Los vicios capitales son aquellos que tienen un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Al principio del cristianismo los escritores religiosos ―Cipriano de Cartago, Juan Casiano, Columbano de Luxeuil, Alcuino de York― enumeraban ocho pecados capitales. En el catolicismo, la clasificación de los pecados capitales en un grupo de siete se originó con Tertuliano y continuó con Evagrio Póntico. Los conceptos se basaban en parte en antecedentes grecorromanos y bíblicos. Más tarde, el concepto de los siete pecados capitales evolucionó aún más, como lo demuestra el contexto histórico basado en la lengua latina de la Iglesia católica romana, aunque con una influencia significativa de la lengua griega y las tradiciones religiosas asociadas. El conocimiento de este concepto es evidente en diversos tratados; en pinturas y esculturas, por ejemplo, decoraciones arquitectónicas en iglesias de algunas parroquias católicas; y en algunos libros de texto antiguos.
Los siete pecados capitales son por este orden: la soberbia, la avaricia, la gula, la lujuria, la ira, la envidia y la pereza. Por fortuna para los creyentes, también hay un catálogo de siete virtudes capaces de imponerse a los pecados y de salvar el alma. Cada virtud se enfrenta a un pecado capital: la humildad (contra la soberbia), la generosidad (contra la avaricia, la castidad (contra la lujuria), la paciencia (contra la ira), la templanza (contra la gula), la caridad (contra la envidia) y la diligencia (contra la pereza).
Más allá de la moralidad de la religión, los pecados han tenido su función. Como aseguró a EL MUNDO el neurocientífico Jack Lewis, autor del libro La ciencia del pecado (Pinolia), "cada una de las siete tentaciones humanas más comunes es una parte perfectamente aceptable, si no totalmente necesaria, de nuestro repertorio de comportamientos. Si se suprimieran por completo, es muy posible que nuestra especie nunca hubiera sobrevivido". Es decir, que estamos aquí porque llevamos 3,2 millones de años sucumbiendo a la tentación. La frase de Lewis bien se puede ligar con la definición de pecado capital que hizo Santo Tomás de Aquino a la hora de dar con una definición de pecado capital: "aquellos vicios a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada".
La identificación y definición de los pecados capitales a través de su historia ha sido un proceso fluido y ―como es común con algunos aspectos de la religión― con el tiempo ha evolucionado la idea de lo que envuelve cada uno de estos pecados. Se sabe que el obispo africano Cipriano de Cartago (f. No obstante, la primera elaboración teórica proviene de uno de los denominados Padres del desierto en el siglo IV: Evagrius Ponticus. Evagrio postula la necesidad del «praktiké» (cuya significación más cercana sería «vida activa») como actividad inicial necesaria para purificar las pasiones del alma por medio de la «ascesis» (dominar el cuerpo para iluminar el alma), buscar el silenciamiento interior («hesyquia») a través del «sunesis» (confluir en Dios para lograr entendimiento) y encontrar la «epignosis» (tener una relación íntima con la fuente de ese conocimiento preciso y correcto) con el propósito de alcanzar la «apatheia» (el estado de plenitud espiritual). Para ello resalta una virtud primigenia: la «enkrateia», cuya significación griega («dominio propio, control sobre uno mismo») es más amplia que las voces latinas «temperantia» (templanza) y «continentia» (continencia). En cuanto a los vicios que distraen el pensamiento, el motor de las reflexiones de Evagrio es la noción cristiana de la concupiscencia. Esta es caracterizada como la inclinación a cometer pecado, cuyo fuente bíblica es la Carta de Santiago, capítulo 1, del versículo 13 al 15, y que predomina en el mundo natural (II Pedro,1:4).
