La Diáspora Judía Española: Un Legado de 500 Años

La historia de la diáspora judía española es un relato complejo y fascinante que abarca siglos, marcado por la expulsión, la adaptación y la preservación de una identidad cultural única. El año 1492 no representa un comienzo absoluto, sino una fecha simbólica en la que se amplificaron procesos iniciados con anterioridad, confiriéndoles un sentido radical.

Antes de 1492, ya habían tenido lugar conversiones al catolicismo, algunas por temor, particularmente tras los progromos de 1391, y otras por convencimiento. Asimismo, un siglo atrás habían comenzado las migraciones de judíos españoles hacia otras comarcas como Portugal, el Magreb y Francia. La Inquisición, instituida en 1480, llevaba ya doce años afanándose por desenmascarar a los conversos que judaizaban en secreto.

El carácter radical de 1492 reside en la abolición de un momento histórico, único en su género, de coexistencia y diálogo de las tres religiones del Libro, y en la posibilidad de una Europa abierta y tolerante, malograda en España, donde podía y debía haber nacido. El triunfo absoluto de la catolicidad castellana propagaría la intolerancia en las Américas, donde España desembarcó en aquel mismo año de 1492.

Tras la expulsión de los judíos de España en 1492 y la posterior expulsión de los judíos de Portugal en 1496, tuvo lugar la diáspora dentro de la diáspora, el segundo gran exilio: el exilio de la patria sefardí. Los expulsados que habían rechazado la conversión se unieron, a lo largo de los siglos XVI y XVII, a los conversos que permanecían secretamente fieles al judaísmo, y juntos se extendieron no solo por la cuenca del Mediterráneo, sino también por Inglaterra, el norte de Europa y las Américas.

Mapa de la diáspora judía sefardí

Encontraron asilo en el África septentrional islámica, donde se les otorgó el estatuto de dhimmi, ciudadano protegido e inferior a la vez. Sobre todo, se vieron acogidos por los gobernantes otomanos y gozaron de autonomía y ciertas libertades, como por ejemplo en Salónica, convertida en la nueva capital sefardí. Allí se conservó por cerca de cinco siglos la lengua española o djidyó, conocida como lengua de los judíos.

La rica cultura de la Sefarad anterior al exilio, nutrida de griego, latín, árabe y hebreo, prosiguió su andadura durante el siglo XVI en Salónica, mientras los pensadores cabalistas procedentes de España, reagrupados en Safed, desplegaban las más excelsas magnificencias de una cosmogonía mística y racional a la vez.

En Europa y en América, adonde no dejaron de afluir, los conversos pudieron reintegrarse al judaísmo en aquellos focos de tolerancia que eran por aquel entonces las Provincias Unidas, el ducado de Toscana, y más tarde, a finales del siglo XVIII, los Estados Unidos, en cuya acta fundacional queda reconocida la libertad de conciencia.

En el transcurso de los siglos XVI y XVII, conversos y sefarditas exiliados se encontraron ligados por redes económicas basadas en la mutua confianza, un factor que habría de contribuir poderosamente al amplio desarrollo de los intercambios internacionales, característico de aquella época.

El Complejo Mundo de los Conversos (Marranos)

Durante mucho tiempo, el foco de atención estuvo constituido por aquellos que en 1492 prefirieron el exilio a la conversión. Hoy, sin embargo, se descubre cada vez más el misterioso universo de los conversos o marranos.

Por una parte, la amenaza de ser denunciados a la Inquisición mantenía vivo un cierto sentimiento de inseguridad en muchos convertidos que, sin embargo, habían optado irrevocablemente por el catolicismo. Por otra parte, la conversión no suponía ipso facto la integración, ya que la teoría de la limpieza de sangre impedía a los conversos el acceso a ciertas carreras y funciones públicas.

Todo aquello alimentó entre los marranos, incluso en aquellos que habían dejado de judaizar, el sentimiento de una diferencia o una exclusión intrínsecamente relacionadas con su identidad. Muchos conversos, unos auténticamente cristianizados y otros judaizantes en secreto, huyeron a América Latina para escapar de la Inquisición, pero ésta los alcanzó allí. Es así como en México, 200 conversos fueron acusados de judaizar entre los años 1620 y 1650.

