Alfredo Pérez Rubalcaba (Solares, 28 de julio de 1951-Majadahonda, 10 de mayo de 2019) fue un químico y político español del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Doctor en Química por la Universidad Complutense de Madrid y profesor titular de Química Orgánica en el mismo centro, fue ministro de Educación y Ciencia (1992-1993) y ministro de la Presidencia (1993-1996) en los gobiernos de Felipe González.
Nació en 1951 en Solares, localidad perteneciente al municipio cántabro de Medio Cudeyo, a través de cuya agrupación local estuvo afiliado al Partido Socialista de Cantabria. Pronto se trasladó junto a su familia al madrileño barrio de Salamanca. Criado en el seno de una familia acomodada, era hijo de un piloto de Iberia y nieto de un capitán del ejército republicano. Estudió en el Colegio del Pilar de Madrid.
Ingresó en el PSOE en 1974, en el que comenzó a colaborar en la Federación Socialista Madrileña y, más tarde, en las comisiones de Enseñanza e Investigación tanto del partido como del Grupo Parlamentario Socialista. Accedió en 1984 a la plaza de profesor titular en el área de Química Orgánica. También trabajó en la Universidad de Constanza (Alemania), en el incipiente Colegio universitario de Ciudad Real y en la Universidad de Montpellier (Francia).
Desde estas posiciones, Rubalcaba colaboró en la elaboración y posterior ejecución de la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), norma trascendental en el sistema educativo español pues modificó los antiguos niveles de EGB y COU, pasando al actual sistema de Infantil, Primaria, ESO y Bachillerato, extendía la educación obligatoria hasta los 16 años y potenciaba la formación profesional (FP). Su trayectoria en el Ministerio de Educación y Ciencia culminó en junio de 1992 cuando es nombrado ministro por Felipe González. En ese puesto permanece doce meses, pues en julio del año siguiente, con la remodelación de Gobierno que se produjo tras las elecciones generales, pasa a la cartera de Presidencia y de Relaciones con las Cortes. El encargo también incluía la portavocía del Gobierno en una época extraordinariamente compleja.
En la V legislatura, fue diputado por la circunscripción electoral de Toledo (desde 1993), pasando a serlo por Madrid tras las elecciones de 1996 y 2000, por Cantabria en 2004 y por Cádiz en 2008. En las elecciones legislativas del 6 de junio de 1993, fue elegido diputado por Toledo, iniciando un periodo de dos décadas y seis legislaturas de permanencia ininterrumpida en el Congreso de los Diputados. En las elecciones de 1996, que se saldaron con la victoria del Partido Popular, es elegido diputado por Madrid.
Tras las elecciones generales de 1993, el PSOE salió debilitado, muy lejos de las mayorías absolutas de los primeros años del felipismo. El por entonces presidente del Gobierno, Felipe González, le nombró ministro de la Presidencia y de Relaciones con las Cortes y portavoz del Gobierno, cargos en los que se mantuvo hasta las elecciones generales de 1996. Un año más tarde, en el XXXIV Congreso del PSOE, fue elegido miembro de la Ejecutiva y secretario de Comunicación. Su inclusión en las listas del partido por parte del por entonces secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, vino a refrendar su notable importancia en el partido en la nueva etapa.
En las elecciones generales de marzo de 2004, Rubalcaba fue responsable de la estrategia electoral del PSOE. Tras la constitución de las Cortes, Pérez Rubalcaba fue nombrado portavoz del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados. Dos años después, el 11 de abril de 2006, entraría en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como ministro de Interior. Desde el 11 de abril de 2006 sustituye a José Antonio Alonso al frente de la cartera de Interior.
Es en este ministerio donde va ganando popularidad en el seno de su partido, gracias, entre otras medidas, a la aprobación del «carné por puntos» y a un cambio de rumbo en la lucha antiterrorista. El balance de los cinco años que Rubalcaba estuvo al frente del Departamento de Interior fue positivo en dos aspectos principales; primero, en lo que a la política vial se refería. Como ya se ha mencionado y, en estrecha colaboración con el director general de Tráfico, Pere Navarro Olivella, Rubalcaba impulsó el carné por puntos, impulsó la reforma del Código Penal para endurecer las penas a los conductores temerarios, aumentó la red de radares, amplió la plantilla de guardias civiles y centró las campañas publicitarias de la DGT en la concienciación de los conductores. El segundo aspecto tan positivo como polémico fue la lucha contra el terrorismo de ETA.

En abril de 2006 fue nombrado ministro del Interior. El 21 de octubre de 2010 tomó posesión como vicepresidente primero y portavoz del Gobierno de España, conservando además sus responsabilidades en el Ministerio del Interior. Renunció a ellas en julio de 2011 para presentarse como candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno en las elecciones generales de ese año.
