El arte de volar ha sido, quizás, el cómic español del que más se ha hablado este año. Todo lo que he leído sobre la obra han sido alabanzas. Está prácticamente aceptado que el año que viene se lleva el Premio Nacional de calle. Pero, por algún motivo indefinible, he tardado en leerlo. Empacho de halagos, creo. Pero finalmente lo he comprado y leído del tirón.
Como ya sabe todo el mundo a estas alturas, El arte de volar gira en torno a la vida y al suicidio del padre de su guionista, Antonio Altarriba. Altarriba padre se suicida en 2001, lanzándose desde el cuarto piso de la residencia de ancianos en la que vivía desde 1985. El 4 de mayo de 2001, el padre de Antonio Altarriba se arrojó por la ventana de la residencia de ancianos de Lardero. Sin embargo, su vuelo comenzó noventa años atrás. Inconformista y luchador, Altarriba padre pasó su vida aprendiendo a volar. Desde los campos de Peñaflor, las trincheras de la lucha antifranquista, la Francia del exilio o la España del dictador, Antonio desplegó sus alas frente a los vientos del siglo XX.
"Mi padre se suicidó el 4 de mayo de 2001". Esta sentencia sincera y apabullante marca el comienzo de la novela gráfica más reconocida del último año en España, 'El arte de volar', que acaba de recibir el Premio Nacional de Cómic de Cataluña. La obra galardonada con los 18.000 euros del Nacional del Cómic de Cataluña continúa acumulando prestigio y es la que más suena de cara a los dos grandes premios de España. Es la favorita a Mejor Obra en el Salón del Cómic de Barcelona, que se celebrará del 7 al 10 de mayo. En caso de ganar, y si se cumple la regla de los últimos años, podría hacer triplete: le caería también el Premio Nacional. Es lo mejor de 2009 según blogs especializados de referencia como 'La cárcel de papel' y lleva ya la nada despreciable cifra de más de 5.000 ejemplares vendidos, con cinco ediciones, que podrían multiplicarse si consigue estos reconocimientos.
En el año 2009 Antonio Altarriba publicaba El arte de volar, una biografía de su padre, contada en primera persona; y en la que Antonio Altarriba hijo se convertía en la voz de Antonio Altarriba padre. Sin duda un recurso llamativo en donde se difumina la línea que separa el protagonista del narrador, y que rápidamente capta la atención del lector. El cómic aparece dividido en cinco capítulos, más un sexto añadido en la última edición. Y el resultado es un fresco magistral sobre la historia de España en el siglo XX. Fue el resultado de cinco años de trabajo en el que Antonio Altarriba nos cuenta la historia de su padre, un hombre humilde que nació en 1910 en Peñaflor, un pequeño pueblo rural de Zaragoza, y que pasó por las filas franquistas al estallar la guerra, más tarde se pasó a las fuerzas anarquistas, para terminar la guerra exiliándose en Francia, en donde participó en la lucha contra el fascismo.
Y eso que en las primeras páginas me sentí algo decepcionado. Sí, era un buen cómic, excelente si se quiere, incluso, pero no entendía tantísimas alabanzas. No me estaba pareciendo una obra maestra. Porque lo que uno lee cuando empieza El arte de volar parece, y quizás lo sea en esas primeras páginas, una historia más de un español más. Una historia de miseria y de guerra civil, teñida quizás de algo más de tremendismo del habitual, probablemente gracias al dibujo de Kim, pero no mucho más. Una de esas narraciones que hemos visto ya muchas veces en cine, teatro, o literatura, bien contada, sí, pero en absoluto original o digna de mayores consideraciones. Asistí a la infancia de Altarriba padre en el pueblo, su huida a Zaragoza en busca de una vida mejor, los tiempos de la República, el estallido de la guerra civil, las diferentes escaramuzas, el exilio, la vuelta a España.
Pero hay un momento que cambia brutalmente toda mi apreciación de la obra, no sólo a partir de él, sino también, y esto es lo grande, hacia atrás. Hay un momento en el que El arte de volar se transforma en una historia de renuncias, en una dolorosa narración sobre cómo la vida se convierte para Altarriba, para todos nosotros, en una larga muerte, cómo ha sido, en realidad, una larga muerte desde el principio. «Mi padre lleva cayendo noventa años». Es justamente eso. Ver cómo la vida aplasta a Altarriba padre es enfrentarnos a la posibilidad, o quizás a la certeza, de que a nosotros también nos aplastará.
