Alcalá Cómics: 30 Años de Pasión y Resistencia Cultural en Alcalá de Henares

Por la mañana, a la tienda Alcalá Cómics casi todos los que entran son alcalaínos mayores para comprar la prensa. Esos clientes apenas entran al pasillo lleno de cómics y figuras de personajes de plástico, que se mantienen casi vacíos hasta la tarde, cuando todo es diferente: el local se llena de personas que rebuscan entre los estantes del fondo de la tienda un juego de mesa estratégico y de las que quieren un número de Hirayasumi, de One Piece o de Superman. Porque sí, en el mundo del cómic todavía los clásicos se mantienen tan vivos como hace décadas atrás, cuando no existían las redes sociales y las historietas se compraban por unos pocos céntimos en cualquier papelería de barrio.

Alcalá Cómics es una de las tiendas especializadas en cómics, mangas, literatura de fantasía y juegos de mesa más antiguas y con uno de los catálogos más amplios de todo Madrid. El pasado 19 de septiembre celebraron 30 años desde que a Fernando Garrido se le metió en la cabeza la idea de que ya no quería ser vendedor de periódicos en el quiosco de otro dueño, sino que ahora tendría él su propia tienda en la que los niños y jóvenes de Alcalá de Henares pudieran comprar tebeos de Mortadelo y Filemón, los números más recientes de Dragon Ball y los cómics de superhéroes estadounidenses que hoy son clásicos.

Lidia Márquez, su esposa, se llevó las manos a la cabeza, pero gracias a su apoyo, sigue viva la tienda tres décadas después. El público ha cambiado un poco desde entonces, porque ya no son tan pequeños los que llegan buscando novedades o un título que los inicie en el mundo de las historias que se leen y se ven cuadro a cuadro. “Si no es todos los días, casi todos entra alguien nuevo que quiere empezar a leer cómic. Y cuando más ilusión tienes es cuando vienen chicos jóvenes”, asegura Fernando. Hoy, los clientes de la tienda son adultos en su mayoría, y todavía unos pocos son aquellos mismos niños de los inicios, que ahora tienen algo más que los céntimos que sobraron de la compra familiar para pagarse un cómic, un gusto que poco a poco se ha ido haciendo más caro.

En tres décadas, cuenta Fernando, en la tienda han visto de todo. Cómo las revistas y la prensa fueron pasando de ocupar la mayoría de estantes a solo un rincón del mostrador. Cómo la saga Juego de Tronos comenzó siendo un libro desconocido y se convirtió de pronto en un fenómeno que obligaba a crear listas de preventa para que ningún fan se quedara sin el último lanzamiento. También cómo los juegos de cartas y los de mesa ―no el Solitario, ni el Monopoly, aclara Fernando entre risas, sino otros mucho más elaborados― fueron ganando popularidad y son hoy todo un nicho del mercado en el que los fabricantes se esfuerzan por crear el producto más imaginativo.

Fernando cuenta que en este mundo, lo que se pone a la venta en grandes superficies, o lo que se hace famoso en internet, suele hacerse popular primero en pequeñas tiendas especializadas como la suya. “Ahora Funko [esos muñecos de plástico cabezones que imitan a otros personajes] lo tienes en muchos sitios, solo falta que lo veas en una zapatería o en una carnicería”, dice. “Nosotros empezamos a traerlos en el 2012 y era como un muñequillo cualquiera. Tú haces la apuesta, claro, porque también hay detrás un distribuidor con luces que sabe lo que puede triunfar”. Actualmente, el precio de un Funko ronda los 15 euros, aunque hay algunos que multiplican su valor varias veces hasta llegar a los miles, gracias al furor desatado por los coleccionistas. Durante los picos de popularidad de estos juguetes, a la tienda llegaban los llamados “cazafunkos”, que se embarcaban en la misión de barrer las tiendas más especializadas en búsqueda de auténticas joyas. A diferencia de hace una década, ahora Alcalá Cómics tiene una estantería llena de cajas con figuras de Miércoles Adams, Mickey Mouse o Michael Jordan.

