Séneca: El Arte de Vivir una Vida Feliz y Virtuosa

Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia.

Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquéllo que nos impulsa un deseo natural. Mientras erremos de acá para allá sin seguir a otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejorar nuestro espíritu.

Hay que decidir, pues, a dónde nos dirijamos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camino por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña.

Nada nos envuelve en mayores males que acomodarnos al rumor, persuadidos de que lo mejor es lo admitido por el asentimiento de muchos, tener por buenos los ejemplos numerosos y no vivir racionalmente, sino por imitación. De ahí esa aglomeración tan grande de personas que se precipitan unas sobre otras. Lo que ocurre en una gran catástrofe colectiva, cuando la gente misma se aplasta, nadie cae sin arrastrar a otro y los primeros son la perdición de los que siguen, puedes verlo suceder en toda vida; nadie yerra sólo por su cuenta, sino que es causa y autor del error ajeno. Es dañoso, pues, apegarse a los que van delante; y como todos prefieren creer que juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa.

Pero ahora la gente se enfrenta con la razón, en defensa de su mal. Cuando se trata de la vida feliz, no es propio que me respondas, según la costumbre de la separación de los votos: “Esta parte parece ser la mayor”; pues por eso mismo es la peor. No marchan tan bien los asuntos humanos, que las cosas mejores agraden a los más; la prueba de lo peor es la muchedumbre. Busquemos qué es lo mejor, no lo más acostumbrado, y lo que nos ponga en posesión de una felicidad eterna, no lo que apruebe el vulgo, pésimo intérprete de la verdad.

Y llamo vulgo tanto a los que visten clámide como a los que llevan coronas; pues no miro el color de los vestidos con que se adornan los cuerpos; no me fío de los ojos para conocer al hombre; tengo una luz mejor y más cierta para discernir lo verdadero y lo falso; el bien del espíritu, el espíritu lo ha de hallar.

Si el espíritu tuviera alguna vez ocasión de respirar y de entrar en sí mismo, ¡oh! Cómo se torturaría, confesaría la verdad y diría: “Todo lo que he hecho hasta ahora, preferiría que no hubiera sido hecho; cuando pienso en todo lo que he dicho, envidio a los mudos; cuanto he deseado, lo juzgo maldición de mis enemigos; todo lo que he temido, ¡justos dioses!, cuánto mejor fue que lo que he deseado. Me he enemistado con muchos y del odio he vuelto a la amistad (si es que hay alguna amistad entre los malos): aún no soy amigo de mí mismo.

Hecho los mayores esfuerzos por salir de la multitud y hacerme notar por alguna cualidad: ¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y mostrar a la malevolencia dónde podía morderme?. ¿Ves a ésos que elogian la elocuencia, que escoltan a la riqueza, que adulan al favor, que ensalzan el poder? Todos son enemigos o, lo que es igual, pueden serlo; tantos son los admiradores como los envidiosos. ¿Porqué no buscar más bien algo bueno realmente, para sentirlo, no para mostrarlo?. Busquemos algo bueno, no en apariencia, sino sólido y duradero, y más hermoso por sus partes escondidas; descubrámoslo. No está lejos: se encontrará; sólo hace falta saber hacia dónde extender la mano; mas pasamos, como en tinieblas, al lado de las cosas, tropezando con las mismas que deseamos.

Pero para no hacerte dar rodeos, pasaré por alto las opiniones de los demás, pues es cosa larga enumerarlas y refutarlas; oye la nuestra. Cuando digo la nuestra, no me apego a ninguno de los maestros estoicos: también yo tengo derecho a opinar. Por tanto, seguiré a alguno, pediré a otro que divida su tesis, tal vez después de haberlos citado a todos no rechazaré nada de lo que decidieron los anteriores, y diré: “Esto opino también”. Por lo pronto, de acuerdo en esto con todos los estoicos, me atengo a la naturaleza de las cosas; la sabiduría consiste en no apartarse de ella y formarse según su ley y su ejemplo.

