Ya desde su título Lo que (me) está pasando. Diario de un joven emperdedor, novela gráfica de Miguel Brieva (Sevilla, 1974), nos previene acerca de que este diario (crónica íntima de alguien particular) puede representar la vida y problemática de multitud de personas.
La obra se sumerge en la vida de Víctor Menta, un joven de treinta y dos años que estudió Geología pero ahora se encuentra desempleado y sumido en una profunda depresión. La novela gráfica aborda problemáticas sociales de gran calado como un mundo convulso, la pérdida de valores, el capitalismo salvaje, la marginación, la pobreza y el desempleo.

Una de las formas en las que, a través del lenguaje, queda representada la problemática social de la obra es mediante la heteroglosia. Encontramos, por ejemplo, lenguaje periodístico, con comentarios neutros diseminados por toda la obra que contribuyen a acrecentar el agobio de ciertas situaciones sociales. Estos comentarios periodísticos, como el que augura un crecimiento del 0.8% y una inflación del 2% para ese año, sirven para retratar una problemática que se actorializa a través de ellos.
También encontramos argot y lenguaje vulgar con faltas de ortografía, pronunciado por amigos del protagonista. Estos personajes son "emperdedores" (neologismo resultado de hibridar los términos `emprendedor´ y `perdedor´), marginales de una sociedad que no cuenta con ellos. Un ejemplo de este lenguaje es: «Amigo Héctor… Esh gente como usted, con verdadera inishiativa, la que va a shacar adelante eshte paish…»
A través del lenguaje, concretamente del lenguaje periodístico y el contenido en una didascalia (pensamiento del narrador protagonista), se consigue un efecto dramático que pronuncia por contraste la tristeza del padre de Víctor al confesar que lo han echado del trabajo. En la misma viñeta, mientras llora el padre, la impasibilidad del mundo es representada a través de un comentario futbolístico.
El lenguaje también acusa los efectos de las drogas que padece Víctor, y su influencia se muestra a través de textos surrealistas. Como por ejemplo, en tres viñetas sucesivas contenidas en la última página del capítulo “Martes 3”: «Y en el ámbito nacional, esta mañana se reunió el comité de espectros…»
Dicha deformación de la realidad es resaltada a través del color. No solo los textos asociados a las paranoias del personaje protagonista, sino también los sonidos irreales o visiones que este presencia, son de un color anaranjado que lo resalta de todo lo demás. Esto nos lleva a comentar la importancia del cromatismo en esta obra.
Teniendo en cuenta que Brieva utiliza tan solo el color negro para los trazos de los dibujos y delimitar las viñetas, algo que contrasta con el color del fondo de la página (ocre envejecido, que se correlaciona con el hastío del personaje principal), es destacable el uso que hace del color blanco. Este se utiliza para colorear el fondo de los bocadillos, diferenciándolos de las didascalias correspondientes al narrador que contienen los cartuchos, las cuales utilizan el fondo ocre de la página.

Mención especial merece, en lo que respecta al cromatismo, cinco viñetas a todo color que se encuentran en el capítulo “Martes 10”. En ellas, una anciana llamada Brândusa entra en una especie de trance y advierte del peligro de un accidente inminente a nivel global. Esta coloración rompe por completo la hegemonía bicromática del ocre y negro, subraya la vistosidad de las imágenes y supone un breve inciso con respecto a la totalidad de la obra.
Podemos decir, por su ubicación espacio-temporal en la historia y por su función como transición de un capítulo a otro, que Brieva utiliza paratextos y paraimágenes. Algunos capítulos terminan con una imagen sin delimitación lineal de viñeta que puede ir acompañada o no de texto y sirve como síntesis del capítulo pero parece colocada fuera de él. Por otra parte, algunos capítulos comienzan con una ilustración, acompañada de texto, en la que se citan textos ajenos (mencionando a su autor). Estos textos son de carácter aforístico y bastante significativos con respecto a la historia.
Cada capítulo comienza con el título (día de la semana y su número en el mes) porque la estructura del cómic es la de un diario. A este epígrafe sucede siempre un texto que comienza cada historia a modo de diario, es decir, con el uso de la primera persona detallando lo que ha vivido ese día, generalmente se inserta en el dibujo como hacían los primeros visos de cómic. Tras esto, las viñetas y las ilustraciones visualizan lo dicho en ese texto o lo amplían, por lo tanto, lo representado en las viñetas podemos decir que son siempre analepsis de un día vivido.

