El amor es un sentimiento complejo y multifacético que ha sido explorado a lo largo de siglos en la literatura y el arte. No se puede amar desde la desidia, sin la vehemencia que nos exige ese verbo de transitividad infinita. El amor se revuelve libre e inasible, ofreciendo cobijo también a los vínculos secretos y prohibidos, a todas esas historias que se vieron obligadas a existir entre sombras. Un cuerpo, una presencia, un instante, un lugar, una idea… Todo es susceptible de convertirse en objeto amado, a pesar de que cualquiera de esas pasiones nos recuerde, en el momento de su conquista, la facilidad con la que acabará desvaneciéndose. Por eso el amor exige coraje y valentía, porque con él arraiga también la incertidumbre, y la duda, y la mortalidad, y la conciencia de un tiempo que, dure lo que dure, será efímero y ante el que solo cabe abrazar el ahora con la misma intensidad con la que abrazamos nuestros cuerpos.
Desde esa inquietud comenzaba en el siglo X nuestra literatura, ofreciéndonos en solo dos versos una definición del amor reconocible e inquietante: “¿Qué haré, madre? / Mi amado está en la puerta”. En la intensidad dramática de esta jarcha conviven la excitación y la angustia con dos amores: el de la madre que escucha y el que aguarda tras una puerta que se torna metáfora sexual. Una puerta ante la que es inevitable la duda, pues abrirla supone dar paso también al deseo y a sus despóticas leyes, a la rutina que desgastará las noches, y al duelo y la pérdida que habrá de quebrarnos con la misma fuerza con la que nos alzaba mientras éramos.
Puertas que hay quienes anhelan derribar, como la Melibea de Fernando de Rojas, una adolescente que se atreve a clamar en pleno siglo XV contra la opresión patriarcal (“¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los varones?”), y que otros abren para huir de la realidad en busca de un amor que, en este presente amenazadoramente genocida y neofascista, se revela urgente: el amor a la justicia y la verdad que encarnan don Quijote y Sancho, cuya historia de idealismo y derrota es, como la de cualquier amistad verdadera, una gran historia de amor.
Caprichoso, como corresponde al niño arquero; codicioso, porque rechaza las migajas; paradójico, porque no acepta más reglas que las que podrá traicionar; y preso de un contraste imposible entre la generosidad absoluta y el egoísmo hedonista, entre la euforia del inicio y la desolación de su clausura. Pero, a pesar de todas sus imperfecciones, el amor sigue siendo la única esperanza en este tiempo en el que el escepticismo se ha convertido en un arma política que nos inmoviliza y anestesia. Con su naturaleza impulsiva y poliédrica nos impulsa a actuar desde las amistades que nos sostienen, desde la familia (elegida) que nos alberga, desde la pareja (o trieja) que nos suma y desde todo lo que -ya sea arte o naturaleza- nos emociona o interpela. Aunque a veces nos fallen las fuerzas cuando intuimos que, tras la puerta, nos aguarda el amor más inconstante y difícil: el que deberíamos sentir por nosotros mismos. Y en ese momento, justo cuando tememos encontrar un reflejo hostil al otro lado, el amor de esa madre, de esa amiga o de ese compañero de vida que nos conoce mejor de lo que nosotros lo haremos nunca aparece y nos salva. Porque en su obstinación por arrancarnos de la resignación, el amor también tiene algo de deus ex machina.
La Historia de Margaret Juliet y Nathaniel
A pesar de que los primeros días fue algo doloroso, Tom tuvo razón. Que se marchara nos hizo bien a ambos, finalmente todo comenzaba a calmarse. Empecé a rendir mucho más en el trabajo, no llegaba a medianoche a casa para evitarlo, y había comenzado a explorar una nueva etapa con Nathaniel, una que nunca imaginé. No, no éramos novios, ni una pareja formal, pero me quedaba con regularidad en su casa, a veces él en la mía y simplemente era fácil estar juntos.
Le sonreí a la pantalla de mi móvil. En pocos segundos sería mi cumpleaños. Me hubiese gustado estar con él en ese momento, sin embargo pasó todo el día y la noche en el departamento audiovisual. Justo cuando se hicieron las doce y para muchos ya era mi cumpleaños -en realidad yo había nacido a las dos de la tarde, así que exactamente no era mi cumpleaños todavía-, escuché golpes en la puerta de mi apartamento. Me levanté del sofá y pausé la serie que estaba viendo para poder abrir. Solté una risilla cuando me encontré a Nathaniel y a Nemo, éste último con un pequeño ramo de flores entre sus dientes.
