Cuando los Cómics Eran Peligrosos: Una Era de Pánico y Censura

A inicios de los años 40, los cómics en Estados Unidos se erigían como el medio de entretenimiento más popular y accesible para niños y adolescentes. Se vendían entre ochenta y cien millones de ejemplares ¡semanalmente!, cifra que se incrementaba considerablemente debido a los habituales intercambios de ejemplares. El abanico de géneros era vasto: desde cómics de animales antropomórficos y superhéroes hasta heroínas selváticas, historias costumbristas al estilo de Archie, y con el tiempo, un creciente número de títulos dedicados a asesinatos truculentos, terror y romanticismo. Esta industria boyante daba empleo a más de un millar de guionistas, dibujantes y rotulistas, produciendo un entramado editorial que superaba las 650 cabeceras al mes.

Portada de un cómic de los años 40

Sin embargo, a mediados de los años cuarenta, el pánico comenzó a cundir entre la población adulta. La ausencia de una regulación para los cómics propició que diversas asociaciones ciudadanas, la iglesia y periodistas lanzaran feroces ataques contra lo que consideraban la nocividad de estas publicaciones para la juventud. Se alentaron campañas contra los cómics desde las escuelas, donde profesores convencían a los propios niños de lo perjudiciales que eran para la salud mental y lo indecentes que resultaban. En algunos colegios, hacia 1948, se llegaron a organizar quemas públicas de toneladas de cómics recopilados por los propios alumnos.

Estas críticas se manifestaron en declaraciones contundentes. Como señalaba el Our Sunday Visitor en nombre de un comité de obispos católicos: "La circulación de obscenidades impresas ha alcanzado proporciones gigantescas. Un mal de tal magnitud que amenaza la vida social, moral y nacional de nuestro país". El obispo John Francis Noll de Fort Wayne, Indiana, expresaba su preocupación: "No hay razón alguna para que Wonder Woman no pueda ir más tapada y menos aún para las mujeres que caen bajo su influjo tengan que andar por ahí en traje de baño".

Imagen de una quema de cómics en los años 50

Como explica David Hajdu, autor de "La plaga de los cómics", la polémica saltó de un lado a otro en páginas de periódicos, reseñas de libros y columnas religiosas, hasta convertirse en noticias de primera plana. En 1948, Detroit se convirtió en la primera ciudad en perseguir activamente los cómics. La policía requisó ejemplares en los quioscos en busca de material ofensivo y se prohibieron 36 cabeceras. El punto culminante de esta cruzada lo marcó el psiquiatra Fredric Wertham en 1954 con su libro "Seduction of the innocent", en el que acusaba a los tebeos de ser el principal detonante de la delincuencia juvenil.

El libro "La plaga de los cómics" ofrece un detallado recorrido por esos años convulsos, entre 1940 y 1955, descubriendo con hechos y anécdotas las publicaciones que generaron tanta preocupación y cómo muchas carreras de dibujantes se vieron truncadas al convertir los cómics en algo maldito. La narración es especialmente interesante al recoger información sobre la vida y el modo de trabajar de creadores como Will Eisner, y de manera particular, de la troupe de cómics de terror EC Comics, liderada por su editor William Maxwell Gaines y con dibujantes como Al Feldstein o Harvey Kurtzman.

COMICS CODE: La salvación del cómic | Kirby Krackle!

El método de trabajo de Gaines era peculiar: se quedaba despierto hasta el amanecer, ayudado por la dexedrina que le habían recetado para adelgazar, leyendo montones de revistas y antologías de relatos cortos en busca de personajes, tramas y situaciones. Luego, Feldstein se encargaba de desarrollarlos, adaptándolos al estilo EC. Gaines denominaba a estas apropiaciones "puntos de partida".

El libro también desvela curiosidades, como la que se refiere a la primera novela gráfica propiamente dicha publicada en Estados Unidos, que pasó sin pena ni gloria en 1950. Una historia increíble narra cómo la revista Panic n.º 1 de EC, de 1954, fue prohibida en Massachusetts por profanar la Navidad. Esta acción fue llevada a cabo por el fiscal general del estado, George Fingold, y el jefe de la policía estatal, el Capitán Joseph Crescio, quienes advertían que su distribución podría acarrear responsabilidades penales. Tristemente, la policía detuvo al editor Will Gaines, acabando con su secretaria Shirley Norris detenida, aunque no se especifica cómo terminó la situación de esta última.