La aventura marrana se caracteriza por una sorprendente diáspora cultural. Hubo conversos que, como Torquemada, denunciaron y persiguieron a judíos. Los hubo también que, como Teresa de Ávila, hallaron en el éxtasis de la comunión mística un más allá, tan distante de la ley judía como de la norma católica.

Incluso no parece imposible que, de acuerdo con la tesis de Dominique Aubier, algunos cabalistas hubieran camuflado, bajo la adoración de la Virgen, su culto a la Shejiná, sustancia femenina de la Divinidad, según la Kabala. Tampoco parece imposible que el Don Quijote de Cervantes traduzca no solo la nostalgia por la desaparecida caballería, sino también la imposible búsqueda de la Shejiná, perdida en el degradado mundo del exilio.

Muchos conversos, que sentían en su fuero interno el choque mutuamente destructivo de las dos religiones antagonistas, franquearon el horizonte de las religiones reveladas. Unos desembocaron en el «¿yo qué sé?», como fue el caso de Montaigne, y otros en una filosofía de la inmanencia, confundiendo a la divinidad con el ser de la naturaleza. Así, y aunque solo nos limitáramos a Montaigne y Spinoza, el marranismo aportó a la moderna cultura europea dos de sus más ricos fermentos.

Durante al menos dos siglos, un gran número de conversos conservó una identidad doble: una identidad de apariencia, practicando ostensiblemente el catolicismo, y, a la vez, una identidad secreta, conservando la fe judaica. Paradójicamente, permanecían fieles a la ley de Moisés sin poder cumplir sus preceptos, es decir, circuncidar a los niños varones, observar las prescripciones rituales, respetar las prohibiciones alimentarias (apenas podían evitar el consumo del cerdo, y, hasta hoy, la repugnancia por la carne de cerdo delata la ascendencia marrana de algunas familias españolas).

Es así como el judaísmo de los conversos se transformó en una religión de la fe y del corazón, como lo había sido el cristianismo naciente, mientras el catolicismo les imponía una ley rígida y despiadada. En el espíritu de algunos conversos se gestó cierto sincretismo judeocristiano que ofrecía la ventaja de un doble seguro de vida eterna.

Transcurridas varias generaciones desde la conversión de sus antepasados y hasta el siglo XVII, conversos alejados de todo ritual judaico abandonarán España y Portugal para alcanzar Ámsterdam, Venecia, Livorno, Salónica y allí lograr el reconocimiento como judíos. Muchos se topan con dificultades para aclimatarse a la Ley.

Su judaísmo de fe va a favorecer, en las comunidades sefardíes del Imperio otomano, un misticismo alimentado, desde luego, por las enseñanzas de los maestros cabalistas. Bajo los efectos de los pogromos que se abaten sobre las juderías polacas en 1648-1649, dicho misticismo se exaltará a la espera de la inminente llegada del Mesías.

En estas circunstancias aparece efectivamente un mesías, Sabbataí Tseví, autoproclamándose como tal en 1651, tras haber bailado en éxtasis en un templo de Esmirna y haber pronunciado el Tetragrama impronunciable. La fe en Sabbataí se extiende como reguero de pólvora a través de todas las comunidades sefardíes, desatando las ardientes prédicas de numerosos rabinos, provocando salidas hacia Jerusalén, la paralización de las transacciones comerciales, el impulso de casi todo el pueblo sefardí hacia la Gran Promesa.

Amenazado de ejecución por el Sultán, Sabbataí Tseví abjura en 1660 y se convierte al Islam, perdiendo gran parte de sus discípulos judíos, pero prosigue su prédica entre los musulmanes. Sabbataí había predicado una redención general en virtud de la cual los pecadores no serían condenados.

Tras su conversión al Islam, sus apóstoles, como Abraham Cardoso por ejemplo, destacan la necesidad mesiánica de entrar en el mundo del error y la negación: «El Mesías tenía que convertirse en un marrano, como yo»; «La esencia del misterio es que todos debemos convertirnos en marranos antes de que podamos salir del exilio».

El sabbataísmo se perpetuó en secreto con una rama judía y otra islámica. De la rama judía surgió en el Imperio austríaco un brote judeocristiano, el «frankismo», y más tarde, según la tesis de Gershom Scholem, puede considerarse que el hasidismo polaco representa la variante askenazí a aquel arrebato de fe y de amor del posmarranismo que había nutrido al sabbataísmo.

