La Soñadora despierta en el Mundo Que no es Mundo. Vibrantes colores se arremolinan en torno a ella como brumas movidas por el viento, y incluso en sueños, nota su caricia. La Soñadora recuerda un tiempo en que estaba a merced de las emociones y de la fragilidad mortal; un tiempo antes del sueño, antes de que su verdadero cometido fuese revelado, antes de ser elegida, cuando aún era un cuerpo de carne y hueso.
Los colores desaparecen ante un destello plateado. Una espada. Su espada. No. Es demasiado pronto. Aún está cansada. Una luz dorada abre las brumas y miles de imágenes salpican los pensamientos de la Soñadora. Los muertos. Los moribundos. Un mundo que se ahoga en sangre y fuego, y la galaxia desgarrada entre oscuras carcajadas. No hay palabras, no son necesarias. La Soñadora sabe lo que se espera de ella y sabe el precio que pagará por ello.
Cada vez que se aventure fuera del Mundo Que No Es Mundo se debilita, pierde un fragmento de su ser en el murmullo del vacío para siempre, un festín para los condenados. Parte de ella, el último vestigio de su mortalidad, desearía que su carga le fuera dada a otro, que la paz que se ganó hace tantísimo tiempo fuera suya al fin. Pero si no carga ella con esa responsabilidad, ¿Quién lo hará? La Soñadora sabe que no hay nadie más, que está sola. La primera y última de un gran plan inconcluso. Un fragmento de un sueño imposible que se desvanece.
La luz dorada la envuelve, y su mano se cierra sobre la espada. Vuelven a ella recuerdos perdidos y, con ellos, su fuerza. Su cansancio desaparece, reemplazado por un propósito renovado. Las brumas fluyen cual marea. La Soñadora está en el umbral del Mundo Que No Es Mundo. Sus colores se vuelven mudos y mortecinos, y parte de ella se desvanece a la vez. El precio del deber. El precio de la fe. Pero eso ya no importa, la decisión está tomada, y no puede haber descanso para alguien como ella.
La Pesadilla Distópica del Imperium de la Humanidad
Parece que el fin de los días está cerca. Traidores, mutantes y herejes se rebelan en cantidades sin precedentes. La maldición de los psíquicos devora el alma colectiva de la humanidad. Habitar en el Imperium de la Humanidad es habitar una pesadilla distópica. Las masas anónimas de la Humanidad son mero grano en el molino de la supervivencia, una abundante fuente de combustible que mantiene en marcha las ruedas sangrientas.
Millones de personas trabajan en los confines iluminados por el fuego de mundos factoría y generaciones enteras viven y mueren sin ver el cielo. Desde las bodegas de vastas astronaves a la monotonía sin sentido de scriptorums del tamaño de ciudades, desde las madrigueras hacinadas de subcolmenas sin luz a la miseria congelada de peligrosos asteroides mineros cada día está lleno de dificultades para la gente común del reino del Emperador. Y está bien que sea así.
No puede decirse lo mismo de los Líderes de la Humanidad. En ellos recae el peso del saber y la terrible carga de la responsabilidad. Muchas veces a lo largo de su historia, el Imperium se ha enfrentado a grandes peligros y amenazas que se hacen más peligrosas unas a otras.

Amenazas Constantes y Defensores Inquebrantables
Los bárbaros Orkos se multiplican y se extienden por todos los rincones de la galaxia, llevando consigo la devastación sin sentido. Las legiones inmortales de los Necrones se levantan de sus mundos necrópolis y surcan las estrellas, tratando de exterminar a las alimañas humanas que infestan su antiguo imperio. Sin embargo, todos estos enemigos palidecen frente a la amenaza más insidiosa de todas, la del Caos.
Los defensores del Imperium se mantienen firmes frente a estas amenazas de pesadilla. Las abarrotadas filas repletas del Astra Militarum y del Adeptus Mechanicus luchan junto a los guerreros de élite de los Marines Espaciales, las Adeptas Sororitas y los Caballeros Grises.