La obra se compone de historias, declaraciones y opiniones desde diversos puntos de vista, ofreciendo una radiografía de lo sucedido en aquellos años. Aunque la narración a veces pueda dispersarse, el contenido es fascinante, especialmente para los amantes del medio. Se observa cómo muchos dibujantes no anticiparon la tormenta que se avecinaba y cómo los ataques al medio fueron mermando la opinión pública hasta llegar al 21 de abril de 1954, fecha en la que Robert C. Hendrickson programó dos sesiones en el Senado centradas en lo perjudicial de los cómics y la delincuencia juvenil. El director ejecutivo del comité del Senado, Richard Clendement, propuso catorce testigos, incluyendo editores, psiquiatras, distribuidores, vendedores y expertos en delincuencia juvenil. Will Gaines, aunque no estaba en la lista, se presentó como testigo, ya muy afectado por todo el asunto. El libro narra los pormenores de esta comparecencia, a la que también asistió el célebre psicólogo Fredric Wertham.

"La plaga de los cómics" es un libro sumamente interesante, con una lectura amena que muestra los acontecimientos principales de aquellos años a través de diferentes protagonistas y testimonios. Se pasó de una libertad creativa absoluta a un control restrictivo, con mucha producción mediocre y culpando a los cómics de muchos males de la juventud, llegando a censurarlos o prohibirlos. Una carencia notable del libro es la escasez de material gráfico, ya que de sus 460 páginas solo 16 láminas contienen ilustraciones en la parte central. Sin embargo, la monografía cuenta con una edición especial que incluye un volumen complementario titulado "Los cómics de la plaga: Antología de portadas 1942-1954", un recorrido gráfico a todo color por las portadas más emblemáticas de cómics de terror, western, guerra, crímenes y románticos, con breves notas a pie de página.

David Hajdu, crítico musical y profesor en la Facultad de periodismo de la Universidad de Columbia, ofrece una perspectiva detallada. La industria del cómic, en sus orígenes, fue vista como un negocio para hacer dinero, sin una intención artística clara, y dominada por la imitación. Era un entretenimiento infantil extremadamente barato que, en la época de la Gran Depresión, triunfó entre la infancia estadounidense. Los escritores y dibujantes trabajaban con tarifas bajas, sin derechos de autor e incluso sin poder firmar sus historias, viéndolo como un empleo temporal antes de saltar a campos más prestigiosos. Will Eisner relata la vergüenza que sentía por formar parte de esta industria, comparándola con ser portero o fregar suelos.

Las críticas a los comic books son antiguas. Hajdu subraya que las tiras de prensa se percibían de manera diferente y no enfrentaban acusaciones de animar las bajas pasiones. Cuando los superhéroes fueron sustituidos por los cómics de crímenes como género hegemónico, esta idea se afianzó, creando las circunstancias para la primera gran ola contra los cómics. La historia de cómo se impuso el Comics Code a menudo se simplifica, dando una importancia central a Fredric Wertham y las sesiones del Senado, pero ambas cosas llegaron cuando la fiebre anti-cómic ya tenía más de una década.

Esta primera ola, con puntos en común con la segunda, se articuló en procesos de opinión pública: cartas al director, acciones de grupos ultraconservadores, escuelas y parroquias que agitaban contra lo que consideraban productos inaceptables, llegando a actos públicos de quema de tebeos. Cabeceras como Crime Does Not Pay mostraban violencia y actos criminales, y aunque existía un ánimo moralizante, comenzaron a aparecer noticias que los culpaban de provocar suicidios y asesinatos de menores. Esta primera oleada alcanzó su punto álgido en 1948. Hajdu describe las diferentes posiciones: quienes consideraban que los tebeos eran inaceptables y debían prohibirse, y quienes defendían la libertad de expresión, a pesar de aceptar la zafiedad de sus historias.

La ofensiva contra los cómics de crímenes se insertaba en una defensa retrógrada y reaccionaria de la moral, influenciada por las raíces puritanas de EE. UU. El resultado fue la proliferación de asociaciones y códigos para regular los contenidos. En el caso del cómic, se creó la Asociación de Revistas de Cómic (ACMP), que elaboró un código con seis preceptos, un boceto previo del Comics Code, pero con rango de recomendación. Este primer intento de autorregulación tuvo poca implantación y fue más una maniobra de cara a la opinión pública.

En los años siguientes, la agresividad contra los cómics pareció decrecer, y el negocio continuó. Los crímenes perdieron presencia y aparecieron otros géneros, como el romance, que permitía a los autores introducir su propia experiencia. En este cambio, EC fue esencial. La trayectoria de Bill Gaines, su editor, y los principales actores como Al Feldstein y Harvey Kurtzman, son fascinantes. EC destacaba por su valor artístico y la calidad de su plantilla, que podía firmar su trabajo y desarrollar un estilo propio. Sin embargo, el estilo narrativo de la editorial era a veces repetitivo, dependiente del final sorpresa y con textos excesivos.

