Genocidio de Ruanda: Testimonios Gráficos de una Tragedia

El 6 de abril de 1994, el avión del presidente de Ruanda fue abatido por un misil. Al día siguiente, el gobierno animaba a la mayoría hutu a asesinar a sus vecinos tutsis, junto con aquellos hutus que intentasen protegerlos. De este modo, daba comienzo el mayor genocidio de las últimas décadas.

En los cien días que transcurrieron hasta que el Frente Patriótico Ruandés, la guerrilla tutsi, puso fin a la masacre haciéndose con el control del país, murieron 800.000 personas según los cálculos más conservadores, casi 10.000 al día, 400 a la hora, 7 por minuto; la mayoría de ellas a machetazos, el arma preferida.

Mapa de Ruanda con las zonas más afectadas por el genocidio

El término "genocidio", creado en 1944 por el jurista Raphael Lemkin, designa un tipo de crimen masivo por el que un grupo es destruido intencionadamente, de forma total o parcial, en nombre de criterios nacionales, étnicos, raciales o religiosos.

La viñeta ha sido un recurso literario habitual para ofrecer un testimonio de los conflictos más sangrientos. Ante realidades tan crudas, podríamos plantearnos si sería el lenguaje idóneo para fotografiar una realidad que ni siquiera las imágenes a tiempo real consiguen captar. Sin embargo, a lo largo de los últimos años se han producido verdaderas obras maestras sobre genocidios que manifiestan que la capacidad expresiva de un ilustrador y de un guionista pueden provocar un efecto más emotivo que un documental o un reportaje televisivo.

Los cómics tienen la particularidad de establecer una ceñida proximidad entre el narrador y el lector, sobre todo al adentrarse profundamente en la experiencia de un personaje. "Maus" de Art Spiegelman es seguramente el relato autobiográfico en cómic que mejor ha plasmado los entresijos del holocausto judío.

Hoy que se cumplen 30 años del inicio del genocidio de Ruanda, quizá una de las masacres más veloces de la historia de la humanidad: cerca de la octava parte de la población ruandesa fue asesinada en apenas 100 días. La virulencia del conflicto apenas permitió a los intelectuales africanos tener tiempo para reflexionar y ofrecer una explicación reposada de lo sucedido. Más complicado fue para los propios ruandeses, para quienes no fue tarea fácil volver a la normalidad y, sobre todo, deliberar acerca de su pasado más reciente.

Curiosamente, en un país en el que el cómic no es un lenguaje narrativo muy desarrollado, el noveno arte fue una de las primeras formas utilizadas por los artistas ruandeses para retratar algunos episodios del genocidio. La primera experiencia en este sentido fue la obra "Umwana nk’undien" (Hijo como otro, 2001) del ilustrador Jean-Claude Ngumire, que plasmó el destino desconsolado de dos hermanos huérfanos justo después del genocidio. Con estas viñetas, el autor pretendía denunciar los abusos que se estaban cometiendo tras el exterminio contra jóvenes desamparados, algo que prácticamente pasaba desapercibido en la época. No obstante, Ngumire no se atrevió a desentrañar los motivos del estallido de la demencia colectiva y prefirió centrarse en los efectos colaterales del conflicto. Al igual que miles de ruandeses, años más tarde el autor decidiría tomar distancia de su propia realidad y exiliarse en el extranjero con su familia para intentar recobrarse del trauma.

Ilustración de

Desde otros rincones del planeta, algunos autores de cómics también se han acercado a la masacre de Ruanda con un exhaustivo trabajo de investigación y documentación. Entre ellos destaca la trilogía del belga Jean Philippe Stassen, iniciada en el año 2000 con el magnífico álbum "Deogratias". Recientemente, Patrick de Saint-Exupéry, cofundador de la revista francesa "XXI", ha reconstruido la historia del genocidio en el cómic "La Fantaisie des Dieux" (La fantasía de los dioses, 2014) mediante la selección de secuencias clave que ayudan a comprender mejor el curso de los hechos históricos.

Con todo, la producción de mayor reconocimiento internacional sobre el genocidio, sin lugar a dudas, es el cómic "Rwanda 1994" del ilustrador congoleño Pat Masioni y de los franceses Cécile Grenier y Alain Austini. Los guionistas recogieron diferentes testimonios y relatos personales en el terreno durante siete meses y se dedicaron más de cinco años a realizar diversas pesquisas sobre lo ocurrido en aquella primavera de 1994. El libro, basado en hechos reales, versa sobre el periplo de una joven tutsi y de su hijo por diferentes escenarios bañados por la sangre y por la sinrazón. La calidad de las ilustraciones elevó el nombre de Masioni a la posición más alta del noveno arte de denominación de origen africana junto con la marfileña Marguerite Abouet. Su trabajo alcanza un equilibrio extraordinario a la hora de abordar una cuestión que puede dar lugar a enfoques algo alejados de la realidad. El congoleño impregna de intensidad la expresión de los personajes mediante trazos bastante mesurados según los diferentes momentos por los que nos va llevando la narración. El color es uno de los elementos más visibles de la obra y se utiliza sin abusos de tonalidades fuertes en las situaciones en que la masacre gana dimensiones inimaginables. Masioni trata de impregnar de colores fríos las escenas en las que se muestran fosas comunes o cuerpos sin vida. Por lo tanto, observamos que su intención va más allá de un simple reflejo a través de imágenes tópicas o de despertar la lágrima fácil. "Rwanda 1994" está plagado de momentos emotivos que nos permiten determinar no sólo las causas sino también las consecuencias del genocidio. Al final de la obra, uno de los personajes pregunta a otro: “Cuando encuentres a tu hijo Paul, ¿qué vas a hacer conmigo?”. A esto el otro le responde: “Si quieres puedes quedarte con nosotros. De aquí en adelante eres otro hijo para mí. De hecho, todos los chicos que llamen a mi puerta serán mis hijos”. Suponemos que negar esto último nos alejaría de la condición de seres humanos.