-Feliz cumpleaños, Margaret Juliet -susurró él con un mohín divertido antes de acercarse a mí y depositar un suave y húmedo beso en mis labios. Sonreí y sentí mis mejillas arder. -Te hacía en tu casa o en el trabajo. -Sé que a veces soy mala persona, pero no dejaría que pasaras tu cumpleaños sola -dijo guiñándome un ojo y entregándome las flores que su perro llevaba entre los dientes. Le permití entrar a mi apartamento y Nemo se hizo espacio primero que él, acostándose en el sofá y quedándose dormido treinta segundos después.
Nathaniel sacó una botella de champán de una bolsa y la abrió, sirviendo en dos vasos -no tenía copas en casa-, quitándole un poco el glamour al momento pero no había remedio. -Brindemos -propuso levantando su vaso y obligándome a que hiciera lo mismo. -Que ya alcanzaste un cuarto de siglo, Wright. Que eres una mujer exitosa, y que finalmente tú y yo estamos en paz. -Salud -choqué mi vaso con el suyo y me apresuré a dar un sorbo. Él tenía razón, finalmente estábamos en paz y era más cómodo así. Aunque algunos días me preguntaba si esto era realmente lo que quería, o si simplemente me estaba quedando en mi zona de confort. Sacudí la cabeza con disimulo para apartar esos pensamientos y simplemente disfrutar el momento. Mi momento.
- ¿Siempre imaginaste estar donde estás ahora cuando cumplieras los veinticinco? -preguntó sentándose en una de las sillas altas que se encontraban frente al mesón de la cocina. Me hizo una seña para sentarme en sus piernas, y así lo hice. Me permití disfrutar del delicioso aroma de su colonia varonil. Suspiré. -Durante mucho tiempo imaginé que en este día estaría casada con Joe y criando a nuestros primeros gemelos, pero dado todo lo que ocurrió con él, creo que me gusta más este final. -Creo que a mí también -me sonrió.
- ¿Y tú? ¿Esta es la vida que querías para ti? -No es lo que una vez planifiqué para mi vida. Siempre imaginé que terminaría llevando la empresa de mi padre. Pensé que a esta edad estaría comenzando a dirigir una compañía, no siendo un pasante. Pero no puedo quejarme. En sus palabras había cierta nota de dolor y resentimiento, no podía culparlo. Ahora que conocía su historia familiar, sabía que su padre era todo menos sincero. Recordé lo que me había dicho Tom una vez sobre Nate y Brianna, que ambos provenían de círculos sociales altos y por motivos que él no conocía, se alejaron de allí. Debía reconocer que Nathaniel tenía las pelotas bien puestas para renunciar a una vida con todas las puertas abiertas y comenzar de cero.
- ¿Y te sientes bien con lo que tienes, con lo que eres ahora? -indagué. -Es una pregunta complicada. Wright. No sé si tenga la respuesta en este momento. Yo esperaba un «estás en mis brazos, claro que me siento bien con lo que tengo y lo que soy», pero olvidaba que él no era especialmente mentiroso. O quizás era el mejor de todos. -Me encantaría poder descifrarte -susurré cerca de sus labios, y sentí su mano pasear por mi muslo hasta llegar a mi costado. -No hay nada que descifrar -respondió embriagándome de su aliento a champán, cigarrillo y menta-. ¿Qué te parece si comenzamos a celebrar tu cumpleaños? -propuso depositando un beso en mi cuello que me hizo exhalar todo el aire de mis pulmones. -Me parece perfecto. Con eso, sellé sus labios con los míos. Si así comenzaba mi cumpleaños, me emocionaba imaginar cómo terminaría.
Mi cumpleaños cayó un sábado, así que gracias a los dioses no tuve que ir a trabajar. Nathaniel me llevó a almorzar a un lindo restaurante en el Upper East Side y saludó a un par de personas que lo reconocieron de inmediato. Después de ello, caminamos por Battery Park y sus decenas de turistas tomando fotografías. Reposé mis manos sobre la barandilla y me deslumbré ante la vista de aquel hermoso día soleado. Sentí a Nathaniel acariciar mis caderas y depositarme un beso en el cuello.
