Disfrutar el crepúsculo de tu existencia en un lugar que no se encuentra en los mapas parece un objetivo muy apetecible, especialmente si tu actividad profesional ha sido la de superhéroe a jornada completa. El retiro dorado tras una vida de proezas. Una plácida jubilación después de salvar el mundo en innumerables ocasiones. El merecido descanso del guerrero en una granja alejada de las turbulencias de la gran ciudad. Bajo estas premisas arrancó hace diez años la publicación de Black Hammer, un cómic escrito por Jeff Lemire y dibujado por Dean Ormston que ha recibido los elogios de crítica y público -ganó en 2017 el premio Eisner a la mejor serie nueva y el del Gremio de Libreros de Madrid al mejor cómic- y ha generado todo un universo propio inserto en la tradición del comic book que combina la acción a puñetazos, gotas de ciencia ficción especulativa y una indisimulada reflexión sobre el propio medio.
Los protagonistas de Black Hammer, publicada en Estados Unidos por la editorial Dark Horse y en España por Astiberri, son un grupo de superhéroes que residen en una granja una década después de sus últimas aventuras. No hay supervillano que combatir ni archienemigo al que desbaratar los planes de conquista mundial. Pero tal vez todo sea un espejismo. La convivencia no es tranquila y los conflictos brotan: alguno se quiere integrar en la anodina vida del pueblo, Rockwood, otros desean largarse cuanto antes. Y la mayoría camufla como puede sus propios demonios interiores. El idílico exilio resulta no serlo tanto ni tan voluntario como parecía. Más bien todo lo contrario: se asemeja mucho a un destino del que no pueden escapar, una celda con barrotes invisibles.

Las causas de la estancia allí se presentan envueltas en un halo de misterio, poco claras. La versión oficial es que, diez años antes, estos justicieros enmascarados libraron su última batalla en la ciudad de Spiral City, donde derrotaron a la entidad cósmica Anti-Dios pero murieron en esa hazaña. La periodista Lucy Weber, hija del llamado Martillo Negro que titula la serie y es el supuesto líder aunque no vive con ellos en la granja, quiere investigar qué fue lo que sucedió realmente y dónde está su padre. Ahí comienza una narración retrospectiva -combinada con la del tiempo presente- que revelará las causas en un viaje con múltiples homenajes a casi un siglo de historia del cómic de superhéroes.
El relato que cuenta ‘Black Hammer’ es, también, el de un género que se ha reinventado una y otra vez, creando mitos reciclados hasta el infinito por los engranajes de la industria cultural.
Los Creadores y su Visión
Jeff Lemire es uno de los autores de cómic más prolífico de los últimos tiempos, capaz de firmar obras de corte muy personal lejos de la órbita superheroica y también de lidiar con las exigencias de la rutina de producción de las editoriales superpoderosas como Marvel y DC, donde se ha convertido en nombre habitual. Pero en 2008, cuando empezó a idear Black Hammer, solo había publicado fuera de la autoedición la novela gráfica Essex County -una emocionante trilogía en torno a la vida rural en la América profunda, uno de sus temas predilectos- y nunca se le había pasado por la cabeza que podría trabajar en cómics de superhéroes comerciales debido a su estilo, que él mismo califica de excéntrico. “Pero de pequeño me encantaban y les tenía un profundo cariño, así que concebí Black Hammer como un intento de hacer cómics de superhéroes a mi manera, filtrando el género con mi estilo personal”, explica a El Salto. Su intención inicial era encargarse del guión y el dibujo, pero en el camino se le cruzaron la creación de Sweet Tooth -una fantasía terrorífica pero esperanzadora sobre una pandemia que provoca la aparición de seres híbridos entre lo humano y lo animal- y varios trabajos para DC con personajes como Animal Man y Green Arrow. El proyecto quedó aparcado en un cajón.
