La mente humana es fascinante a la hora de crear vida. O bueno, entendámonos: imaginarla. No le hacen falta demasiadas pistas para construir todo un personaje, su pasado, sus intereses, emociones y sueños. Dale a un lector un par de párrafos bien construidos y lo tendrás enamorado del destino de su protagonista. Dale cuatro garabatos identificables entre viñetas y lo tendrás atrapado, saltando de página en página, elucubrando qué pasará después y cómo afectará a ese ser que, a efectos prácticos y aunque sea exclusivamente en el territorio de su mente, está vivo.
Martin Panchaud (Ginebra, 1982), creador del cómic, buscó en todo momento una visión más de grafista que de artista a la hora de crear las composiciones de viñeta y página. Buscaba, según ha explicado en alguna entrevista, la pureza a la hora de transmitir emociones, y lo logró por la vía de sugerir y no mostrar, para que sea la mente de sus lectores la que haga la mayor parte del trabajo.

«El color de las cosas», de Martin Panchaud. Lo interesante de la idea es que esa capa gráfica no nos pone sobre aviso de lo que se esconde bajo ella. Dicho de otra forma: la trama no va de una presentación fría de datos o una composición aséptica de elementos que sólo tratan de provocar una reacción del intelecto ante lo que a todas luces podría parecer una auténtica virguería conceptual, o experimental, o como queramos llamarla. No. Esto trata más bien de lo que sería una película de Guy Ritchie construida a partir de recibos bancarios, grabaciones de cámaras de seguridad, retazos de los apuntes de alguna sesión con el psicólogo y documentos de Excel con registro de las cuentas en B.
La trama nos presenta a Simon Hope, un niño gordito (lo sabemos porque nos lo cuentan, claro) que no deja de ser el chaval marginado de un barrio inglés de clase obrera y que, por azares del destino, acaba visitando un buen día a una vidente que le hará una revelación sobre los resultados de unas carreras de caballos que desembocarán en todo lo que suceda después.
El color de las cosas es capaz de aprovechar esa capa de juego minimalista para construir personalidades complejas e identificables a través de un mero cambio de color, pero también de aprovechar la distancia estética que identifica la obra para plasmar todo lo que, de otra forma, una forma mínimamente realista, se haría demasiado duro, o intenso, para que cualquier ojo lo pudiera asimilar de un vistazo. Tiernas escenas de amor preadolescente dan paso a otras donde la brutalidad de una paliza puede dejar a un personaje en coma profundo, y nosotros somos capaces de verlo todo sin verlo.

Este es por tanto uno de esos cómics que se recomendarán, y me sumo a ello completamente convencido, por ofrecer una experiencia distinta a la que acostumbramos los que disfrutamos del arte de la viñeta. En definitiva, Martin Panchaud demuestra conocer muy bien la importancia de la imaginación de sus lectores a la hora de rellenar los espacios vacíos que caracterizan cualquier historia (ya decía Wolfgang Iser aquello de que «todo relato es incompleto por su propia naturaleza»), y su puesta en práctica no puede ser más satisfactoria. Si cuanto más ponemos de nuestra parte, más personal es la historia para nosotros (más resuena con nuestra propia vida), Panchaud ha querido regalarnos esta experiencia por completo. Y lo consigue.
Hay cómics que marcan un antes y un después por lo atrevido de su planteamiento y porque no se parecen en nada a cuanto hemos leído antes. El color de las cosas (Reservoir Books) es uno de esos cómics. Una experiencia narrativa asombrosa, inédita y fascinante. Sin embargo, tras su aspecto rompedor y casi intimidante este álbum es también un libro muy entretenido, con una aventura que nos atrapa desde las primeras páginas. No hay que tenerle miedo a El color de las cosas. Este es un cómic que los especialistas del medio estudiarán en los congresos y que analizarán en artículos académicos. No cabe duda. Sin embargo, se lee de una manera mucho más sencilla de lo que su aspecto podría hacernos suponer.