-Creo que no me iría, ¿sabes? -solté tras un suspiro. - ¿De qué hablas? -preguntó en un murmullo, entrelazando sus dedos con los míos. -De Nueva York. Incluso si me llegan a despedir, no creo que sería capaz de irme. Lo escuché soltar una risa suave detrás de mí. -La ciudad tiene esa magia. Me pregunté cómo Oliver y Tom pudieron haber dejado una metrópolis como ésta, donde cada uno de tus sueños podía hacerse realidad, donde cada persona, cada calle, cada edificio, cada taxi, cada verdulería, cada anuncio, cada luz, cada sonrisa... cada detalle de la ciudad te atrapaba, te adoptaba, secuestraba tu corazón de formas irremediables.

Me di vuelta e hice algo que siempre había querido hacer. Rodeé los hombros de Nathaniel con mis brazos y lo besé con la Estatua de la Libertad detrás de nosotros, el símbolo que resumía nuestra cultura y nuestros valores en una sola edificación -a pesar de que, paradójicamente, había sido un regalo de los franceses-. Lo besé con intensidad, sin importar que algún turista nos tomara fotografías. Lo besé como si de verdad creyera que él era el adecuado para los siguientes años de mi vida. Lo besé como si todo pudiese arruinarse el día de mañana. Y él, por primera vez, me besó de una manera dulce, bonita y tan natural como el aire que estábamos respirando con cada vez mayor dificultad. Nos detuvimos y él tomó un poco de distancia regalándome una sonrisa ladina y picarona.
-Deja de provocarme así, Wright, que no quiero arruinar todo lo que tengo agendado para hoy. Me reí y rodé los ojos. Sí, en efecto todo el día habíamos venido haciendo cosas que formaban parte de su planificación para mi cumpleaños, y aún nos quedaban un par de cosas más por hacer. Sin embargo, todo era sorpresa. - ¿Y a dónde vamos ahora? -pregunté tomando su mano y guiándolo hacia la salida del parque. -A darle la vuelta a Manhattan. -Por supuesto que no. Eso es para novatos, Wright. - ¿Vamos en helicóptero? -eso me salió con auténtica emoción. No era algo descabellado después de todo. -Tampoco -se rio.
Para mi sorpresa, tomamos un taxi en dirección a Hell's Kitchen, no muy lejos de donde vivía. Nos detuvimos cerca de uno de los muelles. Nathaniel me explicó que nos montaríamos en un pequeño crucero no tan popular, de hecho, era poco conocido por muchos neoyorquinos. North River Lobster Company era un pequeño crucero que le daba la vuelta a Manhattan cada 45 minutos y allí dentro había un restaurant donde podrías comer deleitantes platillos de mariscos así como también se encontraba un bar con una amplia carta de cocteles. Todo ello mientras disfrutabas de las mejores vistas de la ciudad. Estaba poniéndose el sol así que cuando partimos, el paisaje delante de nuestros ojos era surreal y pintoresco. Nate y yo nos sentamos en uno de los muebles cercanos al borde del crucero con dos vasos de un coctel llamado "Sexy Greek", lo cual lo tomé como una señal de lo que nos esperaría en casa después de que la ola de sorpresas de cumpleaños terminara.

- ¿Qué crees que ocurra el lunes? Nate me miró curioso al inicio hasta que comprendió a lo que me refería. - ¿Por qué no te permites relajarte un poco en este día y sobre eso hablamos mañana? El lunes comenzaba un nuevo mes, y eso se traducía en que un pasante sería despedido. Solo quedábamos Nathaniel, Brianna y yo, así que cada vez aumentaban las probabilidades de ser expulsada, o de que ellos lo fueran. Ver partir a Melanie, Oliver y Tom fue intenso. No quería ni imaginar si me tocaba ver también partir a Nate o a Brianna -sí, incluso me sentiría mal por la rubia, quien había disminuido sus niveles de toxicidad de forma épica-. -Tú siempre tienes todo bajo control -sostuve y él enarcó una ceja-, siempre tienes un as bajo la manga. Así que no creo que te expulsen este mes. Así que dime, ¿quién será? ¿Brianna o yo? - ¿Quieres la verdad? -Nada más que la verdad. -Pues no lo sé -frunció los labios-. Tampoco sé qué esperar. Solo disfruta de este día, Wright.
Me di por vencida fácilmente, además él tenía razón: era mi cumpleaños y no debía mortificarme por interrogantes como aquella. Recosté mi frente de su hombro y me concentré en las emociones del momento. Todavía Nathaniel me aceleraba las pulsaciones, pero al mismo tiempo algo dentro de mí estaba vacío. Él me hacía reír, pero yo no disfrutaba completamente. Él estaba a mi lado, pero no me sentía cien por ciento acompañada. De una manera estábamos juntos, pero no éramos formalmente una pareja. No éramos novios, no éramos amigos. Éramos un espacio gris que a veces causaba placer y a veces dolor. ¿Era por él? ¿O era por mí?
