Durante los años de la guerra, cuando yo todavía iba a la escuela primaria, el nombre del "Sueco" era mágico en nuestro vecindario de Newark. Su nombre era tan mágico como su rostro anómalo. El Sueco era una estrella como receptor en fútbol americano, centro en baloncesto y primera base en béisbol.
La agresión física, incluso camuflada por uniformes atléticos y reglamentos oficiales, no era una fuente de placer tradicional en nuestra comunidad, mientras que los títulos superiores sí que lo eran. No obstante, gracias al Sueco el vecindario vivía una fantasía acerca de sí mismo y el mundo, la fantasía de los hinchas deportivos en todas partes: casi como gentiles, nuestras familias podían olvidar cómo funcionaban realmente las cosas y convertir un encuentro deportivo en el recipiente de todas sus esperanzas.
Creo que la mejor explicación del ascenso de Levov el Sueco, su conversión en el Apolo doméstico de los judíos de Weequahic, estriba en la guerra contra alemanes y japoneses y los temores que suscitaba. ¿Y cómo afectaba esto al interesado, la glorificación, la santificación de cada lanzamiento curvo de la pelota, cada pase del balón que agarraba de un salto, cada vez que birlaba una veloz pelota bateada en el aire y que apenas describía un arco para marcar un doble a lo largo de la zona izquierda del campo? ¿Era eso lo que hacía de él un chico tan formal, de semblante impasible? ¿O era su seriedad de apariencia madura la manifestación exterior de una ardua lucha interna para mantener a raya el narcisismo que toda una comunidad le ofrecía, con amor, a manos llenas?
En la escuela las animadoras tenían una aclamación para el Sueco. Al contrario que las demás aclamaciones, cuyo propósito era el de inspirar a todo el equipo o galvanizar a los espectadores, aquél era un tributo rítmico, con acompañamiento de zapateo, destinado en exclusiva al Sueco, y reflejaba el entusiasmo por su perfección, concentrado y desenfadado. La aclamación sacudía el gimnasio durante los partidos de baloncesto, cada vez que el Sueco recuperaba un rebote o marcaba un punto, el griterío se extendía por el lado que nosotros ocupábamos en el City Stadium cuando, en los partidos de fútbol, ganaba una yarda o interceptaba un pase.
Incluso en los partidos de béisbol locales que, con escasa asistencia de público, tenían lugar en el parque Irvington, donde no había un grupo de vivaces animadoras arrodilladas en las líneas laterales, la aclamación se oía débilmente, entonada por el puñado de resueltos partidarios de Weequahic en el graderío de madera, no sólo cuando el Sueco se disponía a batear, sino también cuando se limitaba a realizar un fuera de juego rutinario en la primera base. Era una aclamación que constaba de diez sílabas, cuatro de ellas las de su nombre, y sonaba ¡Ta-ta-ta-ta! ¡Ta-ta-ta… ta-ta-ta! y el ritmo, sobre todo en los partidos de fútbol, se aceleraba con cada repetición hasta que, en la cima de la adoración frenética, se producía un exaltado estallido de volteretas laterales que hacían ondular las faldillas y los pantalones de gimnasia anaranjados de diez pequeñas y robustas animadoras y parpadeaban como fuegos artificiales ante nuestros ojos maravillados… y no porque sintieran amor por ti o por mí, sino por el magnífico Sueco.
«¡Sueco Levov! ¡Rima con… «el amor»!… ¡Sueco Levov! ¡Rima con… «el amor»!… ¡Sueco Levov! Sí, mirase donde mirase, la gente estaba enamorada de él. Los dueños de la confitería a quienes importunábamos nos llamaban a los demás «¡Eh-tú-no!» o «¡Basta-ya-chico!», pero a él le llamaban, respetuosamente, «Sueco». Los padres sonreían y se dirigían a él con afabilidad, llamándole «Seymour». Las chicas que iban charlando por la calle y con las que él se cruzaba simulaban desvanecerse de una manera aparatosa, y las más valerosas le gritaban a sus espaldas: «¡Vuelve, vuelve, Levov de mi vida!». Y él las dejaba hacer, andaba por el barrio en posesión de todo ese amor y dando la impresión de que no sentía nada.