El libro cuenta la historia de Simon Hope, un muchacho inglés de 14 años que sufre acoso por parte de los chicos del barrio porque es tímido y está un poco rollizo. Un día apuesta todos los ahorros de sus padres porque una adivina le ha revelado cuál será el caballo ganador de la Royal Ascot, la competición hípica más glamurosa del mundo.
El cómic es un medio de difícil definición -imposible, según uno de quienes mejor lo ha estudiado, Thierry Groensteen-. El cómic crea un relato a través de la secuencia de imágenes. Viñetas que remiten unas a otras y conviven en un mismo espacio: una página, un libro o una pantalla de ordenador. El lenguaje del cómic toma prestados recursos propios de la novela, del cine, de la pintura y los adapta a sus intereses. Pero a su vez, el cómic influye sobre estos y sobre otros muchos medios. El color de las cosas es un ejemplo de esta permeabilidad del cómic hacia otras disciplinas. Y es también un buen ejemplo de la flexibilidad de este lenguaje y de sus inmensas posibilidades cuando se usa con talento. Eso es lo que hace Martin Panchaud en este trabajo inolvidable.
Panchaud se acerca a un terreno poco explorado por el cómic hasta ahora pese a tener muchos puntos en común con él: la infografía. La infografía permite explicar una información de manera esencialmente visual. Es un formato muy presente en los medios de comunicación y La Vanguardia, sin ir más lejos, recurre a menudo a ella tanto en su edición de papel como digital. Con la infografía es posible incluso contar una historia o una secuencia de hechos de manera cronológica. Panchaud se apoya en las posibilidades de la infografía para construir explicar esta historia que deja sin aliento conforme vamos descubriendo los giros que da la historia del joven Simon Hope. El recurso infográfico no resta interés a la historia y pronto nos olvidamos de su extraño aspecto y, simplemente, nos dejamos arrastrar por una historia que nos deja sin aliento.

Un cómic disruptivo y multipremiado
Disruptivo y radicalmente novedoso, El color de las cosas ha sido reconocido con varios premios, entre ellos el famoso Fauve d’Or del Festival de Angulema y el prestigioso Gran Premio de la Crítica Francesa de la asociación ACBD. Un libro que enlaza con el atrevimiento que otros autores han tenido antes al proponer historietas alejándose del formato más convencional de los libros de historieta. Pensamos en Chris Ware y obras como Jimmy Corrigan, Fabricando historias o Rusty Brown, o lo que hizo Martin Vaughan James en La Cage al proponer un cómic sin personajes.
Martin Panchaud nació en Ginebra en 1982. Su condición de disléxico le hizo situar la lectura y la interpretación de las formas como uno de sus ámbitos de mayor interés. Eso le llevó a usar un estilo de dibujo muy particular en sus historias. En 2016 publicó en formato digital una adaptación ilustrada de 123 metros de largo del Episodio IV de la saga Star Wars y que aún puede consultarse en el sitio web swanh.net.
Hablamos de El color de las cosas, una experimental novela gráfica neonoir redonda a manos de Martin Panchaud. El cómic, como todas las artes -y más aún las nuevas- siempre ha sido un territorio fértil para la experimentación. Como es el caso de este El color de las cosas. No en vano, de todas ellas, es la que más fácil lo tiene. Solo hace falta papel, a veces, ni siquiera. Lápiz, a veces, ni siquiera, y mucha imaginación. Esta, sí, imprescindible. El arte secuencial puede jugar, así, con la representación gráfica de los personajes, los colores, la abstracción, la forma de narrar e incluso con las texturas, el formato o el orden de lectura. Todo es susceptible para subvertir los códigos de una disciplina cuya maleabilidad tiene difícil comparación en su versatilidad con las demás o ramas artísticas. ¿Cómo? Aplicando para ello todos los elementos propios del lenguaje infográfico y la pictografía. Una forma novedosa y arriesgada de contar su historia.
