Leo a Almodóvar después de haber visto a Almodóvar (la persona, el personaje). Leo sus palabras que ya han sido imágenes. Resulta algo ilógico y, en cierto sentido, perturbador “leer” una película, realizar el camino inverso, de la imagen a la palabra, que ha realizado el autor.
Leer un guion después de ver la película resultante del mismo es tratar de añadir una mirada de falsa ingenuidad en el proceso de intercambio artístico. No es momento para profundizar en las razones por las que el lector de ficciones se hace espectador de esas mismas ficciones adaptadas para la pantalla: insistencia en un tema, placer de la repetición, ritual de comparación, afianzamiento de criterios, valoración técnica, juicio de formatos, hooliganismo en obras y autores, etc.; pero ¿vamos de vuelta al guion por los mismos motivos?, ¿queremos de verdad leer una película ya vista?
Pero volvamos a Almodóvar, al escritor. Volvamos a él en el pacto de confianza de que la “Memoria de las historias”, texto que incluye como cierre de la edición del guion literario de Dolor y gloria, es una puerta para entender esta historia de historias y para entender al autor y a sus hipóstasis. Páginas que hablan de los impulsos creativos y personales, de las pulsiones, que han conducido a este relato: la autoficción (que le recrimina al personaje la madre, tan autoconsciente), el deseo y la ficción cinematográfica (para formar una trilogía con La ley del deseo y La mala educación), el dolor y el deseo que acompañan a la vida, la necesidad de integrar “dos historias que amor que han marcado al protagonista” (el niño Salvador que despierta al deseo y el adulto Salvador de los ochenta que vive el deseo proyectado y encarnado en Federico: ambas historias han descansado en el cajón del autor a la espera de integrarse en el mejor espacio del tetris creativo, “porque mis guiones son siempre un compendio de diferentes fragmentos”), la necesidad de contar todo esto (el personaje de Salvador actual le regala la autoría al intérprete del monólogo, para que no se le reconozca, para no ser él mismo), las adicciones (así se llama el monólogo teatral), la pantalla (escribe Almodóvar: “La pantalla blanca lo representa todo, el cine que Salvador vio en su infancia, su memoria adulta, los viajes con Federico para huir de Madrid y de la heroína, su forja como escritor y como cineasta.
Pedro Almodóvar hace autobiografía en esta “Memoria de las historias”. Nos lo recuerda a cada paso: “Además de que soy del tipo de directores que lo deciden todo, hay mucho de mi biografía detrás de personajes que en apariencia no tienen ningún parecido conmigo”. En esta vuelta al origen que es este relato (múltiple, desdoblado, plurisignificativo, autoconsciente, enrevesado, sorpresivo, desestabilizador para quien pretende acceder a los distintos niveles), el autor, como no podía ser de otra manera, toma conciencia de que decirse es desdecirse, de que el yo es también una construcción social y cultural. “Pero una vez superado el primer escalofrío, cuando estoy escribiendo el guion y me doy cuenta de que si quiero continuar debo despojarme de todo pudor y encarnarme en la escritura, fundirme con ella, superado el primer momento de vértigo, la propia entrega me distancia de lo que estoy escribiendo. Es como cuando he escrito partiendo de hechos reales, en el momento en que empiezan a definirse como materia de ficción el origen desaparece.
¿Los guiones son literatura? La pregunta es irresoluble, claro. Son literatura, creo, a los que muchos directores (e incluso guionistas) les quitan la literatura a propósito. Una paradoja. Herramienta de trabajo o texto literario. Parece que en el caso de Pedro Almodóvar esto es intercambiable. “Todas mis películas están en los espacios en blanco de los libros que leo”, afirma.
Infancia, mirar atrás, primera persona, autorreferencia, soledad, primer deseo, geografía, anatomía, dolor, enfermedad, adicciones, libros, el perdón, música.
El mundo de las bibliotecas a través de la ficción
En el contexto de la reflexión sobre la memoria y la ficción, el tema de las bibliotecas emerge como un espacio recurrente en la literatura. Estos recintos, a menudo descritos como lugares de conocimiento y refugio, albergan una diversidad de personajes y situaciones que reflejan la complejidad humana.
Los protagonistas de estas historias a menudo acuden a la biblioteca en busca de respuestas, documentación o simplemente como parte de su rutina. Para algunos, es un lugar de escape, un refugio de la mediocridad circundante o un espacio para la introspección. La biblioteca se presenta como un lugar común en su rutina, un espacio donde "miramos un montón de libros".