Contrariamente a las ensoñaciones que los demás pudiéramos haber tenido sobre el efecto estimulante de la adulación total, acrítica e idólatra, el amor volcado sobre el Sueco en realidad parecía privarle del sentimiento. Pero el ingenio o la ironía para un chico como el Sueco es como si le sujetaran su columpio, pues la ironía es un consuelo humano y está fuera de lugar cuando uno se desenvuelve como un dios. O bien había todo un lado de su personalidad que reprimía o que estaba todavía dormido o, lo que era más probable, ese lado no existía. Su indiferencia, su aparente pasividad como objeto deseado de todo ese amor asexual, hacían que pareciera, si no divino, por lo menos perteneciente a una distinguida categoría por encima de la humanidad más elemental o tan sólo por encima de todos los demás alumnos de la escuela.
Jerry Levov, el hermano menor del Sueco, era mi compañero de clase, un chico flacucho, de cabeza pequeña, un físico que recordaba a un palito de regaliz y dotado de un curioso exceso de flexibilidad. Tenía algo de mago matemático, y fue el encargado de pronunciar el discurso de despedida en enero de 1950. La violencia de la agresión de Jerry en una mesa de ping-pong excedía a la de su hermano en cualquier deporte. Afortunadamente la pelota de ping-pong tiene un tamaño y una forma tales que no te puede sacar un ojo. De lo contrario yo no habría jugado en el sótano de Jerry Levov. De no haber sido por la oportunidad de decirle a la gente que conocía la casa del Sueco Levov como la palma de mi mano, nadie podría haberme hecho bajar a aquel sótano, sin más defensa que una pequeña pala de madera.
Nada que pesa tan poco como una pelota de ping-pong puede ser letal, y no obstante, cuando Jerry golpeaba aquel objeto el asesinato no podía estar lejos de su intención. Nunca se me ocurrió pensar que semejante exhibición violenta podría relacionarse de alguna manera con lo que representaba para él ser el hermano menor del Sueco Levov.
La habitación del Sueco, en la que nunca me atreví a entrar, aunque me detenía para echar un vistazo a su interior cuando iba al lavabo situado al lado de la habitación de Jerry, estaba encajada bajo los aleros, al fondo de la casa. Con el techo inclinado, las ventanas de gablete y los banderines de Weequahic en las paredes, parecía lo que yo consideraba una auténtica habitación de muchacho.
Desde las dos ventanas que daban al jardín posterior se veía el tejado del garaje de los Levov, donde, en los inviernos de su época de primaria, el Sueco practicaba con una pelota de béisbol fijada con cinta adhesiva a un cordel que colgaba de una viga, una idea que tal vez sacó de una novela de John R. Tunis que trataba del béisbol y se titulaba El chico de Tomkinsville. Descubrí este libro y otros de la serie de béisbol escritos por el mismo autor (El Duque de Hierro, El Duque decide, Elección de campeón, Los chicos de Keystone, El novato del año) al verlos en el estante empotrado junto a la cama del Sueco, todos alineados por orden alfabético entre dos pesados sujetalibros que habían sido un regalo por la bar mitzvah, réplicas en miniatura de El pensador de Rodin.
El libro, publicado en 1940, tenía dibujos en blanco y negro que, sólo con un poco de distorsión expresionista y suficiente habilidad anatómica, representaban astutamente la dureza de la vida del chico, antes de que el juego del béisbol estuviera iluminado por un millón de estadísticas, en los tiempos en que trataba de los misterios del destino terreno, cuando los miembros de las ligas principales parecían menos chicos corpulentos y sanos y más trabajadores magros y hambrientos. Los dibujos parecían haber sido concebidos en la oscura austeridad de la Depresión. Cada diez páginas, más o menos, para representar de manera sucinta un dramático episodio físico del relato («Pudo actuar con un poco de ímpetu», «Pasó por encima de la valla», «Razzle fue renqueando al cobertizo de espera»), había una imagen negruzca, cargada de tinta, de un jugador flaco y de rostro oscuro, escuetamente silueteado en una página en blanco, aislado, como el ser más solitario del mundo, de la naturaleza y de los hombres, o colocado en una simulación punteada de hierba de estadio, arrastrando a sus pies la delgada estatuilla de una sombra parecida a una lombriz.