En el siglo V, el sacerdote y anacoreta Juan Casiano (probablemente discípulo de Evagrius en Nitria) con su obra De institutis coenobiorum (V, coll. 5, «de octo principalibus vitiis»)― introdujo las enseñanzas de Ponticus en Europa, traducidas al latín, y expuso las obligaciones del monje y los vicios contra los que ha de estar prevenido. Columbano de Lexehuil (540-615) ―en su Instructio de octo vitiis principalibus en Bibl. max. vet. patr. (XII, 23)― y Alcuino de York (735-804) ―en su De virtut. El 7 de febrero de 590, la plaga de Justiniano acabó con la vida de Pelagio II, y Gregorio I se convirtió en el primer monje en llegar al papado. Desde esa posición concluye sus comentarios pastorales sobre el Libro de Job en su Moralia, sive Expositio in Job. El poeta Dante Alighieri (1265-1321) utilizó el mismo orden del papa Gregorio Magno en «El Purgatorio», la segunda parte del poema La Divina Comedia (c. 1308-1321). El poeta hispanolatino Aurelio Prudencio (348-410) ya utilizó personificaciones alegóricas de los vicios y virtudes en combate en su poema Psychomachia. Muchos sermones se inspiraron en los pecados capitales durante la Edad Media, así como no pocos poemas alegóricos. En el siglo XIV pueden encontrarse en el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita (1284-1351) y, también, dentro del Rimado de Palacio del canciller de Castilla Pero López de Ayala, en forma de exposición previa o examen de conciencia de la confesión católica de los mismos.
La Pereza: Definición y Manifestaciones
El padre Reginald Martin, OP, define la pereza como “una aversión al trabajo o al esfuerzo; pereza; indolencia." Estas palabras despiertan razonablemente el desprecio de cualquiera que se comprometa a hacer una contribución productiva a la sociedad. También pueden excitar nuestra indignación cuando observamos que un compañero de trabajo o un miembro de la familia no tiene una participación razonable en una empresa común. Sin embargo, esta definición no penetra la realidad espiritual del pecado que llamamos pereza.
Lo que distingue el pecado de la pereza de simplemente perder el tiempo jugando videojuegos o viendo la décima repetición de una serie de televisión es el papel que juega la tristeza y su rechazo al amor de Dios. Estas características distintivas requieren alguna aclaración, así que vayamos, por un momento, a nuestra Escritura, donde el autor del Libro del Eclesiástico nos insta a Pon [nuestro] hombro debajo de [Sabiduría Divina] y ... no te preocupes por sus ataduras ... cuando la agarres, no la sueltes. Porque al fin encontrarás el descanso que ella da, y se convertirá en gozo para ti. (Eclesiastés 6: 27) En el texto latino, "inquietarse" se describe como acedia, que significa mal humor o tristeza, incluso mal humor. Ninguno de estos debe confundirse con la mera pereza de la definición del diccionario, o con la depresión clínica, que, por ser una enfermedad física / psicológica, no es pecaminosa. Santo Tomás de Aquino se refiere a algunas fuentes anónimas "Quienes dicen que la pereza es una pereza de la mente que descuida comenzar bien". (ST, II-II, 35, 1) Él añade, Entonces, dado que el bien espiritual es un bien en verdad, el dolor por el bien espiritual es malo en sí mismo. Y, sin embargo, también ese dolor que tiene que ver con un mal real, es malo en su efecto, si oprime a un hombre de tal manera que lo aleja por completo de las buenas obras.
La simple «pereza», más aún el «ocio», no parecen constituir una falta. Hemos preferido, por esto, el concepto de «acidia» o «acedía». Tomado en sentido propio es una «tristeza de ánimo» que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios.
La pereza se encuentra tumbada en el sofá mientras mira la televisión aunque en su cabeza sigue pensando todas y cada una de las cosas que tiene que hacer. Sin embargo, sabía que no haría nada, le dolía todo el cuerpo y eso que no había realizado nada del otro mundo. Pensó en todas las tareas domésticas que debía hacer, limpiar la casa, comprar, hacer la comida, tender la ropa... Pensó en todas las tareas del trabajo que debía adelantar, estaba tratando de cerrar un último contrato importante y no debía perderlo pero aquello no le importó en aquel momento. Suspiró tranquilo esperando que pasara el día. Ni siquiera estaba prestando atención a lo que emitían en televisión. Un rayo de luz le daba en la cara y solo podía quedarse ahí, sabiendo que cualquier momento podría dormirse. Siempre tuvo una debilidad con la claridad en la cara, y en esta ocasión tampoco era distinto. Al poco tiempo Pereza se quedó dormido y no pudo hacer otra cosa que mantenerse en aquella pequeña tranquilidad que se había formado con la claridad, el sonido relajante de la televisión y la comodidad del sofá.