En El Color de las Cosas, Simon Hope, un orondo adolescente británico de 14 años, gana más de 16 millones de libras siguiendo el consejo de una adivina. Solo existe una pega. Debido a su minoría de edad, para cobrar el boleto ganador necesita la firma de uno de sus progenitores. El suceso, que debería ser, de por sí, gozoso, desata sin remisión las imparables fuerzas del destino y conforma, así, un magma de hechos concatenados e hilos intrínsecamente entrelazados que, finalmente, provocan una catártica oleada de azar. Una riada incontrolable que desmonta por completo la vida de Simon. Pieza a pieza. Un simple gesto como llevar una tarta, desencadena un caos que sacude la existencia de Simon con proporciones homéricas. Un punto de partida banal que da lugar a una triste y desoladora historia. Relato en el que tienen cabida desde secretos familiares largamente ocultos. Escenas de abuso infantil. Sucesos luctuosos con el maltrato doméstico de fondo. Ballenas muertas con las que el Destino se divierte jugando y, sobre todo, la angustiosa sensación de ser arrollado, de forma irremediable, por unos acontecimientos que una vez puestos en marcha, no se detendrán.
Panchaud, un autor capaz de resumir todo el Episodio IV en una sola pieza infográfica de 123 metros de largo creada con Adobe Illustrator CC, apuesta todo a un artificio narrativo. Este es substituir todos los personajes por círculos de diferente colores y los fondos por unas muy elaboradas infografías cenitales. Una abstracción que lejos de alejar al lector de la crudeza de la historia, produce el efecto contrario. Que logremos empatizar con lo narrado. Una curiosa y arriesgada manera de vernos obligados, instintivamente, a imaginar sus sentimientos, sus defectos, limitaciones y vulnerabilidades. Simplemente, forzando al lector, con una pirueta formal, a poner rostro a unos simples tazos. La desesperación provocada por la imposibilidad de cobrar el premio y su situación familiar no solo angustia a Simon, también al observador. La introducción del humor y de las digresiones del destino, asombran, también, por lo inesperado y orgánico de la propuesta. Es increíble que simples conceptos diseñados pictóricamente sean capaces de calar de manera tan sentimental y real. Como, a través de sus sucesivos y brillantes hallazgos narrativos, la historia disfraza en su forma de contar, y dentro de su extrañamiento formal, todos los matices que caben en su seno interno. Así, como lectores, somos capaces mediante una metáfora, en principio impersonal, de acceder usando las ilimitadas posibilidades del lenguaje del cómic a todo un apabullante despliegue narrativo.
Es muy sorprendente como, con una propuesta tan radical, Panchaud es capaz de ser tan diáfano. Como, con su experimento, logra dar una lección magistral de que un comic es algo más que una sucesión de viñetas y dibujos realistas. Y como, mediante la depuración abstracta de los códigos del noveno arte, ser capaz de mostrar una carrera de caballos, una persecución o los efectos de una pelea, solo con simples artificios pictóricos fácilmente asimilables por todos. En definitiva, una muestra más de lo poliédrico que puede llegar a ser el arte secuencial.
Penguin España edita El color de las cosas en un volumen de tapa dura sin sobrecubiertas a través de su sello Reservoir Books. En el interior papel y reproducción gráfica de máxima calidad.