Estanterías llenas de cómics y figuras de colección en Alcalá Cómics

El martes es el día de la reposición. Llegan las novedades y hace falta hacer hueco. “No te creas que todas las tiendas abarcan ese tipo de stock que tenemos nosotros”, aclara Fernando. Los siete trabajadores de Alcalá Cómics van de un lado a otro con cajas que huelen a imprenta, colocando en los estantes lo que esta misma tarde vendrán buscando los clientes. Uno de los trabajadores es Javier Garrido, el hijo de Fernando y Lidia, que a sus 32 años, como no podía ser de otra manera al haber crecido entre esos mismos estantes, se declara “un fricazo espectacular”. Aún recuerda cuando su padre plantó una mesa en medio del primer local que tuvo la tienda y la gente comenzó a reunirse allí para hacer partidas de juegos de mesa. Por esa razón, precisamente, hace 11 años se mudaron a su actual ubicación, en el local nueve de la plaza de España alcalaína: la gente quería venir a competir con Yu-Gi-Oh! o Pokemon y no alcanzaba el espacio.

Javier Garrido, hijo de los fundadores, trabajando en la tienda

Había dejado el cómic, como tantos, en los años mozos, cuando creía que el mundo se conquistaba con libros de historia, tratados de filosofía o manuales de management. Y allí estaba, casi por azar, aquel pequeño local en la avenida de Guadalajara, junto a la parada del autobús que me llevaba a Madrid. Una tienda minúscula, sí, pero con el corazón más grande que muchos edificios oficiales de la ciudad. Mientras esperaba el autobús, a veces caía un cómic. Sin pensarlo, como quien compra tabaco o un billete de lotería, con la secreta esperanza de que esa portada escondiera dentro un tesoro. Puede que fueran los inicios de Alcalá Cómics. No puedo asegurarlo, la memoria es una amante caprichosa y traicionera. Pero lo cierto es que la tienda estaba allí.

Desde entonces, Alcalá Cómics ha sido más que un comercio. Ha sido -permítanme la licencia épica- un refugio. Treinta años. Ahí es nada. Cuando uno pronuncia esas palabras y se da cuenta de que 1995 ya no queda tan cerca como la memoria nos hace creer, comprende que sobrevivir tres décadas en España con un negocio cultural es poco menos que una hazaña homérica. Porque no hablamos de una cafetería en la esquina, ni de un bar con terraza que, mal que bien, siempre encuentran parroquianos. En 1995, el país aún miraba con sorna a quienes compraban cómics pasados los dieciséis años. Éramos, a ojos de los más serios, adultos extraviados que se negaban a crecer. Pero para llegar aquí hubo que resistir. Crisis económicas, modas pasajeras, el avance del digital, las editoriales que desaparecían sin pagar a imprentas ni traductores, los alquileres asfixiantes y las pandemias que dejaron calles vacías. Alcalá Cómics siguió. Con las luces encendidas, con las estanterías repletas, con esa terquedad que solo tienen los que creen de verdad en lo que hacen.

Fachada de Alcalá Cómics

Yo mismo me he perdido decenas de veces en sus pasillos. Sin rumbo fijo, como un marinero viejo que entra en puerto y decide dejarse llevar por las tabernas. Hay días que uno entra sin saber qué busca, y acaba saliendo con un título bajo el brazo que no esperaba. Otras veces se trata de un objetivo claro: aquel volumen pendiente, ese autor recomendado, esa reedición largamente esperada. A veces el botín acaba en mis estanterías, otras veces viaja a casa de un amigo o de un familiar en forma de regalo. Y luego está el bullicio de las mesas de rol. No es lo mío, confieso, pero me fascina ese rumor constante de dados rodando, papeles arrugados, voces que se cruzan, imaginaciones que se disputan un dragón, un tesoro o un calabozo. No olvidemos el otro capítulo: el merchandising. Fucos que se cuelan en las estanterías de casa, figuras que custodian escritorios, tazas que hacen del café una declaración de principios. Sí, también de eso se alimenta el alma. Y lo cierto es que Alcalá Cómics nunca se quedó solo en vender. Siempre fue un espacio de encuentro, un punto de reunión, un lugar donde uno podía sentirse parte de una comunidad invisible que, sin embargo, existía.

Hoy día 19 de septiembre, Alcalá Cómics cumple 30 años. Queda ya un poco lejos aquel 1995, cuando mis padres decidieron aventurarse y abrir aquella tienda en la Av de Guadalajara, de muy pocos metros cuadrados, pero sí plagada de cultura, pasión e ilusión. En su comunicado de aniversario, el equipo agradece a sus padres el haber seguido adelante pese a los momentos difíciles. Y ahí está, quizás, la clave de todo: la herencia. Lo que comienza como aventura de unos padres se convierte, con los años, en refugio para una comunidad entera. Esa continuidad familiar es la que da solidez a los proyectos. Porque no hablamos de franquicias impersonales ni de multinacionales. Treinta años no se improvisan. Treinta años se conquistan día a día, con sacrificios invisibles, con esa fe que, a veces, parece rozar la locura. Y por eso mismo se merecen el aplauso.