Es también El arte de volar la crónica de nuestro siglo XX, la historia que, sí, nos sigue tocando si está bien contada, porque remite a nuestra memoria colectiva. A lo que somos como sociedad. La vida de Altarriba es la vida de toda una generación de españoles a los que la guerra machacó sin piedad, que salieron del pueblo, encontraron ideales y después tuvieron que comérselos para poder sobrevivir. La guerra fue terrible, sí, pero más terrible aún fue la posguerra. El miedo al paseíllo, el hambre, la hipocresía y la cerrazón de unos valores repugnantes que hicieron de este país uno de los más atrasados de Europa y que aún sufrimos, son los que aplastan a Altarriba.
Durante el conflicto armado vemos cómo al menos hay un pequeño lugar para el heroísmo y la camaradería. Es el momento de los ideales, en su caso, del anarquismo, del que se hace militante junto con tres amigos: la alianza del plomo, simbolizada con cuatro anillos hechos de balas. Todo es efímero. Muy pronto el joven Altarriba comienza a desencantarse. Primero con el bando republicano, al pasar éste a estar controlado por el comunismo, que convertirá a una banda de románticos en un ejército demasiado similar al que combaten. Después con sus propios compañeros, y con el resto de los países que miran a otro lado.
La visión de la humanidad y de la sociedad que da Altarriba-autor es muy templada, pero no por ello podría ser más contundente y negra: somos escoria. Hasta el mejor de los hombres cae, o se vende con tal de tener más que el de al lado. Los ideales no sirven para nada. La revolución es una utopía, no llegará nunca porque aquél que quiere la revolución en cuanto tiene dos duros quiere aplastarla. Altarriba padre aprende, a su pesar, que debe por tanto renunciar si quiere poder vivir en sociedad. Renuncia a la felicidad cuando abandona el pequeño pueblo rural de Francia, renuncia a sus ideas y al pasado cuando, en hermosa metáfora, renuncia a su anillo de plomo y más tarde a las alpargatas de Durruti, símbolo de la libertad y del anarquismo. Su último acto de rebeldía es negarse a seguir trabajando para un antiguo compañero que se ha convertido en un capitalista, e, irónicamente, eso le lleva a volver a España y renunciar para siempre a todo en lo que cree.
A partir de ese punto es cuando la vida va desgarrando a Altarriba, y al lector con él. Si desde que nace ha empezado a morir, cuando acepta el trabajo con un familiar que se dedica al estraperlo comienza la verdadera agonía. Tomar la hostia consagrada cuando se casa sin querer hacerlo no podría ser más significativo. Y así, la sociedad, el mismo paso de los años, sepulta a un hombre que ya no podrá ser feliz, que a base de tragar mierda se ha vuelto como los demás. Trabajando toda la vida para al final tener que vivir con lo justo, casado con una beata a la que, a la vejez, no soportará, a la que engaña porque ella se niega a follar con él, el nacimiento de su hijo le dará una pequeña luz de esperanza que finalmente no servirá de nada.
Para Altarriba padre mirar hacia atrás es ser consciente de todos sus errores, de todas esas renuncias que han marcado su vida. El ejercicio que realiza el autor con respecto a su padre es admirable. Lejos de idealizarlo, expone su vida a través de una total identificación con él. El hijo hace suya la vida de su padre, pasa de la tercera persona a la primera en un intento de catarsis que le lleve a comprender el suicidio. La primera persona -bastante buena: Altarriba no es mal escritor- nos lleva a la identificación con el padre, pero no a la excusa de sus faltas o sus errores.
La inevitable y alargada sombra de Maus está ahí, pero la intención y el enfoque de El arte de volar son muy distintos a los de la obra de Spiegelman. Son dos acercamientos diferentes con el mismo tema de fondo, sin más. Sí tienen en común afrontar con crudeza momentos y situaciones incómodas. No debió ser fácil para Altarriba escribir al personaje de su madre, ni la terrible discusión que refleja sus últimos días en pareja antes de que el padre decida marcharse a un asilo y su hijo se tenga que hacer cargo de su mujer. Pero sale asombrosamente bien parado del trance, sobre todo porque transmite una sinceridad sin artificios, sin caer jamás en el melodrama de sobremesa.