La pereza es el desafecto, la dejadez, por las cosas que se deben hacer. Esa falta de voluntad y esfuerzo acaba con la incapacidad del alma de llevar las riendas. El padre Luis Fernando Valdés, capellán de la Universidad Panamericana, asegura que la pereza es el primer frente de la lucha espiritual de los cristianos, pues ese pecado esconde diversas faltas y muchas veces es casi imperceptible. “Para todos, laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, de todo el mundo, es el primer frente que tenemos de abordar”.
“Si hay cansancio físico es muy fácil postergar las cosas, y si hay cansancio mental -porque estoy desvelado o estresado- es muy difícil que la mente vea en ese deber que me toca, algo que es bueno en ese momento, y por eso lo postergamos”. De acuerdo con el presbítero, perezoso no sólo es aquel que no cumple sus obligaciones; también hay quienes procrastinan, es decir, que van postergando sus tareas. “Hay otros que no cumplen con el objetivo central de su trabajo y hacen puras cosas periféricas, es pereza disfrazada”. “Podemos camuflar la pereza de actividad o de lo que sea. La clave está en que, quien no está cumpliendo lo que le toca hacer en este momento, es un perezoso, aunque haga mil cosas más”.
La pereza (cf. lat. pigritiam, y este, a su vez, del adjetivo piger = lento, tardío, torpe, pesado) podemos definirla como la negligencia, el tedio o el descuido en las cosas a que estamos obligados (a hacer); también se refiere a la flojedad (o como denominamos en nuestra tierra gaditana, “flojera”), al descuido o a la tardanza en las acciones o movimientos -propios o ajenos-. El origen de este pecado capital (¿deberíamos englobarlo como tal?) es completamente natural: todos los seres vivos que se mueven -incluidos nosotros, faltaría más- tienden a no malgastar energías si no hay un beneficio que no tiene por qué ser seguro e inmediato. Puede ser algo probable o que se obtendrá en un futuro; hay muchos ejemplos de acciones de este tipo: conseguir algo para comer, limpiar (o limpiarse), practicar cualquier hobby para mejorar habilidades, hablar con los demás para establecer relaciones sociales, ayudar a los demás para establecer o mejorar las relaciones sociales, o mantener relaciones sexuales para fortalecer la relación de pareja, acciones completamente cotidianas y habituales en nuestra vida.
Es considerado “perezoso” o que actúa “perezosamente” aquella persona que renuncia a sus deberes con la sociedad, con la ciudadanía, que abandona su propia formación cultural; la persona que nunca tiene tiempo para leer un libro, para ver una película, para escuchar un concierto, para prestar atención a una puesta de sol. Aquel que tiene pereza de convertirse en más humano.
El mundo greco-latino retrata a la perfección lo que supone ser un dejado o abandonado para con las tareas (obligadas o no) propias de nuestra condición humana: en la Antigüedad, lo que se oponía a la pereza era la actividad, no el trabajo. Para un griego el trabajo era cosa de esclavos, pero nunca hubiese dicho que era mejor la inactividad. Aristóteles se hubiera horrorizado de saber que tendría que trabajar, pero también se hubiese escandalizado de saber que la pereza le impediría ponerse a pensar. “los hombres están siempre quejosos de sí mismos; desean una cosa y quieren otra, absolutamente como los libertinos que no saben dominarse. En lugar de las cosas que ellos mismos creen ser buenas, prefieren las que son para ellos agradables, pero funestas. ARISTÓTELES, Etica Nichomacho, IX, cap.
El ocio -cf. lat. otium = tiempo libre-, a diferencia de la pereza, es simplemente un tiempo que no se emplea en las cuestiones laborales. Los romanos, que fueron quienes lo inventaron (que se lo pregunten, si no, a nuestro querido Catulo), hablaban de ocio y de negocio, el “no-ocio”. El negocio era algo que tenía que ver con las necesidades; las personas que no están ociosas son las que atienden necesidades: se están lavando, peinando o trabajando en el campo. En cambio, el ocio significa dedicarse a lo que te gusta: el ocio es simplemente lo que haces sin que necesiten pagarte por hacerlo, y el negocio es lo que haces para tener ingresos.