El británico Dean Ormston fue finalmente el elegido para ilustrar Black Hammer cuando Lemire lo resucitó en 2013. Sus guiones en esos años en las cabeceras de DC le habían aportado una perspectiva “totalmente diferente” del género y recuerda que experimentó en primera persona “todas las limitaciones que te imponen al trabajar para esas grandes compañías”, así que con Black Hammer pudo liberarse “por completo”. Esa liberación, señala, obedece al hecho de que él mismo es el origen de todos los personajes y temas de la serie. Cuenta que, cuando trabaja en DC o Marvel, primero le asignan el personaje y después tiene que encontrar las maneras de integrar asuntos más propios en esos marcos. “Por su naturaleza, Black Hammer es mucho más personal y, en general, tengo más libertad”, valora este autor, quien también subraya que resulta una experiencia muy gratificante cuando las cosas funcionan en los cómics de los dos gigantes de las viñetas superheroicas -y él lo ha conseguido-, pero que con Black Hammer dispone de mucho más control.

El aspecto visual que Dean Ormston otorgó a las páginas de Black Hammer es una característica muy distintiva. Su trazo y la distribución de las viñetas encajan como un guante en el tono otoñal que los guiones de Lemire imprimen a las primeras historias. El creador quería que Ormston lo dibujara porque el trabajo previo del ilustrador estaba más inspirado en el género del terror y no se parecía a los cómics de superhéroes más típicos. “Los estilos de dibujo más excéntricos e idiosincrásicos se están convirtiendo en la norma en los cómics de superhéroes mainstream, pero en 2016 esto no era así y el trabajo de Dean realmente destacó entre los cómics de Marvel y DC. Su arte es muy melancólico y usa mucho el negro, algo que también me encanta. Además, es un narrador increíble y un genio con los personajes”, opina Lemire. Ormston se ocupó de los lápices hasta el final de la historia “La edad sombría”, en el cuarto tomo. En total, dibujó 20 números. Después tomaron el relevo otros artistas como Caitlin Yarsky y Malachi Ward, quienes aportaron un aire distinto en consonancia con el sabor más tradicional, menos rompedor, que adquieren los guiones conforme avanza la serie.
“Como sucede siempre en la cultura ‘mainstream’, hacen falta reactivos imprevistos para que las fórmulas vuelvan a surtir efecto, y eso fue ‘Black Hammer’”, opinan Elisa McCargall y Diego Salgado. La conjunción de la sensibilidad indie de Lemire y el arte de Ormston era una apuesta arriesgada para los parámetros editoriales del cómic estadounidense en 2016, “cuando empezaba a percibirse ya un estancamiento en el ámbito de lo superheroico”, confirman los críticos Elisa McCargall y Diego Salgado. “Como sucede siempre en la cultura mainstream, hacen falta reactivos imprevistos para que las fórmulas vuelvan a surtir efecto, y eso fue Black Hammer. Quién nos iba a decir diez años después que iba a existir un multiverso Lemire, pero aquí estamos”, valoran desde el correo electrónico los autores de, entre otros, Sueños y fábulas (ECC, 2022), un detallado ensayo sobre Vertigo, el sello de DC que en los años 90 amplió el campo de lo esperable en un tebeo de superhéroes, la casa donde en 2009 se publicó Sweet Tooth.
Personajes en la Granja
Presentemos ahora a los personajes que conviven en la granja. Abraham Slam es un tío tranquilo, un superhéroe sin poderes que asume que sus mejores días como luchador contra el crimen en las calles de Spiral City ya pasaron y trata de disfrutar la vejez en un entorno ajeno donde vive un romance con una camarera. Golden Gail vuela y tiene una fuerza sobrehumana. Fue la novia superpoderosa de América, pero está encerrada en el cuerpo de una niña de nueve años, lo que le produce una frustración insoportable. Barbalien es un marciano gay cuyo cuerpo puede cambiar de forma. En Spiral City compatibilizaba su trabajo como policía y la tarea de superhéroe y sufría rechazo por su orientación sexual. Talky-Walky es una androide que hace las tareas domésticas y cocina recetas pasteleras, después de dejar atrás las batallas galácticas. También cacharrea con inventos que les puedan sacar del pueblo. El coronel Weird tiene la cabeza frita y vaga a la deriva por la Para-Zona, una dimensión temporal inaccesible donde se repiten una y otra vez los acontecimientos que han marcado su trayectoria. Madame Libélula es una enigmática hechicera atrapada en una cabaña terrorífica a la que los demás procuran no acercarse mucho. Estos dos últimos se revelarán como actores fundamentales en los hechos que ocasionaron la reclusión en la granja.

