El Pueblo Contra los Cómics: La Historia de la Censura y el Miedo

Un episodio muy conocido de la historia del cómic tuvo lugar cuando el Senado de Estados Unidos discutió si debían permitirse ciertos contenidos en los cómics que leían los más jóvenes. Desde entonces hemos demonizado la figura de Fredric Wertham (incluso en la portada de este libro), calificamos de ñoños los tebeos publicados bajo regímenes despóticos o estimamos que son instrumentos del Estado en función del mensaje que transmiten. Este prejuicio contra los cómics, que aún existe, procede de la prensa desde el inicio del siglo XX, generado y alimentado por educadores reaccionarios, políticos oportunistas y periodistas morbosos. Y no ocurrió solo en un país, tuvo lugar casi al mismo tiempo en otras partes del mundo, con diferentes aproximaciones dependiendo de la situación sociopolítica de cada país y del estado de su industria cultural.

Ignacio Fernández Sarasola, Profesor Titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Oviedo, ha investigado durante más de una década uno de los episodios de censura más tristes y conocidos de la historia: la campaña contra los tebeos de crímenes y terror en los años 50 del Siglo XX. Sus interesantes conclusiones han sido plasmadas en el libro: El pueblo contra los comics (Asociación Cultural Tebeosfera), en el que también nos habla de la historia de la censura contra las viñetas en otros países como Francia, Inglaterra o España.

Coincidiendo con la tristemente célebre "Caza de brujas" del Senador McCarthy, la campaña contra los tebeos de crímenes y terror, que eran los más populares de la época, dio lugar a un agrio debate que llegó al Senado de los Estados Unidos y que terminó con un mecanismo de autocensura, el Comics Code Authority, que lastró los comic-books durante casi tres décadas. El cabecilla de ese movimiento anti-cómics fue el psiquiatra Fredic Wertham, autor del libro La seducción de los inocentes (Seduction of the Innocent, 1954), en el que echaba la culpa a los cómics del aumento de la delincuencia juvenil y de cualquier cosa que se os ocurra.

Portada del libro

El Origen de la Campaña Anti-Cómics

Fredric Wertham supo estar en el sitio adecuado en el momento justo, y además aprovechar muy bien su aura de especialista en psiquiatría para proporcionar a la campaña anticómic una imagen de cientificismo de la que hasta ese momento había carecido. La campaña anticómic estadounidense no nació ni mucho menos con Wertham; él se incorporó a ella cuando ya llevaba más de un lustro en marcha. Hasta ese momento había estado principalmente en manos de asociaciones de padres y profesores, eclesiásticos, bibliotecarios y literatos que aportaban un discurso sobre todo moral e incluso con un resabio elitista. Cuando de repente aparece un reputado psiquiatra que dice: “Ojo, los cómics ponen en riesgo la salud psicológica de lo que más os importa, que son vuestros hijos”, el asunto cobra una nueva dimensión.

Wertham fue muy hábil tanto en la sustancia de su discurso como en la forma de difundirlo. Por una parte, trató de hacer ver a los padres que los cómics no sólo afectaban a las clases más desfavorecidas, sino que era un problema que trascendía las diferencias económicas y raciales… todos los niños, al margen de su estatus social, estaban en peligro. Lógicamente, las clases medias, hasta entonces poco atentas a la cuestión, empezaron a interesarse por el asunto. Por otra parte, Wertham supo llegar a ese mismo público divulgando sus ideas no ya a través de sesudos tratados psiquiátricos que sólo habrían consultado especialistas, sino utilizando revistas de amplia tirada (Collier’s, Ladies’ Home Journal, Reader’s Digest…) y un libro escrito sin notas al pie, con un lenguaje directo y hasta sensacionalista. Precisamente lo que disgustó a sus colegas de profesión fue lo que atrajo al público. Esa misma apariencia de cientificidad granjeó a Wertham una enorme reputación entre los políticos. Algunos estaban realmente convencidos de que los cómics resultaban perjudiciales, pero otros fueron meros oportunistas que utilizaron la campaña como trampolín para su carrera política. Y aprovecharon el tirón de esa campaña, y la presencia de Wertham, para llevar el asunto incluso al Senado. Antes de llegar a la cámara alta estadounidense, también los ayuntamientos y los parlamentos estatales habían ya atendido al asunto.

