El año pasado, Reino de Cordelia publicó dentro de su colección de cómics "Los tebeos de Cordelia", Pinturas de guerra, la nueva obra de Ángel de la Calle, un autor fundamental para entender la evolución del cómic en nuestro país.
Ángel de la Calle es un historietista y teórico del cómic nacido en Salamanca en 1958. Comenzó su carrera en el cómic a finales de los setenta dentro de la revista Star, trayectoria que continuará en los años ochenta dentro de diferentes revistas como Bésame Mucho, Rambla, Zona 84 y Comix Internacional. En los noventa, con la crisis de las revistas, y como tantos otros autores, se centra en otros campos creativos como la ilustración y los storyboards. La llegada del siglo XXI supone su vuelta al cómic por todo lo alto con los dos volúmenes de Modotti: una mujer del siglo XX. Después publicó Diarios de festival, dos volúmenes autobiográficos de sus experiencias como organizador de festivales de cómic, ya que no hay que olvidar que, además de su trayectoria como autor de cómics, es responsable de las actividades de cómic de la Semana Negra de Gijón y codirector de las Jornadas Internacionales del Cómic Villa de Avilés. También es autor de varias obras teóricas como Steranko: Arte Noir, Hugo Pratt: La mano de dios y El Hombre Enmascarado: En el sendero.
Pinturas de guerra es una obra de difícil encaje en ningún género concreto, ya que toca muchos pero no es parte de ninguno. Tiene una parte de cómic político, una de histórico, una crítica al mundo del arte cuestionando su validez como motor de cambio social, otro poco de cómic biográfico y, además, una trama policíaca. Esto, lejos de ser una pega, es una de sus virtudes, ya que tantos puntos de vista hacen la lectura más absorbente.
Estamos ante una novela gráfica que no es fácil, ya que exige al lector, y esto para mí siempre es estimulante. Una lectura no siempre tiene que tener un fin evasivo. Esta no lo es, trata temas muy duros y de manera muy realista, aunque en ningún momento se recrea en ellos, más sabiendo que son hechos reales.
El protagonista de Pinturas de guerra es el propio autor, aunque es un personaje totalmente anodino cuya única función es conectar las historias cruzadas con él como eje del resto de personajes. Incluso su empeño en escribir la biografía de la actriz Jean Seberg no es sino un McGuffin para situar al personaje en París.
En su periplo se encontrará con los pintores autorrealistas supervivientes de la represión en los países sudamericanos por las distintas dictaduras militares durante la Operación Cóndor. Esto servirá para introducir uno de los puntos principales de la obra, que es cuestionarse las posibilidades del arte como herramienta para modificar la sociedad. También se cruzará con otros personajes reales que no necesariamente estaban en París en la época en la que se desarrolla la obra, pero que aportan un punto de vista necesario. Además, por todas las páginas hay guiños al cómic y a sus autores. Pese a aparecer multitud de personajes y movimientos artísticos, en ningún momento lastran la lectura, ya que la historia se entiende a la perfección.

Los libros son parte principal de la obra, en particular dos: El hombre en el castillo de Philip K. Dick y Rayuela de Cortázar. Del primero toma la mezcla de ucronía con los juegos de percepción de la realidad, en los que el arte es de vital importancia, además de jugar con el lector, haciéndole cuestionarse si lo que nos cuenta Ángel de la Calle es verdad o no. Del segundo toma, además de sus similitudes en cuanto a la historia y sus personajes, sus juegos en cuanto a la estructura de la obra, imitando la idea de que sus capítulos se pueden leer en cualquier orden.
La parte más impactante de la obra son las dos espeluznantes conversaciones entre torturadores que abren y cierran el libro; nos muestran sin concesión lo peor de la raza humana. Algo que se repite en otras partes, como cuando vemos las fiestas en casa de Mariana Callejas y vemos a artistas que, sabiendo que ocurren cosas terribles a sus semejantes, eligen mirar para otro lado, algo que hoy sigue ocurriendo en otros ámbitos.
En el apartado gráfico, Ángel de la Calle nos trae una obra muy bien narrada con una estructura de página basada en tres tiras, cada una de ellas con un número variable de viñetas. El estilo gráfico es el mismo que el empleado en Modotti, con un notable uso de luces, sombras y tramas manuales. Sus personajes son reconocibles y expresivos.

