Maus: Un Relato Gráfico Inolvidable sobre la Supervivencia y la Memoria

El curso pasado decidimos releer, a través de una votación hecha por los propios miembros del club, algunos de los tebeos que habían formado parte del CLC en años anteriores. Maus fue una de esas primeras lecturas y, sin saber muy bien como, estábamos seguros de que sería uno de los cómics que revisitaríamos este año. Los motivos: ser una de las obras de referencia para cualquiera que se denomine fan de las viñetas y la atemporalidad de una historia que sigue aportando cosas nuevas con cada lectura y sorprendiendo con su planteamiento.

Hace 31 años, en 1991, Art Spiegelman concluyó la serialización de Y entonces empezaron mis problemas, la segunda parte de Maus: Relato de un superviviente. La obra estaba completa y lista para ser recopilada y vendida como una novela gráfica, la primera de una nueva era en la que, precisamente, sería Maus la que señalaría el camino -uno de ellos, al menos- a seguir. Un año más tarde, ganaría el Premio Pulitzer en la categoría de menciones especiales.

Si tenemos en cuenta que la publicación del volumen recopilatorio de la primera parte de la obra, Mi padre sangra historia (1986), ya obtuvo una gran repercusión fuera del marginal circuito del cómic independiente, podemos hacernos una idea de la importancia de este cómic, sin el que, como escribe Santiago García en Cómic sensacionales (2015), quizás la novela gráfica no existiría tal y como la conocemos hoy. Un cómic, continúa García, que durante una década estuvo muy solo, hasta que el cambio de milenio trajo obras como Persépolis (2000-2003) de Marjane Satrapi, La ascensión del Gran Mal (1996-2001) de David B. o El fotógrafo (2003-2006) de Emmanuel Guibert, Didier Lefèvre y Frederic Lemercier, todos ellos influidos, de una forma u otra, por la creación de Spiegelman.

En primera instancia, Maus es la historia real de los padres de Spiegelman, Vladek y Anja, judíos polacos que sobrevivieron al Holocausto y al encierro en Auschwizt. Hillary Chute cuenta en Disaster Drawing (2016), que Spiegelman, como le sucedió a Susan Sontag, descubrió unas fotos de los campos de concentración en su adolescencia, lo que, de algún modo, acabó con su inocencia. Él sabía que había algo llamado “la guerra”, de lo que sus padres hablaban de modo impreciso, como era habitual entre los supervivientes judíos. Pero fue a partir de entonces cuando el joven Art se empezó a interesar por el Holocausto y por la historia de sus padres, en una dinámica propia de la memoria de segunda generación, la de los hijos que buscan entender a sus progenitores, por imposible que parezca entender el horror de los campos sin haberlo experimentado. Ese interés, a veces obsesión, acabó alumbrando una obra única en su especie.

Soy de los que creen que la expresión “se adelantó a su tiempo” es siempre estrictamente falsa: muy al contrario, si Spiegelman fue capaz de elaborar Maus fue porque ya se daban, por primera vez, las condiciones materiales y culturales para ello. Pero eso no significa que Spiegelman no tenga el gran mérito de hacer algo que nadie había hecho hasta entonces: un cómic de trescientas páginas que abordaba una temática prácticamente inédita, con una madurez bastante rara en el medio. Sin embargo, no se puede caer en el adanismo: muy al contrario, el propio Spiegelman es el primero en subrayar siempre sus antecedentes e influencias.

En una fecha tan temprana como 1955 se publicó, en el primer número de la revista Impact (EC Comics), la historieta breve “Master Race”, obra de Al Feldstein y Bernard Krigstein, dos autores de origen judío que, por primera vez en un cómic comercial estadounidense, trataban el Holocausto e, incluso, se atrevían a representar a un grupo de famélicos prisioneros tras el alambre de espino de un campo de concentración. Pero ¿es aún Maus uno de los cómics más relevantes y mejores que se hayan publicado? Al contrario de lo que les sucede a otras obras maestras, de difícil comprensión fuera de su tiempo, el cómic de Spiegelman no ha envejecido ni un ápice, y sigue siendo tan sutil y contundente, al mismo tiempo, como en su fecha de publicación original. Para entender sus valores y su impacto en el medio, es necesario seguir desglosando sus antecedentes: en 1972, apareció Binky Brown conoce a la virgen María de Justin Green, un trabajo largo, para los estándares de la época, que supuso el mayor esfuerzo autobiográfico jamás visto en el underground. Crumb y Kominsky ya estaban explorando el nuevo género en historias breves y cotidianas, pero el ambicioso trabajo de Green abrió los ojos a Spiegelman, hasta el punto de afirmar este que, sin Binky Brown, jamás habría hecho Maus. Y eso a pesar de que, precisamente en ese mismo año, Spiegelman publicó dos historias de vital importancia para su futura obra magna.