El sumo bien consiste en un alma libre, levantada, intrépida y constante, inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien sea la virtud, el único mal la vileza, y lo demás un montón de cosas sin valor, que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida, ya que vienen y se van sin aumentar ni disminuir el sumo bien. A este principio así fundado tiene que seguir quiera o no, una alegría constante y un gozo profundo que viene desde lo hondo, pues se alegra de lo suyo propio y no desea bienes mayores que los privados.

¿Porqué no han de compensar bien estas cosas los movimientos mezquinos, frívolos e inconstantes de nuestro cuerpo flaco?. Ves, pues, qué mala y funesta servidumbre tendrá que sufrir aquél a quien poseerán alternativamente los placeres y los dolores, los dominios más caprichosos y arrebatados. Hay que encontrar, por tanto, una salida hacia la libertad. Esta libertad no la da más que la indiferencia por la fortuna; entonces nacerá ese inestimable bien, la calma del espíritu puesto en seguro y la elevación; y, desechados todos los terrores, del conocimiento de la verdad surgirá un gozo grande e inmutable, y la afabilidad y efusión del ánimo, con los cuales se deleitará, no como bienes, sino como frutos de su propio bien.

Puesto que he empezado a tratar la cuestión con amplitud, puede llamarse feliz al que, gracias a la razón, ni desea ni teme; pues las piedras también carecen de temor y de tristeza, e igualmente los animales, pero no por ello dice nadie que son felices los que no tienen conciencia de la felicidad. Pon en el mismo lugar a los hombres a quienes una índole obtusa y la ignorancia de sí mismos reducen al número de los animales y de las cosas inanimadas. Ninguna diferencia hay entre éstos y aquéllos, pues éstos carecen de razón y la de aquéllos está corrompida y sólo sirve para su mal y para pervertirlos; pues nadie puede llamarse feliz fuera de la verdad.

El alma es pura y libre de todo mal cuando ha evitado no sólo los desgarrones, sino también los arañazos, dispuesta a mantenerse siempre donde se ha detenido y a defender su posición contra los furores y los embates de la fortuna. “Pero también el alma -se dice- tendrá sus placeres”. Téngalos en buena hora, y eríjase en árbitro de la sensualidad y de los placeres, llénese de todas las cosas que suelen encantar los sentidos, después vuelva los ojos al pretérito y, al acordarse de los placeres pasados, embriáguese con los anteriores y anticipe ya los futuros, apreste sus esperanzas y, mientras el cuerpo se abandona a los festines presentes, ponga el pensamiento en los futuros; tanto más desdichado me parecerá por ello, pues tomar lo malo por lo bueno es locura. Y sin cordura nadie es feliz, ni es cuerdo aquel a quien le apetecen cosas dañosas como si fueran las mejores. Es feliz, por tanto, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para quien la razón es quien da valor a todas las cosas de su vida.

Los mismos que dijeron que el sumo bien es el placer, ven en qué mal lugar lo habían puesto. Por eso niegan que se pueda separar el placer de la virtud, y dicen que nadie puede vivir honestamente sin gozo, ni gozosamente sin vivir también con honestidad. No veo cómo pueden cinciliarse estas cosas tan diversas. También nacen de sus raíces las cosas que amáis y apetecéis?. Añade ahora que el placer sobreviene incluso a la vida más infame, pero que la virtud no admite una mala vida, y algunos no son infelices por falta de placer, sino por el placer mismo, lo cual no ocurriría si a la virtud se mezclase el deleite, del que a menudo carece la virtud, pero que nunca necesita. ¿Por qué querer reunir cosas distintas y aún contrarias?. La virtud es algo elevado, excelso y regio, invencible e infatigable; el placer es algo bajo, servil, flaco y mezquino, cuyo asiento y domicilio son los lupanares y las tabernas. Encontrarás la virtud en el templo, en el foro, atezada, con las manos encallecidas; al placer, casi siempre escondido en busca de tinieblas, cerca de los baños y estufas, y de los lugares que temen a la policía, blando, sin frío, húmedo de vino y de perfumes, pálido y cubierto de afeites y lleno de ungüentos como un cadáver. El sumo bien es inmortal, no puede desaparecer y no conoce el hastío ni el arrepentimiento; pues un alma recta no cambia nunca, ni se aborrece, ni muda nada, porque siempre ha seguido lo mejor; pero el placer, en cambio, cuanto más deleita, se extingue. Y no tiene mucho espacio, por lo cual pronto lo llena, y produce hastío, y se marchita después de los primeros transportes. ¿Qué importa que el placer se dé tanto entre los buenos como entre los malos y no deleite menos entre los buenos como entre los malos y no deleite menos a los infames su deshonra que a los virtuosos su mérito?. Por esto los antiguos recomendaron seguir la vida mejor, no la más agradable, de modo que el placer no sea el guía, sino el compañero de la voluntad recta y buena.