El PSOE perdió las elecciones generales de 2011 frente al Partido Popular liderado por Mariano Rajoy. Obtuvo 7 millones de votos para el Congreso de los Diputados, lo que se tradujo en 110 asientos en la cámara. En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, el PSOE obtuvo 110 escaños, y Rubalcaba pasó a ser el líder de la oposición. Poco después, en el 38 Congreso Federal socialista fue elegido Secretario General del partido. Junto a ello, logró alcanzar un consenso interno sobre la necesidad de reformar el Estado autonómico.
El 25 de mayo de 2014, después de los malos resultados cosechados por el PSOE en las elecciones europeas, anunció que abandonaría su cargo de secretario general. En junio de 2014 anunció que dejaría su escaño en el Congreso y la vida política en septiembre de 2014 para volver a la universidad a impartir clases de Química Orgánica. Finalmente, la renuncia a su escaño se hizo efectiva el 2 de septiembre de 2014.
Tras su salida de la política, volvió a la docencia al reintegrarse a su plaza de profesor titular de Química Orgánica en la Universidad Complutense de Madrid. El 10 de mayo de 2019 falleció en el Hospital Puerta de Hierro de Madrid como consecuencia de un ictus. Al día siguiente, el Congreso de los Diputados acogió la capilla ardiente por la que pasaron miles de ciudadanos y representantes de instituciones y partidos políticos.

Alfredo Pérez Rubalcaba fue una figura singular y decisiva en todos los ámbitos de la política española de las últimas décadas. Químico de formación, cambió muy pronto la bata blanca del laboratorio por el traje y la corbata, más propios de los pasillos del Congreso en el que representó a los españoles durante seis legislaturas. Consagró treinta años de su vida a la construcción y al fortalecimiento de la democracia, hasta el punto de que ninguno de los grandes acontecimientos sucedidos desde el primer gobierno socialista hasta nuestros días puede explicarse sin su presencia. Su temprana e inesperada muerte nos arrebató a un hombre de Estado en el mejor sentido de la expresión. Inteligente y lúcido, fue un rival temido por sus adversarios, pero también respetado por su lealtad y discreción, por su elegante forma tanto de dedicarse a la política como de abandonarla. Quizá porque ya no quedan perfiles como el suyo, su desaparición causó un impacto profundo entre los ciudadanos que, al margen de ideologías y por encima de las diferencias políticas, supieron reconocer su honradez, su talento y su generoso servicio al Estado.
La magnitud del duelo por Rubalcaba sorprendió a todo el mundo. De hecho, es posible que la clase política no se hubiera volcado como se volcó si no hubiera percibido, como se percibió desde el anuncio de su muerte, el sentimiento de pérdida y dolor que se había apoderado de una gran parte del país, un país que llevaba años asistiendo a la degradación del debate político, a la explotación electoral del odio contra el adversario, al crecimiento del sectarismo y de la mediocridad, al ascenso de la demagogia y la superficialidad. En medio de la ciénaga en la que se estaba convirtiendo la política en España, Rubalcaba, el recuerdo de Rubalcaba, emergió de repente para los ciudadanos como un gigante. En comparación con las figuras que cada día aparecían en los telediarios, Rubalcaba surgió súbitamente como un ejemplo de aquellos otros tiempos y aquellos otros políticos, de sólida formación y principios, que ponían al Estado como prioridad y eran capaces de entenderse con el adversario en un propósito supremo. En el reconocimiento a Rubalcaba había, por tanto, un reconocimiento a una generación de políticos que ya es historia, a una generación de dirigentes del Partido Socialista Obrero Español que también quedó ya en el pasado y a un tiempo de la historia de España en el que fuimos capaces de entendernos y de progresar en beneficio de la gran mayoría. Rubalcaba fue un protagonista destacado de ese tiempo y un excelente ejemplo de lo que hemos dejado atrás.