Se tiende a relacionar (¿con razón?) la pereza con la desmotivación, aunque algunos lo hacen con el aburrimiento. Pero aquel que se aburre puede ser activo. El perezoso está desmotivado para hacer cosas y prefiere no cambiar su actitud. La desmotivación social tiene varios orígenes: uno de ellos es la educación ultrapermisiva, sin ningún tipo de límites, que se da en países como el nuestro, y probablemente se dé más en Suecia que en España. Antes no había lugar para la desmotivación, las cosas había que hacerlas porque así estaba establecido, sin dar muchas explicaciones, y esto era un gran elemento para que la gente cumpliera con sus deberes. Se creía en que había que casarse, tener hijos, rezar, ser fiel. Todo estaba perfectamente establecido. Nadie se preguntaba, o por lo menos no lo hacía en público: ¿Por qué tengo que llegar virgen al matrimonio? Hoy, en cambio, los fines son privados, por lo tanto hay que razonarlos: ¿Para qué y por qué hacemos las cosas? El problema es que muchos de los objetivos humanos son difíciles de razonar y contestar: ¿Para qué quieres subir a la cima de la montaña? Todas estas preguntas necesitan argumentos para contestarlas; generalmente careces de ellos, entonces te desmotivas. En el pasado la sociedad se basaba en presupuestos aceptados. La mayoría -salvo personajes muy inquietos- no pensaban en la existencia como un conjunto de preguntas que había que responder en forma individual. En esto hemos cambiado, la gente piensa o busca hacer cosas que tengan un sentido. Hoy la búsqueda debe tener contenidos, y esto es un problema porque casi todo lo que nos rodea tiene poco sentido relativo.

La Pereza en la Cultura y el Entretenimiento
En el universo de DC Comics, la Pereza es una de las encarnaciones de los Siete Pecados Mortales. En el año 2600 a.C., tras el asesinato de su familia, un vengativo Teth-Adam liberó a los Siete Pecados Mortales en Kahndaq, incluido Pereza. A raíz de su liberación, los Pecados provocaron la muerte de millones de personas y la caída de varias civilizaciones, llevando a la humanidad a su casi extinción.
En 1974, Shazam, en busca de alguien que herede sus poderes, convocó al joven Thaddeus Sivana a la Roca de la Eternidad y le ofreció ser su campeón. En eso, Pereza y los otros pecados se manifestaron en sus estatuas, cuyos ojos comenzaron a iluminarse de color rojo, tentando a Sivana para que sea su campeón. Manipulado por los pecados con sus inseguridades y su ambición de poder, el pequeño intentó tomar el Ojo del Pecado que los mantenía aprisionados, solo para ser detenido por Shazam.
En 2018, el ahora adulto Thaddeus Sivana logró acceder a la Roca de la Eternidad tras años de investigación. Luego de confrontar al hechicero por no haberlo elegido, Sivana observó al Ojo del Pecado mientras Avaricia y Gula se manifestaron en sus estatuas y comenzaron a tentarlo. "¿De verdad crees... que todo esto?... lo material que has acumulado, equivale a poder, ¿Verdad?. Esto es poder, más del que has tenido. ―Thaddeus Sivana a Sr. Pereza es desatado en la reunión de Industrias Sivana.
Al día siguiente, Thaddeus Sivana, con deseos de venganza contra su padre y hermano por años de abusos y maltratos, acudió a la Torre Sivana e irrumpió una reunión del consejo de Industrias Sivana. Ahí, Sivana desató a Pereza y los otros pecados sobre los miembros de la junta, a quienes masacraron brutalmente. Atemorizado, su padre le imploró por su vida a cambio de su riqueza y poder, lo que llevó a Sivana a regodearse de su poder anunciando tener más que nadie.
Luego de manipular al campeón William Batson para ingresar a la Roca de la Eternidad y otorgarle su poder con el Bastón de los Dioses, Sivana liberó a Pereza y los demás los Pecados de su cuerpo, quienes comenzaron a rodear a ambos e insistirle a Batson a pronunciar el nombre del hechicero cuando descartó que a ellos les importaba su seguridad. Sin embargo, los hermanos de Batson aparecieron repentinamente detrás de él, y lanzaron un Batarang a Sivana que le provocó una pequeña herida en la cabeza.