Nathaniel me cogió por el mentón y sus ojos se tiñeron con una preocupación inminente. - ¿Qué ocurre? -quiso indagar. Mordí mi labio inferior sabiendo que diciéndole la verdad probablemente haría más mal que bien. -Nada, solo siento un mar de emociones contradictorias -murmuré escrutando su rostro de norte a sur y de este a oeste-, pero no es nada de lo que tú debas preocuparte en este momento. -Pues espero tampoco tener que preocuparme después. Ahora, cierra los ojos -ordenó separándose de mí. Lo miré con escepticismo, pero terminé por hacerle caso. Cerré los ojos y unos pocos segundos después me pidió que los abriera. Seguí su instrucción y de inmediato fruncí un poco el ceño tras la confusión.
- ¿Qué es esto? -pregunté cogiendo una cajita de terciopelo azul. Varias opciones cruzaron mi mente y por un segundo pensé que me propondría matrimonio. Si ese era el caso, estaba dispuesta a lanzarme al río Hudson sin salvavidas para escapar de alguna forma. -Ábrela. Mis manos comenzaron a transpirar de los nervios y le recé a todos los dioses que conocía, incluso a Ganesha aunque yo no fuese hindú, para que no fuera un anillo de compromiso. Cuando abrí la cajita suspiré con alivio. Gracias, Ganesha. Era solo una llave. Esperen un segundo.
- ¿Una llave? -pregunté confundida cogiéndola con dubitación. -Es la llave de mi apartamento. En ese momento me ahogué con mi propia saliva y estuve a punto de lanzarme al río ya que no había tierra firme que pudiera tragarme. -Hey, hey, calma -exigió él tomando mis dos manos y previendo un pequeño ataque de ansiedad de mi parte-. No te estoy pidiendo que te mudes conmigo -se rio-, solamente te la entrego para que te quedes cuando así quieras y lo necesites. Creo que pude escuchar su corazón romperse en varios centenares de miles de pedazos. -Pensé que esto era lo que querías, que avanzáramos un poco en lo que tenemos, que hubiera mayor certidumbre y confianza entre nosotros -respondió finalmente de una forma más áspera.
Sonreí y guardé la llave en mi cartera, convenciéndome a mí misma que no la necesitaba por el momento. No iba a negar que él estaba yendo rápido y eso me abrumaba lo suficiente para impedirme respirar con naturalidad. ¿O yo estaba tomando las cosas despacio porque no estaba aun convencida? -Gracias, casanova -pronuncié juntando la poca dulzura que restaba en mi ser para que él no se sintiera rechazado. -No tienes que aceptarla si no quieres. -Claro que la quiero -mentí-, simplemente me agarraste con la guardia baja. Él me miró con suspicacia, de la misma manera que solía hacer cuando nos estábamos conociendo, cuando no confiaba en mí, y cuando quería implementar sus juegos mentales conmigo. No era para menos: durante las últimas semanas yo había fingido estar muy bien con él, quedándome en su casa y él en la mía, cuando en realidad ese deslumbramiento hacia su persona estaba mermando. Claro que me gustaba, es más, de cierta forma... le quería. No estaba enamorada de Nathaniel, no como una vez lo estuve de Joe, pero sin duda él robaba mis latidos cuando estaba a mi alrededor, nublaba mis pensamientos, acortaba mis respiraciones y debilitaba hasta mi caminar. ¿Pero enamoramiento? Joe había tomado una pieza muy importante de mí que Nathaniel no supo recuperar.
-Cuando lleguemos al muelle nos queda una última parada -cambió el tema y me dedicó una sonrisa, la cual noté ligeramente fingida. Sip, se dio cuenta que no estamos en el mismo lugar. Trágame río. Lo único que me quedaba era pretender que todo estaba bien, y quizás así el universo comenzaría a voltear las cosas a mi favor.