Pues es la naturaleza quien tiene que guiarnos; la razón la observa y la consulta. Es lo mismo, por tanto, vivir felizmente o según la naturaleza. Voy a explicar qué quiere decir esto: si conservamos con cuidado y sin temor nuestras dotes corporales y nuestras aptitudes naturales, como bienes fugaces y dados para un día, si no sufrimos su servidumbre y no nos dominan las cosas externas; si los placeres fortuitos del cuerpo tienen para nosotros el mismo puesto que en campaña los auxiliares y las tropas ligeras (tienen que servir, no mandar), sólo así son útiles para el alma. Que el hombre no se deje corromper ni dominar por las cosas exteriores y sólo se admire a sí mismo, que confíe en su ánimo y esté preparado a cualquier fortuna, que sea artífice de su vida. Que su confianza no carezca de ciencia, ni su ciencia de constancia; que sus decisiones sean para siempre y sus decretos no tengan ninguna enmienda. Añadirlo, que un hombre tal será sereno y ordenado, y hará todo con grandeza y afabilidad.

La verdadera razón estará inserta en los sentidos y tomará allí su punto de partida; pues no tiene otra cosa donde apoyarse para lanzarse hacia la verdad y volver a sí misma. Y también el mundo que abarca todas las cosas, Dios rector del universo, tiende hacia las cosas exteriores, pero sin embargo vuelve a sí totalmente de todas partes. Que nuestra mente haga lo mismo; cuando se ha seguido a sus sentidos y se ha extendido por medio de ellos hasta las cosas exteriores, sea dueña de éstas y de sí misma. De este modo resultará una unidad de fuerza y de potencia, de acuerdo consigo misma; y nacerá esa razón segura, sin discrepancia ni vacilación en sus opiniones y comprensiones, ni en su convicción. La cual, cuando se ha ordenado y se ha acordado y, por decirlo así, armonizado en sus partes, ha alcanzado el sumo bien. Pues nada malo ni inseguro subsiste; nada en que pueda tropezar o resbalar. Lo hará todo por su propia autoridad, y nada imprevisto le ocurrirá, sino que todo lo que haga resultará bien, fácil y diestramente, sin rodeos al obrar; pues la pereza y vacilación acusan lucha e inconstancia.