Se describe la biblioteca como un lugar "interesante", "divertida, que el resto de bibliotecas que conocía", "bien iluminado y con cuadros adornando las paredes". Sin embargo, este lugar en apariencia inofensivo, tiene enemigos. Se menciona a un tal Merluza, "un tipo que no me puede ni ver".
Los guiones y textos literarios a menudo incluyen pasajes o escenas en bibliotecas, presentando tanto espacios "activos y modernos" como aquellos que "probablemente llevan siglos sin cambiar". En estos entornos, los personajes "encuentran algo que no esperaban", a veces "sin querer".
Personajes y relaciones en el entorno bibliotecario
La figura del bibliotecario es fundamental en estas narrativas. Se les describe de diversas maneras: desde la figura maternal-cariñosa hasta la pintoresca, pasando por el gruñón y antipático. La señora Phelps, por ejemplo, es una bibliotecaria que acoge a Matilda, una niña ávida lectora. "Prueba con éste -dijo finalmente-", recomienda la señora Phelps, ofreciendo a Matilda un libro que la sorprenderá.
Otros personajes, como el Loro con malos modos, interactúan con la biblioteca de forma peculiar, buscando información específica, como datos sobre una planta medicinal. "¡Qué humor ni qué narices! -dijo Loro-. Loro con malos modos-. Y majadera, atiende: la ruda es una planta."
La relación entre el bibliotecario y el usuario puede ser compleja. Algunos usuarios son "excepcionales", a los que se comprende y ayuda. Otros, sin embargo, pueden generar conflictos, como el caso de Eudes, que grita "¡La he leído!" tras encontrar un libro deseado.
Incluso los niños, a menudo presentados como "buenos usuarios de las bibliotecas", interactúan con estos espacios. Se les describe jugando, explorando y, sobre todo, leyendo. La imagen final de una sala de lectura con niños de diversas etnias subraya la universalidad de la biblioteca como espacio de acceso al conocimiento.

La biblioteca como reflejo de la sociedad y la memoria
Las bibliotecas en la ficción a menudo reflejan el estado de la sociedad y la memoria colectiva. Se mencionan referencias a la "cultura porcina" o a la necesidad de "documentarse" sobre temas específicos.
La biblioteca también puede ser un escenario para la reflexión sobre el pasado y el futuro. La frase "Ars longa vita brevis, P. Zúñiga" inscrita en un libro sugiere la perdurabilidad del arte frente a la brevedad de la vida.
El texto también alude a la evolución de las bibliotecas y su adaptación a los cambios tecnológicos y sociales. Se habla de "bibliotecas activas y modernas" y de la necesidad de "modernizarse".
El acto de leer y la construcción de la identidad
El acto de leer en sí mismo es un tema central. Se describe cómo los libros "cambiaron mi vida", cómo se "devoran libro tras libro" y cómo la elección de lectura puede ser un reflejo de la personalidad. "No sé qué leer ahora", dice Matilda, buscando la próxima aventura literaria.
La biblioteca, por lo tanto, no es solo un repositorio de libros, sino un espacio donde se construyen identidades, se exploran deseos y se confrontan realidades. Es un lugar donde "todas las historias del rey Arturo que encontraba" pueden ser descubiertas, y donde cada lector, como Eudes, puede gritar con emoción: "¡La he leído!".
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Tebeo de chicas con candados en las orejas: Un concepto intrigante
Aunque el texto principal no desarrolla explícitamente el concepto de "tebeo de chicas con candados en las orejas", la mención de este título sugiere una posible línea argumental o un elemento simbólico dentro de una narrativa más amplia. Podría referirse a:
- Un objeto o accesorio distintivo: Un candado en la oreja podría ser un elemento visual llamativo en los personajes de un tebeo, quizás simbolizando un secreto, una protección, o una forma de autoexpresión peculiar.
- Una metáfora de la incomunicación o el encierro: El candado podría representar una barrera para la comunicación, una dificultad para expresar o escuchar, o un sentimiento de estar atrapado.
- Un elemento de rebeldía o desafío: En contraste con su función de cierre, un candado en un lugar tan expuesto como la oreja podría interpretarse como un acto de desafío a las normas o una forma de llamar la atención.
La exploración de este concepto, quizás a través de la historia de una chica que lleva un candado en la oreja y su relación con el mundo de las bibliotecas y la lectura, podría añadir una capa de intriga y simbolismo a la narrativa.