Habiendo huido a un carnaval navideño, los hermanos de William Batson llamaron intencionalmente la atención de Thaddeus Sivana para que liberara a los Pecados y comenzaran a perseguirlos, con Pereza capturando a Pedro Peña con sus tentáculos. Con los hermanos capturados como rehenes en una de las carpas del carnaval, Batson se vio obligado a transferir su poder a Sivana, quien absorbió nuevamente a Pereza y los demás Pecados dentro de él.
Poco después de lanzarse a Batson en un duelo por el cielo de la ciudad de Filadelfia, Pereza y los Pecados comenzaron a rodear a los hermanos para enfrentarse individualmente a ellos. Aunque Pereza intentó atrapar a Mary Bromfield con sus tentáculos, esta logró vencerlo y tumbarlo al suelo. Pereza continuó enfrentándose a Bromfield cuando, eventualmente, Batson regresó al carnaval con un impotente Sivana en sus manos, a quien le arrancó el Ojo del Pecado mientras succionaba Pereza y los Pecados consigo.

Alternativas a la Pereza: La Diligencia y la Virtud
A todos, alguna vez, nos entra un poco de pereza, de inapetencia, de desgana. Y en ocasiones nos dejamos llevar por ella, y es que no se puede estar siempre a mil, con las pilas cargadas y motivado para todo. Pero en ocasiones la pereza se convierte en actitud vital. Pasa de ser una situación puntual a guiar todas las respuestas que das, cada vez que se te pide algo. Siempre encuentra uno excusas para no hacer lo que no apetece. Se te ocurren mil planes mejores. Reconoces que no tienes ganas. O a veces, en lugar de eso, lo disfrazas de sobrecarga y agobio. Te viene a la boca, como un mantra siempre preparado, la explicación de que es que estás muy cansado y no puedes con todo -que a veces es verdad, pero a veces se convierte en una fachada para la vagancia, tan convincente que hasta uno mismo se lo puede creer-. Y terminas posponiendo siempre lo que te resulta duro, arduo o poco gratificante, mientras abrazas con entusiasmo lo apetitoso, lo fácil o lo emocionante. El problema de la pereza como actitud vital es que termina haciendo que algunas cosas que son importantes -acaso imprescindibles- se pierdan y queden sin hacer. Por pereza puede uno dejar pasar algún tren muy necesario. O puede dejar en la cuneta a alguien que le necesita.
¿Cuál es la alternativa? No sé si es muy contemporáneo hablar de diligencia (que casi suena a carro de película del oeste). Hoy quizás diríamos algo así como que hay que ponerse las pilas y arrear. Como actitud, la diligencia, el ser diligente, es ser alguien que está preparado y dispuesto para ir sacando adelante las cosas. Es bueno para uno mismo, porque vas conquistando espacios, terrenos y ámbitos en la vida. Y es bueno para los otros, si las metas que te fijas tienen que ver con ellos.
Para combatir la pereza, uno de los 7 pecados capitales, es necesario entender que, aunque en el momento no lo parezca, cumplir con nuestras actividades nos traerá siempre un bien mayor. Pero, sobre todo -agregó- hay que seguir el ejemplo que nos dio Jesús, quien trabajó gran parte de su vida en su taller de Nazaret. “Él nos redimió siendo trabajador”, recordó el presbítero.
¿Cómo vencer la pereza? Para vencer este pecado y fortalecer la virtud de la diligencia, el padre Luis da estos consejos: Imitar a Cristo y santificarnos en nuestro trabajo. Es un gran aliciente para cumplir nuestro deber. El amor a Cristo nos lleva a abordar nuestros deberes espirituales y nuestras prácticas de piedad. La familia, el amor de los cónyuges, los padres y los hijos son otro motivo para vencer nuestra flojera.