La Cronología completa de la historia de Warhammer 40k
Presagios Oscuros y la Caída de Cadia
Mundos supuestamente inexpugnables como Enceladus y Ministoria han sucumbido a la anarquía. Abundan los presagios oscuros y augurios terribles. El Oráculo de Ulandros ha hablado por primera vez en diez generaciones, profetizando muerte a una escala nunca vista. Los famosos Santos de Plata de Callistos II lloran lágrimas de sangre e icor, y no paran. Videntes y místicos de todo el Imperium se ven atenazados por visiones de ángeles poderosos y Daemons monstruosos librando una batalla en un firmamento iluminado por fuegos fantasmales.
La Decimotercera Cruzada Negra de Abaddon cae como un martillo sobre la Puerta de Cadia en los alrededores del Ojo del Terror. En el Sistema Fenris hermano lucha contra hermano mientras Magnus desata su terrible venganza sobre aquellos que lo agraviaron. Sólo hay guerra, desde un extremo del Imperium a otro, y aquellos que sufren la maldición de ver el futuro susurran que lo peor está por llegar, y avisan de que la oscuridad ya se vislumbra en el horizonte.
Durante diez mil años, el Ojo del Terror ha vertido sus horrores en el Imperium del hombre. Y cada uno de esos diez mil años Cadia se mantuvo firme como un bastión adamantino que sacaba fuerzas y determinación de la carne, sangre y huesos de los fieles. No hay registros de cuántas valientes almas han caído defendiendo los mundos-fortaleza de la Puerta de Cadia, pero ha sido su sacrificio lo que ha frenado la marea de traidores, herejes y Daemons.
Pero la oscuridad se volvió aún más oscura, y la llama del Astronomicón tembló como una vela al viento, y el Ojo del Terror pestañeó, y sus ponzoñosas energías se derramaron en espirales. Abaddon, heredero del rol maldito del architraidor Horus por fin había desatado todo el poder de su Decimotercera Cruzada Negra. Cadia estaba lista. La campaña de Abaddon había sido prevista tiempo atrás tanto por estrategas como por místicos, y las fortalezas de la Puerta se prepararon para su llegada.

La Defensa de Cadia bajo Usarkar Creed
Las naves de guerra de la flota imperial, grandes como leviatanes, pusieron proa a las gélidas corrientes del espacio profundo. Casas de Caballeros ondearon junto a los símbolos del Adeptus Astartes, mientras que las máquinas de guerra andantes del Adeptus Mechanicus se reunieron con las resplandecientes filas de las Adepta Sororitas, y por doquier, tropas Cadianas, entrenadas y preparadas para este único momento. Millones cayeron en el primer asalto, y millones más murieron en la inevitable matanza que lo siguió. Ardieron mundos enteros. Incontables guerreros derramaron su sangre por los restos de un terreno asolado y sin valor. Cementerios de chatarra retorcida flotaba bajos los vientos solares, marcando el lugar donde cayeron flotas cuya potencia de fuego podría haber acabado con sistemas enteros.
No había tiempo para el luto ni la desesperación. Si hubiese sido un simple conflicto armado, el Imperium podría haber confiado en las defensas de Cadia. Pero las armas de Abaddon no estaban limitadas a los medios mortales. Podía usar a su antojo las bendiciones y poderes de los Dioses Oscuros. Pero de la traición resurgiría la esperanza, cuando un atentado acabó con el Alto Mando de Cadia en los Campos Tyrok, Usarkar Creed, comandante del afamado 8º de Cadia, asumió el cargo de Lord Castellan y la responsabilidad de dirigir a las maltrechas fuerzas de Cadia. Su ascenso cambió el curso de la guerra.