Cuando llegamos a tierra firme, Nate me vendó los ojos con una corbata que tenía guardada en su bolsillo. Nos montamos en un taxi y no mucho después, me ayudó a salir. Subimos unas cuantas escaleras dentro de un edificio hasta que sentí la brisa peinar mi cabello y enfriar un poco mis mejillas. - ¿Lista? -susurró en mi oreja y asentí con una pequeña sonrisa. Cuando desanudó la corbata y dejó mi vista libre, me sorprendí al encontrarme a mis amigos al frente exclamando un «¡sorpresa!». Uno a uno se fueron acercando a mí para abrazarme y desearme un feliz cumpleaños. Melanie, Jason, Matthew, Brianna, ¡incluso Norm! a quien no veía desde que lo despidieron en septiembre. Hasta Oliver estaba con nosotros vía Skype. Era una fiesta en la terraza del edificio de Jason. Me resultó curioso que no fuese en el edificio de Nathaniel o el de Melanie, pero no les preguntaría los detalles logísticos en ese momento. Me dediqué a reírme y a disfrutar con ellos. Estaban todos mis amigos, excepto uno.
- ¿Te gustó la sorpresa? -me preguntó Nate rato después de haberme cantado cumpleaños. -Ni sé para qué lo pregunto, sé que te gustan todas las cosas que te hago -murmuró guiñándome un ojo. -Por supuesto que no -resoplé. -Esta mañana no decías lo mismo cuando estábamos en tu habitación. Me dijiste que era el mejor en todo, Maggie Wright -sonrió saboreando una victoria invisible-. Sentí un hormigueo en mis mejillas acompañado de un calor inesperado. Estuve a punto de revelarle que la mayoría de las mujeres mentimos con las cosas que decimos en la cama, que usualmente exageramos to...
¿Estás AHÍ, DIOS? Soy YO, Margaret (DUDA de DIOS y PASA ESTO) en 10 minutos | Yo te Cuento
"Dear. Door" Manhwa: Un Mundo de Demonios y Supervivencia
El manhwa "Dear. Door" (también conocido como "Querida Puerta") sigue la historia de Kyungjoon, un oficial de policía que, tras la muerte de su amada novia, solo quiere estar solo para cuidar de sus plantas y atrapar criminales. Sin embargo, una investigación policial sobre una secta misteriosa se torna sobrenatural, y Kyungjoon se encuentra atrapado en un mundo de demonios, súcubos y monstruos. El peor de todos es un rey demonio llamado «Lord Cain.» Para sobrevivir, Cain necesita maná que solo puede acceder a través de una «puerta» dentro de Kyungjoon.
"Dear. Door" manhwa es una obra lanzada en 2018, escrita e ilustrada por Pluto. Esta serie es una obra que no puedes dejar pasar. Solo en Manhwa Online, el principal sitio para disfrutar de manhwas y cómics, encontrarás todos los capítulos completos de tus manhwas y mangas favoritos.
Leer completo "Dear. Door" Manhwa te brindará una experiencia inigualable. En Manhwa Online puedes encontrar enlaces para disfrutar del cómic "Dear. Door" completo en línea. Aquí tendrás acceso a los cómics más recientes y actualizados gratuitamente. Con una gran variedad de historias, estos cómics te mantendrán entretenido por horas. No te pierdas ningún capítulo.
Otros títulos y traducciones para "Dear. Door" incluyen: Querida Puerta, Ворота в пекло, Врата Ада, 門 (Pluto), 门, 디어 도어, 디어 도어(DEAR.

La Historia de Steffi Mash: Dolor, Supervivencia y un Legado Inesperado
Steffi Mash lloró sin consuelo. Su corazón pareció detenerse desde el momento en que el médico volteó el rostro, resignado ante la pérdida, para expresar su pesar como profesional de la salud. Empalideció y su mente se convirtió en una cinemateca que exhibía los años vividos junto a su padre. Conmocionada, no lo podía creer. Había llorado mucho desde que el maldito de Antoni Messi la obligó a saltar el cerco de la inocencia y traspasar el bosque oscuro de la adultez; y luego, lloró aún más cuando su madre falleció. Continuó sollozando y se maldijo una docena de veces al deshacer su ánimo sobre el cuerpo todavía tibio de su padre. Le suplicó que no la dejara. Él no podía morirse.
En ese momento renegó del destino. Tenían muchas cosas por hacer. Iban a visitar sus tierras en Sicilia cuando los tiempos mejorasen. Tenía que velar por ella, protegerla de los pandilleros; claro que estaba preparada para defenderse, pero en ese instante padeció de un bloqueo mental que la hizo sentirse incapaz de cuidar de sí misma. Él había sido, más que su padre, su amigo, su refugio, su apoyo y también su entrenador. Experto en defensa personal, especialmente en krav magá, decidió hacer de su hija su pupila. Desde los diez años empezó con sus entrenamientos nada ligeros. Nunca la subestimó. Steffi debía formarse con la fortaleza de un heredero Mash. Quizá su padre intuyó lo compleja que podría ser su vida.