La enorme popularidad de la obra Psychomachia de Aurelio Clemente Prudencio en la Edad Media ayudó a difundir el concepto de la... Pereza se encontraba tumbado en el sofá mientras miraba la televisión aunque en su cabeza seguía pensando todas y cada una de las cosas que tiene que hacer. Sin embargo, sabía que no haría nada, le dolía todo el cuerpo y eso que no había realizado nada del otro mundo. Pensó en todas las tareas domésticas que debía hacer, limpiar la casa, comprar, hacer la comida, tender la ropa... Pensó en todas las tareas del trabajo que debía adelantar, estaba tratando de cerrar un último contrato importante y no debía perderlo pero aquello no le importó en aquel momento. Suspiró tranquilo esperando que pasara el día. Ni siquiera estaba prestando atención a lo que emitían en televisión. Un rayo de luz le daba en la cara y solo podía quedarse ahí, sabiendo que cualquier momento podría dormirse. Siempre tuvo una debilidad con la claridad en la cara, y en esta ocasión tampoco era distinto. Al poco tiempo Pereza se quedó dormido y no pudo hacer otra cosa que mantenerse en aquella pequeña tranquilidad que se había formado con la claridad, el sonido relajante de la televisión y la comodidad del sofá.
Los remedios contra la pereza incluyen recordar el sábado, mantener la vigilancia a través del estudio, la oración constante, el Sacramento de la Reconciliación y seguir el ejemplo de la Virgen María. La pereza triunfa cuando eliminamos u omitimos a Dios de nuestro panorama moral. El tercer mandamiento nos dice Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todo tu trabajo; pero el séptimo día es sábado para el Señor, tu Dios; en ella no harás ningún trabajo…. Esta no es una invitación a no hacer nada; es un mandamiento de imitar a Dios, que descansó, no de ser Dios, lo que hubiera sido imposible, sino de la obra de la creación. Esto está lejos de la triste lasitud que identifica a la pereza. Rendirse a un descanso sabático es aprovechar la oportunidad de abrazar el ocio sagrado del Día del Señor y encontrar una fuente más de gozo en nuestras relaciones con Dios.
Nuestro Catecismo culpa de acedia sobre "práctica ascética laxa, vigilancia decreciente, descuido de corazón". (CCC, núm. 2733) Adoptar la disciplina de la lectura espiritual es una forma de atacar estos males, y podríamos comenzar acercándonos a las Escrituras. Los medios de comunicación modernos también vienen en nuestra ayuda en esta búsqueda, y podemos encontrar copias "en línea" de las reflexiones de nuestro Santo Padre - así como las enseñanzas de otras autoridades de la Iglesia - con muy poca dificultad.
El estudio es una empresa indudablemente valiosa, pero el católico moderno puede verse presionado a encontrar tiempo para poco más que una mirada casual a un misal para saber qué lecturas aparecerán el domingo siguiente. Desafiarnos a ser más diligentes en la oración es otra forma de combatir la pereza, y la oración tiene la ventaja de ser accesible en cualquier momento. Kevin Vost, autor de Seven Deadly Sins, cita a San Juan Clímaco, quien se dirigió así a la pereza "¡Tú allí! Criatura grosera y perezosa ... ¿Quiénes son tus enemigos? ¿Quién puede destruirte? Y el tedio puede verse obligado a responder ... "El canto de salmos y el trabajo manual son mis oponentes a quienes ahora estoy atado ... lo que realmente me mata es la oración respaldada por una firme esperanza en las bendiciones del futuro". (Los siete pecados capitales, capítulo 8, "Perezoso cortante") orar y trabajar, “Oración y trabajo” son piedras angulares de la vocación monástica, y el horario monástico claramente reserva tiempo para cada uno. Si se abraza fielmente, especialmente si se abraza en la tierra como un signo de la vida que podemos esperar en el cielo, la vocación monástica debería acabar con la pereza. Sin embargo, hemos visto que este no es el caso. Si los llamados a los elevados planos de la vida religiosa pueden caer presa de la pereza, ¿qué beneficio obtendrá el laico medio de las palabras de Climacus? ORA SIEMPRE Y EN TODAS PARTES
Hacer tiempo para la oración puede parecer una tarea tan abrumadora como reservar tiempo para estudiar, sin mencionar el trabajo manual, por lo que Vost agrega: ¿Incluso el tiempo, la energía y la concentración requeridos por el Oficio Divino o el Santo Rosario te dejan con sentimientos de apatía y fatiga? Entonces, ¿por qué no empezar con oraciones sencillas? Incluso una oración tan corta y simple como la Señal de la Cruz, si se reza con un corazón sincero, puede hacer que la pereza se retire. De hecho, algunos de los santos más celosos lo rezaron y firmaron muchas veces durante el día. Es difícil dejar que su mente divague tras cosas ilícitas cuando ora repetidamente para que todos sus pensamientos, palabras y obras se hagan "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". (Ibídem.)