La primera se titulaba también “Maus”, y fue una pieza de tan solo tres páginas en las que, a modo de fábula, un padre le narraba a su hijo los horrores de los campos. Ahí estaban ya los gatos y los ratones, pero el tono todavía no funcionaba: demasiado apegado a los funny animals a lo Disney -el pequeño protagonista se llamaba Micky-, la historia resultaba un tanto ñoña. Pero Prisionero del Planeta Infierno es un caso muy diferente. En sus cuatro páginas, Spiegelman aplicaba un estilo inspirado en el expresionismo alemán, de un acabado que imitaba el de los xilograbados, con el objetivo de contar cómo le afectó el suicidio de su madre, en 1968, tras años de depresión. La descarnada pieza fue incluida, con una pirueta metanarrativa, en Maus, y marcó el camino para un tratamiento serio de los acontecimientos. Pero, además, estaba en sintonía con otras muchas historias experimentales que Spiegelman realizó durante toda la década, llenas de referencias pictóricas y con una intención que contrastaba con el pitorreo habitual de los Crumb y compañía hacia el arte contemporáneo. Spiegelman estaba convencido, no solo del valor artístico del cómic, sino también de la necesidad de que este se reposicionara en la cultura contemporánea ante la inminente pérdida de la hegemonía en el ocio lowbrow.

Antes, hubo al menos otros dos precedentes de cómic testimonial que recorrían la memoria de sus autores. Uno era Paracuellos (1975-2017), de Carlos Giménez, y otro era Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (1973-1974), de Keiji Nakazawa. Sabemos, de acuerdo con Chute, que Spiegelman conocía al menos la segunda, ya que pudo leerla en la edición americana de 1978. Aquel extenso manga contaba los avatares de su autor tras la muerte de su familia, víctimas de la bomba de Hiroshima, y tenía un marcado tono antibelicista que le deparó no pocas críticas en su momento, por considerar que era antipatriótica.

Aun así, la tarea que tenía por delante Art Spiegelman era inmensa. Se había propuesto contar en un cómic algo que jamás se había contado en uno, con un tono serio, dirigido a un público adulto, pero que, al mismo tiempo, recurría a la tradición infantil de los funny animals. Aunque, como se describe en MetaMaus, con un ojo puesto también en el uso de la metáfora de los judíos como ratas o ratones, tan empleada en la propaganda racista del Tercer Reich. Escogió un estilo sintético y sencillo, casi tosco en su trazo, con el objetivo de no estetizar los hechos ni apelar a las emociones de los lectores de forma melodramática o cursi. Pero esas dudas también se las planteaba el propio Spiegelman: todo el proceso creativo estuvo lleno de dilemas que acabaron plasmados en la misma obra, de forma que, imbricada en el relato oral de Vladek -contrastado con una exhaustiva documentación-, encontramos la historia de la propia realización del libro, lo que implica, al mismo tiempo, la exposición de la difícil relación entre padre e hijo y todas las dudas que Maus provocaban en Spiegelman.

Especialmente en lo que respecta al segundo libro, cuando el autor ya había tenido que enfrentarse a la exposición pública que había motivado el primer volumen, en 1986, y a todas las críticas. Desde los columnistas que daban un triple salto mortal para intentar argumentar que aquello no era -no podía ser- un cómic, por su propia calidad y relevancia, a quienes, desde diferentes asociaciones judías, se sentían insultados por la obra. Pero, más allá de eso, Spiegelman se enfrentaba a otro escollo. Históricamente, el del cómic había sido un lenguaje orientado a la acción y al humor. Las herramientas para representar largas conversaciones o conceptos más abstractos eran limitadas, y, por ello, realizar Maus se convirtió en una constante invención de soluciones a problemas nuevos, a los que nadie se había tenido que enfrentar antes. Debajo de su engañosamente básico estilo narrativo, late un dominio del lenguaje del cómic muy sofisticado. Casi en cada página hay algo sorprendente, un recurso que evidencia la honda reflexión que acompañó a Spiegelman durante diez años en los que tuvo que recurrir a todo su ingenio y, en algunos casos, a múltiples pruebas. Especialmente cuando entraba en juego la cuestión de la fidelidad y el respeto a las fuentes.