Gracias a los esfuerzos de Creed y a los de un sinnúmero de héroes anónimos, la incursión del Caos fue frenada y, al fin, rechazada. Pero dejó un sistema planetario al borde del colapso y unos guerreros machacados como para celebrarlo. Los defensores de Cadia no tenían manera de contactar con los mundos exteriores del sistema, ya que los sistemas de comunicaciones y las balizas corales habían sido destruidas. En su ausencia, Creed estaba cada vez más convencido de que otro asalto iba a acaecer.
En todos los largos meses de batalla no hubo ni un informe de Abaddon descendiendo al planeta. ¿Acaso iba el enemigo mortal de todo lo que representaba el Imperium a obtener su conquista sin ni siquiera levantar una vez su espada en ella? Creed sabía que no podía hacer nada para evitar que la flota de Abaddon cruzase la Puerta de Cadia. Las naves de la Armada Imperial que quedaban en órbita no eran más que chatarra. La única excepción era la barcaza de batalla de los Lobos Espaciales, la Colmillo de Firemane, cuyos Sacerdotes de Hierro evitaban a duras penas el colapso de su reactor.
Por otro lado, Creed sospechaba que no haría falta perseguirlo, pues Cadia era un símbolo de resistencia del Imperium y de los fracasos de Abaddon. Su orgullo no le permitiría pasar de largo. Aunque quizás perecerían en el intento, los ejércitos de Cadia llevarían a cabo una última vital función. Cada día y cada hora que aguantasen suponía más tiempo para que llegasen los refuerzos que devolverían a Abaddon y sus fuerzas a la Disformidad, y esta vez, de manera definitiva.
La Última Resistencia en Kasr Kraf
Sólo una de las fortalezas principales de Cadia había sobrevivido a la invasión. Kasr Kraf se levantaba en el límite de los Campos Elysion, una gran extensión de Cadia Secundus dominada por los famosos y enigmáticos pilones cadianos. Creed retiró a su mando tras los muros de Kasr Kraf y llevó a cabo todos los preparativos necesarios para lo que veía, cada vez más, como una batalla inevitable. Bajo la estoica supervisión de Creed se amplió la red de túneles y cavernas de los arqueólogos y se aprestaron para una última defensa.
Por todo Cadia Secundus ocurría lo mismo. Regimiento tras regimiento de Tropas de Choque trabajaban para restaurar las defensas destruidas por los bombardeos y la invasión, y no lo hacían solos. Compañías de Batalla del Adeptus Astartes diezmadas (algunas reducidas a un puñado de escuadras) se apostaban en las defensas. Sus colores y heráldicas contrastaban con los uniformes cadianos. Sin embargo, era extraño encontrar a la Gran Compañía fenrisiana entre sus murallas, ya que preferían patrullar las llanuras circundantes plagadas de cráteres en busca de los Daemons que las arrasaron días antes. Más al norte, la 4º Compañía de los Ángeles Oscuros reforzaba la ruinosa superestructura de su Crucero de Ataque derribado, el Espada del Desafío, ya que gran parte de su armamento había sobrevivido al momento de estrellarse, convirtiendo a la nave caída en una formidable fortaleza.
Se oían rezos graves a lo largo de las líneas arrasadas al sur de Kasr Kraf, cada sílaba pronunciada con el duro cántico sagrado de los Templarios Negros. A lo largo del valle que se extendía desde la fortaleza de Creed, las Hermanas de Nuestra Señora Mártir guardaban el derruido templo de San Morrican. Cuando el viento soplaba desde el este, llevaba el aroma del incienso a los muros de Kasr Kraf y Creed se alegraba de ver la determinación que el humo acre infundía en sus tropas, aunque éste no inspiraba su corazón. Hacía tiempo que su fe residía en el rugido del bombardeo y el espíritu de lucha del soldado de Cadia. En su cabeza no tenía sentido desear un milagro a no ser que se estuviera preparado para obrar uno.
En los días siguientes, Creed entrenó duramente a los soldados, fatigándolos de tal modo que no tenían energía para dudar ni temer. Por primera vez, los regimientos de Cadia entendieron que había sido esa dura tutela la que había convertido a la compañía de Creed, en 8º de Cadia, en el formidable instrumento de guerra que era. Además, los propios soldados del 8º se ufanaban de manera perversa en el padecimiento de sus camaradas. Pero los preparativos de Creed no se limitaron sólo a endurecer cuerpos y espíritus.