Andrés Mash había aprendido técnicas militares de defensa personal gracias a un hombre judío que escapaba de los estragos de la finalizada Segunda Guerra Mundial. Italia no era el mejor refugio, pero en sus circunstancias fue lo mejor. Tras una fuerte amistad, aquel hombre, agradecido por haberlo refugiado, le enseñó cada una de sus valiosas técnicas. En ese instante en que su padre murió, recordó los entrenamientos de combate. Debió ser por esa impotencia que sentía cuando se enfriaba cada una de sus extremidades. Veía en el krav magá un refugio, un arma para sentirse valiente: nada de lo que realmente era.
De repente volvió en sí. Su mente no podía divagar. No supo por qué, cuando estaba muriendo, le reiteraba su vieja y continua petición de entregar ese bendito sobre amarillo, que nunca sacaba de la funda de la almohada, a un tal Marcos Pantani; incluso llegó a referirse a él como un viejo y entrañable amigo. Steffi, en medio de su dolor renegó de él porque si realmente era su amigo, ¿dónde estuvo todos esos años de penurias y quebrantos? «¿Los amigos no son para apoyarse?», pensó. En ese instante sembró rencor por ese viejo decrépito de Marcos Pantani, que nunca fue capaz de enviar una maldita carta a su padre y, aún así, era la única persona a quien entregó su último deseo. «¿Por qué le importó tanto?». Sintió celos entre su dolor. Sí, celos. Envidió a ese tal amigo suyo por haberse llevado el último pensamiento de su padre, por haberla desplazado cuando ya no podía haber otra oportunidad.
Tanto le importó que había ahorrado todo el dinero de su trabajo para ese viaje… Hace siete días le había entregado la llave de un cofre que guardaba en una de sus maletas, en el departamento, y allí encontró una paca de billetes que hizo que sus ojos brincaran desorbitados. No entendía. Con ese dinero hubiese podido vivir mejor los últimos meses, pagar una clínica o comerse una macceroni con le sarde, su preferida, en el restaurante italiano del centro de la ciudad.
Recobró la postura, parpadeó y les dio paso a las enfermeras que venían de nuevo sobre él. Con el dorso de la mano, intentó borrar las lágrimas, pero le fue inútil. Un camillero pasó frente al umbral de la habitación con mesa de ruedas rechinantes, acopladas al doblez de la suela de goma de su calzado, que parecía luchar contra una superficie pegajosa en el piso de granito. En su mente cada sonido se almacenaba en cámara lenta. Afuera un par de mujeres pasaban al frente y reían alegres ignorando lo que, tras el marco de esa puerta y a un costado de ellas, estaba ocurriendo. Se sonó la nariz hacia adentro… Le pareció absurdo, desconsiderado e imperdonable que su padre pensara en un amigo que nunca había estado. Además, ¿por qué le encomendaba algo así, en un momento como ese? ¿Acaso no debió besarla, bendecirla, platicar con ella de ambos? ¿Por qué le pedía perdón? ¿Por qué la dejaba si él había prometido no abandonarla?
¡No él! ¡Su padre no podía morir, no todavía! Su madre lo había hecho años atrás, pero él no. No debía. ¡Maldición!... -¡Andrés Mash! -vociferó al regresar de nuevo a la camilla de hospital. Ignoró a las enfermeras. No se dio cuenta de que al acercarse había lanzado a una de ellas junto a la mesa lateral. Ni escuchó caer la bandeja de aluminio con jeringas que estaba en el borde de la misma. Se aferró al pecho sin pulsación de su padre, estrujó la almohada bajo su cabeza y chasqueó los dientes al palpar el sobre oculto en la funda.
«La muerte es extraña», pensó. Miraba el cuerpo inerte de su padre. Una enfermera pasó. Transitó algún galeno. Su mano pesada colgaba fuera de la sábana blanca con la que lo habían cubierto. De nada servía suplicarle otra vez que no se muriera. Ya lo había hecho. De nada servía reprocharle las razones de su muerte. De nada servía gritarle frente al montón de uniformes blancos que iban y venían. Steffi Mash prefirió gritar en su mente. En su interior, una batalla campal, una hecatombe por una contienda sin tregua. Estaba sentada todavía, contemplando todo, pero ausente. Los ojos, desorbitados, teñidos de sangre, irritados por los anteriores trasnochos. La esclerótica amarillenta avisaba en silencio su deficiente estado vitamínico.