Como confesaba en MetaMaus, al dibujante le costaba mucho imaginar visualmente el espacio del campo de concentración que su padre le describía, incluso habiéndolo visitado para documentarse. ¿Y qué hacer cuando su padre no fue testigo directo de algún hecho, o cuando su testimonio entraba en contradicción con las fuentes historiográficas? Podríamos dedicar decenas de páginas a analizar las soluciones gráficas que Spiegelman encuentra para estos dilemas, pero quedémonos con una de las más célebres. Vladek le cuenta a Art que, en una ocasión, un oficial de las SS tomó a un niño judío por los pies y lo mató a golpes contra una pared, pero le aclara a su hijo que esto fue algo que le contaron, y que no vio con sus propios ojos. ¿Cómo solventar la representación del cruel asesinato? Un bocadillo proveniente de la boca de Vladek, que explica justamente que nunca vio aquello, se sitúa sobre la escena, de forma que solo vemos indicios del sangriento crimen.

Por supuesto, aquí entra en juego otro problema específico: la dificultad para representar hechos muy duros, situaciones que, en aquella época, no se habían representado aún muy frecuentemente. Existían -y existen- “imágenes intolerables”, en palabras de Sergio Martínez Luna -en Cultura visual. La pregunta por la imagen (2019)-: imágenes tabú, que incluso pueden llevar a la iconoclastia. Sin duda, todas las imágenes conservadas del Holocausto eran, cuando Spiegelman comienza a dibujar Maus, intolerables. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, aún pasarían varios años antes de que el exterminio de los judíos en los campos de concentración llegara al debate público, y sus imágenes impactaran en el imaginario colectivo. El propio Spiegelman recuerda en MetaMaus la importancia del juicio en Israel del exnazi Eichmann, durante 1961, cubierto por medios internacionales. Pero, en términos audiovisuales, resulta muy significativo que la primera gran película sobre los campos, Noche y niebla (1955) de Alain Resnais, los mostrara en la actualidad, desiertos, y las atrocidades cometidas en ellos, como ha indicado Pepo Pérez en su texto “Viñetas para la exhibición de atrocidades. Memorias del horror” (2018), resulten “invocadas”, mediante una voz en off; sin embargo, Resnais sí incluyó imágenes originales rodadas durante la liberación, incluyendo algunas que mostraban cadáveres apilados. Shoah (1985) de Claude Lanzmann, documental estrenado cuando Spiegelman estaba a punto de terminar la primera parte de su obra, tampoco recurría a imágenes directas, sino que mostraba extensos testimonios de testigos para acercarse a los hechos: pura historia oral.

Pero, incluso así, el autor seguía teniendo que resolver cómo representar lo irrepresentable, aquello que va más allá de la comprensión humana. Es lo que Raquel Crisóstomo, autora de De ratones y héroes. Una aproximación cultural a Maus (2015), ha relacionado con el horresco referens, el miedo a la referencia, que opera cuando aquello que se quiere referir es un horror tal que no puede dejar de ser inefable. Es algo común en los análisis de las representaciones del Holocausto, pero también en los testimonios de víctimas de torturas. Hay cosas que no se pueden expresar directamente, y el cómic, un lenguaje basado en la representación indirecta y subjetiva, pero también en las elipsis -lo no representado-, puede ser idóneo para experimentar otras vías. El dibujo, como ha desarrollado John Berger en su célebre texto Apariencias (1982), al contrario que la fotografía, que cita las apariencias, es siempre una interpretación, que traduce lo visible. Y eso es lo que hace Spiegelman cuando escoge sustituir a los humanos por gatos y ratones, o cuando sintetiza su trazo para representar el horror sin maquillarlo ni restarle gravedad, pero evocándolo más que reproduciéndolo.