Alcalá de Henares es ciudad de letras, no hace falta recordarlo. Es cuna de Cervantes, patrimonio de la humanidad, destino de turistas que vienen buscando piedras viejas y manuscritos. Pero también es ciudad viva, con barrios que laten, con jóvenes que buscan referentes, con lectores que necesitan puntos de encuentro. En ese contexto, Alcalá Cómics se convierte en parte del paisaje cultural. Porque los que compraban en los 90 hoy llevan a sus hijos a curiosear entre estantes. Treinta años después, en un mundo donde las librerías cierran y las grandes superficies devoran todo, Alcalá Cómics sigue en pie. Y no solo sigue: promete otros treinta años más. Esa declaración, que parece sencilla, es en realidad una proclama épica. En estos tiempos, abrir la persiana cada mañana es un acto de resistencia. Mantener la pasión intacta después de tres décadas es un gesto heroico. Yo, que me he perdido tantas veces en sus estantes y he salido con tesoros bajo el brazo, solo puedo agradecerles. A sus fundadores, a quienes siguen al frente, a quienes atienden detrás del mostrador, a quienes preparan pedidos, organizan partidas o recomiendan lecturas. Felicidades, Alcalá Cómics.

En tiempos de algoritmos y pantallas que nos dictan qué ver y qué comprar, Alcalá Cómics nos recuerda que hay otra forma de descubrir historias: entrando por la puerta, dejándose llevar por el instinto, hablando con quien recomienda desde el otro lado del mostrador. Treinta años. Un soplo, dicen algunos. Una eternidad, sabemos los demás. Treinta años de papel, tinta, dados, tableros, figuras, cafés compartidos, charlas interminables, ilusiones renovadas. Y yo, que he visto a la tienda cambiar de lugar y crecer, que la he frecuentado con la devoción de un peregrino, que me he dejado arrastrar por títulos imprevistos, no puedo sino celebrarlo. Así que, felicidades, Alcalá Cómics. Que la próxima viñeta de vuestra historia sea aún más gloriosa que las anteriores. Y que dentro de treinta años volvamos a levantar la copa -o el tomo- para brindar por sesenta años de resistencia.

Ilustración de un cómic clásico de superhéroes

Alfredo P. Alcalá, amante de los cómics desde su infancia, mantuvo su interés en ellos durante toda su vida, abandonando los estudios en su época adolescente para dedicarse a la carrera de dibujante. Todavía muy joven, en la Segunda Guerra Mundial, comenzó a dibujar historietas durante la ocupación japonesa de su país. Inspirado por el trabajo de Lou Fine y otros artistas del cómic book en su época, en octubre de 1948, comienza a producir trabajos para Bitiuin Komiks. Al acabar el año, se encuentra trabajando activamente para Ace Publications, la que fue mayor editorial de Filipinas. En Filipino Komiks, Tagalog Klassiks, Espesial Komiks e Higawa Komiks, publicaciones de Ace, se pueden encontrar sus viñetas. Alcalá se introdujo en el mercado norteamericano del cómic con la creación de Voltar, en 1963, obteniendo gran éxito, ganando numerosos premios y convirtiéndose en un nombre a tener en cuenta. Esto lo lleva a trabajar para DC Comics en la década de 1970, incidiendo en sus títulos de horror y fantasía. También ayudó a reclutar a otros incipientes artistas filipinos, como Alex Niño. Su exitosa carga de trabajo lo llevó a mudarse a Nueva York en 1976. En 1977 se une a Warren Publishing, dibujando decenas de historias hasta 1981. Con la llegada de los 80, Alcalá pasa a formar parte activa de los más populares comics del mercado norteamericano, entre ellos Star Wars, Conan el Bárbaro y Batman; este último junto a Don Newton. En los 90, su carrera en auge lo guía hacia diversos proyectos, incluida la animación para películas. De estilo vigoroso y cinético, Alcalá jamás utilizaba asistentes en su trabajo. El 8 de abril del 2000, Alfredo Alcalá muere de cáncer en California.

Portada de un cómic de Alfredo Alcalá

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