Ilustración de un comité del Senado de EE. UU. discutiendo temas controvertidos

La Investigación de Ignacio Fernández Sarasola

La idea del libro surgió a raíz de una coincidencia entre uno de los pasatiempos de infancia del autor -la lectura de cómics- y su actividad profesional, el Derecho Constitucional. En una estancia de investigación en Nueva York, el autor se enteró por vez primera de quién era Wertham. Por aquel entonces había publicado bastantes trabajos académicos sobre el origen y límites de la libertad de prensa en la historia constitucional. De pronto, se encontró con que un psiquiatra había sido protagonista de una campaña destinada a limitar aquella libertad, y además frente a un medio de ocio del que tanto había disfrutado. Sintió la tentación de saber más del tema, se hizo con una copia de Seduction of the Innocent y se percató de que se trataba de un asunto muy interesante, tanto para el aficionado al cómic como para historiadores, sociólogos, educadores, psicólogos, periodistas y juristas.

Wertham fue el catalizador de la investigación, pero el libro no se centra en él; ni tan siquiera en Estados Unidos. El estudio de la campaña en este país centra la mitad del libro, por el enorme peso que tuvo y la influencia global de sus cómics, pero el interés ha sido proporcionar una panorámica más universal, que abrazara ambas orillas del Atlántico. La Asociación Cultural Tebeosfera (ACyT) ha sido fundamental para que la obra pudiese ver la luz, y sobre todo en una edición tan espectacular.

Análisis de "La Seducción de los Inocentes"

La seducción de los inocentes es un libro que merece la pena leer, aunque siempre contextualizándolo. Muchos historiadores del cómic, así como guionistas, editores y dibujantes, han sido bastante injustos con Wertham; tanto a la hora de valorar sus intenciones como sus propuestas. Es fácil decir: “Ese tipo puso en jaque a la industria del cómic. Era un fanático e ignorante que estuvo a punto de acabar con lo que sólo era un medio de ocio inocuo”. Pero la verdad nunca resulta tan simple.

En primer lugar, Wertham no era un conservador, como a menudo se ha dicho, sino un progresista. Antes de la campaña anticómic había representado un papel clave en la supresión de la segregación racial en las escuelas de Estados Unidos, y atendía en Harlem a la población afroamericana más desfavorecida económicamente. A diferencia de otros partícipes de la campaña anticómic, creo que obró de buena fe, creyendo hacer algo positivo por los niños, ya que conocía de primera mano la repercusión que tenía en ellos el ambiente en el que se desenvolvían. El problema es que no conocía suficientemente el medio, exageró el impacto de los cómics en los niños e incluso fue bastante deshonesto con los medios empleados para atacar a los cómics: los análisis psiquiátricos que citaba en el libro no siempre respondían a la verdad (algunos no los había practicado él, o los citaba de forma inexacta), y utilizó una metodología muy poco científica e impropia de un profesional. El fin pareció justificar para él sus medios éticamente dudosos.

El libro resultante es una diatriba contra los cómics y sus autores que no deja títere con cabeza. No hay género ni aspecto que se salven. Formalmente denostaba las ilustraciones, que consideraba estéticamente deficientes y excesivamente abundantes en detrimento del texto, lo que daba lugar a analfabetismo; el texto era por su parte escaso, lleno de onomatopeyas y con deficiencias gramaticales. Incluso los “globos” le disgustaban, porque decía que con ellos los niños no desarrollaban el desplazamiento ocular de izquierda a derecha que se requiere para la habilidad lectora. El contenido era todavía peor: sólo veía en los cómics violencia, erotismo, aberraciones sexuales, racismo y denigración de la mujer. Sus conclusiones eran que todo este conjunto embrutecía a los niños: no sólo los convertía en iletrados, sino que, sobre todo, los transformaba en sujetos violentos, insensibles y, en muchos casos, sexualmente desviados. Para él no había duda que la delincuencia juvenil se conectaba en muchísimos casos irremisiblemente con la lectura de cómics.

La principal conclusión que obtenía Wertham era que, a pesar de la enorme variedad temática que parecían tener los cómics, en realidad todos ellos pertenecían a la misma categoría: crime comics. Porque el tema que tenían en común era la violencia: podía cambiar el contexto en el que se desarrollase (ciencia-ficción, western, terror, romance, superhéroes…), pero al final todos rezumaban violencia y manifestaciones de fuerza. Aun así, a modo de ver del autor, tenía razón al considerar que muchos de esos cómics no eran apropiados para los niños que habitualmente los leían. Tras la II Guerra Mundial, los cómics estadounidenses se habían hecho más escabrosos y con temas más complejos, tratando de atraer a lectores adultos, en parte porque los soldados se habían acostumbrado a ese medio y las editoriales querían conservarlos como clientes. Los padres no adoptaban la cautela de ver qué tipo de cómic leían sus hijos, y los hay realmente espeluznantes. El problema era que Wertham generalizaba, y metía a todos los cómics en el mismo saco, tratando de que se prohibiese su venta a menores de 15 años. No se le ocurrió que una solución más razonable habría sido imponer un sistema de clasificación por edades.