Durante la obra se puede ver el enorme trabajo de documentación que ha realizado Ángel de la Calle. La obra fue editada en México antes que en España por la Secretaría de Cultura de Ciudad de México en un formato popular. Reino de Cordelia ha editado Pinturas de guerra de manera extraordinaria: tapa dura, buen papel y reproducción excelente.
Estamos ante la historia de una derrota, del fracaso de unos soñadores que creyeron que podrían cambiar el mundo con su arte pero que fueron atropellados por él. Narra una historia que no ha sido contada en ningún otro medio y lo hace de manera extraordinaria, consiguiendo que sea tan importante lo que cuenta y cómo lo cuenta.
Ficha técnica:
- Editorial: Reino de Cordelia S.L.
- ISBN: 9788416968107
- Idioma: Castellano
- Número de páginas: 160
- Encuadernación: Tapa dura
- Fecha de lanzamiento: 10/04/2017
- Año de edición: 2017
- Plaza de edición: Madrid
Un español llega a París en busca de documentación sobre la actriz Jean Seberg. Casi sin advertirlo, se ve envuelto en una trama de represión contra pintores latinoamericanos que han escapado de las dictaduras militares de sus países. En palabras del escritor Paco Ignacio Taibo II, prologuista de este cómic, "lo que hace genial Pinturas de guerra es que maneja con precisión las claves narrativas, que permiten que decenas de personajes y sus historias se reúnan en una historia central: un agente de la CIA, su homólogo de los servicios secretos franceses involucrado en el pasado de la guerra sucia contra Argelia, una pintora chilena, un pintor tupamaro, un superviviente mexicano de la matanza de Tlatelolco, un pintor montonero argentino, y todos ellos reencontrándose en un París de fecha imprecisable, gracias al error que un joven español comete cuando llega a la ciudad para escribir una biografía de la princesa maldita del cine norteamericano".
"Pinturas de guerra" de Ángel de la Calle #FILZócalo2022
La picana eléctrica es un instrumento de tortura utilizado por la policía política de diferentes países de Latinoamérica (Chile, Uruguay, Argentina) durante los regímenes de las dictaduras militares instauradas a fuego y a sangre en aquellos territorios, no del todo ajenos al nuestro, en los años de plomo del dominio de los generales. Fueron muchos y terribles los procedimientos vejatorios infligidos a los detenidos por los torturadores, algunos de ellos de una crueldad espantosa. La picana simboliza el horror de aquel periodo abominable.
Ángel de la Calle ha tejido con estos y otros mimbres Pinturas de Guerra. La obra podría haber sido Poemas de Guerra (Juan Gelman), Canciones de Guerra (Víctor Jara), Tebeos de Guerra (H. G. Oesterheld)… El autor ha elegido a los pintores, en particular autorrealistas, para configurar su novela. El alcance de la misma trasciende obviamente el marco de la pintura. Los otros mimbres de la novela proceden de la actriz Jean Seberg (icono que llena À bout de souffle, de Godard) y de una proyectada biografía suya. También están Rayuela, de Julio Cortázar (el París de La Maga) y El hombre en el castillo, de Philip K. Dick (los giros que auspicia el I Ching, la novela dentro de la novela), presentes sobre todo en la arquitectura narrativa de la obra (Pinturas de guerra es así, también, una especie de metanovela).
Intervienen o aparecen en la historia un montón de personajes, unos con su nombre real (Juan Goytisolo, Guy Debord, Alberto Cardín…), otros con nombre inventado (aunque con su correspondencia real) y otros, pocos, finalmente ficticios. Hay incluso una autoficción ucrónica (¿Dick?) de Ángel de la Calle. Y un papel destacado de la CIA y de la policía francesa.
Pinturas de Guerra no es, sin embargo, una amalgama abigarrada. La sombra -la luz- de Roberto Bolaño es enorme.

Gracias a una herencia inesperada, un español llamado Ángel de la Calle llega a París en la década de 1980 para documentarse y escribir un libro sobre la actriz Jean Seberg. Allí, por culpa de un error fortuito, entra en contacto con un grupo de pintores latinoamericanos que han escapado de las dictaduras militares de sus países de origen.
El dibujante se convierte en uno de sus personajes, porque es el español que viaja a París para escribir la biografía de la bella actriz (Juana de Arco, Buenos días, tristeza, Al final de la escapada y Lilith) norteamericana, fallecida en París, siendo musa de la nouvelle vague, Jean Seberg.
En esta segunda novela gráfica de Ángel de la Calle se adentra en la represión y torturas que, en las décadas de los sesenta y setenta, ejercieron las dictaduras latinoamericanas contra, en este caso, artistas que buscaron refugio fuera de sus países. Si la primera novela del autor, en dos volúmenes editados en 2003 y 2005, y reunida en un solo libro en 2007, Madotti: una mujer del siglo XX, ya dio muestra de su maestría, con la presente lo vuelve a hacer. Si con la historia de la afamada fotógrafa, activista política, Tina Madotti, el dibujante nos explicó los movimientos revolucionarios del siglo XX, en esta nos muestra el compromiso social y político de las vanguardias artísticas.
Ángel organiza el caos: continuos retornos al pasado, narraciones en primera o tercera persona, cartas, acontecimientos que van y vienen en el tiempo, subtramas policíacas (como la existencia de un falsificador de arte); y cruza personajes reales, como Juan Goytisolo, Jean-Paul Sartre, los situacionistas, los directores franceses de la nueva ola del cine, con sus personajes de ficción, que a veces resultan más reales que los anteriores. Y, a la hora de narrar, se permite todo: onirismo, digresiones laterales y laterales de lo lateral, o ir del realismo al realismo mágico, por ejemplo, en las maravillosas páginas de la fuga de Barragán tras la matanza de Tlatelolco con Van Paalen, donde estuve a punto de pensar que el avión que lo sacaba de México lo pilotaba Malraux o Saint-Exupéry.
Conforme me voy adentrando en Pinturas de guerra, me voy sumiendo en la complejidad de una época, me llegan ecos de viejas discusiones, comienzo a ver rostros y debates olvidados. Y hay que agradecerle a Ángel sus paisajes urbanos, sus recreaciones continuas de cuadros, fotos y murales, su amor por los detalles, su capacidad literaria para concentrar la historia en un zapato perdido…
Nada como la novela para crear un mundo, y cuando digo novela digo, a veces, novela gráfica. Pinturas de guerra reivindica mi amor por el cómic, ese lenguaje único que no es suma de partes (lo escrito y lo dibujado), sino algo indefinible que sirve para contar historias.