Portada del cómic

"Tugire Ubumwe" fue producido por el Programa de Divulgación sobre el Genocidio de Rwanda de las Naciones Unidas, en colaboración con el artista ruandés y superviviente del genocidio Rupert Bazambanza. Esta novela gráfica ya ha recibido respuestas muy positivas de algunos de nuestros asociados. La Oficina de Información del Tribunal Internacional para Rwanda en Kigali, la describió como "una herramienta educativa fundamental en la promoción de la unidad y la reconciliación y la lucha contra la ideología del genocidio, [que] va a crear un gran impacto entre la población de Rwanda".

Un extraordinario reportaje, ganador de numerosos premios internacionales, sobre el genocidio ruandés es el libro de Philip Gourevitch. En él, el autor emprende un viaje al corazón de las tinieblas para indagar en los motivos de tan atroz baño de sangre. Su prosa lúcida e inteligente desenmascara la pasividad de la comunidad internacional, que asistió paralizada a semejante carnicería, prefiriendo no asumir riesgos frente a un país que hasta el momento había sido modélico y que no tenía petróleo ni riquezas que ofrecer. El resultado, tras varios viajes por Ruanda y centenares de entrevistas y conversaciones con víctimas y verdugos, es esta sobrecogedora narración, ganadora de numerosos premios internacionales como el Guardian First Book Award, el National Book Critics Circle Award, el George Polk Book Award y el Los Angeles Times Book Prize, que no dejará indiferente a ningún lector.

Reseñas de este libro destacan: «Inquietantemente bello y brillante, este es un libro asombrosamente bueno. Debería estar en las estanterías para siempre.» Tom Engelhardt, The Philadelphia Inquirer. «El libro más importante que he leído en muchos años [...] Gourevitch examina el genocidio en Ruanda con humildad, ira, dolor y un nivel extraordinario de inteligencia política y moral.» Susie Linfield, Los Angeles Times.

Portada del libro de Philip Gourevitch

La escritora franco-ruandesa Scholastique Mukasonga se transformó en escritora “por un deber de memoria”. Esa memoria es la de los suyos, su familia y sus ancestros, cuya historia quedó partida en dos por el genocidio de 1994. Por eso, en el libro "La mujer descalza", así como antes en "Inyenzi ou les cafards" y "La Femme aux pieds nus", es su vida la que alimenta la trama. “En los recuerdos de mi infancia, cuento la deportación de mi familia con muchos otros tutsis en el hostil monte de Nyamata, cerca de la frontera con Burundi, y la lucha de estos ‘exiliados internos’ para sobrevivir a pesar de la persecución y las repetidas masacres que sufrieron”, explicó años atrás la autora.

En ese campamento miserable, en el que lo único que había era carencias y solidaridad, algunos sobrevivieron. Pocos. El resto murió entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994 a machetazos. “Me tomó diez años encontrar la fuerza para volver a casa, a Ruanda, a Nyamata, donde mi familia había sido deportada en 1960 y de donde salí hacia el exilio en 1973. Ahí es donde toda mi gente fue asesinada en 1994. Pero cuando finalmente regresé, no encontré nada. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo era el único recuerdo de todos los que habían sido exterminados en mi pueblo”, agregó.

La madre de Scholastique Mukasonga fue masacrada, así como otros 26 integrantes de su familia. Ella ya se había refugiado en Francia. “En los años 60, los niños ruandeses ya aprendían francés en la escuela primaria. Luego, en la secundaria, ese idioma era el único permitido”, ha contado. El dominio de ese idioma es el que se transformó en un pasaporte para su escape. Primero, vivió en Burundi, donde estudió y trabajó con agricultores para Unicef y para la FAO. Y más tarde, en 1992, se mudó a Francia, donde estudió otra vez y se graduó como asistente social, profesión que desempeña en Normandía desde hace más de veinte años.

Gaël Faye tiene muchas vidas. Antes de ganar el premio Goncourt des Lycéens con su novela "Pequeño País" (traducida en la Argentina por Salamandra) y vender más de 700 mil ejemplares, era rapero. Y antes era financista y trabajaba como inversor en un fondo financiero en Londres. Y antes de todo eso, fue un niño de 11 años que escapó de Ruanda en medio de la masacre de 1994.