El Color en la narrativa en el Cine
La radicalidad de la propuesta es inaudita. Sin embargo, el lenguaje del cómic sale al rescate y demuestra su increíble plasticidad. Parte de lo que podría ser un argumento del cine social de Loach: un niño de 14 años, víctima de abusos de sus compañeros e inmerso en una familia desestructurada, consigue ganar 16 millones de libras en las carreras de caballos. La inclusión de la violencia, ironía, o de elementos pop e inusuales en la historia, derivan pronto hacia una mirada más próxima a Tarantino, en el que la huida hacia adelante constante se articula casi como un road-comic, que bebe directamente de la estructura de un videojuego abierto como GTA. Sin embargo, el artista suizo es capaz de introducir un atrevido salto sin red en la historia al optar por representar a los personajes de la historia como círculos de color que son representados en vista cenital. Decide volver a la bidimensionalidad del diédrico narrando los movimientos y escenas en papel haciendo uso de las bondades de la esquemática y diagramática, jugando con una descripción de apariencia aséptica para narrar desgarradores momentos dramáticos, en los que la acción está perfectamente representada por una notación coreográfica que no deja espacio a la duda. Y aunque los personajes sean simples círculos de color rodeados a su vez de otro color, pequeñas modulaciones de matiz cromático nos sugieren cambios de estado de ánimo, de sentimiento o actitud, reproduciendo tanto las bellas imágenes que ilustraban la obra científica del autor de Werther como sus conclusiones sobre la percepción del color.
La sorpresa ante las páginas de El color de las cosas es inmediata: la radicalidad de la propuesta del autor es inaudita y la primera sensación es que la lectura será ardua y compleja, penalizada por un minimalismo que dificultará la comprensión. Sin embargo, el lenguaje del cómic sale al rescate y demuestra su increíble plasticidad: lo que parece una clase de diseño señalético comienza a adquirir sentido y la lectura fluye, los personajes se hacen reconocibles, las acciones toman ritmo y la historia escala por ese andamiaje de líneas para dejar atrás cualquier preconcepción. No es necesaria la expresividad de los rostros o la elocuencia del lenguaje de los cuerpos que parece tan necesaria en la composición de una viñeta: la secuencia se alza como una entidad propia que dirige la historia a partir de unas indicaciones perfectamente establecidas, unos elementos esenciales que actúan de ladrillos de una ficción a la que el lector da forma visual.
Da igual que aparezcan elementos casi mágicos, sorprendentes inclusiones de inspiración friki que parecen socarronas bromas o inesperados deus ex machina que en el fondo son canónicas lecturas del famoso rifle de Chéjov. La historieta absorbe todo y entrega al lector una lectura de la que es imposible apartarse pese a que Panchaud no deja de forzar la máquina de la sorpresa formal para reconvertir el paso de la página en la subida y bajada de una montaña rusa perceptual y emocional.
Martin Panchaud es un autor e ilustrador suizo. El color de las cosas nos cuenta la historia de Simon Hope, un muchacho inglés de catorce años, un poco rollizo, del que los chavales del barrio se burlan a menudo y cuyos padres están siempre peleando. Un día, después de que una adivina le revele cuál será el caballo ganador de la Royal Ascot, decide apostar todos los ahorros familiares… ¡y gana dieciséis millones de libras! La novela gráfica es un cómic con un planteamiento inusual, sorprendente y muy original. Es una prueba de que se puede innovar en el lenguaje creativo sin dejar de lado una buena historia bien narrada. Su estilo se aproxima a lo que podríamos llamar “dibujo industrial”. Porque, al pasar las páginas, lo que nos vamos a encontrar es una historia narrada en forma de infografía, con un enfoque siempre cenital, como si viéramos la historia desde lo alto, como si observáramos a un puñado de hormigas. Todo esto se enriquece con pictogramas y otros símbolos en una narración que carece de expresividad y de lenguaje corporal porque, básicamente, no hay cuerpos. Es un cómic que no puede llevarnos a engaño: su planteamiento gráfico no está reñido con ofrecer una buena historia, con un marcado carácter social y plagado de pequeñas sorpresas -como muestra, la historia de la ballena que es una preciosa incorporación a la narración central-. El color de las cosas es una obra a la que hay que acercarse con ilusión, con ganas de experimentar algo diferente y descubrir cómo el medio se puede fundir con otras disciplinas, como es el caso de las infografías.
Formato: Cartoné. 240 páginas.