La forma en la que el autor pone en primer plano todas sus dudas y las dificultades en la propia representación lo humanizan, y con ello consigue que nosotros también experimentemos esa dificultad, porque no puede olvidarse que Maus no es tanto una reconstrucción histórica como la reconstrucción de la memoria de Vladek, que se había negado a recordar durante décadas. La sobreexposición a las imágenes fotográficas puede acabar por hacernos insensibles. A fuerza de ser repetidas, algunas imágenes terribles pueden perder parte de su poder y pasar a ser otra cosa. Todo esto nos habla de una obra demasiado compleja como para ser reducida a una sola de sus capas. Por eso con ella no tenemos que usar frases como “está bien para la época”: sigue provocando todo tipo de reacciones. Sigue siendo relevante, en definitiva. Es el relato de la relación entre un padre y un hijo, pero también es un cómic que trata sobre cómo hacer el cómic más difícil que podía concebirse en su momento. Una obra sin edulcorantes, que no oculta las aristas y contradicciones humanas, que escapa, gracias a su propio lenguaje, a la estetización de determinadas aproximaciones posteriores del cine comercial. Por eso sigue siendo un referente de la novela gráfica, un modelo para cualquiera que desee abordar la memoria desde el cómic, y una obra de no ficción que, en muchos aspectos, no ha sido superada en sus mecanismos y compromiso artístico con la materia que trata. Pero no podemos olvidar nunca su valor como denuncia del Holocausto; sería un error considerar que ya no precisamos de estos recordatorios, que Maus...

Análisis de la Obra

Lo primero que tenemos que decir de Maus es que no es un cómic amigable; y mucho menos un tebeo para leer a menudo. Es una historia dura a través de unas ilustraciones aún más duras; que si bien pueden parecer infantiles en su planteamiento inicial, se tornan crudas cuando entendemos todo el simbolismo que rodea a esos personajes antropomórficos. No queremos ahondar en los atributos preconcebidos de cada uno de ellos, ya que cada uno puede sacar sus propias conclusiones, pero si que deberíamos alabar el deliberado propósito de la elección de los mismos.

Aunque lo verdaderamente importante para la historia sería la utilización del color y el diseño de personajes. Y es que es, precisamente, el blanco y negro puro y las líneas esquemáticas que utiliza Art, lo que envuelve al cómic en un ambiente desasosegante y opresor que ocupa los dos planos narrativos. Así, a nivel visual, las dos historias que se entremezclan (la historia de Vladek y Art como padre e hijo y la del propio Vladek sobreviviendo a Auschwitz) conviven en el mismo ambiente. Este paralelismo visual nos avisa de que vamos a encontrar mucho más que una historia sobre los campos de concentración y la 2ª Guerra Mundial. De hecho, una vez que nos inmiscuímos más profundamente en la historia de la familia Spiegelman, nos damos cuenta de la complejidad que albergan los dos planos y de lo bien que casan en fondo y forma a través de la relación vida-muerte/pasado-presente.

Así, Vladek, muerto en vida en el tiempo presente, anhela tener la relación que le hizo sentir vivo en el pasado: su antigua esposa. Para conseguirla intenta aferrarse a lo único que le queda de esa época, su hijo. Art, sin embargo, no quiere que su pasado, empañado por la muerte de su madre, sobrevuele de nuevo su conciencia.

Art Spiegelman nació en Estocolmo en 1948, aunque se crió en Estados Unidos. Hijo de una familia judía polaca, consiguió un premio Pulitzer por Maus, su obra más laureada. Maus cuenta la historia de cómo Artie, hijo de un judío polaco que sobrevivió a los hechos acontecidos durante la Segunda Guerra Mundial, entrevista a su padre (Vladek) en diversas ocasiones para reconstruir sus vivencias. Además de las historias de su padre, la obra cuenta la tortuosa relación que Artie tiene con su padre, el cual tiene muchas características y costumbres que sacan de quicio a su hijo.

El estilo de dibujo es único. Los judíos están representados como ratones, los nazis como gatos y los polacos no judíos como cerdos. Esto ayuda a diferenciar la etnia de los diferentes personajes de la obra de un simple vistazo, aunque si hay que ponerle una pega al estilo de dibujo sería las expresiones faciales, muy trabajadas en algunos casos y muy vagas en otros. Por otra parte, diferenciar a los diferentes protagonistas de la historia (sobre todo en los recuerdos del padre) puede llegar a resultar complicado en según qué viñetas. Los fondos cumplen, sin más, pues en la inmensa mayoría de las viñetas el dibujo está centrado en los personajes.

Uno de los aspectos narrativos más trabajados de la obra es la relación de Artie con Vladek. Esta obra es autobiográfica, y es que Artie es el homónimo de Art Spiegelman, que cuenta la historia de su padre a través de esta novela gráfica. Y es que el personaje de Vladek parece sacado de un molde de “típico viejo judío avaro”. A lo largo de la obra, pueden verse comportamientos bastante cuestionables, e incluso reprobables, tanto con su hijo, como con su actual esposa, con la que no tiene una relación demasiado sana. En algunos momentos de la obra, esta puede llegar a crear un sentimiento de desazón o malestar en el lector, pues ciertas situaciones vividas por Vladek plasman de manera magistral la angustia y desesperación que sufrieron los judíos durante todos los momentos que ocurrieron antes, durante y después de la ocupación alemana en Polonia.

