Alessandro Greco Salvatore Morris, a pesar de su reciente herida, irradiaba una vitalidad inusual. Sentado en el sillón de su despacho, con el abdomen vendado, intercambió miradas significativas con quien lo visitaba. La llegada de dos tazas de café marcó el inicio de una conversación profunda y reveladora.
-¿Sabes que el médico me dijo que tengo suerte de seguir vivo? -inquirió Alessandro, su voz teñida de una reflexión recién descubierta.
-Yo también lo sé -respondió la otra persona, dejando una taza sobre la mesa-. Y no pienso olvidarlo.
Un silencio cargado se instaló entre ellos, solo roto por el tenue zumbido de un reloj. Desde el incendio, la dinámica de sus vidas había cambiado irrevocablemente. Sin embargo, por primera vez, esa transformación no se sentía como una carga. La experiencia del fuego había purgado algo en Alessandro, dejándolo sintiéndose inesperadamente "limpio".

Morris, con esa expresión única que combinaba la tutela de un hermano mayor y la camaradería de un compañero de armas, observó a Alessandro. - ¿Qué te pasa, Alessandro? No has dejado de sonreír desde hace días, y eso es sospechoso viniendo de ti.
Una sonrisa aún más amplia iluminó el rostro de Alessandro. - La amo, Morris. La amo como nunca amé a nadie. (La amo come non ho mai amato nessuno).
Morris arqueó una ceja, visiblemente sorprendido. - Vaya, el gran Alessandro Greco Salvatore hablando de amor. El mundo realmente cambió.
Alessandro se pasó una mano por el cabello, riendo suavemente. - No entiendes… cuando estoy con ella, el ruido desaparece. No tengo que fingir ser el jefe, ni el mafioso, ni el que no teme a nada. Con Alessia soy solo Alessandro. Y eso… eso es lo que siempre quise ser.

Morris se recostó, suspirando con una nueva comprensión. - Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.
- ¿Qué?
- Cásate con ella. (Sposala).
Alessandro guardó silencio, contemplando el exterior a través de la ventana. El atardecer pintaba el cielo con tonos anaranjados y dorados, un espectáculo que reflejaba la nueva luz en su interior. - Estuve pensando en eso -confesó al fin-. Quiero hacerlo bien, como ella se merece. Sin prisas. Sin miedo.
Morris sonrió, un brillo cómplice en sus ojos. -¿Tienes algo en mente?
Alessandro asintió con determinación. - Quiero hacerlo en el jardín, justo donde me dijo que me amaba. Luces pequeñas entre los árboles, música suave… y un anillo. Uno que brille tanto como sus ojos cuando se ríe.
Morris chasqueó la lengua, con una mezcla de asombro y afecto. - Romántico empedernido. Nunca lo hubiera imaginado.
- Ni yo. Pero, ¿sabes? Por primera vez, no me asusta sentir.

Horas más tarde, el jardín se transformó en un escenario de ensueño. Resplandecía bajo una cascada de luces, creando una atmósfera mágica. Vittoria, la pequeña hija de Alessandro, corría de un lado a otro, sus risas resonando mientras sostenía pequeñas bengalas en sus manos. Cada carcajada suya parecía añadir un destello más al cielo estrellado.
Desde la terraza, Morris observaba la escena, levantando el pulgar en señal de aprobación. El anillo, una joya de oro blanco con un diamante en forma de lágrima, tan brillante como la luna, descansaba seguro en el bolsillo de Alessandro.
En ese momento, Alessia apareció, luciendo un sencillo vestido color crema. Su rostro se iluminó al ver a Alessandro, aunque una pizca de confusión se asomaba en sus ojos. -¿Qué está pasando? -preguntó, su voz llena de ternura.
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Alessandro dio un paso hacia ella, tomando sus manos con delicadeza. - Algo que debí hacer hace mucho tiempo.
Los ojos de Alessia se llenaron de curiosidad y expectación. Fue entonces cuando Alessandro se arrodilló frente a ella, el corazón latiéndole con fuerza.
- Alessia… tú fuiste el caos más hermoso que entró en mi vida. Me enseñaste que amar no es debilidad, sino coraje. Que la paz no está en los silencios, sino en compartirlos con la persona correcta.
Alessia cubrió su boca con las manos, las lágrimas comenzando a brotar en sus ojos. - Mi vuoi sposare? (¿Quieres casarte conmigo?)
El tiempo pareció detenerse. El aire se cargó de expectación. - Sí… sí, Alessandro, sí -respondió Alessia, su voz quebrada por la emoción, una mezcla de sollozos y risas.

Alessandro la levantó en brazos, girando con ella en un torbellino de alegría. Vittoria, testigo de este momento cumbre, gritó emocionada: - ¡Mama, papá va a casarse con Alessia!
Justo en ese instante, fuegos artificiales estallaron sobre ellos, tiñendo el cielo nocturno de vibrantes tonos rojos, dorados y azules. Alessandro besó a Alessia, no con la urgencia de antes, sino con la profundidad de una promesa sellada, un beso que sabía a hogar y a un futuro compartido.
Desde lejos, Morris aplaudía con una sonrisa de orgullo, mientras Vittoria corría a su alrededor, sus ojos reflejando las luces del cielo. Alessandro, por primera vez en su vida, sintió que el infierno ya no le pertenecía. El amor lo había transformado todo, llenándolo de una luz inquebrantable.