En 1792, Gran Bretaña, enfrentando un creciente déficit comercial con China, envió una ambiciosa misión diplomática encabezada por Lord Macartney. El objetivo era persuadir al emperador chino Qianlong de abrir su vasto imperio al comercio occidental, ofreciendo los avances tecnológicos de la época como señuelo.
La relación comercial previa se caracterizaba por la demanda china de plata a cambio de té, mientras que los comerciantes británicos en Cantón vivían en condiciones precarias, sujetos a altos aranceles y sin poder interactuar libremente con los locales. La Compañía de las Indias Orientales veía sus beneficios mermados, y Asia se convertía en un sumidero financiero para Gran Bretaña.
Henry Dundas, ministro del Interior, propuso a Macartney liderar la misión con condiciones lucrativas: 15.000 libras anuales y un título de conde. A cambio, Macartney debía promover el libre comercio, asegurar la apertura de mercados, establecer una embajada permanente en Pekín y realizar espionaje industrial y militar.
En junio de 1793, tras un largo viaje, la misión llegó a Macao. Durante cuatro meses, remontaron la costa china para ser recibidos por el emperador en Pekín. Sin embargo, los funcionarios imperiales, desconfiados, los vigilaban constantemente mientras intentaban obstaculizar sus objetivos. La audiencia se trasladó a Jehol, la residencia de verano del emperador.
Al ser finalmente presentados ante Qianlong con motivo de su cumpleaños, los británicos fueron recibidos con frialdad. El emperador, decepcionado por la colección de regalos que no cumplía las expectativas generadas por rumores, consideró los instrumentos científicos meros juguetes. La respuesta de Qianlong a las propuestas británicas fue un edicto redactado antes de conocer a la delegación, declarando la falta de interés de China en los artefactos occidentales.

La misión fracasó en todos sus objetivos. Las barreras lingüísticas fueron significativas, especialmente tras la partida de los intérpretes. El mayor obstáculo, sin embargo, fue la etiqueta diplomática. China mantenía una visión tradicional de las relaciones internacionales, considerando a los extranjeros como bárbaros que debían mostrar sumisión.
La negativa de Macartney a realizar el "koutou", la triple postración ante el emperador, fue un punto de conflicto central. A pesar de su disposición a ceder en otros aspectos, la exigencia de reciprocidad china en la demostración de respeto al rey británico era inaceptable para Qianlong, cuya visión del mundo lo situaba en el centro de la civilización.

Las negociaciones sobre el protocolo se extendieron, mientras se intentaba presionar a los británicos mediante la reducción de sus raciones de comida. La cuestión de si los objetos traídos debían ser considerados "obsequios" o "tributos" también generó debate.
En contraste, una delegación holandesa posterior, más complaciente, ejecutó el koutou repetidamente, pero tampoco obtuvo recompensas significativas. Sus alojamientos y la calidad de los regalos recibidos fueron comparables a los de los británicos, lo que demostraba la inflexibilidad de la política china.
A pesar del fracaso diplomático, la delegación británica encontró algo digno de admiración: la Gran Muralla China. Macartney quedó impresionado por su magnitud, describiéndola como "la más formidable edificación salida de manos humanas". La muralla, serpenteando sobre las crestas montañosas, capturó la imaginación de los visitantes, quienes documentaron sus dimensiones y características en detalle.
LA "GRAN MURALLA" CHINA: ¿POR QUÉ Y CUÁNDO SE CONSTRUYÓ?

La crónica de la embajada, como la de John Barrow, reflejó el descontento británico con las costumbres y la cultura chinas, calificando las representaciones teatrales de "groseras y vulgares" y la música de "acumulación de ruidos estridentes". La infraestructura higiénica también fue objeto de críticas, con Barrow afirmando la inexistencia de retretes en China.