En cuanto a la rama islámica, la de los donme, fue ella quien originó el movimiento de los jóvenes turcos y la laicización de Turquía bajo Mustafá Kemal. Puede, pues, considerarse al sabbataísmo como una creación rica y original del sefardismo y del posmarranismo. Constituyó un nuevo intento de ir más allá de la Ley y del particularismo de un cierto judaísmo encerrado en sí mismo.

Del sabbataísmo surgieron varias corrientes, unas místicas, otras laicas, que fecundaron tanto el mundo judío como el de los gentiles, particularmente el de los turco-islámicos.

El Siglo Sefardí de las Luces

El siglo XIX es el de las Luces sefardíes en el Imperio otomano. En las ciudades sefardíes del Imperio, se instalaron a finales del siglo XVIII liorneses marcados por las ideas liberales del Gran Ducado de Toscana, llevados allí por el gran desarrollo económico del oeste europeo. En su calidad de protegidos consulares de las potencias europeas, se encontraron situados por encima de las leyes turcas y rabínicas.

Junto al desarrollo del gran comercio internacional que ellos animan, crean la banca y las industrias, propagan las ideas modernas y la educación laica en las grandes urbes del Imperio otomano, principalmente en Salónica, capital marítima de cuyos habitantes el sesenta por ciento son sefarditas y entre el diez y el quince por ciento son donme.

La occidentalización y la laicización desencadenan los mismos procesos que en el mundo cristiano europeo. Pero, a pesar del debilitamiento de la tradicional influencia religiosa, se produce un florecimiento de la cultura sefardí, multiplicándose los periódicos, libros y revistas.

«La lengua y la música de los sefaradíes» Conferencia - Taller con canciones en vivo

La lengua judeoespañola, también conocida como ladino o djidyó, es un testimonio vivo de esta rica historia, preservando la esencia de la cultura sefardí a través de los siglos.

La obra "Historia de una diáspora (1492-1992)", bajo la dirección de Henry Méchoulan, con prólogo de Edgar Morin, ofrece un exhaustivo recorrido por este fenómeno histórico, analizando las diversas facetas de la experiencia judía sefardí en Europa, Oriente Próximo, el Magreb y América.

El edicto de los Reyes Católicos, que ordena la expulsión de los judíos de España, es un documento crucial que marca el inicio de esta diáspora, y su contenido se analiza en detalle en la obra.

La tabla de contenidos de la obra revela la amplitud y profundidad del estudio, abarcando las comunidades sefardíes en España, Portugal, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Alemania, Austria, los Balcanes, Italia, las islas del Mediterráneo, Grecia, Turquía, Siria, Palestina, Israel, Egipto, Argelia, Túnez, Marruecos, América del Norte, América Central y América del Sur.

Región Colaboradores Principales
España José Luis Lacave, Carlos Carrete Parrondo, Luis Suárez Fernández, Jaime Contreras y Contreras, Josep Mascaró Pasarius, Isidro González García
Portugal Anita Novinsky
Francia Gérard Nahon
Inglaterra Edgar Samuel, David S. Katz, Abraham Levy
Países Bajos Renata G. Fuks-Mansfeld, Yosef Kaplan
Alemania, Austria Gabriele Zürn, Zvi Loker
Los Balcanes (Bulgaria, Rumania, Yugoslavia) Zvi Loker
Italia Benjamin Ravid, Robert Bonfil, Jean-Pierre Filippini
Islas del Mediterráneo (Gibraltar, Menorca, Malta) Tito Benady
Corfú Anthony Seymour
Rodas Marc D. Angel
Turquía, Grecia Gilles Veinstein, Henri Fresco, Jacob Barnai, Marie-Christine Varol
Siria Raymond Stambouli
Palestina, Israel Jacob Barnai, Roland Goetschel, Meir Benayahu, Pnina Morag Talmon
Egipto Jacob M. Landau
Argelia, Túnez, Marruecos Richard Ayoun, Michel Abitbol, Haim Zafrani, Tito Benady
América del Norte Alan D. Corré
América Central Moshé Nes-El, Leonardo Senkman, Robert Cohen, Zvi Loker, Charles Gomes Casseres
América del Sur Leonardo Senkman, Charles Gomes Casseres, Zvi Loker, Anita Novinsky

El glosario y el índice de nombres incluidos en la obra son herramientas valiosas para comprender la terminología específica y las figuras clave de la historia sefardí.

Portada del libro

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