Pero tú mismo -se dice- sólo practicas la virtud porque esperas de ella algún placer. En primer lugar, si la virtud ha de proporcionar placer, no se la busca por él, pues no lo proporciona sino por añadidura, y no se esfuerza por conseguirlo, sino que su esfuerzo, aunque tienda a otra cosa, lo alcanzará también. Así como en un campo arado para la siembra nacen aquí y allá algunas flores, pero no se ha tomado tanto trabajo por estas hierbecillas, aunque deleiten los ojos -el propósito del sembrador fue otro, y esto sobrevino-, así también el placer no es el pago ni la causa de la virtud, sino algo accesorio; y no se lo acepta porque deleite, sino que, si se lo acepta, también deleita. El sumo bien reside en el mismo juicio y en la disposición de un espíritu perfecto; cuando éste ha llenado todo su ámbito y se ha ceñido a sus límites, se ha realizado el sumo bien y ya no desea nada más. Pues nada hay fuera del todo, ni tampoco más allá del fin. Por eso yerras cuando preguntas qué es aquello por lo que busco la virtud; pues buscas algo por encima de lo más alto. ¿Preguntas qué busco en la virtud?: ella misma, pues no tiene nada mejor y es premio de sí misma. ¿O es esto poca cosa?. Si el sumo bien es una “fortaleza inquebrantable”, ¿vas a exigir todavía algo mayor a que se refieran todas estas cosas?. ¿Para qué me hablas del placer?. “Desvirtúas lo que digo -se replicará-. Yo niego que nadie pueda vivir agradablemente si no vive a la vez virtuosamente; lo cual no puede suceder a los mud...

La Sabiduría de Séneca y el Estoicismo

Al igual que Sócrates, Séneca ya es un mito de la cultura occidental. Elogiado por Dante, Chaucer, Petrarca, Erasmo de Rotterdam, Quevedo, Baltasar Gracián, María Zambrano, Unamuno, Julián Marías y Foucault, no es un simple filósofo, sino un hombre ético que nos legó una imagen de dignidad y coraje. A pesar de sus detractores, que lo han acusado de hipócrita y arribista, su vida y su obra se consideran un ejemplo de civismo, ecuanimidad y humanismo. No en vano afirmó: «El hombre es cosa sagrada para el hombre». No cabe imaginar una refutación más vigorosa del pesimismo de Plauto, según el cual «lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro».

Séneca no discrimina entre amigos y desconocidos. Todos los hombres, incluidos los esclavos y los extranjeros, merecen el mismo respeto. La compasión no es un sentimiento asociado a una relación de amistad o cercanía, sino un mandato universal e incondicional. Esa idea se reforzó con la falsa correspondencia entre Séneca y Pablo de Tarso, pero lo cierto es que el filósofo romano no abrigó ninguna simpatía hacia el cristianismo. Aunque no conoció demasiado su doctrina, presumió que era una religión mistérica del mismo corte que los ritos celebrados en honor de Isis y Cibeles y, por tanto, una superstición que atentaba contra el logos estoico, un principio racional ajeno a cualquier promesa de salvación. Sin embargo, los valores exaltados por Séneca son perfectamente compatibles con el cristianismo, pues abogan por la justicia, la paz, la piedad, la austeridad y el respeto al ser humano con independencia de su origen, raza o patrimonio. Eso sí, Séneca elogia el suicidio como una alternativa honorable.

Séneca fue un filósofo estoico con una prosa elegante, sabia e incisiva. Su obra se inscribe en una tradición intelectual con más de dos mil años de historia y que hoy en día goza de una sorprendente popularidad. La Stoa o «escuela del Pórtico» fue fundada en Atenas por Zenón de Citio hacia el 300 a. C. Adoptó ese nombre porque Zenón formaba a sus discípulos en la Stoa Pecile o Pórtico Pintado, inicialmente llamado Pórtico de Pisianacte. Era un edificio de uso público y se hallaba a la entrada del ágora. La escuela estoica se extendió por un periodo de seis siglos y sus enseñanzas contemplan la lógica (retórica y dialéctica), la física, la política y la ética.