Antes siquiera de poner mis manos sobre esta obra, ya había oído maravillas de ella. Como “estudioso” (entendamos por estudioso que me encanta leer sobre historia) de la Segunda Guerra Mundial he encontrado la obra muy interesante, es muy refrescante leer la historia desde el punto de vista de un superviviente del holocausto. El hecho de que el primer capítulo hable sobre situaciones completamente insustanciales sobre la juventud de Vladek me decepcionó un poco, aunque a partir del segundo capítulo entramos de lleno en la ocupación alemana. Maus no es la historia de un héroe, que luchó con uñas y dientes contra los alemanes y salió triunfante de la situación. Maus es la historia de un superviviente, preocupado por su mujer y sus hijos, que hizó lo necesario para sobrevivir y ver un día más.

Uno de los aspectos que más me incomodaron de la obra no tiene que ver con la ocupación alemana, sino con la relación de Vladek con su segunda esposa, Mala. Es bastante obvio que ninguno de los dos siente demasiado cariño por el otro, y es más una especie de “unión por conveniencia”. Ver sus conversaciones, sus desplantes y sus enfados me creó (y me crea cada vez que las leo) un sentimiento de incomodidad, como si estuviese leyendo algo privado entre dos personas. No revelaré nada de la trama, pero si os puedo decir que la obra avanza a buen ritmo, cada capítulo tiene algo nuevo que contar y las conversaciones entre padre e hijo enlazan muy bien con la historia que Vladek le cuenta a Artie. Simplemente por su dibujo y su argumento, Maus es una novela gráfica que resulta atractiva.

Apartándose de las formas de literatura creadas hasta la publicación de Maus, Art Spiegelman se aproxima al tema del Holocausto de un modo absolutamente renovador, y para ello relata la experiencia de su propia familia en forma de memoir gráfica, utilizando todos los recursos estilísticos y narrativos tradicionales de este género y, a la vez, inventando otros nuevos.

Hoy me estreno en mis reseñas con la recomendación de una novela gráfica, género que he descubierto por casualidad y del que espero seguir nutriéndome para mis futuras lecturas. Sus páginas son un recordatorio en riguroso banco y negro sobre lo que el ser humano es capaz de hacer si se deja llevar por las promesas vacías y los populismos alimentados desde el odio y el rencor. Como decía, Maus es una primera incursión lógica en el género. Elección obvia si atiendes cualquier clasificación de recomendaciones. La novela gráfica que todo el mundo conoce o ha escuchado algo sobre ella. Lo cierto es que la lectura de Maus es complicada: se narran las vivencias reales de un judío superviviente del Holocausto, Vladek Spiegelman, padre del autor de la novela. Insisto, la lectura no es fácil, no por su ritmo o las líneas sencillas de los trazos de los dibujos, sino, por la historia desgarradora que cuenta: familias rotas por el dolor, seres queridos que son separados por la fuerza, muertes llenas de crueldad.

Además, la historia de este superviviente se alterna con otras vivencias que comparte con su hijo en la actualidad. En la actualidad, el padre del dibujante se muestra como una persona temerosa, antipática y obsesionada con la guerra. Su enclenque cuerpo de ratón ha logrado escapar a Estados Unidos, pero su alma quedó sepultada para siempre entre los miles de cadáveres que tuvo que enterrar. Su hijo, Art, utiliza sus viñetas como terapia para lidiar con los tormentos que persiguen a su familia.

La elección de recrear el Holocausto a través de una especie de fábula protagonizada por ratones (judíos) y gatos (alemanes nazis) es una solución inteligente para aliviar al lector ante las atrocidades descritas. Sí, los nazis son gatos ávidos de cazar ratones casi de forma instintiva. Los judíos son sus enemigos natos. Los cerdos, por ejemplo, se emplearán para los personajes polacos que se unen al nazismo. Quizás comenzaremos a valorar mejor nuestra existencia y la presencia de nuestros seres queridos. Somos de las pocas generaciones que no han sufrido ninguna guerra, no sabemos gestionar la pérdida ni entendemos lo que puede suponer. La guerra es una añoranza continua de aquella vida que teníamos y creíamos asegurada. Quizás ha llegado el momento de reorganizar nuestras preferencias y la forma en que invertimos nuestro tiempo.