Las pinturas rupestres son la prueba fehaciente de que desde tiempo inmemorial los seres humanos nos hemos apoyado en las imágenes contar historias. Una mezcla entre imágenes y palabras que ha permanecido como vía de trasmisión de ideas durante toda la historia en diferentes formatos y con diferentes códigos y lenguajes. Entre ellos están estos cómics - o tebeos, o manga, o bds, o novelas gráficas, o como queramos llamarlo- que tantos buenos momentos nos ha dado. Un medio que, como todos, avanza en su lenguaje gracias a los autores que se atreven a ir en contra de la ortodoxia más inmovilista liderada por personas con una visión bastante limitada del medio que dicen amar, pero al que se empeñan en poner límites porque solo entienden como bueno lo que entra en su muy estrecha concepción del medio. Por suerte, a lo largo de la historia del medio hay quienes no se han dejado llevar por las fórmulas ya conocidas imperantes en el cómic más industrial, nos referimos a autores como Winsor McCay, George Herriman, Frank King, Hergé, Will Eisner, Tatsumi, Moebius, Chris Ware o Marjane Satrapi por citar a unos pocos entre el enorme abanico de quienes han conseguido llevar las fronteras del medio un poco más lejos. Un grupo de autores entre los que ya podemos citar sin miedo al suizo Martin Panchaud (Ginebra, 1982) que con El color de las cosas ha firmado una de las obras más valientes, estimulantes, rompedoras e inteligentes que se han publicado en lo que va de este siglo.
El cómic recientemente publicado por Reservoir Books ha cosechado una enorme cantidad de premios como el Premio Fauve d’Or del Festival de Angoulême, Gran Premio de la Crítica Francesa ACBD, Premio al Mejor Debut del Festival de Colomiers, Premio al Mejor Debut del Festival de Delémont, Premio del Libro Infantil y Juvenil de Suiza… Pero, pese a esa enorme cosecha de premios, no estamos ante una obra cuya repercusión es más producto de las campañas de mercadotecnia de la industria que de su propia calidad, puesto que su autor tuvo bastantes dificultades para conseguir publicarla por primera vez. Estamos ante un thriller con muchos elementos de road movie y crítica social en que conocemos la historia de Simon Hope, un adolescente ingles de 14 años con problemas de obesidad, que vive en una familia desestructurada en un entorno toxico y lleno de violencia. Algo que cambia cuando una adivina le dice a quién tiene que apostar en las carreras de caballos de la Royal Ascott ganando 16 millones de libras. Sin embargo, cuando vuelve a casa para que sus padres le firmen el boleto que no puede cobrar al ser menor de edad, descubre que su madre está en coma tras sufrir una salvaje agresión y su padre ha desaparecido. Una premisa argumental muy interesante, bien construida y llena de giros que mantienen al lector pegado a sus páginas hasta su desenlace, pero que, por sí misma, no justifica la enorme cantidad de elogios que ha recibido la obra. Eso es producto de la novedosa forma de contarnos la historia que ha elegido el autor suizo, ya que la historia está contada con dibujos vectoriales y desde planos cenitales. Los personajes están representados por un círculo de color con otro dentro de un color diferente, algo que no es óbice para que sintamos en todo momento sus sentimientos e incluso veamos el movimiento que caracteriza al medio. Y es que una vez aceptado el juego que propone Panchaud, en el que también abundan las infografías y pictogramas, no cuesta nada seguir la historia y nuestro cerebro es capaz de completar las imágenes de la misma forma que lo hacemos con los espacios entre viñetas cuando leemos un cómic más tradicional. Algo que junto a la capacidad para parar el tiempo es lo más mágico y maravilloso del medio. Pero no solo estamos ante un trabajo que nos permite sentir lo que le pasa el protagonista, también estamos ante una obra muy bien narrada en la que absolutamente todo lo que nos cuenta se entiende sin problemas gracias a una narrativa ágil que exige al lector un poco más de esfuerzo para interpretar el mundo, pero que por eso y por la indefinición y abstracción de la formas de