Según el estoicismo, la realidad es materia y fuego animada por un logos o espíritu vivificante (pneuma, «soplo, aliento»). La vida del cosmos es cíclica y nada está librado al azar. No hay que deplorar ningún acontecimiento, pues todo obedece a un orden racional. El sabio estoico vive conforme a la naturaleza, aceptando el designio del logos, presente en todas las cosas. No debemos permitir que las pasiones nos esclavicen. El apego desmedido a las cosas materiales conspira contra nuestra libertad. La austeridad es el camino de la virtud. Se debe ser sobrio en todos los aspectos de la existencia. El sabio estoico cultiva el autodominio y la serenidad o ataraxia, se abstiene de las acciones injustas y cumple con sus deberes de ciudadano; incluso prefiere el suicidio al deshonor. Sus juicios morales se basan en una perspectiva global. Una erupción volcánica parece un mal, pero forma parte del orden del cosmos; es un hecho necesario, aunque no comprendamos por qué sucede. No por eso se debe abrazar la arbitrariedad. El estoicismo cree en la existencia de unos derechos naturales y atribuye al ser humano un valor sagrado, pues todos los individuos, incluidos los esclavos y las mujeres, participan del logos que gobierna el cosmos.

La popularidad del estoicismo, especialmente de autores como Marco Aurelio y Séneca, contrasta con la mentalidad de nuestro tiempo líquido, por utilizar la expresión de Zygmunt Bauman sobre el estado de nuestra cultura, reacia a alumbrar certezas y referencias que reemplacen a los viejos valores del mundo de ayer. Los estoicos buscan incansablemente la verdad, pero el escepticismo es hoy una perspectiva mucho más extendida. El famoso «¿Qué es la verdad?», de Poncio Pilatos, prefecto de la provincia romana de Judea, ya es casi un lugar común, especialmente desde la irrupción de la posmodernidad, acta de defunción de los principios del racionalismo científico y las ideologías políticas. El providencialismo estoico no está más alejado de nosotros. En nuestros días, el orden del universo se atribuye a una combinación de azar y necesidad, negando cualquier propósito o finalidad. No hay un logos que regule la vida del cosmos. Solo una oscura y fatal voluntad de vivir de carácter irracional. En cuanto a la ataraxia estoica, casi nadie está dispuesto a refrenar sus pasiones. Por el contrario, prevalece la impaciencia de satisfacerlas, y la entereza frente a la adversidad es una rara flor. El honor y el deber ya no gozan del prestigio de antaño. Tampoco se valora la sobriedad. En la era del consumismo, ejercer la austeridad parece una extravagancia.

¿Por qué disfruta entonces de tanto éxito el estoicismo? Quizá porque encarnan algunas de las grandes cualidades que anhelamos. Ahora cualquier revés suscita un profundo abatimiento. Pocas personas responden a la desgracia con serenidad. Suele ser más común acudir al psiquiatra, suplicando unas pastillas que aplaquen nuestro malestar. Nos sentimos tremendamente vulnerables y por eso agradecemos que el estoicismo atribuya al ser humano la fortaleza necesaria para afrontar las experiencias más trágicas. La sabiduría estoica es un ejercicio de resiliencia. Tal vez esa sea una de las claves de su éxito. Séneca insiste mucho en esa idea. Además, nos recuerda que los bienes materiales nos esclavizan y nos indica que la paz interior solo se alcanza mediante una conciencia satisfecha. La virtud no es un simple acto de heroísmo, sino una forma de higiene mental. La honestidad es la mayor fuente de equilibrio y felicidad.

Al igual que Marco Aurelio, Séneca es un maestro de almas, un título algo anacrónico pero con el poder de tender un puente entre la Antigüedad y el siglo XXI. A fin de cuentas, el ser humano sigue planteándose las mismas preguntas que en la Antigüedad clásica: ¿cómo debemos obrar?, ¿cuáles son los límites del saber?, ¿qué nos cabe esperar? Séneca no elude estas cuestiones. Su estilo diáfano, directo y atemporal aborda los temas esenciales, aportando alternativas que no han perdido validez. No somos estoicos, pero nos gustaría serlo. Esa es la razón de que las obras de Séneca sigan expuestas en las librerías, suscitando la curiosidad de los lectores.

La Vida y Obra de Séneca

Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba en torno al año 1 a. C. Se le conoció como Séneca el Joven para distinguirlo de su padre, Marco Anneo Séneca, orador, escritor, filósofo estoico y miembro de la orden ecuestre, una clase social que se situaba por debajo de los senadores y que supervisaba las actividades económicas del imperio. Lucio Anneo Séneca fue cuestor, pretor, senador y cónsul sufecto durante los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Además, ejerció de tutor y consejero del emperador Nerón.

