El nombre de David Gistau resuena con fuerza en el panorama del periodismo y la literatura española, no solo por su afilada pluma y su singular estilo, sino también por la profunda humanidad que impregnaba cada uno de sus escritos. Su obra, marcada por una búsqueda incesante de autenticidad y una voluntad férrea de forjar una voz propia, se erige como un testimonio de su talento y de su compleja personalidad.
Gistau, nacido en Madrid el 19 de junio de 1970, demostró desde joven una inclinación por la escritura. A los 14 años ya daba rienda suelta a su imaginación a través de cuentos y leyendas, conjugando un mundo interior rico con la efervescencia de la vida exterior. La muerte prematura de su padre, Miguel Gistau, en 1985, supuso un punto de inflexión en su vida y en su obra, llevándolo a encontrar refugio en la lectura y en la reflexión sobre la condición humana.
La influencia de su padre, Miguel Gistau, fue fundamental en su acercamiento a la tradición del columnismo literario español. Fue él quien le introdujo en las obras de autores como Umbral, de quien Gistau acabaría por distanciarse, desarrollando su propio estilo. La admiración por los clásicos, desde Camba hasta Foxá, pasando por Chaves Nogales y Umbral, se combinaba en Gistau con una audacia para incorporar elementos de la cultura popular, dialogando con personajes de tebeos y referencias contemporáneas.
El hallazgo de David Gistau fue rasgar los géneros, ensanchar la columna hasta más allá de lo canónico, romperla sin temor a reconstruirla usando pedacitos de categorías culturales que parecían exiliadas de la prensa española por la prominencia de lo clásico, pero a las que él, no sin riesgo, abrió fronteras. Su acierto fue escribir como tantos intentan escribir hoy en una época en la que la mayoría aún escribía como antes. A finales de los noventa, en las páginas del diario La Razón. Ni la fecha ni el periódico son circunstanciales a una notoriedad granjeada a través de una singularidad que sobresalió al lado de firmas sobresalientes.
Por supuesto, Gistau acudía a los clásicos. Por sus textos se pasean la sintaxis y las expresiones de Camba, las luces de Foxá y la dichosa pluma de Chaves Nogales. En el espejo, el dios tronante Umbral. De fondo, un fragrant flashback del aroma de la redacción del diario Pueblo. Y en la meta, ¿Hemingway? Sin embargo, su incesante voluntad de poseer un estilo propio no le permitió plagiar a sus maestros: le conminó a estudiarlos, sí, porque sólo de las lecturas de otros puede nacer el rasgo del diferente; pero también a adaptarlos, a invitarlos a su columna en el mismo párrafo que a Astérix o a un Geyperman; a obligar a dialogar a Duchamp con Homer Simpson; a encontrar unos huevos, unos genitales, en los contextos más insospechados, ya sea en una cita de Unamuno o en la cara de la negrita del día.
La naturalidad, la desinhibición, la modernidad, la desacralización, la canallada respetuosa de montar a Salinger sobre los lomos de Simba forjaron una seña de identidad: la del desmitificador, la del desenmascarador de vanidades de tecla suelta. Evolucionaría, claro, en El Mundo y en ABC. Sería un impertinente educado que desbrozaría la prosa que a veces difumina la idea, sería padre -y cuánto configuraría esto su escritura-, echaría dos canas y se consagraría como un escapista del dogma para, simplemente, contar lo que vivía a la gente de su generación (y a quien quisiera leerlo). David Gistau se transformaría en una suerte de escritor de columnas, con el ojo siempre puesto en su prosa formativa, como Graham Greene y sus conflictos morales o el humor irónico de Osvaldo Soriano. Y así descubriría qué quería ser cuando creía que no podría ser otra cosa.
La infancia de Gistau estuvo marcada por un ambiente francófilo y por la separación de sus padres, Isabel Retes y Miguel Gistau, uno de los primeros divorcios legales en España tras la Guerra Civil. A pesar de la ruptura, la relación paterno-filial se mantuvo cordial, y Miguel Gistau, abogado y socialista declarado, inculcó en sus hijos valores como la importancia de la familia y la lealtad.

