A Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, lo conocí en la Cárcel de Alta Seguridad de Rancagua el año 2022.
Mauricio había sido extraditado desde Brasil después de diecisiete años de presidio por el secuestro en São Paulo del publicista Washington Olivetto. Ahora estaba de regreso en Chile para cumplir con dos condenas pendientes. Una por el asesinato del senador e ideólogo de la dictadura, Jaime Guzmán, el año 1991. Y otra por el secuestro de Cristián Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio, el año 1992.
Yo trabajaría el guion de una serie donde él sería la principal fuente de información. Contaba con un permiso solicitado en tribunales para visitarlo en medio de su estricto régimen de aislamiento. Lo que debía escribir era una trama de acción épica, así se me solicitó, en la que relataría la historia del Frente Patriótico desde sus inicios, usando la figura de Mauricio como eje. La serie estaría dividida en tres temporadas de ocho capítulos cada una, con la coproducción internacional de Colombia, Brasil, México y Chile. Se conversaría con Amazon, Netflix y HBO, en una primera instancia. Para el rol de Mauricio se intentaría contactar a Pedro Pascal o a Santiago Cabrera, así se me dijo. La serie nunca se realizó.
De esa experiencia heredé la posibilidad de seguir visitando a Mauricio todos los viernes entre las 10.00 y las 14.00 horas. Así lo hice.
Hubo una noche en la selva colombiana donde todo parecía tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Estaba de guardia, recostado en la tierra, y las cosas no eran más que eso, la inmensidad del cielo, las estrellas sobre mi cabeza, el aire caliente movilizando las copas de los árboles y, por primera vez, la convicción de ser sólo una partícula más de ese paisaje. Me sentí chiquitito.
Desde entonces me siento así. Lo que te cuento no tiene la dimensión de lo que fue, pero quizá debiéramos buscar el comienzo de esta historia ahí, en las huellas que quedaron, en el espacio pequeño que dejé en la oscuridad.
Hubo una mañana, que probablemente fueron muchas, en la que estuve sentado en mi cama, sintiendo el sol del invierno en la frente y oliendo el pan tostado que salía de la cocina en una panera de mimbre que llevaba una de mis hermanas. Creo que estoy ahí, entre las manos de mis hermanas, refugiado en alguna de sus palmas. Quizá levito en el olor del pan. O en el vapor de la tetera caliente que hierve en esa cocina. O en los rayos de sol que entraban y siguen entrando por la ventana de mi pieza, en esa casa que un día tuve. Todavía estoy ahí, mirando hacia afuera.
¿Qué veía? ¿Qué veo? El mar del puerto. El cielo de la mañana, probablemente algunas nubes. Sueño con ese mar. Lo sobrevuelo como si fuera una gaviota, a unos treinta metros de altura. Siento el viento en la cara, veo las olas, su espuma blanca golpeando el roquerío, y cuando me aburro aprieto los brazos contra el cuerpo para lanzarme en picada. Me sumerjo en el agua fría, buceo entre reinetas y merluzas. Luego salgo, me elevo otra vez, planeo y me lanzo al mar para volver a sumergirme. No sé de dónde saco que apretando los brazos contra el cuerpo podré ir más rápido. Supongo que lo vi en los monos animados, pero por lo menos en mis sueños funciona. De esa forma me elevo y caigo, una y otra vez.
El mar del puerto siempre está del otro lado de la ventana. También el parrón del patio. La higuera, el limonero, mi madre regando las rosas.
La realidad es gigante y para intentar darle un orden se la encierra en un rectángulo. ¿Será que la historia está subordinada a la geometría?
Hubo una noche de tormenta, cuando era niño, en la que limpié el barro de una población anegada. Hubo un piquero en el mar, tardes de playa, peleas con mi madre y más peleas con mi madre. Hubo muchos partidos de fútbol. Hubo cientos de pelotas y canchas y buenas y malas jugadas. Hubo un afiche del Che pegado en la pared de mi pieza. Hubo un día en que mi padre murió sin que debiera haberlo hecho y en ese error imperdonable la fecha se repite. Hay días en los que hubo otras muertes, todas incorrectas, todas imperdonables, que también se repiten y que nunca voy a dejar atrás. No sé hacerlo. Y es que la muerte no hace caso a los ángulos o a las líneas.
Aquí en esta celda escasean las ventanas y quizá por eso mi mirada es circular y todo entra sin remedio. Pero no te asustes. No es que no exista una lógica en la historia. Estoy seguro de que la hay, pero en descubrirla se nos va la vida y así, en el momento de contarnos, que es este, ya no hay orden posible. No hay clímax. Mucho menos desenlace. Si pudiera partir por ahí lo haría, pero el final está ocurriendo en un instante del que todavía no soy consciente, así es que nos vamos a ahorrar ese truco.
Una vida es un todo, supongo, un devenir de pedazos sueltos que acumula el recuerdo y, sobre todo, el olvido. Hectáreas de olvido. Regiones, países completos, continentes. Quizá habría que buscar en ese agujero negro el comienzo, pero he fracasado porque me aferro a lo único que tengo que es mi memoria. Este engendro que se mueve gracias a un mecanismo que desconozco, pero que sé que está aquí, sosteniendo esta realidad sin progresión dramática en la que despierto y me duermo día tras día.
Tuve una vida, pero fue en espiral. O quizá algo desordenada y caótica. Rabiosa, intensa, carente de un trazo que la dibuje. Más que una vida quizá sólo sea una mancha que enreda mis recuerdos, mis fantasmas y mis delirios.