Tabla comparativa de géneros de cómics y acusaciones durante la campaña anticómic

La Caza de Brujas y el Cómic

El proceso contra los cómics tuvo mucho que ver con la Caza de brujas de la época. El senador McCarthy (máximo responsable de la "Caza de brujas" contra los comunistas) trató de que la conexión entre cómics y delincuencia -uno de los aspectos capitales de la campaña- fuese objeto de estudio por el Comité de Actividades Antiamericanas que presidía, aunque no lo consiguió. Por su parte, el promotor del Subcomité del Senado para el Estudio de la Delincuencia Juvenil, en el que se trató de los cómics, fue un senador (Estes Kefauver) que, igual que McCarthy, pretendía obtener una plataforma que le sirviese para dar el salto a la Casa Blanca. Este subcomité fue también, a su modo, una “caza de brujas”, cuya principal víctima fue William Gaines y la editorial EC que dirigía.

Igual que en el caso del macartismo fue habitual en la campaña anticómic ver quintacolumnistas y “rojos” por doquier. A los cómics se les acusó por igual de ser fascistas (con Superman como paradigma) y de ser comunistas. En esta última acusación, por ejemplo, se decía que determinados cómics que mostraban la cara realista y amarga de la guerra (como Two-Fisted Tales y Frontline Combat, concebidos por Harvey Kurtzman) minaban la moral del ejército y, por tanto, favorecían a los comunistas durante la guerra de Corea. Incluso el ambiente sórdido que mostraban los cómics de gánsteres se decía que retrataban unos Estados Unidos decadentes, lo que beneficiaba al discurso comunista.

Los Géneros Censurados y el Legado de EC Comics

Casi todos los temas tuvieron su momento en la caza de brujas. Podría decirse que a medida que una línea de cómics comenzaba a descollar empezaba a ser controvertida. En un primer momento fueron los géneros de superhéroes y ciencia-ficción los más denostados, cuando eran los que dominaban el mercado. El exceso de fantasía, la violencia y las soluciones deus ex machina que contenían eran las principales tachas que les imputaban. A medida que estos géneros fueron relegados por los nuevos gustos del público, los ataques se dirigieron a los temas criminales, de romance y de terror, sucesivamente. Los primeros, acusados de promover la delincuencia; los segundos, cuestionados por amorales (sobre todo por promover relaciones extramaritales y premaritales) y, en fin, los últimos por provocar pesadillas entre los niños.

Con la excepción del género de terror: ese sí que acabó fulminado, al ser el último que llegó al mercado, coincidiendo con el momento de máximo apogeo de la campaña anticómic, es decir, con Seduction of the Innocent y las sesiones del subcomité del Senado para el estudio de la delincuencia juvenil. De hecho, la new trend creada por Bill Gaines en EC, liderada por el género de terror, tuvo que ser cancelada porque los quiosqueros se negaban a vender ese material. El resto de géneros más que desaparecer tuvieron que adecuar sus contenidos al Comics Code Authority, lo que los convirtió en mucho más livianos: menos violencia, menos sexo, y más matrimonio y moralina.

Leyendo los cómics de la Golden Age uno puede encontrarse de todo. La inflación de cómics era tal que proliferaban obras hechas por auténticos aficionados, guionistas mediocres y dibujantes noveles. Cuando un género empezaba a destacar, todas las editoriales lo imitaban, incluso sin atender a un mínimo estándar de calidad. Primero todo eran superhéroes, luego todo crime comics, después romance por doquier y, finalmente, terror a espuertas. Y para atraer lectores y quitárselos a la competencia cada vez había que ser más exagerado, lo que desencadenaba en guiones e ilustraciones con violencia progresivamente más desmedida, e imágenes de horror más desagradables. El impacto de estos cómics respondía a su carácter novedoso, a una política de distribución muy eficaz y, sobre todo, a la ausencia de otro medio de ocio alternativo, al margen del cine y la radio.

El caso de EC es muy especial. Se ha dicho, con razón, que ofrecía material “premio Pulitzer” en relación con las demás editoriales. Bill Gaines pagaba bien a sus artistas, y el elenco de guionistas y dibujantes que trabajó con él fue realmente magistral. Supo revolucionar el medio, ofreciendo una enorme calidad tanto literaria como gráfica. Sus historias eran impactantes (como prueba Shock SuspenStories).

Ejemplos de portadas de cómics de EC Comics, destacando el terror y el crimen

La Historia de la Censura Gay en los Comics

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