La Córdoba romana fue una urbe próspera, que administraba las minas de oro, plata, cobre, estaño y plomo de Sierra Morena, y la agricultura del valle de Guadalquivir, rica en aceite, vid y cereal. Al margen de la economía, la ciudad desarrollaba una intensa vida cultural. Marco Anneo Séneca viajó a menudo a Roma y se relacionó con los intelectuales más brillantes de la época. Escribió varias obras, pero solo conservamos sus Controversias y Suasorias, unos ejercicios de retórica. Además, sabemos que escribió una Historia de Roma, que Séneca hijo leyó y que estimuló su vocación política, ya alimentada por su padre, empeñado en que llegara a ser senador. Testigo del enfrentamiento entre Julio César y Pompeyo, Marco Anneo Séneca transmitió a su hijo que la guerra civil era el mayor de los males. Los Anneo tomaron partido por Pompeyo, pues lo consideraban representante de los valores republicanos frente al autoritarismo de César.

Séneca pasó su infancia y primera juventud bajo el gobierno de Augusto, que trajo paz y prosperidad, creando un régimen político basado en una relación de equilibrio entre la monarquía y el Senado. Helvia, la madre de Séneca, fue una mujer inteligente, culta y capaz que se encargó de administrar el patrimonio familiar durante los viajes de su esposo a Roma. Ejerció una poderosa influencia en el filósofo, inculcándole sensibilidad, decoro y firmeza. Séneca participa de los prejuicios machistas de su tiempo, pero su cariño a Helvia provoca que se muestre más favorable a la mujer que sus contemporáneos, elogiando el coraje, el talento y la dignidad de muchas figuras femeninas. Sería absurdo reprocharle que use la expresión «afeminado» para expresar su desprecio hacia algunas conductas, pues esa reacción era un lugar común en sus días.

A los siete años, Séneca viaja a Roma y se reúne con su padre, que le asigna un maestro -probablemente, un esclavo griego-. Hasta los once años, perfeccionará la lectura y la escritura y aprenderá nociones de geografía, cálculo y astronomía. Su formación incluirá el estudio de los grandes episodios de la Ilíada y la Odisea. A partir de los doce, se centrará en la gramática, la retórica, la ortografía y la prosodia. El objetivo de su padre será convertirlo en un orador con un gran dominio del idioma latino y un buen conocimiento de la lengua griega. Su educación siempre incluirá la lectura de los autores griegos y latinos: Homero, Horacio, Virgilio, Plauto, Tito Livio, Esopo, Salustio. Aunque los maestros animan a Séneca a no incurrir en solecismos, prefiere seguir las pautas de su padre, partidario de un uso más flexible y creativo de la lengua. Esa enseñanza lo llevará a crear un nuevo estilo literario que se considera la semilla del ensayo moderno.

Séneca nunca dejará de estudiar. Ya cumplidos los sesenta años, acudirá a la escuela del filósofo Metronacte. Su curiosidad infatigable lo impulsará a cultivar todas las disciplinas de su tiempo, un hábito que fructificará en una cultura enciclopédica. Séneca se desviará de las enseñanzas de su padre en una cuestión esencial. Atribuirá más importancia a la filosofía, una disciplina especulativa, que a la retórica, una rama del saber orientada a la política y a la vida social. Comprender le parece más importante que abrirse paso en el terreno práctico. No piensa que la filosofía sea una ciencia auxiliar, algo de griegos, sino la llave maestra que franquea las puertas del conocimiento y permite sentar las bases de un gobierno justo y moderado. La mejor forma de trabajar por el bien común y combatir la tiranía es ejercer la razón. De ahí que los tiranos quemen libros, pues saben que la palabra es el arma más poderosa para educar a los ciudadanos en el amor a la libertad y la justicia.

