza la novela y que se relaciona con una de las obsesiones del novelista: la imposibilidad de transmitir la propia experiencia («Sí, eso es la experiencia: una cadena de errores», p. 146; «la experiencia no es más que la historia de uno mismo: un asunto personal», p. 167).
La historia abarca casi un año de la vida de sus personajes, entre febrero y diciembre de 2005, y no es casual que la novela se abra en invierno, con una gran nevada, y se cierre también en esa estación. La primera escena va a marcar el tono ominoso que se desprende de su trama y de sus personajes: Gabriel contempla, mientras desayuna en una cafetería, un accidente de tráfico en el que muere un niño e, inevitablemente, piensa en su hijo. En su arranque, parece que en la novela va a predominar el estilo simbólico e introspectivo tan familiar para los lectores de Guelbenzu (la nieve o las figuras de mariposas talladas en los cristales de las ventanas como manifestación de la fatalidad y el destino, las repeticiones asociadas a dos personajes diferentes -Isabel y María, amante fugaz e historia de amor fracasada de Gabriel-; o la imagen congelada de la estatua de Colón señalando el horizonte), pero, progresivamente, va dejándose de lado este estilo, sobre todo cuando entran en escena el resto de los personajes, que pierden sustancia individual en favor del subrayado de sus rasgos más típicos (el abogado sin escrúpulos, el periodista de chismes rijoso y corrupto, el financiero ignorante y brutal, la femme fatale inverosímilmente encarnada por el personaje de Isabel, etc.).
Pero la mejor manera de explicar por qué todos estos personajes y estos elementos narrativos reciben un tratamiento contradictoriamente desrealizador es hablar de Justo Paleta, el escritor de novela negra. Ya su mismo nombre suena a falso, pero es que toda su vida lo es: trata de vivir como uno de los detectives de las novelas que ama, y se compra gabardinas que no le abrigan, consume alcohol hasta altas horas en tugurios infectos, y se enamora de una rubia sensual (a la que conoce en una cinematográfica escena, cuando ella atrapa con la mano un vaso de gimlet que Justo ha lanzado por la barra del bar) que, inevitablemente, lo llevará a la desesperación cuando decida largarse con el periodista Mario Pescador (que se dedica, precisamente, a pescar cuanta suciedad puede, y vive de esa carroña). Este abandono dispara la creatividad de Justo Paleta, que empieza a escribir como venganza una despiadada novela negra -en la que él es el detective protagonista, por supuesto- inspirada en la conspiración que protagonizan Alumbre e Isabel, la ex de Gabriel, pues Pescador está intentando obtener de ellos algún beneficio mediante el chantaje.
Guelbenzu no nos ahorra la prosa de Paleta y, en capítulos alternados, se incluyen las páginas de su novela Ciega violencia (otro título debido al ingenio de Justo Paleta: Los hombres duros no beben té), repleta de tópicos, prosa funcional y violencia tan gratuita que está claro que la intención de Guelbenzu es hacer un pastiche de ese tipo de lenguaje (talento éste del pastiche que ya ha demostrado sobradamente el novelista a lo largo de su dilatada carrera como narrador). También da a la novela un aire metaliterario (recuérdese que Gabriel Cuneo es también escritor: a su pluma se deben la serie de televisión El amo de su casa y el culebrón Vencida de amor), pues la trama y personajes de Mentiras aceptadas reaparecen, mutatis mutandis, en las de Ciega violencia. Esto, sin embargo, lejos de enriquecer a la novela, la perjudica, porque ese tono paródico acaba por aparecer también -en mi opinión, involuntariamente- en las escenas serias, que abundan en inverosimilitudes e incoherencias. Por ejemplo, ¿es verosímil que un personaje como Isabel, una mujer inteligente, desde luego ambiciosa, pero decididamente con clase, acabe con un personaje como Alumbre, que basa su fortuna en la extorsión y la violencia, y es un compendio de vulgaridad? Se diría que la necesidad de que en la trama haya una mujer fatal, belle dame sans merci que arrastra a todos los hombres a la perdición, ha tenido como víctima la credibilidad del personaje de Isabel. Lo mismo podría decirse de la relación de Mila, la exmujer de Perfecto Alumbre, con Antón Patriarca, o de las innumerables casualidades que relacionan a todos los personajes. En otras ocasiones hay escenas que se contradicen entre sí: en un capítulo, Perfecto Alumbre encarga al abogado Perea que se ocupe de Mario Pescador, pues el periodista pretende chantajear a Isabel, mientras que en otro posterior es el propio abogado quien advierte a Isabel de los manejos del chantajista, y entre ambos deciden que es mejor que Alumbre no lo sepa.
En un momento de la novela, Gabriel siente algo que lo reconcome, y Guelbenzu lo expresa en una frase hermosa: «era la necesidad de entender el camino por el que el mundo al cual pertenecía como simple ser humano se dirigía al futuro» (p. 126). Esa debería ser la ambición de cualquier novela, de cualquier obra literaria.