No es atractivo ni siquiera en uniforme de béisbol. El chico de Tomkinsville podría haberse titulado igualmente El cordero de Tomkinsville, incluso El cordero de Tomkinsville conducido al matadero. En la carrera del chico como recién llegado, emprendedor y activo, al club Dodger de Brooklyn, situado en último lugar, cada triunfo recibe la recompensa de una dura decepción o de un accidente aplastante. El fuerte vínculo que se forma entre el solitario y nostálgico Chico y el veterano receptor de los Dodgers, Dave Leonard, quien le enseña con éxito las peculiaridades de las grandes ligas y quien «con la firme mirada de sus ojos castaños detrás de la base del bateador», le orienta a lo largo de un partido en el que un lanzador no permite ni tantos ni golpes al cuadro contrario, se deshace brutalmente cuando ha transcurrido mes y medio desde el comienzo de la temporada y, de la noche a la mañana, el nombre del veterano deja de figurar en la plantilla del club. «He aquí una clase de velocidad que no mencionaban a menudo en el béisbol: la velocidad con que un jugador asciende… y cae.»
Entonces, después de que el Chico ha ganado su decimoquinto partido consecutivo (un récord de bisoño que ningún lanzador en ninguna de las ligas ha superado jamás), unos bulliciosos compañeros de equipo que se dedican a hacer el animal después de la gran victoria lo derriban sin querer en la ducha, y la lesión que sufre en el codo al caer le incapacita para volver a lanzar. Se sienta en el banquillo durante el resto del año, haciendo sustituciones de emergencia debido a su fuerza en la base, y a lo largo del invierno con sus nevadas (de regreso en Connecticut, donde pasa los días en la granja y las noches en la tienda, ya famoso en el lugar pero, en realidad, una vez más el nene de su abuela) practica con diligencia, siguiendo las instrucciones de Dave Leonard para mantener el vaivén nivelado («La tendencia a mantener el hombro derecho bajo y blandir el bate hacia arriba era su peor defecto»): cuelga una pelota de un cordel en el establo y, en las mañanas de frío invierno, la golpea con «su querido bate» hasta que está empapado en sudor. «Crac… El limpio y grato sonido de un bate que golpea de lleno una pelota.»
A la siguiente temporada ya está preparado para regresar a los Dodgers en calidad de veloz lateral derecho, batea en la proporción 325 en el segundo turno y lleva a su equipo a la meta como competidor. El último día de la temporada, en un partido contra los Giants, que están en primer lugar con la escasa diferencia de medio partido con respecto al segundo lugar, el Chico anima al equipo para que consiga hits, y en el segundo turno del decimocuarto ciclo, con dos downs, dos jugadores en base y los Dodgers adelantados una base gracias al juego audaz del Chico, que ha llegado a la siguiente base con su enérgica carrera, realiza la última jugada que salva el partido, corriendo para capturar la pelota, y choca contra la pared centro derecha del campo. Esta atrevidísima hazaña conduce a los Dodgers a la Serie Mundial y deja al Chico «retorciéndose de dolor sobre el césped al fondo del centro derecha del campo». Tunis concluye así: «La oscuridad descendió sobre la masa de jugadores, sobre la enorme multitud que saltaba al campo, sobre un par de hombres que transportaban un cuerpo inerte entre la muchedumbre en una camilla… Se oyó un trueno y empezó a llover sobre el Campo de Polo».
Yo tenía diez años y nunca había leído nada igual. La crueldad, la injusticia de la vida. No podía creerlo. El miembro de los Dodgers censurable es Razzle Nugent, un gran lanzador pero borracho, exaltado, pendenciero y violento, quien tiene unos celos enormes del Chico. Y, sin embargo, no es a Razzle a quien se llevan «inerte» en camilla, sino al mejor de todos ellos, al huérfano campesino llamado el Chico, modesto, serio, sencillo, leal, ingenuo, inasequible al desaliento, industrioso, afable, valiente, un atleta brillante, un muchacho hermoso y austero.