Séneca estudia con el filósofo estoico Átalo, procedente de Pérgamo, y con el pitagórico Soción de Alejandría. Conviene aclarar que por esas fechas la filosofía no se concibe como una disciplina teórica centrada en el estudio del ser, sino como una forma de vida. Su objeto no es solo explicar la naturaleza última de lo real, sino adquirir la necesaria sabiduría existencial para ser un buen ciudadano y aprender a obrar con libertad, independencia y ecuanimidad. Del estoicismo, Séneca aprende a distinguir entre erudición, que se alimenta del prestigio ajeno, y sabiduría, que exige creatividad y autonomía. También asimila que no se debe conceder mucha importancia a los bienes materiales. El sabio vive de forma sencilla y humilde, cuidando el cuerpo y la mente. El amor al lujo solo es una forma de esclavitud...

Séneca escribió las 124 epístolas dirigidas a Lucilio al final de su vida, cuando sabía que Nerón acariciaba el propósito de ordenar su muerte. Matar a su maestro no representaba ningún problema para el emperador que había acabado con la vida de Agripina, su madre, Británico, su hermanastro, y Octavia, su primera esposa. Se puede considerar que las Epístolas son su testamento filosófico y su legado moral.

Julián Marías, tan injustamente olvidado, reivindicó la actualidad del pensador romano: «Vale la pena resucitar a Séneca; pero eso significa darle nueva vida, la nuestra, con una mirada que recree su actitud, su esfuerzo, su temblor humano, y mida la enorme distancia que nos separa de él. Eso es precisamente lo que puede enriquecernos, ayudarnos a ser quienes somos».

El Legado de Séneca y su Vigencia

Durante mucho tiempo, se creyó que un busto de bronce de finales del siglo I a. C. descubierto en la Villa de los Papiros en Herculano en 1754 se correspondía con el rostro de Séneca. Es una imagen poderosa y con una enorme fuerza dramática que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Sin embargo, hoy sabemos que el verdadero aspecto del filósofo es una escultura bifronte hallada en Roma en 1813. No es un rostro atormentado, sino sereno y con una mirada profunda. Un hombre de unos sesenta y seis años con la nariz grande y recta, los labios gruesos, la boca y la barbilla pequeñas, y una calvicie venerable. La realidad no siempre es épica, pero sí fidedigna. El Séneca real habría disgustado a Nietzsche, siempre amante de lo desmesurado y dramático.

La brevedad de la vida, en la nueva edición de Herder Editorial con la cuidadosa traducción de José Patricio Domínguez Valdez, es un breve tratado dedicado en este caso a Paulino, quien fuera el praefectus annonae de Roma, el funcionario imperial que velaba por las provisiones de granos y cereales para la población. El filósofo le escribe este protréptico (del verbo protrépo: exhortar, invitar) cuyo objetivo es que el funcionario, básicamente, abandone sus funciones y «empiece a vivir la vida». Pensarlo bajo esa segunda posibilidad nos permitirá entrar a este texto del año 55 d. C. Séneca apela a una sensación muy frecuente en nuestros días: la de estar perdiendo el tiempo. ¿Qué queremos decir cuando usamos esta expresión? Por lo general, es algo que se dice después de que algo no ha resultado bien, con lo cual el uso del tiempo se mide según lo exitosa que ha sido la consecución de una tarea, la obtención de un objetivo.

Cuestionando el famoso dictum latino Vita brevis ars longa (la vida es breve, el arte es largo) -entendiendo aquí por ars no necesariamente, arte en sentido artístico, sino obra, tarea, ocupación, etc.-, lo que dice Séneca es que, precisamente como el arte es largo, nuestra vida ha de ser larga también. Decir que es «demasiado breve» para la obra es excusarnos de no usar el tiempo de la vida correctamente orientado a la virtud. Séneca rebatirá este pensamiento, atribuido a Cicerón: «¿Por qué nos quejamos de la naturaleza? Ella ha sido generosa. Si uno sabe usar bien la vida, ella es larga». Porque pensar que nuestra vida es «demasiado breve» para nuestras metas sería convalidar que estamos hechos «contra natura». Y eso no puede de ningún modo ser así. «No es que tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho.