representan a los personajes termina por hacer que establezcamos unos vínculos muchos más cercanos que los que podemos sentir por alguien vestido con una licra amarilla. Aunque lo que más llame la atención de la obra es su apartado visual también hay que destacar la capacidad para sorprender al lector de la historia con los diferentes giros y lo acertado de muchos de los diálogos en los que abunda un sentido del humor bastante especial. Aunque estamos ante una obra que sobre todo nos habla del difícil tránsito de la adolescencia a la madurez, también hay espacio para tratar algunos temas bastante espinosos y, por desgracia, universales como la violencia machista, el abuso escolar, la ecología o el despertar sexual marcado por la falta de información o las informaciones extraídas de fuentes no particularmente fiables. El color de las cosas es un cómic exigente con el lector, ya que puede resultar una propuesta extraña si solo se entiende el dibujo en el cómic únicamente como una representación más o menos realista del mundo. Sin embargo, cuando te adentras las páginas de Martin Panchaud descubres una de esas raras obras que de verdad aportan algo nuevo y que no se parece a nada de lo que hayamos podido leer. Un trabajo que rompe con mucho de los que creíamos que era el lenguaje del medio abriendo las puertas de par en par a múltiples posibilidades. Panchaud nos ofrece una obra que de verdad se puede considerar única en la que ensancha los límites del medio y nos demuestra que todavía hay muchas formas nuevas de contar historias.
Cartoné, 240 págs, color. Reservoir Books. 2024.
Si hay una obra que ha sorprendido a propios y extraños desde su lanzamiento es esta El color de las cosas a la que hoy dedicamos la reseña. Su original planteamiento ha llamado la atención de numerosos aficionados al lenguaje del cómic por lo novedoso y arriesgado que se muestra, y está acaparando premios allá por donde pasa. Pero, ¿es esta obra un mero ejercicio de exhibicionismo narrativo? ¿Estamos ante un cómic que solo pretende contar una historia de un modo llamativo, sin más? En mi opinión, es un no rotundo. Iba con un poco de miedo, ojo, porque es cierto que a pesar de lo llamativo que resulta el primer vistazo, consideraba que para una obra de 240 páginas podía ser algo que perdiese totalmente el interés una vez has visto los recursos usados. Pero Martin Panchaud hace un experimento muy inteligente, que explora nuevas vías narrativas, y cobran aún más sentido cuando conoces un poco la historia del autor.
Imagino que si leéis esta reseña es porque algo habréis oído o visto de ella, y tenéis la misma curiosidad que me produjo a mí cuando vi la nota de prensa por primera vez. Se trata de una historia contada a través de elementos simbólicos, con un enfoque siempre cenital, en la que los personajes están representados a modo de fichas sobre un plano. Cada ficha tiene una forma o un color, que permite identificar a los diferentes personajes e incluso animales, vehículos, etc. Pero, ¿hay una historia? Y tanto que la hay. Se nos presenta a Simon, un chico inglés de barrio humilde. Simon es un chico regordete del que todos se aprovechan en el barrio. La vida en casa no es tampoco ninguna alegría… Tras acudir a una vidente del barrio, le dice que si apuesta por un caballo concreto se hará rico, por lo que el chico consigue que alguien apueste por él en las carreras… y acaba ganando una gran cantidad de dinero.
La lectura de esta obra ha sido toda una experiencia. Una vez te adaptas al estilo simbólico, aderezado por pictogramas, diseños, planos… te das cuenta de algo: con una narración absolutamente carente de expresividad, de lenguaje corporal… Panchaud consigue transmitir emociones. A través de los diálogos, especialmente inteligentes y pensados para el tipo tan peculiar de narración, y de recursos simbólicos que funcionan muy bien, pronto te das cuenta de que es muy fácil sumergirse en la acción. Y utilizo premeditadamente esa palabra, porque al estar ante una obra sin dinamismo ni cambios en la forma de los personajes, cabe pensar que no se puede narrar acción… pero sí.