Químico y profesor universitario, entró en la política por convicción, por su deseo de participar en la construcción de un país libre y justo, que en aquellos primeros años setenta del siglo pasado todavía parecía remoto. Ascendió lentamente, pasando de un cargo a otro superior tras haber demostrado en cada uno su extraordinaria capacidad para obtener resultados por medio del trabajo, la perseverancia y la negociación. Triunfó en Educación, desde antes de ser ministro, con la Ley de Reforma Universitaria y la LOGSE, las leyes que modificaron el sistema educativo de la dictadura. Triunfó en Interior con el final de ETA, diseñado y ejecutado gracias a la mano firme y el talento excepcional de Rubalcaba. Triunfó en la oposición como un contrapunto -y, cuando fue necesario, un complemento- imprescindible del jefe del Gobierno, a quien criticó pero también aconsejó en momentos delicados, con el convencimiento siempre de que los intereses de España estaban por delante de cualquier otro. Bajo ese principio, sacrificó incluso sus planes personales para contribuir a la estabilidad del país durante la abdicación del rey Juan Carlos, sobre la que, como veremos más adelante, existían en su momento dudas y temores. Rubalcaba sabía que la monarquía no era popular entre los militantes de su partido y pudo en aquel momento elegir entre sacrificar a la Corona para ganar popularidad entre los suyos o renunciar al aplauso fácil de los militantes para ayudar a la estabilidad del sistema. Escogió esto último.
Muchos de los reconocimientos posteriores al trabajo de Rubalcaba se le negaron en vida. De hecho, su carrera política no fue precisamente apacible. La derecha, consciente de la enorme capacidad de su rival, le temía y trató de destruirle en muchas ocasiones, a veces de forma abyecta. Su propio partido, al que nadie desde Felipe González ha contribuido tanto como Rubalcaba, tampoco le correspondió siempre adecuadamente. Aunque disfrutó de la amistad y el apoyo de muchos de sus compañeros socialistas, de militantes anónimos que le querían y admiraban, también sufrió la envidia, las afrentas y los desprecios de algunos de sus dirigentes en otros momentos. Supo soportar unos y otros ataques con humildad -su mayor virtud- y con deportividad, como la consecuencia natural de la actividad política, a la que se dedicó -como todo lo que hacía- en cuerpo y alma, y de la que llegó a saber al menos tanto como el que más.
Como buen político que era, entendía que no estaba en ese mundo para recibir palmadas y sonrisas, que suelen llegar de la mano de algún interés espurio. Y como buen político, sabía también pasar sin vacilación a la ofensiva cuando la situación lo requería. Se ha hablado mucho de su inteligencia, pero se han exagerado sus dotes maquiavélicas. En un país poco dado a la planificación y al orden, cualquier mente medianamente metódica parece maquiavélica. Se le atribuían a Rubalcaba una astucia y un carácter taimado que, en realidad, eran simplemente las cualidades de un hombre que se esforzaba en contemplar con meticulosidad toda la gama de opciones -incluidos los probables movimientos del rival- antes de tomar una decisión.

Lejos de ese supuesto personaje astuto y algo perverso que a veces se dibujó -con la complicidad de su sonrisa pícara-, quienes le trataron más o menos íntimamente conocieron a una persona tierna y con cierta propensión al sentimentalismo. Tuvieron muchas conversaciones con él en sus últimos años, ya lejos de la política activa, aunque nunca alejado de la política, cuando participó en el Comité Editorial de El País durante el periodo en el que fue director del periódico. En ninguno de sus comentarios percibieron rencor -mucho menos odio- hacia ninguna figura sobre la que les tocó conversar o criticar. Sus consejos siempre fueron de prudencia y moderación, invitándoles permanentemente a un esfuerzo de comprensión de los errores y defectos de los demás.
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Hasta los últimos días de su vida, hablaron mucho y sobre muchas cosas. Sus consejos ayudaron en momentos de indecisión y su estímulo levantó en momentos de decaimiento. "Hoy es jueves, mañana hay puente y a juzgar por la asistencia a clase, los chicos han decidido extenderlo un poco. Hacen bien, ¡que disfruten de la vida todo lo que puedan! Lo mismo deberíamos hacer nosotros", escribía en uno de los últimos cruces de mensajes.
El retrato de un político extraordinario. Alfredo Pérez Rubalcaba fue una figura singular y decisiva en todos los ámbitos de la política española de las últimas décadas. Químico de formación, cambió muy pronto la bata blanca del laboratorio por el traje y la corbata, más propios de los pasillos del Congreso en el que representó a los españoles durante seis legislaturas. Consagró treinta años de su vida a la construcción y al fortalecimiento de la democracia, hasta el punto de que ninguno de los grandes acontecimientos sucedidos desde el primer gobierno socialista hasta nuestros días puede explicarse sin su presencia. Su temprana e inesperada muerte nos arrebató a un hombre de Estado en el mejor sentido de la expresión. Inteligente y lúcido, fue un rival temido por sus adversarios, pero también respetado por su lealtad y discreción, por su elegante forma tanto de dedicarse a la política como de abandonarla. Quizá porque ya no quedan perfiles como el suyo, su desaparición causó un impacto profundo entre los ciudadanos que, al margen de ideologías y por encima de las diferencias políticas, supieron reconocer su honradez, su talento y su generoso servicio al Estado.