Visualmente, Brieva presenta al sistema y la sociedad, por decirlo en tres viñetas, como funcionarios mecanizados, colocados en serie, deshumanizados y ciegos ante la desesperación del protagonista. También como conciudadanos y pasajeros del metro, ensimismados. Y como grotescos y violentos representantes de la ley que apalean a los vecinos de un barrio que se manifiestan.
La composición visual del contenido de las viñetas es muy densa, transmite caos y aglutinación, incluso agobio, quizás intencionadamente, dado el carácter depresivo y hastiado del personaje protagonista. La figuración, en lugar de apelar a la sencillez de la caricatura para aspirar a la empatía y reconocimiento del lector, sin ser hiperrealista, es bastante realista. Personifica muy bien los diferentes rasgos de los personajes creando perfiles definidos y con bastantes detalles, algo que no le impide conseguir empatizar con el lector a su manera.
La imagen de “Lo que me está pasando” trata de representar en todo momento el movimiento de los personajes y las cosas a través de líneas cinéticas y también el sonido, mediante el empleo de onomatopeyas.
Hemos dicho que el narrador del cómic es su protagonista, por tanto, hablamos de un narrador protagonista que participa en la historia pero no focaliza interiormente en ningún otro personaje. Entendiendo por ocularización la diferencia entre lo que ve el personaje y el punto de vista o lo que muestra la viñeta, entendemos que hay ocularización cero durante la mayor parte del cómic. Esto quiere decir que vemos lo que ve un ojo que todo lo observa, como una cámara cinematográfica en un rodaje y que no corresponde a la mirada de ningún personaje.
Pero dicha ocularización se vuelve interna en algunos pasajes, como por ejemplo, en la primera viñeta del capítulo “Jueves 28”, donde el protagonista entra al baño y se ve reflejado en el espejo. Este tipo de ocularización sería una suerte de focalización visual interna, es decir, vemos lo mismo que ve el personaje y desde sus mismos ojos.
No hay que confundir la ocularización interna con la semiinterna, la cual sería técnicamente ocularización cero, con el matiz de que esta reproduce la imagen que alguien ve pero incluyéndolo a él en el plano.
Aquí es pertinente comentar que la solvencia narrativa de Brieva incluye recursos como el Efecto Kuleshov, algo que emplea eficazmente, sobre todo, en aquellas viñetas en las que la ficción se mezcla con la realidad del personaje protagonista o incluso la sustituye por completo.
La relación sintáctica de los objetos mostrados forma sintagmas visuales (analogía del montaje cinematográfico) que devienen en una subversión de su significado semántico.
En cuanto a los tipos de encuadre o planos que Brieva dispone para su creación, los encontramos muy variados y pertinentes. Desde el plano detalle, al plano medio y general, respectivamente. Decimos `pertinencia´ porque algunos encuadres, generalmente, picado, subrayan la sensación de tedio y apatía; o bien, contrapicado, para contrastar las diferente emociones (reflejadas en el rostro) de dos personajes ante los vicios y virtudes de un teléfono móvil.

Pero si hay un recurso que potencia sabiamente las cualidades de esta estructura narrativa es el tiempo. El uso que Miguel Brieva hace del tiempo es estrictamente funcional y quizá el más plástico de sus resortes. Esta dimensión temporal incluye la representación de sueños, elucubraciones mentales (ficción dentro de la ficción) a las que pone imagen (y puede considerarse analepsis); o esa posible otra realidad representada en las tres primeras páginas del capítulo “Miércoles 25”. Es difícil proporcionar una dimensión temporal en esos pasajes oníricos que subyugan al protagonista; eso añade misterio y desconcierto a un lector que asiste a la destrucción y creación de una conciencia que se resiste a aceptar la insalubre realidad.
Cada capítulo ilustra lo más importante sucedido en un día en la vida de Víctor Menta. Digamos, que durante las dieciséis horas de vigilia (y parte de algunos sueños) las viñetas retratan actos destacables que van configurando la diégesis. De esa indeterminación temporal propiciada por la ruptura del tiempo cronológico, pasamos a uno de los recursos que dosifican y parcelan hábilmente la cronología de esta historia: el cerrado. Para Scott McCloud, autor de Entender el cómic: obra de referencia en cuanto a la teoría de esta arte, el cerrado supone la gramática del cómic. No en vano, inductivamente, el cerrado es el responsable principal de que la participación activa del lector a la hora de recrear sus propias transiciones entre viñetas sea un hecho necesario y distintivo.
El principio del capítulo titulado “iPhaust5” es una dura crítica a la invasión tecnológica en las vidas de las personas. La servidumbre a redes sociales, juegos de entretenimiento y demás pornografía emocional, certifica una acusada deshumanización en individuos somatizados por un capitalismo que los induce a consumir y no hacerse muchas preguntas.
Por poner en práctica un término acuñado por el escritor Vicente Luis Mora, frente a un cómic podemos considerarnos lectoespectadores. Lo visual y lo lingüístico se incardinan en una suerte de arte dual a cuyos códigos sensitivos alude este bello neologismo. La palabra y la imagen son, sin duda, poderosas armas mediante las cuales el cómic ha conseguido revalorizarse en el tiempo. De la profundidad y lirismo de sus textos, como de la versatilidad y dinamismo de los recursos visuales, Lo que (me) está pasando es un claro ejemplo de creatividad técnica al servicio de la historia.
Miguel Brieva. Contra lo que está pasando
Lo que me está pasando es la primera novela gráfica de Miguel Brieva. En un mundo a la deriva macroeconómica, en una sociedad acosada y en peligro de descomposición, Víctor, un joven que lleva parado varios años, se debate entre el desánimo y la depresión. Un día, sin previo aviso, comienza a vivir extraños fenómenos cotidianos que lo van alejando poco a poco de la realidad al tiempo que le ofrecen una visión reveladora de la misma.
Reseñas destacan la obra como un puente que tiembla para recordar la inestabilidad bajo nuestros pies, un lugar donde el arte nos hace sentir asombro y donde los sueños individuales se conectan con el territorio compartido, permitiendo reaprenderlo todo.