Cuando Art Spiegelgamn decidió contar la historia de su familia y de muchos otros judíos durante el genocidio de la Segunda Guerra Mundial, no se planteó escribir una novela. Decidió que la mejor manera de acercarse a aquella terrible realidad, en su condición de dibujante, sería a través de las viñetas. En 1980, Spiegelman publicó la primera parte en la revista Raw, pero no sería hasta 1991 cuando la terminase. Dividida en dos partes (Mi padre sangra historia y Y aquí comenzaron mis problemas), MAUS nos cuenta la misma historia de siempre pero con un toque tan personal e intimista que la convierte en algo completamente diferente y digno de mención. Con dibujos en blanco y negro, Art relata cómo un día fue a visitar a su padre y le dijo: “Aún pienso escribir ese libro sobre ti”. Un libro que narrase las penurias y desgracias que su familia tuvo que sufrir a causa de los nazis. A partir de entonces, Art comienza a ir cada vez que puede hasta la casa de su padre para que él le narre desde el principio, y con todo detalle, lo que después plasmaría en el cómic. Pero no penséis que todo esto lo hemos imaginado; en absoluto. Una de las características más impactantes del cómic es que no sólo aparece relatada la biografía de Vladek Spiegelman (su padre), sino también la historia “fuera de la historia”.

MAUS recibió el premio Pullizter en 1992 (el único otorgado a una novela gráfica) por su renovador diseño, por su original modo de acercarse a uno de los hechos más lamentables de la historia de la humanidad, y por la cantidad de emociones y sentimientos que es capaz de transmitir a través de sus dibujos en blanco y negro. Una historia que engancha, muy buena historia gráfica.

Portada del cómic Maus de Art Spiegelman

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Análisis de MAUS de Art Spiegelman - La novela gráfica sobre el Holocausto 🐭 Parte 1

En 2021, 31 años después de su conclusión y más de cuarenta desde su comienzo, se ha convertido en una obra maestra, y ya sabemos que esa sacralización suele ser el camino más rápido para fosilizar una obra y dejar de mirarla críticamente. ¿Es Maus una obra de arte incontestable? ¿Sigue siendo relevante hoy? A juzgar por los intentos de algunos colegios de Estados Unidos por impedir que Maus llegue a sus alumnos, podríamos decir que conserva intacta su capacidad de soliviantar conciencias. Pero de lo que no cabe duda es de la importancia de la obra para el propio Spiegelman. No solo le dedicó más de una década, sino que su carrera posterior ha girado totalmente en torno a un cómic que, en cierta forma, lo ha abrumado. No resulta casual que su siguiente libro no llegara hasta que un acontecimiento de la magnitud del 11-S lo motivara a hacerlo: Sin la sombra de las torres (2002-2004).

Tabla de Personajes Principales

Personaje Representación Animal Rol
Vladek Spiegelman Ratón Superviviente del Holocausto, padre de Art.
Anja Spiegelman Ratón Esposa de Vladek, madre de Art.
Art Spiegelman Ratón Autor del cómic, hijo de Vladek y Anja.
Oficiales Nazis Gatos Perpetradores del Holocausto.
Polacos no judíos Cerdos Ciudadanos polacos durante la ocupación.

LITERATURA RANDOM HOUSE- 9788439720713

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  • INMACULADA 06/03/2026 Tapa dura NO PUEDES PARAR DE LEERLO. SI TE GUSTAN ESTE TIPODE HISTORIAS, ART TE HACE VIVIR LA REALIDAD CON MUCHA INTENSIDAD
  • Alexia 25/02/2026 Tapa dura La mejor novela gráfica que he leído.
  • Cristina Fernández 19/01/2026 Tapa dura Una historia de supervivencia, me ha sorprendido gratamente, nunca había leído una novela en este formato
  • Olga 29/12/2025 Tapa dura
  • Rebeca 25/11/2025 Tapa dura Libro muy interesante pero no muy llamativo para mí hija de 15 años.
  • Laura 24/11/2025 Tapa dura
  • Enrique 05/11/2025 Tapa dura
  • Gaby 04/11/2025 Tapa dura Empecé este libro con cero expectativas, pensando que esto era simplemente otro libro sobre la segunda guerra mundial, sin embargo te hace reflexionar mucho más allá acerca de lo complicado y lo trascendental de las relaciones humanas y las decisiones que se toman en cada momento de tu vida
Diagrama que compara la obra Maus con otras novelas gráficas influyentes

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