Puede que no identifiquemos inmediatamente la oración con la justicia, pero nuestra teología enseña que la virtud de la justicia es dar a los demás lo que merecen. La oración es uno de los actos que le corresponde a Dios; rezar no sólo nos acerca a Dios - y nos aleja de la pereza - sino que nos permite practicar una de las Virtudes Cardinales, esos buenos hábitos que se oponen a los Pecados Cardinales que hemos estado considerando durante el año pasado en estas reflexiones.
El autor sugiere que buscar el confesionario es el glaseado del pastel espiritual que nos libera de la pereza. La pereza nos anima a no hacer nada, a no preocuparnos por nada, a comportarnos como si nada importara más que nuestro propio descontento. El Sacramento de la Reconciliación es una oportunidad para abordar y triunfar sobre cada una de esas tentaciones. La razón de esto es bastante simple: el Sacramento de la Reconciliación exige nuestra participación activa. Para disfrutar de sus beneficios debemos animarnos, abandonar nuestro letargo y acercarnos al confesionario. Si vamos a recibir la Santa Cena dignamente, debemos dedicarnos al menos a un examen superficial de nuestra vida: ¿qué he hecho, qué he dejado de hacer? ¿Qué desearía haber hecho de manera diferente? Finalmente, debemos estar dispuestos a aceptar el desafío del cambio. Puede que no seamos los más entusiastas de los penitentes, pero buscar el Sacramento de la Reconciliación es dar un paso de gigante lejos del fango de la pereza.
Ronald Knox, un escritor espiritual del siglo pasado, compuso un retiro en el que pidió a las personas que consideraran la calma, la tranquilidad y la serenidad de la Virgen María. Si consideramos estas cualidades mientras meditamos en la iglesia, pueden parecer recomendaciones muy positivas, pero en estos días de gratificación electrónica inmediata, las personas tranquilas y tranquilas a menudo pueden confundirse con deprimidas, perezosas, letárgicas o perezosas. Así que Knox señala amablemente la "habilidad de las personas tranquilas de poner primero lo primero". Y aquí podríamos pensar en nuestra Santísima Madre. Después de que San Lucas describe que Gabriel le dijo a María que ella sería la Madre de Nuestro Salvador, describe la visita de María a Isabel y nos dice que ella la visitó “apresuradamente”. Lo importante aquí es que Mary haga su visita "apurada", pero no "apurada". Nuestro diccionario define "prisa" como velocidad, pero agrega que es velocidad combinada con un determinado propósito o despacho. Esto se hace eco de la observación de Knox: "Las personas tranquilas no necesitan tener prisa, porque se apresuran en el momento adecuado, en las cosas correctas".
En el "Purgatorio" de Dante Divina Comedia, las almas perezosas se arrepienten de su indiferencia pecaminosa subiendo la Montaña del Purgatorio con "buena voluntad y afecto correcto". (“Purgatorio”, XVIII, 96ss). Dos almas a la cabeza gritan el pasaje de San Lucas: "María ... se fue apresuradamente a la región montañosa". Acompañan estas palabras con la amonestación: "De prisa, de prisa, no sea que el tiempo se pierda por poco amor". Cometemos un error si imaginamos que el evangelio es un registro de cosas que le sucedieron a otras personas, en algún otro lugar, hace mucho tiempo. De hecho, el evangelio es una historia que se cuenta sobre nosotros, aquí y ahora. Cada una de las personas que conocemos en los relatos del Evangelio es un reflejo de nosotros, y cada una de ellas ilustra lo que deberíamos estar haciendo o lo que deberíamos evitar. María es el modelo de la Iglesia, por eso es nuestro modelo en todas las cosas. Ella es el primer tabernáculo de la Iglesia y su primera evangelista, una persona dispuesta a dejar atrás todo el confort y la seguridad del hogar para proclamar la Buena Nueva. Y ella está dispuesta a hacerlo "a toda prisa". Nuestro bautismo nos llama a hacer lo mismo.