Su época dorada coincidió con el comienzo de la segunda ofensiva seria contra los cómics. A finales de 1952, aproximadamente un tercio de los comic books pertenecían al género del terror, el nuevo género de moda, que abría la puerta a un nuevo catálogo de truculencias y horrores, con un erotismo soft bastante evidente. Hubo intentos de aprobar legislación específica para prohibir ciertos cómics, pero fueron frustrados.

A partir del capítulo 10, Hajdu se ocupa de los acontecimientos más conocidos, intensificando el relato. Los editores introducían contenidos cada vez más truculentos, avivando las críticas, sobre todo en los géneros de terror y romántico. La organización jurídica y legislativa de EE. UU. fue crucial: mientras no hubo legislación federal, numerosos estados aprobaron sus propias leyes, generando un efecto cascada. Hubo detenciones, multas y acciones que se retroalimentaron con las de la sociedad civil, creando un escenario de inseguridad y tensión para los editores.

Es entonces cuando cobra fuerza la figura de Wertham, pero también la de legisladores y periodistas como Thomas E. Murphy o Irving Kravsow. El libro de Wertham no fue tanto la causa de la censura como un vector de fuerza en un momento clave. Hajdu critica sus contenidos por acientíficos y recoge críticas contemporáneas. Cuando llegaron las famosas sesiones de abril y junio de 1954 del comité sobre la delincuencia juvenil de Robert C. Hendrickson, la suerte parecía echada. La reconstrucción detallada de Hajdu pinta un panorama hostil, donde los editores eran tratados como reos y los interrogatorios tendenciosos.

La actuación de Bill Gaines en estas sesiones demostró la importancia de las acciones individuales. Tras su alegato, se enredó en una confusa, pero famosa, defensa del buen gusto de una portada de Jack Davis, que se convirtió en la parte más comentada de las sesiones. Gaines intentó defender su medio alegando que solo aportaba un entretenimiento inocuo a la juventud. Henry E. Schultz, de la ACMP, señaló que existía un grave problema con los contenidos de muchos cómics.

Solo dos meses después, lo que había sido una pregunta inicial acerca del carácter negativo de los cómics se había convertido en una certeza: que ejercían una influencia nociva sobre la juventud ya no estaba sujeto a discusión. El siguiente paso lógico fue plantear la necesidad de una legislación a nivel federal.

Durante los años transcurridos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la irrupción de la televisión como medio de masas, el entretenimiento más popular entre los jóvenes de Estados Unidos fue el cómic. En los quioscos y confiterías de todo el país, centenares de cabeceras competían por la atención de sus lectores. Su principal reclamo eran las portadas coloridas, imaginativas, sorprendentes y, en ocasiones, brutales. Artistas como L. B. Cole, Matt Baker, Lee Elias, Joe Doolin, Jack Kirby, Don Heck, Bernard Baily y Maurice Whitman marcaron a toda una generación.

La popularidad de los cómics provocó alarma y pánico entre los guardianes de la moral. Se organizaron quemas públicas de tebeos, varias ciudades votaron su prohibición, y el Congreso intervino con vistas que prácticamente destruyeron las carreras de cientos de profesionales.

La persecución a la industria de los cómics y sus consecuencias han sido investigadas por David Hajdu. "Es difícil comprender la cultura estadounidense. Por un lado, promueve la libertad creativa. Por otro, la ataca en nombre de la virtud puritana. La polémica sobre los cómics a mediados del siglo XX es un buen ejemplo", explica el autor.

El psiquiatra Fredric Wertham llegó a afirmar que, "comparado con la industria del cómic, Hitler era un principiante". Sin embargo, los métodos de Wertham y sus seguidores no se diferenciaban de los empleados por los nazis, organizando protestas públicas y quemas de cómics. Además de amedrentar a la población, los grupos religiosos promovieron la creación de leyes que restringían la compraventa de cómics, afectando no solo a los de contenido escabroso, sino también a los de superhéroes, considerados contrarios a la cultura dominante.

Para resistir el embate, el mundo del cómic optó por la autorregulación, fundando la Comics Code Authority (CCA), creyendo que una autocensura sería menos destructiva. Sin embargo, fue probablemente más restrictiva que la que hubiera impuesto el Gobierno. La CCA estuvo vigente hasta finales del siglo XX, pero su influencia fue residual en comparación con su época dorada, cuando muchos distribuidores se negaban a aceptar cómics sin su sello.

"La plaga de los cómics" explora las raíces y consecuencias de una polémica que estuvo en el origen de un verdadero terremoto cultural. David Hajdu investiga esta controversia, un capítulo prácticamente olvidado en la historia de las guerras culturales, que choca con ideas actuales sobre la evolución de la cultura popular. El libro demuestra que el movimiento de descontento y rebeldía de posguerra, a menudo asociado al rock 'n' roll, tuvo en los cómics uno de sus principales impulsores.

Portada del libro

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