La Baliza Psíquica y el Desafío Final
Recuperó los restos de la baliza de coral de Kasr Luten y mandó instalarla en Kasr Kraf. Hacía tiempo que los Astrópatas ligados a ella habían muerto, con lo que Creed reunió a todos los psíquicos que quedaban con vida en Cadia y ordenó ligarlos para servir a la baliza. La misma cúpula de Creed puso objeciones a tal estrategia, ya que algunos la veían como el despilfarro de un recurso finito, y la mayoría temían que la falta de preparación de aquellas mentes pudiesen atraer todo tipo de horrores de la Disformidad directamente a Cadia.
El costado de estribor de la Pyrax Orchades era chatarra calcinada, dos tercios de su tripulación habían muerto, y el resto moriría envenenado por la radiación antes de acabar el día. El informe del único oficial superviviente sobre lo que habían visto era casi ininteligible, pero las lecturas de los sensores no dejaban lugar a dudas. La Flota Negra de Abaddon se cernía sobre Cadia. Un furioso enjambre de naves de guerra, naves de Daemons y pecios espaciales tan masivos que eclipsaban las estrellas.
El olor metálico a aceite y ungüentos irritaba el olfato de Creed. Unas luces parpadearon de manera irregular en los paneles de acceso. El Magos Klarn interrumpió su vigilia para mirar a Creed. Era más humano que aquellos con los que el Lord Castellano había tratado a lo largo de los años (al menos por fuera), pero aún había algo inquietante en la brusca precisión de sus movimientos. "Servirá", las palabras de Klarn tenían un deje metálico. Creed le echó un vistazo a las veinte decenas de cápsulas dispuestas alrededor de la sala en tres anillos concéntricos. En cada una yacía un psíquico, unido en cuerpo y alma a los mecanismos de aquella baliza psíquica coral. Madejas de cables salían en espirales de una cápsula a la siguiente; los hilos de la telaraña de Klarn, atando a su presa. Un Astrópata solitario colgaba en la tarima central suspendido de un bosque de cables y conexiones.
Creed se aproximó a la tarima y miró directamente a las cuencas oculares vacías del Astrópata. Su piel pálida se estremeció, y el rictus de dolor dio paso a un momento de calma. Creed asintió. No había más que decir. Dándole la espalda al Astrópata centró su atención en el Magos. El Magos se inclinó sobre la consola y sus mecadendritas y sus manos enguantadas se movieron al unísono. Creed sintió la presión creciendo. Toda pesadilla que había tenido, todo miedo que había admitido alguna vez, se clavaban ahora en su nuca, invocados por cien voces gimientes. Las cápsulas chisporrotearon, las placas visoras se agrietaron y oscurecieron. El Astrópata echó atrás la cabeza y lanzó un trémulo grito lastimero. La presión en la mente de Creed se disparó.
- "¿Ha funcionado?"
- "Los datos no son concluyentes." El Magos se encogió de hombros, y el gesto fue imitado por sus mecadendritas.
- "¿Y ahora?"
- "¿Ahora?" gruñó Creed. Los refuerzos llegarían, o no. En ambos casos su respuesta era la misma. "Luchamos."

El Sistema Eriad: Un Destino Olvidado
Durante miles de años, se había considerado que el sistema Eriad carecía de valor. Bañado por la luz radiactiva de una estrella furiosa, sus planetas casi no tenían recursos que justificasen la colonización y estratégicamente había sido calificado de prescindible. A principios del M32, la Armada Imperial estableció un puesto orbital en Eriad VI. Eriad pasó desapercibido a los escribas del Administratum durante casi seis milenios hasta que la tormenta disforme Storael forzó a la nave exploradora Ojo Rebelde a hacer una reentrada de emergencia en...