Con el paso de los capítulos, Lucy Weber cobra una gran importancia: será la heredera de Martillo Negro como heroína y prácticamente se convertirá en la protagonista principal de la serie. En torno a este grupo de personajes, Lemire ha desarrollado una saga muy amplia en la que intervienen muchos otros, alumbrando toda una galaxia Black Hammer con miniseries y títulos propios dedicados a algunos de ellos. Astiberri publicará en febrero el noveno volumen recopilatorio de la serie principal.
Expansión del Universo Black Hammer
En 2017, el editor de Dark Horse Daniel Chabon llamó a la puerta del dibujante español David Rubín para proponerle que supliera temporalmente a Ormston, quien pasaba por un mal momento de salud y no podía cumplir con los plazos de entrega. Rubín aceptó el encargo y hoy reconoce que dibujar dos números de Black Hammer le situó en el mapa de otros editores y también de lectores que descubrieron su trabajo. Para no ponerle en el brete de tener que ser muy continuista con la línea de Ormston, y para evitar que se saliera mucho de ella, lo que Lemire hizo fue crear un par de historias que transcurren fuera de la granja: un flashback con una aventura en el espacio que explica cómo se conocieron dos de los personajes principales, y otra en la que se cuentan detalles sobre la hija de Martillo Negro.

Según el dibujante, Black Hammer es una serie “muy poliédrica” que ofrece “muchísimas cosas” para diferentes tipos de lectores. Sostiene que gusta a quienes leen desde siempre tebeos de superhéroes porque “está llena de guiños a personajes y eventos que llevan leyendo 50 años, pero matizados, incluso con una mirada crítica”. Pero cree que también puede interesar a quien no los ha leído nunca ya que “es una historia de personajes muy bien construidos, con acciones y situaciones que emocionan sin ser necesario ese bagaje previo de décadas como lector de superhéroes para entender lo que te están contando”.
Ese encuentro puntual prendió la mecha para lo que fue el primer spin-off de la marca Black Hammer: Sherlock Frankenstein y la legión del mal, una miniserie de cuatro números también ilustrada por Rubín y dedicada a un extravagante villano enamorado de Golden Gail cuyo romance fructificará cuando ambos ya son maduros. En sus páginas se presenta al Escuadrón de la Libertad, un supergrupo en el que participaron Abraham Slam y Golden Gail hasta la Segunda Guerra Mundial; aparecen por primera vez archienemigos como Mectoplasma, Metalo Minotauro o Grimjim; y también entramos en el Asilo Spiral, una prisión de máxima seguridad donde están encerrados algunos de estos malhechores, entre ellos Sherlock Frankenstein.
La colaboración entre ambos autores propició que Lemire se soltase la melena y diera rienda suelta a su creatividad, fabricando nuevas piezas de un puzle que debe mucho a la imaginación desbocada del rey Jack Kirby y a la fascinación por uno de los tebeos favoritos de Lemire cuando era niño: Crisis en Tierras Infinitas, la saga con la que Marv Wolfman y George Pérez ordenaron el universo DC en 1985. “Una vez abierta esa caja de Pandora, no pude dejar de expandir la serie”, admite el escritor.
A finales de 2020 se estrenó Planeta rojo, una serie de cinco números con el alienígena Barbalien de protagonista. Fue la primera ampliación de Black Hammer cuyo guión no está firmado por el demiurgo Lemire, si bien tutorizó el trabajo de Tate Brombal, debutante en la escritura de cómics. Otra novedad es que se trata de una historia alejada del enfoque de la serie madre, ya que Brombal pretendió corregir con ella una injusticia, según se lee en el texto de presentación que escribió, donde asegura que “los escritores queer no suelen tener la oportunidad de escribir historias queer para superhéroes queer en cómics comerciales, y mucho menos que estén ambientadas en la crisis del sida, una enfermedad sepultada bajo la metáfora o utilizada como arma por los supervillanos”. Planeta rojo muestra a Barbalien a mediados de los años 80, cuando las respuestas institucionales estigmatizaron y culpabilizaron a quienes habían contraído el VIH y se enfrentaban al rechazo y a la enfermedad. La doble identidad humana-marciana del personaje y su también doble personalidad (hombre gay-policía) son los nudos argumentales de este cómic dibujado por otro artista español, Gabriel Hernández Walta, quien dice que los parámetros gráficos de su trabajo estaban muy marcados “por la época en que se ambienta y el tono social que Tate quiso darle”. En cuanto al personaje, asegura que hizo algunos bocetos para encontrar su versión, pero que no requirió un gran trabajo de adaptación ya que Ormston es un dibujante del que se siente muy cerca.