En cuanto al trabajo de Kim, éste queda necesariamente diluido ante la calidad del guión de Altarriba. Choca al principio, seguramente porque recuerda a su serie de Martínez el facha. Pronto se esfuma esa sensación, y el dibujo se convierte en algo completamente funcional, una ayuda para que el guión fluya. Kim es detallado y claro, y tiene mano para las expresiones faciales, pero, para mí, El arte de volar es un cómic de guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones puede seguirse perfectamente la trama sin prestar atención al dibujo. Eso no significa que no cumpla bien con su trabajo: la documentación es perfecta, la puesta en escena también. Sus viñetas son tan detalladas y aportan tanta información que permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Destaca además en un par de escenas oníricas excelentes, sobre todo hacia el final de la obra.
Doloroso y desgarrador, sin embargo esto no impide que el tebeo esté meditado y excelentemente ejecutado en lo formal. Sin ningún tipo de floritura estilística, con una narrativa clara y conservadora, sin una viñeta más grande que otra, Altarriba estructura el relato en varias partes, de extensión desigual: como en la vida, los años de juventud son los más densos. Nos pasan más cosas, nos estamos haciendo como personas y todo nos afecta mucho más. Cambiamos. Consecuente y acertadamente, ésos son los años a los que el guionista dedica más páginas. Progresivamente, una vez que la vida está hecha, apenas pasa nada ya digno de mención. La rutina, el paso fugaz del tiempo hace que en las últimas páginas veamos envejecer a Altarriba padre casi de viñeta a viñeta.
Los últimos años en el asilo, dieciséis, requieren muy poco desarrollo. Hemos visto, sin que todavía podamos asimilarlo muy bien, a un chaval de pueblo pasar a ser un viejo en una residencia. Ha perdido, como perdemos todos, como no podía ser de otra manera. Se siente fracasado e infeliz, angustiado. Poco le importa ya. Hay un guiño sutil pero sublime, cuando lo vemos leyendo a Kafka, el autor del que le habló un viejo compañero, en el campo de prisioneros de Francia, hace una eternidad. Pasan los días y los años, y al final, no queda otra opción. Altarriba padre comprende. Y el último acto de libertad, que quizás también es el primero, no puede ser más que saltar por la ventana. El arte de volar.
El primer capítulo de El arte de volar actúa a modo de introducción. Nos muestra a Antonio Altarriba que decide poner fin a sus días y echarse a volar. Un inicio desgarrador, brillante e histriónico a partes iguales. Posiblemente contenga una de las escenas más recordadas y más emotivas que nos ha dado un autor español.
En el segundo capítulo, El coche de madera, se centra en las primeras décadas del siglo XX. Vemos el contraste entre el campo y la ciudad y nos deja momentos brillantes: los muros que se levantan para separar el campo mientras los niños juegan a romper las reglas y saltarse las barreras; las oportunidades perdidas y sueños frustrados; la dureza de la vida en el campo; las fiestas del pueblo; y el pasado que siempre te persigue. El fragmento del accidente de coche es realmente conmovedor y resultará de algún modo catártico para el propio Antonio Altarriba, que jurará no volver a Peñaflor, su pueblo.
El más extenso de todos los capítulos de El arte de volar es el tercero, Las alpargatas de Durruti. En él se hace un repaso por todo el periplo vital de Antonio a lo largo de los años que transcurren entre 1931 y 1949. Segunda República, guerra civil y exilio en Francia. Termina el episodio con su vuelta a España. Un capítulo que nos habla de afecto, amor, nostalgia, pena, horror, y muerte. Los distintos puestos que desempeñará Altarriba en la guerra, la dureza del exilio en Francia, la lucha antifranquista desde el exilio francés, o el próspero negocio del mercado negro. Vemos todavía a un Antonio Altarriba con principios, que cree en la alianza de plomo que conformó con sus compañeros, y que lucha por un ideal.
La vuelta a la España gris la vemos en el cuarto episodio, Galletas amargas. La posguerra española en todo su esplendor: estraperlo, familia tradicional, prostitución, Falange, retratos de Franco en las paredes, doble moral, vicio y corrupción. Y conocemos a Petra, la madre de Antonio Altarriba hijo, el autor del cómic, y que contará con cómic propio, El ala rota. Poco a poco Antonio quedará enterrado en la vida que nunca quiso tener. Y el nacimiento de su hijo no hará más que confirmar su estado de letargo.