Ni que decir tiene, el Sueco y el Chico eran para mí la misma persona, y me preguntaba cómo podía soportar el Sueco la lectura de aquel libro que me había dejado al borde de las lágrimas e insomne. De haber tenido el valor de dirigirme a él, le habría preguntado si creía que el final significaba que el Chico estaba acabado o si señalaba la posibilidad de otro retorno. La palabra «inerte» me aterraba. ¿Le habría matado al Chico la última recepción de pelota del año? ¿Lo sabía el Sueco? ¿Le importaba? ¿Pensaba acaso que si el desastre podía acabar con el Chico de Tomkinsville también podía acabar con el gran Sueco?
La avenida Keer era donde vivían los judíos ricos, o por lo menos les parecían ricos a quienes habitaban en las viviendas para dos, tres y cuatro familias, con aquellos pórticos de ladrillo que eran esenciales para nuestra vida deportiva despues de la escuela: los dados, las veintiuna y el stoopball, interminable hasta que se rompía la barata pelota de goma lanzada sin piedad contra los escalones. Allí, en aquella cuadrícula de calles bordeadas de acacias en la que había sido parcelada la finca de los Lyon durante los años de prosperidad, a comienzos de la década de 1920, la primera generación de judíos no inmigrantes de Newark se había reagrupado en una comunidad que se inspiraba más en la línea central de la vida norteamericana que en la shtetl polaca que sus padres, hablantes de yiddish, habían recreado alrededor de la calle Prince en el empobrecido Distrito Tercero. Los judíos de la avenida Keer, con sus sótanos bien acabados, sus porches protegidos por tela metálica, sus escalones de baldosas en la entrada, parecían estar en primer plano, reivindicando como audaces pioneros las ventajas americanas normalizadoras. Los mismos Levov, Lou y Sylvia, no eran unos padres menos reconociblemente americanos que mis propios padres judíos nacidos en Jersey, ni más ni menos refinados, bien hablados o culti...

El personaje del "Sueco" Levov, tal como se describe, evoca la figura del héroe deportivo idealizado, cuya destreza atlética se convierte en un faro de esperanza y orgullo para su comunidad. Esta idealización, sin embargo, plantea preguntas sobre la carga psicológica que esto representa para el individuo.
La conexión con el cómic se manifiesta a través de la narrativa de John R. Tunis y su obra "El chico de Tomkinsville". La historia de este joven atleta, marcada por triunfos y tragedias, parece resonar profundamente en la percepción del narrador sobre el Sueco. La descripción de los dibujos del libro, con su crudeza y realismo, subraya la dureza de la vida del deportista y la fragilidad de su éxito.
La historia del Chico de Tomkinsville, con su ascenso meteórico y su abrupta caída debido a una lesión, refleja la naturaleza a menudo implacable del mundo del deporte. La conclusión de Tunis, con la imagen del Chico siendo transportado "inerte" en una camilla, es particularmente impactante y genera una profunda reflexión sobre la vulnerabilidad incluso de los más grandes.
La conexión entre el Sueco y el Chico de Tomkinsville no es solo temática, sino también emocional para el narrador. La pregunta de cómo el Sueco podía leer un libro tan desolador sin verse afectado sugiere una profunda empatía y preocupación por el bienestar del atleta.
La figura del HÉROE en la literatura 🏹 (PARTE 1)
La narrativa también explora la dinámica familiar y comunitaria. La descripción de la casa del Sueco, su habitación y los objetos personales como los sujetalibros de la bar mitzvah, ofrecen una visión íntima de su vida. La mención de su hermano Jerry y su intensa energía en el ping-pong contrasta con la aparente calma del Sueco, sugiriendo diferentes formas de canalizar la agresividad y la competitividad.
La descripción de la comunidad judía de Weequahic, con sus aspiraciones americanizadas y sus tradiciones, añade una capa cultural a la historia. La comparación entre la vida en la avenida Keer y la calle Prince, y la forma en que los judíos de Keer se integran en la vida estadounidense, resalta las tensiones entre la herencia y la asimilación.
La figura del Sueco Levov, a través de esta detallada narración, se presenta no solo como un atleta excepcional, sino como un símbolo complejo de las esperanzas, los miedos y las aspiraciones de una comunidad, entrelazado con las narrativas y los arquetipos encontrados en el mundo del cómic.

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