La obra literaria de Lea Vélez, "El jardín de la memoria", se presenta como un tapiz complejo de experiencias vitales, entrelazando el amor, la pérdida y la resiliencia frente a la adversidad. La novela, que narra la historia de Lea junto a su esposo George Collinson durante su batalla contra el cáncer, evita el dramatismo inherente a la agonía, optando por una narración que, si bien conmovedora, se enfoca en la dignidad y la fortaleza del espíritu humano.
La estructura narrativa de "El jardín de la memoria" se enriquece con la inclusión de la historia de Francesc Boix, un fotógrafo español que documentó la crueldad del campo de exterminio de Mauthausen y que posteriormente testificó en los juicios de Núremberg. Paralelamente, la novela explora un episodio determinante en la vida de la familia de George en Gran Bretaña, a través de las cartas de su hermano pequeño, Stephen, quien en 1957 fallecería de leucemia. A pesar de la gravedad de estos temas, la obra se erige como un testimonio del amor y la vida, cuya belleza trasciende cualquier comentario.
El texto de la novela evoca momentos de profunda intimidad y reflexión. En una escena, la protagonista se encuentra en una farmacia, solicitando medicamentos: “Tramadol, Ibuprofeno, jarabe para los picores de Richard y crema hidratante. Ya lo tenía todo.” Esta aparente normalidad se ve contrastada por la introspección de Lea: “Me irritan se tipo de papeles. Pensé que por suerte no lo tenía que rellenar yo y sentí un extraño placer por haberlo dejado desconcertado. Él se puso nervioso sin motivo. Y es que me siento así. Como si todo el mundo leyera en mis ojos lo que pasa. O quizá es que deseo que lo sepan. Evitaría explicar.”
La narrativa se ve enriquecida por la correspondencia que revela el impacto de la obra. Un correo electrónico de Palmira a Lea expresa la profunda impresión que le causó el libro: “Lea, acabo de entrar en casa. Había dejado allí tu novela y me encuentro a Miguel emocionado. Lleva 82 páginas y me dice que está absolutamente impresionado, que es perfecta, bella y triste y que no tiene palabras. Veámonos el lunes.” La propia Lea, inmersa en la "novela verité" de su propia vida, responde a una consulta sobre los plazos: “Si, es alucinante. George murió el 2 de noviembre de 2011. Yo terminé la novela esas Navidades y se la debí enviar a Palmira en febrero de 2012, más o menos.”
La perspectiva de Lea sobre su propia narrativa es clara: “Yo no soy el centro de esta historia. Lo es George. Es su vida. Es su infancia. Es su muerte. Vale, yo estoy aquí, tecleando esto. ¿Valentía? No lo creo.” Esta humildad subraya la importancia que la autora otorga a la figura de su esposo y a la magnitud de su experiencia.
La novela, a pesar de su enfoque en la enfermedad, es una celebración de la vida y de las conexiones humanas. El retrato de Stephen, el hermano de George, y su lucha contra la leucemia, se presenta a través de las cartas rescatadas por Lea. La profunda carga emocional de su madre, Connie, y la compleja relación con su padre, Tom, añaden capas de complejidad a la narrativa familiar.

En un pasaje particularmente conmovedor, se describe un momento íntimo entre Lea y George: “He visto su cuerpo desnudo, hace un momento en la ducha. -Tienes la cabeza llena de tumores y no has perdido la memoria, ni la capacidad de hacerme reír, ni el buen humor, ni el amor. Rebosas paciencia, nunca te quejas y eres feliz. Eso es ser un genio, mi amor.” La fuerza del vínculo se manifiesta en la risa compartida ante la adversidad: “Me muero, os pierdo y extrañamente… me siento feliz. No hay misterios, no hay temores, hay esto y saberlo me hace libre. Le miré emocionada. Me eché a reír. Los dos comenzamos a reír. ¿Dónde voy a encontrar otro genio de la vida que me quiera?”
La novela también aborda la perspectiva médica de la enfermedad. Un oncólogo describe la naturaleza del cáncer de George como la de un “tigre”: “Mire, esto es como si viene un tigre, ¿vale? Nosotros tenemos una pistola y le disparamos. El tigre se marcha herido, pero al poco vuelve. Le disparamos de nuevo, pero la bala no lo mata… y así unas cuantas veces.” Esta metáfora visualiza la tenacidad de la enfermedad y la lucha constante contra ella.

La narrativa de Lea Vélez no solo se centra en su experiencia personal, sino que también la vincula con la historia de la humanidad y su relación con el cáncer. La novela hace referencia a los descubrimientos históricos, como los de Percivall Pott en el siglo XVIII, quien observó la relación entre el cáncer de escroto y los deshollinadores. Esta conexión histórica subraya la larga y a menudo ardua batalla de la humanidad contra esta enfermedad.
La obra se presenta como un viaje no solo al pasado de Lea y George, sino también como un itinerario personal hacia la madurez de la escritora y, por extensión, de sus lectores. "El jardín de la memoria" es, en última instancia, un libro sobre la dignidad de la vida y la muerte, un testimonio que Lea Vélez necesitó dejar como crónica de una enfermedad que, a pesar de los avances médicos, sigue siendo un azote formidable.
La autora dedica un agradecimiento especial a su padre, Carlos Vélez, figura pionera en la literatura televisiva de los años 70. Lea Vélez es elogiada por su valentía al afrontar esta historia, su lucha contra el pudor y por conectar al lector con lo mejor del ser humano incluso en las circunstancias más adversas.
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La novela también hace eco de la importancia de la investigación y la concienciación sobre el cáncer. Se señala que “Solo cuando el cáncer amenace el equilibrio del mundo, el hombre encontrará la voluntad para detenerlo. Porque cualquier enfermedad puede curarse si hay interés político y social para ello. Desgraciadamente, el remedio contra el cáncer no entra en los planes de estudio de las escuelas, ni en los programas electorales de los políticos, ni siquiera en las conversaciones cotidianas. El cáncer no apetece.” Esta reflexión pone de manifiesto la necesidad de una mayor atención pública y política hacia esta enfermedad.
La obra de Lea Vélez se distingue por su profundidad emocional y su capacidad para entrelazar lo personal con lo histórico y lo social. "El jardín de la memoria" es un recordatorio de la fragilidad de la vida, pero sobre todo, de la fuerza del amor y la resiliencia que residen en el corazón humano.