El quinto y último episodio, La madriguera del topo, nos presenta ya a un Antonio Altarriba decadente, en sus últimos años de vida, viviendo en la residencia en la que poco tiempo después «echará a volar», como tantas otras veces hizo durante su niñez y su juventud. Pero esta ya será la última. Como dijimos anteriormente, en la última edición se ha añadido también un capítulo extra muy interesante y conmovedor que aporta un componente vitalista a la obra, y cierra completamente el círculo que se inició con Antonio Altarriba lanzándose al vacío.
Uno de los grandes atributos del cómic es su capacidad para jugar con las metáforas visuales. Metáfora que percibimos ya desde el propio comienzo del cómic con la configuración de los capítulos como si plantas del edificio fuera; desde la cuarta planta al suelo, y toda una vida por el camino. Fabulosa también la metáfora sobre la depresión del personaje que vemos en el último capítulo.
El cómic es una introspección familiar similares a otras como Maus de Art Spiegelman, o Un largo silencio de Miguel Gallego. La historia de todo un país vista desde los ojos de un ciudadano común.
En el año 2010, el Ministerio de Cultura distinguió a El arte de volar como la mejor obra de un autor español editada en 2009, y le concedió el Premio Nacional del Cómic. Guionista: Antonio Altarriba (hijo). Ilustrador: Kim. Edicions de Ponent. Alicante, 2009. El Arte de Volar es una novela gráfica que relata la vida real de Antonio Altarriba Lope (el padre del autor). El libro arranca con el momento en que, siendo anciano, se arrojó al vacío el día 4 de mayo de 2001 desde la cuarta planta de una residencia geriátrica riojana en la que residía. Todos los episodios son sumamente interesantes en tanto que su conjunto conforma un precioso testimonio de la historia de España en el siglo XX.
El primer capítulo, el más costumbrista, relata la vida en el campo entre 1910 y 1930, concretamente en un pueblito aragonés. Sin embargo, nos queremos centrar en el segundo capítulo de esta obra, sin duda el más interesante. Se inicia con el estallido de la Guerra Civil, tras la cual Antonio ingresa en la Centuria Francia, una milicia confederal de la CNT de españoles/as provenientes del país galo. Allí, desempeña labores de conductor para el transporte de soldados durante batallas como las de Belchite, Teruel y la del Ebro. En el país vecino las/os exiliadas/os son recluidos/as en el campo de concentración de Saint-Cyprien por la República Francesa, la cual lejos de recibir a los/as refugiados/as con los brazos abiertos, les repudia. Pasados nueve meses, Antonio es destinado a trabajos forzados como leñador en Gujan-Mestras, de donde se fuga, primero a Burdeos, luego a Marsella y finalmente una granja cerca de Guéret, donde una familia le acoge cariñosamente en su seno. Con el joven hijo de los/as granjeros/as se une a la Resistencia (donde se reúne con compañeros/as que había conocido en la Guerra), ayudando a la República que le había encerrado únicamente por su origen a librarse de la lacra nazi. Por último, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Antonio se encuentra deseoso de continuar su lucha contra el franquismo, pero recibe noticias de que la CNT en exilio, en su Congreso de Toulouse, ha admitido su derrota en España.
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Se trata de la unión de texto y viñeta para contar en poco más de 200 páginas una de las partes de la Historia de España más reciente e importante. El paso de una monarquía borbónica ineficiente a una República insuficiente. La Guerra Civil y la escapada ciega de miles de españoles a Francia donde los internaron en campos de concentración de lo que los sacaron para meterlos en la legión extranjera para luchar contra los nazis o para emplearlos en la esclavitud. Algunos acabaron en otros campos, en los de los nazis, otros en la resistencia francesa. La crisis económica en la que vivió continuamente y la crisis de ideales me hace pensar que los cambios, pese al cambio de contexto, no son tales. También está de plena actualidad la violación de los valores humanos e ideológicos por el valor del dinero. Y la sensación de que, hagas lo que hagas, el que gobierna va a seguir haciéndolo a través de la corrupción. Y lo peor, el suicidio ante este desasosiego vital está de plena actualidad. La depresión es una de las peores enfermedades que tendremos que combatir en este siglo.

Reseña de El Arte de Volar / Comic / Antonio Altarriba / Kim

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