"Pequeño País" es una novela casi de iniciación: Gabriel, el protagonista, se divierte con sus amigos haciendo travesuras. Sin embargo, el ambiente no es festivo sino tenebroso, porque todo está manchado por la violencia política, que a esos ojos infantiles les pasa desapercibida: “Me interesaba la voz y la mirada de un niño que todavía no están condicionadas por el racismo de la sociedad y las ideas recibidas. El protagonista, Gabriel, se mueve al mismo ritmo que el lector, como un testigo que se interroga a sí mismo”, explicó el autor.

Portada del libro

El presidente ruandés, Paul Kagame, afirmó durante la conmemoración del 30 aniversario del genocidio en Kigali: "Hoy nuestros corazones están llenos de duelo y gratitud en igual medida. Recordamos a nuestros muertos y estamos también agradecidos por aquello en lo que Ruanda se ha convertido". Añadió: "Tenemos una deuda con los supervivientes que se encuentran entre nosotros. Les pedimos hacer lo imposible, llevando sobre sus hombros el peso de la unidad y la reconciliación, y seguir haciéndolo cada día".

Kagame también se mostró muy crítico con la comunidad internacional y con el papel jugado durante la matanza por las Naciones Unidas: "Esos soldados (los cascos azules de la ONU desplegados en Ruanda) no fallaron a Ruanda. Fue la comunidad internacional quien nos falló a todos ya sea por indiferencia o por cobardía".

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, señaló: "Soy belga, soy europeo. Estamos aquí treinta años después y sé lo que mi continente, Europa, debe a vuestro continente, África. Conozco la historia con sus raíces, con sus grandezas, también conozco la historia con sus vergüenzas. Por eso, el Gobierno belga pidió perdón en el año 2000". Añadió: "El deber de la memoria es ante todo una exigencia, es la exigencia de recordar, la exigencia de no olvidar, la exigencia de aprender de los errores".

El presidente francés, Emmanuel Macron, transmitió un mensaje a los ruandeses a través de un vídeo: "El pasado debe continuar siendo analizado, estudiado por nuestros historiadores en las mejores condiciones. Y este es también el objetivo de las misiones en curso entre académicos, historiadores, ruandeses, franceses pero también de todo el mundo". Macron se remitió a su viaje de mayo de 2021 a Kigali, cuando admitió la "responsabilidad" de su país al haber "ignorado las advertencias" de los observadores sobre la inminencia del genocidio, si bien negó que tuviera cualquier complicidad con la matanza.

Jonas Karuranga recuerda cómo unas semanas antes del genocidio de Ruanda de 1994 se empieza a preparar para los tiempos difíciles que se avecinan. Intenta construir un muro para proteger su casa, pero ya es tarde: el genocidio empieza y él y su familia tienen que refugiarse en el estadio de Kigali.

En la provincia de Kibungo, en la Ruanda oriental, existe una colina rocosa denominada Nyarubuye, con una iglesia donde muchos tutsis fueron masacrados a mediados de abril de 1994. Un año después de la matanza, el autor visitó Nyarubuye. El suelo del aula estaba cubierto por unos cincuenta cadáveres en avanzado estado de descomposición, acolchados por sus ropas, con sus pertenencias esparcidas por el lugar y aplastadas. Aquí y allá habían rodado los cráneos segados con machetes. Los cadáveres parecían fotos de cadáveres. No olían. No tenían moscas alrededor. Los habían asesinado hacía trece meses y nadie los había movido. Algunos todavía tenían piel, pegada a los huesos, muchos de los cuales estaban lejos de los cuerpos a los que pertenecían, desmembrados por los asesinos o por animales carroñeros: pájaros, perros, insectos. Los que estaban más enteros parecían personas normales y corrientes, lo que habían sido una vez. Junto a la puerta había una mujer envuelta en un pareo estampado de flores. Tenía los huesos de las caderas, descarnados, elevados y las piernas ligeramente abiertas y el esqueleto de un niño entre ellas. El torso estaba hueco. Las costillas y la columna vertebral asomaban por la tela raída. La cabeza caía hacia atrás con la boca abierta. Una imagen extraña: entre la agonía y el reposo.

Interior de la iglesia de Nyarubuye con restos de las víctimas

El sargento Francis del Ejército Patriótico Ruandés, un tutsi cuyos padres habían huido con él a Uganda cuando era un niño, tras unas matanzas similares, aunque menos generalizadas a principios de la década de 1960 y que habían luchado por volver a su país en 1994 para encontrarlo en aquel estado, explicó que los cadáveres de aquella sala eran, en su mayoría, mujeres, y que habían sido violadas antes de ser asesinadas.

La ideología del genocidio es todas estas cosas, y en Ruanda adoptó sin más el nombre de Poder Hutu. Seguro que la sed de sangre fue un elemento presente en aquellas personas que empezaron a exterminar sistemáticamente a todo un pueblo -un pueblo pequeño y que no ofreció resistencia- de tal vez un millón doscientos cincuenta mil hombres, mujeres y niños.

Genocidio en Ruanda: cómo fue la masacre que duró 100 días y terminó con 800.000 muertos

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