Tras la muerte de su padre, Gistau se refugió en su biblioteca, profundizando en sus lecturas y desarrollando una predilección por la historia y los tebeos. Su pasión por el Real Madrid se convertiría más tarde en fuente de inspiración para crónicas y columnas deportivas cargadas de humor y simpatía.
Su trayectoria profesional comenzó en la revista "Paisajes desde el tren", donde demostró su habilidad para encontrar historias y su peculiar estilo. De allí pasó a "T+5" y "M&Cía", publicaciones donde pulió su oficio de columnista. Su talento narrativo y su ingenio le abrieron las puertas de la televisión, donde trabajó como guionista en programas de humor, y posteriormente en la prensa escrita, colaborando en "La Razón", "El Mundo" y "ABC".
Gistau nunca se centró en la carrera, y este gatillazo universitario forzaría el comienzo de su vida profesional. Sería en Paisajes desde el tren, una revista que Renfe distribuía entre sus usuarios y que por entonces hacía el Grupo 16. Allí congeniaría enseguida con el redactor jefe, Benjamín Ojeda, que pronto descubriría que enviar a Gistau a hacer reportajes era rentable porque siempre encontraba una historia. Este becario de lujo estaba a su mando porque Isabel había pedido a un amigo que buscase unas prácticas para su hijo. Se inicia, pues, en Paisajes, la doma de un periodista que escribirá crónicas por medio mundo y se encargará de redactar un horóscopo en clave de humor bajo el borgiano pseudónimo de Matilde Urbach: «Sagitario, te habíamos avisado de que tu ritmo de vida no lo soportaría ni una hipotética querida del sultán de Brunei. Ahora te toca camelar al director de tu banco, a tu cónyuge, a tus acreedores y a tu barman de guardia, que no acaban de explicarse por qué teniendo un trabajo hermoso y un sueldo más que digno, no eres capaz de llegar a fin de mes ni con la extra».
Finiquitado el contrato entre el Grupo 16 y Renfe para realizar Paisajes, Benjamín Ojeda se lo llevará de redactor jefe a un nuevo proyecto, T+5, que conseguirá continuar con la revista ferroviaria. Y de ahí, a la publicación M&Cía (Madrid y Compañía), que, dirigida por Ignacio Ruiz Quintano -a quien David definió en un momento de su carrera como el mejor columnista de España-, se distribuirá entre los hoteles de cinco estrellas de la capital con reportajes, al entender de entonces, muy masculinos: boxeo, mafia...

David Gistau concedía una importancia inusitada al sentido del humor, algo lógico en un hombre que adoraba la cultura como entretenimiento. Su paso por aquellas revistas, sus cualidades de narrador y ese talento para la predicción del futuro con escasa base en la posición relativa de los astros, llamarían la atención por partida doble. Primero, en televisión, donde trabajaría de guionista en programas de humor. Arrancaría en Canal+ y acabaría en espacios de fama como Esta noche cruzamos el Mississippi, de Pepe Navarro. En multitud de ocasiones se referiría a la época profesional de Paisajes y entre guiones como la que más añoraba y en la que más se divirtió. En la esquina, le esperaba un periódico recién fundado. Gistau aterriza en La Razón porque Tomás Cuesta, entonces adjunto al presidente Luis María Anson y encargado del área de Cultura, arquea la ceja ante la frescura, la rareza y la calidad literaria de lo que se hacía en Paisajes. Juntos empezaron a trabajar para convertirlo del reporterismo al columnismo, haciendo pruebas de artículos y siguiendo un consejo que Jaime Campmany había transmitido a Cuesta y este, a su nuevo fichaje: si alguien quiere permanecer tiene que escribir literatura. Porque el periodismo, decía, no queda; el periodismo se muere. Tras leer algunos de aquellos textos, Luis María Anson ordenaría que se le robusteciera el contrato a David Gistau, sugiriendo a la dirección del periódico que le diera espacios preferentes.
David Gistau no era ni correcto ni político. Por supuesto, cuando lo contrataron en La Razón era un hombre educado y con pulsiones relacionadas con la actividad y la doctrina políticas, pero con una concepción de la libertad tan insólita en alguien de su edad que pasaba por recomendarle al señor X que su mejor estrategia para la legislatura incluía jugar al Teto. Parece inconcebible la convivencia en armonía de semejante zafiedad con la pulcritud inherente a la columna en la tradición española, pero, sin pretenderlo, él la conseguía. Sus columnas en La Razón, donde además de hacer cameos en la mayoría de las secciones Gistau ocupó la contraportada mano a mano con Tomás Cuesta, eran salvajemente gamberras, con fogonazos de un estilo que, más tarde, ya en su llegada a El Mundo, en 2005, y posteriormente en ABC (2013-2018), lograrían sobrevivir a la actualidad del asunto periodístico. Estas son las más entretenidas. También las menos conceptuales. Y, por qué no, las que ensortijan metáforas y símiles menos ambiguos. Pero la fluidez de lectura, el nivel de ingenio, la modernidad que destilan y la creación de un universo propio comenzaban a configurar la identidad de un periodista que no jugaba con las verdades, ¡quizá porque entonces aún no las tenía!, pero que disfrutaba haciéndolo con las percepciones. No ejercía ni de juez ni de repartidor de prestigios. No había lecciones de vida. Buscaba entender y relataba su búsqueda. Leía, veía y, sobre todo, sabía cómo narrarlo. Y para ello no denostaba la primera persona, porque al estilo de Ruano, aunque sin su batín, consideraba que desde el yo no se puede mover el mundo, pero sí contarlo. Si un columnista es un estilo, cultivó el suyo con oficio, supo despojarse de la influencia de Umbral -muchos quisieron ver en él un sucesor- y optó por simplificar su escritura.
David Gistau: "Es difícil imaginar que alguien que nació pudiendo ser ministro acabe boxeador"
Este libro se publica porque David Gistau murió como nunca nadie debiera morir. Primero, porque no pudo envejecer. Incumplió, sin quererlo pero temiéndolo, el único propósito de su obra desde hacía años: no morir prematuramente, demasiado pronto para sus hijos, como su padre había muerto antes para él. Nada de lo humano ha sido ajeno a una obra de extrovertida dependencia íntima, exteriorizada en innumerables artículos en los que supura un vínculo especial con una infancia marcada por un padre que fallece antes del tiempo reglamentario.

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