No eran los mejores tiempos. Nunca los fueron. De niña, los escuchaba rememorar lo felices que habían sido en Sicilia, en donde todo prosperaba: el cultivo de naranjas, los viñedos, las frutas dulces, los negocios; jamás los había visto tan exitosos como aseguraban haber sido en sus tierras sicilianas. Aún añoraba la forma en que su padre le enseñaba la geografía de Italia. «Es una bota que patea una pelota», decía y se reían. Disfrutaba las anécdotas de sus padres. Solían prometerse regresar a degustar un buen vino de la región, visitar viejos amigos y recorrer los campos. Nunca lo hicieron. Jamás lo harán… El día del entierro de su padre lo declaró como el suyo. Fue como si el cielo se convirtiera en un espejo y de repente se despedazara sobre sus hombros…
El campo santo lucía desolado. Su estadía en Nueva York resultó ser tan breve que no les permitió ampliar sus vínculos sociales; así que el día del funeral de Andrés Mash no contó con un abrazo consolador ante la estrepitosa tormenta que sí se habría autoinvitado. En cuestión de minutos, el petricor invadió sus fosas nasales y lo que en otras ocasiones debió causarle placer, brindándole serenidad e instándola a hundirse en la lectura de un buen libro o en la profundidad y el misterio de una hoja en blanco; en ese momento, la envenenaba. La lluvia destruyó los delicados pétalos de rosas que había traído consigo para el sepulcro e, implacable, abrió delgados surcos en la antes reseca tierra. El viento también conspiró en su contra y arremetió de igual forma contra las rosas que ya no resistían asirse a su propio tallo repleto de espinos. Steffi Mash permaneció allí, bajo la lluvia. Resignada y de pie ante un montón de tierra que recubría el cuerpo de su único apoyo en Nueva York. No, en ese miserable mundo… Lloró en silencio. Se mordió los labios como si autoflagelarse le permitiera aliviar su dolor y diezmar su tristeza.

Su cabello se chorreó sobre sus hombros y el castaño cobrizo de su cabellera lució opaco ante el cielo plomizo. «¿Por qué la muerte dolía tanto? ¿Por qué Dios era tan injusto? ¿No bastaba haberte llevado a mi madre? ¿Por qué te ensañas conmigo?… Los amaba. ¡Los amaba con todas las fuerzas de mi corazón!… Mi padre era mi protector, mi guía». A prisa, volvió en sí, recordó su realidad, se pasó el dorso de la mano por su nariz para retirar la humedad de ella; aunque admitió que era un acto innecesario porque toda ella moqueaba. Toda ella estaba mojada por las lágrimas del propio cielo, pero debía reaccionar. Su padre estaba muerto y ella aún con vida y debía permanecer mucho más tiempo respirando el aire terrenal. ¿Cuánto? No lo sabía. Nadie podía saberlo, pero por lo menos debía luchar porque así fuera; debía vivir el tiempo necesario para cumplir el último deseo de su padre: Andrés Mash.
Suspiró mientras se alejaba del sepulcro. Debía regresar pronto al departamento en donde había vivido los últimos días con su padre: la pocilga de cuatro paredes en el peligroso suburbio del condado de Nueva York. No era lo que hubieran deseado, pero fue lo que se pudo tener y lo apreciaba. La ínfima cuota por arriendo los sedujo a tal punto que despreciaron los riesgos de atravesar la ciudad y su inframundo. La banda de los Splash solía mantenerse al margen. No supo nunca por qué. Lo que sí sabía era que era afortunada. No todos podían contar con el privilegio de ser un intocable de tales maleantes. Lo que nunca supo Steffi Mash era que esa especie de «aura protectora» había sido obra de su padre… Andrés Mash era temido, más que respetado, desde la noche en que había sometido a la banda completa con solo una barra de hierro y sus puños de acero. Alegaban jamás haberse topado con alguien que pelease de esa forma tan brutal. Estuvo a punto de asesinar a uno de los líderes; desde entonces, perdonada su vida, ambos habrían establecido de forma casi virtual un pacto de distancia y respeto. Llegaron a comentar que «el extraño tipo del piso de arriba» no era más que un agente encubierto o un retirado de la FBI o hasta de la DEA, así que se iban con cuidado con él.