Ilustrar Planeta rojo hizo “mucha ilusión” a Hernández Walta ya que era lector fiel de Black Hammer, de la que afirma que es lo que “todos querríamos hacer con los superhéroes si no hubiera tanta continuidad”. Para él, lo que ha logrado Lemire, con quien firmó Sentient en 2019, es una combinación perfecta: “Hay una mezcla de partir de cero haciendo lo que quieras, pero contando con los ecos de mitos que se han ido repitiendo y reflejando en los cómics desde hace más de medio siglo”. Pone como ejemplo al propio Barbalien, que es “una versión de Detective Marciano, pero en...
El Fin de una Era
Black Hammer: El fin es el último paso en la historia principal del universo Black Hammer. Una aventura con múltiples líneas temporales y saltos a través de mundos, nuevas amenazas, nuevos héroes y el largamente esperado regreso de Martillo Negro a la granja. El enfrentamiento final en el mayor desafío hasta el momento jamás concebido por Jeff Lemire para la serie. Tras siete tomos de la serie principal con más de 30.000 ejemplares vendidos en España y un universo expandido a través de una docena de spin offs, la serie Black Hammer llega a su fin. Un hito histórico dentro de la colección de cómic independiente estadounidense de la editorial Astiberri, que comenzó con la publicación del primer volumen en 2017, año en que la serie ganó el premio Eisner a la mejor serie nueva y el premio del Gremio de Libreros de Madrid al mejor cómic. En 2018 fue nominada a Mejor serie regular en los premios Eisner y Mejor libro en los premios Harvey.
Black Hammer 8. El fin contiene la serie limitada con la que Jeff Lemire pone el broche de oro a una historia que ha desarrollado a lo largo de una década. Esta serie continúa los hechos que leímos en los tres tomos que dedicó la editorial a la serie Black Hammer. El renacer, donde se puso el foco sobre Lucy Weber, la hija del Martillo Negro original, y que decidió abandonar Spiral City con su familia para protegerles a toda costa. Ahora, la ciudad vive las consecuencias de su salida, y el Anti-Dios se dispone a dar el golpe final y acabar con todos los mundos del Multiverso Paraverso.
Con esta última historia, confirmamos que Lemire quería contarnos mucho más que una historia de superhéroes. Era algo fácilmente predecible desde el principio de la serie, puesto que los homenajes son muchos y obvios. No tiene mucho sentido que un autor de la talla de Lemire dedique diez años a hacer un remake del Universo DC mezclado con algunas cosas de Marvel (como el Parlamento de los Weird, similar al de Reed Richards), un Crisis en Tierras Infinitas 2000. Y no lo ha hecho. En todos estos cómics realizados en la última década, hemos sido testigos de un canto de amor al género de superhéroes, una reflexión sobre el legado, sobre la afición a leer historias inventadas por otros.
El fin contiene todos los ingredientes propios de un evento que se extiende en todos los personajes de un universo superheróico: batallas contra el villano definitivo, giros de guion que sacan a la luz a un villano insospechado, o adversidades que descubren a héroes que ni sabían que lo eran. El dibujo de este último arco recae en Malachi Ward, al que ya habíamos visto en el tomo 6 de esta serie, me ha sorprendido mucho, puesto que en su anterior participación recurría a un estilo que sacaba más a la luz el lápiz, mientras que aquí apuesta por un estilo diferente, más convencional, con los mismos colores planos que ya nos sorprendieron en ese arco argumental.

En definitiva, Black Hammer 8. El fin es un broche de oro a un universo pensado para homenajear de algún modo a los lectores de cómics que llevamos muchos años leyendo sus historias. Una historia de relaciones personales, de legados, de cómo nos hacemos adultos y nos resistimos a abandonar esos universos de héroes que nos han hecho (y siguen haciendo) vibrar. Lo mejor: Lo que se oculta realmente tras ese disfraz de historia de superhéroes.