Otra acepción de «perder el tiempo» es la de «dejar pasar el tiempo». Con esto solemos referirnos a la sensación de pasar un buen rato sin haber hecho «nada», que, por algún motivo, quizás por el mandato de ser productivos todo el tiempo, lejos de permitirnos descansar o divertirnos, nos provoca sentimiento de culpa. ¿Por qué no reconocemos estos momentos como momentos de ocio? ¿En qué se diferencia «perder el tiempo» del uso de nuestro tiempo libre? Las ocupaciones que nos hacen perder el tiempo y derrocharlo en un mero existir, distinto del vivir, son, en primer lugar, los vicios. Para Séneca, entregarse al alcohol o al sexo son las formas más deshonrosas de derrochar el tiempo. Para Séneca, entonces, quien disfruta del tiempo libre es solo aquel que es «consciente de su propio ocio», quien tiene dominio de las actividades a las que dedica el tiempo en el que no está ocupado. A su vez, dominar el ocio, veremos, será clave para determinar también el propósito de nuestras ocupaciones. Y, sobre todo, para no confundir una cosa con la otra: hacer del tiempo de ocio un tiempo «rentable», «productivo», porque esto impide que el ocio tenga su autonomía con respecto al resto de las actividades de la vida.

“Da vergüenza el caso del hombre que, más exhausto por su modo de vivir que por sus labores, cae muerto en medio de sus obligaciones”. En cuanto a los «ocupados» que integran el vulgo, su situación es peor porque ni siquiera ocupan su tiempo en tareas que sean vividas como propias, sino que sirven meramente a la reproducción de las vidas de otros. En fin, la gran masa de trabajadores asalariados. “La condición de todos los ocupados es mísera; pero la más mísera de todas es la de quienes no se afanan en ocupaciones propias, sino que duermen para un sueño ajeno, que caminan para un curso ajeno, y son ordenados a amar u odiar, que son las acciones más libres de todas. Como reflexiona también Valdez en la introducción, «es probable que el balance del hombre contemporáneo sea peor que el del occupatus del Imperio romano».

¿Y qué es lo que le propone Séneca al funcionario entonces? Dedicarse el resto de su vida al estudio de las artes liberales. Así, también Séneca reivindica el estudio de las artes liberales como una cuestión vital, base de la vida moral. Por eso se despacha sobre quienes hacen un uso superfluo del estudio de las letras. “Esto de investigar cuántos remeros tenía Ulises, qué obra fue escrita antes, si la Ilíada o la Odisea, si las dos son obras del mismo autor, y otras cosas de este estilo -la enumeración sigue- […] ¿harán que disminuyan los errores de alguien? ¿Moderarán los deseos de alguien? Hoy podríamos relacionar esto con el academicismo y la conversión de la universidad no en un ámbito dedicado al estudio (studium), sino a la vana búsqueda de prestigio (ambitio).

Sobre el final del libro, Séneca da como ejemplo el excéntrico caso de Turanio. Este fue un procurador durante el gobierno de Cayo César que, cuando recibió su retiro, a los 90 años de edad, organizó su funeral: mandó que lo pusieran en el lecho fúnebre como si fuera ya un difunto y ordenó a su familia que lo rodeara y lo llorara como a un muerto.

La obra de Séneca, aunque escrita hace casi dos milenios, sigue resonando en la actualidad, ofreciendo valiosas lecciones sobre cómo alcanzar la felicidad a través de la virtud, la razón y el dominio de uno mismo. Su legado perdura como un faro de sabiduría en la búsqueda de una vida plena y significativa.

Busto de Séneca

FILOSOFÍA ESTOICA ROMANA | Epicteto, Séneca y Marco Aurelio - DOCUMENTAL COMPLETO

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