No es lo único a lo que recurre Panchaud. También se apoya en diagramas de flujos con pictogramas para mostrar desde cronologías familiares, reconstrucción de los hechos o la construcción del plan de Simon para conseguir resolver el conflicto principal. Igualmente, utiliza otro tipo de elementos gráficos como mensajes de móvil, ondas de sonido, y uno que me gusta especialmente: pictogramas de vasos que a cada viñeta se van vaciando para ilustrar el paso del tiempo en una escena de diálogo.
Martin Panchaud es un autor suizo que nació con dislexia. La dislexia es un trastorno que dificulta la identificación de sonidos en el lenguaje oral o letras/palabras en el lenguaje escrito. Por eso, esta obra resulta mucho más que un mero ejercicio de exhibicionismo narrativo en cuanto a mostrar un efecto visual porque sí, y permite comprender un poco mejor cómo es la vida para alguien con dicho trastorno, y cómo priman otro tipo de asociaciones para facilitar la comprensión de las cosas. En cierto modo me ha recordado a ese número del Ojo de Halcón de Matt Fraction y David Aja, protagonizado por Lucky, en el que se nos mostraba la historia desde el punto de vista de un perro.
En definitiva, El color de las cosas es una obra radicalmente diferente a todo lo que hayas leído antes. Un experimento formal inteligente, meditado y con sentido que demuestra que en el lenguaje del cómic todavía quedan formas nuevas de narrar. La facilidad con la que consigue generar tensión con un dibujo tan estático y frío hace difícil mantener al lector indiferente.
Lo mejor: La capacidad de caracterizar personajes sin mostrar lenguaje corporal alguno ni rasgos físicos.
Martin Panchaud es un autor e ilustrador suizo, nacido en 1982 en Ginebra y afincado en Zúrich. Su condición de disléxico le hizo situar la lectura, así como la interpretación de las formas y sus significados, en el centro de sus investigaciones, y le impulsó a elegir un estilo de dibujo muy particular para expresar su creatividad y contar historias. En ese ámbito, ha recibido diversos premios y realizado numerosas residencias artísticas, y su trabajo ha sido expuesto en diversos establecimientos culturales de Europa, como el Barbican Centre de Londres o el Centre Cultural Onassis Stegi de Atenas; quizá cabe destacar particularmente su impresionante proyecto titulado SWANH.NET, una adaptación ilustrada de 123 metros de largo de Star Wars Episodio IV, publicada en línea en 2016. El color de las cosas su primera novela gráfica, fue publicada originalmente en alemán por Edition Moderne en 2020 y por la editorial francesa Çà et Là en 2022; por ella ha ganado los más prestigiosos galardones en Suiza, Alemania y Francia.
Simon Hope es un muchacho inglés de 14 años, un poco rollizo, del que los chavales del barrio se burlan a menudo. Un día, después de que una adivina le revele cuál será el caballo ganador de la Royal Ascot, decide apostar ingenuamente todos los ahorros familiares... ¡y gana 16 millones de libras! Pero, al volver a casa, Simon descubre que, al contrario de lo que pensaba, sus problemas no han hecho más que empezar...
Una forma de narrar nunca vista para una historia magnética. Ganadora en 2023 del Fauve d Or de Angoulême y el Grand Prix de la Critique ACBD. Simon tiene catorce años y un padre alcohólico, aficionado también a las carreras de caballos. Los niños del barrio siempre se mofan de Simon hasta el día en que una adivina le dice cuál será el caballo ganador de la Royal Ascot. Entonces, el chico decide apostar todos los ahorros familiares. El color de las cosas despliega giro tras giro una intriga que se acelera y adquiere un ritmo de vértigo. Desde la infografía al pictograma, incluido el plano urbano, la trama se construye a base de personajes que no son más que puntos de color a vista de pájaro, pero que despiertan, sin embargo, las emociones más sinceras. Combinando thriller, aventura, comedia y paso de la niñez a la edad adulta, nunca antes una novela había sido tan gráfica.