Unos días después de su llegada, encontraron un cadáver en las adyacencias al río Hudson y, aunque nunca se comprobó su culpabilidad, los pandilleros le atribuían el homicidio a Andrés Mash. La víctima no pudo hallar peor manera de morir. Con el miembro viril cercenado hundido en su boca y excoriaciones por todo el cuerpo, hematomas y politraumatismo craneal con desprendimiento de la masa encefálica, nadie deseaba caer en manos de su homicida. Suponían su culpabilidad al haber escuchado sus amenazas tras la apoteósica paliza. Les había prometido ser un muerto más del río Hudson si se atrevían a tocar a su hija Steffi Mash, quien tampoco resultaba ser una doncella en apuro. Y ya existía prueba de ello. Su padre se dedicó a formarla en las autodefensas e, incluso, en el dominio de las armas. No era algo de lo cual pudiera enaltecerse una joven quien, en el fondo, deseaba actuar más como una princesa que como un asesino a sueldo, pero no podía negar que agradecía tales enseñanzas: la habían librado de diversas situaciones bastante embarazosas. Quizás su padre sabía que vivir en suburbios tan violentos merecía cierta habilidad y destreza.
Él siempre alegaba que era necesario aprender de todo un poco: desde cambiar el neumático a una de las camionetas hasta cocinar deliciosos manjares. La secundaria la obtuvo a distancia porque se mudaron de sitios tantas veces como cambiaban de abrigos. Nunca pudo comprender las razones que ambos aducían, hasta que alguien arremetió contra sus tierras en Texas e incendió el rancho con las caballerizas y los almacenes de maíz y trigo…
Era un sábado cualquiera del mes de noviembre de 1991 la noche en que debía morir su madre. El destino así lo había predicho. Mudarse de un condado a otro representaba una forma de sobrevivencia; era huir sin saber de qué o de quién. Así que, tras suponer que sí su educación secundaria había transcurrido entre oficinas postales y llamadas telefónicas, ¿por qué no continuar con ese apremiante ritmo la educación universitaria? No pretendía obstaculizarse el futuro por la inestabilidad de su familia. Ella deseaba recibirse de Literatura y no desistiría de ello. Logró recibirse en el 2000. Al graduarse con honores, ni siquiera lo celebró; tuvo que velar por el pequeño negocio de autos usados que en esa época había adquirido y regido su padre. Sin comprender cómo ni por qué, al año siguiente estaban fuera de Nueva Jersey. Sin negocio de autos usados y sin dinero. El lunes 16 de abril del 2001 se mudaron a Nueva York, donde trabajarían en un taller de piezas mecánicas. Al mes siguiente, su padre había enfermado y su salud desmejorado.
En un parpadeo se encontró atravesando el subterráneo y se disponía a cruzar el territorio de la banda de los Splash. Sintió miedo. Era una sensación gélida el verse expuesta de forma tan frágil a quienes de seguro aguardaban el momento preciso para acechar su integridad. No era imbécil; a su edad sabía distinguir las intenciones de un hombre con una mujer y, según su criterio, las de esos maleantes no era nada halagador. El deseo sexual les brotaba por los poros; siempre lo percibió y también siempre lo evitó. Solía maldecirse en ocasiones, creyéndose culpable de captar el interés de individuos de bajo raciocnio, pero jamás consideró necesario conversar su creencia con su padre. ¡Ella era un maldito imán sexual! Eso formaba parte de su castigo. Y lo asumía como algo vergonzoso.
Una vecina que pudo llegar a ser su amiga, si no hubiese sido tan boquifloja, le comentó en una ocasión que las mujeres que habían sido violadas cargaban con una especie de cruz maldita y que, con frecuencia, revivirían ciertos episodios de su experiencia no deseada, en diversas épocas de su vida y con diversos hombres. Lo sopesaba como un karma. ¡Válgame, Dios, que así lo creyó! No recuerda las razones por las que llegaron a tocar el tema, pero desde entonces su memoria lo repetía a diario, como un desgraciado disco rayado. Por ese motivo, se mantuvo distante de cualquier persona que tuviera testosterona y exhibiera indicio alguno de bigote, «en el sentido literal». Se declaraba alérgica a los chicos y en cierta forma sentía repugnancia por su presencia. Se caracterizaba por sus respuestas ácidas y, en ocasiones, se mostraba a la defensiva. Mantenía distancia y hablaba lo necesario. Estaba convencida de que esa era la mejor forma de protegerse mientras no estuviera bajo la guía de su padre. Guardaba muchos secretos consigo que no permitiría jamás compartir con nadie, mucho menos con su progenitor. Callaba la soledad vivida en cada una de las casas que habitaba; callaba los comentarios burdos e hir...