¿Has leído sobre los fractales? No estoy seguro de haber comprendido bien, pero entendí que todo aquello que la geometría clásica dejó fuera por amorfo tiene un diseño fractal. La cara de la naturaleza es fractal. Una gota de lluvia, la hoja de un árbol, una huella digital, una flor, un río, el fuego, todo tiene un diseño irregular, lejano al cuadrado, al triángulo o al rectángulo de las ventanas. Con esas figuras angulares el ser humano ha construido el mundo y supongo que por eso nuestra percepción es lineal. El fractal en cambio es una forma rara, de otro planeta, una estructura que no calza, que no encaja, que fue denominada como monstruosa por los antiguos, pero que probablemente sea el reflejo de lo que somos. Si nos miramos a un espejo nunca veremos una línea recta. Somos una mancha en el universo de Euclides, y quizá por eso nos encontramos en esta encrucijada en el momento de elegir un comienzo para la historia.
¿Tiene forma una vida? ¿Cabe en una ventana?
Me preguntas cómo fue ser el que fui. Cómo un hombre llega a atentar contra un tirano. Cómo se fuga de una cárcel colgado a un helicóptero, cómo secuestra a un coronel, al hijo de un magnate. Me preguntas por la clandestinidad. Cómo hice para desconocer el nombre de las personas cercanas, para esconder toda pista de mí mismo, para transformarme en un fantasma. Me preguntas cómo fue perder a mis compañeros. Cómo fue trabajar en la guerrilla, refugiarme en la selva, secuestrar a un publicista millonario. Me preguntas cómo fue soportar los calabozos brasileros, vivir aislado en una cárcel por un cuarto de siglo. Me preguntas y no sé si pueda responder. Todo lo que salga de mi boca será aire.
A veces me piden firmar y dudo con qué nombre hacerlo. Si escribir comandante Ramiro o escribir Mauricio. Y es muy probable que mi vida habite esa dimensión deforme, que esa sea mi condena en este encierro y que tú, con tu mirada lineal, con tu pensamiento geométrico, puedas darle un orden. No sé cómo lo haremos, pero ese ya es problema tuyo. ¿Me construirás una ventana?
En mi celda de Brasil aprendí a jugar ajedrez mentalmente. Cerraba los ojos y dibujaba un tablero imaginario en mi cabeza. Un gran cuadrado trazado por ángulos rectos, que a la vez se conformaba de sesenta y cuatro cuadrados pequeños que hospedarían a una pieza, también imaginaria, en algún momento del juego. Pequeñas ventanas que alojaban la posibilidad de un movimiento. Un ataque, una espera, un triunfo, un retroceso. Batallas imaginarias que emprendía contra mí mismo. Me pasaba días en eso. Movía un alfil blanco, respondía con la torre negra. Avanzaba con un peón negro, lo eliminaba con un salto del caballo blanco. Me atacaba y defendía, me observaba, me estudiaba. Quizá de eso se trate todo esto. De un tablero con sesenta y cuatro ventanas, que son los años que hoy tengo. De las posibilidades que guarda cada una. De las vidas pasadas o imaginarias. De elevarse y caer en picada al mar una y otra vez. De vencer y salir derrotado al mismo tiempo. Alguna de esas ventanas debe contener el comienzo de esta historia.
Aquí en el encierro no hay forma de registro. Este es un módulo de máxima seguridad, estás frente a un preso que tiene régimen de completo aislamiento. Para esta exploración sólo tendremos ese cuaderno rojo que traes, el lápiz y tu mala memoria. No autorizarán el ingreso de una grabadora. Mucho menos de una cámara.
¿Cuánta distancia hay entre tu computador y esta celda? 85,9 kilómetros que distorsionan lo que sea que hayamos conversado. Más allá de la deformidad de esta historia, tendremos esta voz mía, que imagina, recuerda y piensa, y que dirá lo que tú quieres que diga porque no es real. No seré el que soy, seré el que puedas escribir. He tenido tantas vidas, he llevado tantos nombres, me he repartido en tantos lugares, que ser el recuerdo de nuestras conversaciones no es un problema. Tus palabras estarán a 85,9 kilómetros de distancia de las que yo te habré dicho. Mis escenas a una hora y media de manejo en la carretera. Mis recuerdos, a dos peajes y un café. Y en ese cruce de tiempo y espacio mis fantasmas probablemente se mezclarán con los tuyos.
Mis canas, mi calvicie, mis arrugas, el dolor de mis rodillas, esta miopía que apenas me deja ver. Mis omisiones, mis mentiras, mi silencio. El pasado me examina a diario para ver si continúo siendo el que fui. ¿Estás escribiendo para él? ¿Fue mi pasado el que te envió aquí? ¿Debo rendirle cuentas contigo? ¿Estoy hablando yo o lo estás haciendo tú? El resultado de esta escritura será un enredo entre los dos y asumo el pacto. Eso seré en este libro. Un enredo entre tú y yo.
El mar se encuentra al final de una carretera de más de cien kilómetros. Un camino que a ratos es recto y otras veces dobla y se retuerce entre montañas. En dos momentos del trayecto se esconde en un par de túneles. Si las nubes lo permiten, al salir del segundo túnel se puede ver, a lo lejos, el mar. Cuando era niña y viajábamos, la primera en verlo anunciaba el hallazgo gritando. El mar, decía, y ganaba una competencia que no tenía más premio que la satisfacción de descubrirlo antes que nadie. La Ruta 68, o el camino a Valparaíso, podría ser una hebra a seguir para comenzar este relato. Más que una hebra, sería un cordón umbilical, la cicatriz que nos lleva al origen. Perderse en ella puede ser la forma de transitar todas las rutas que fluyen simultáneamente. Pasadas, presentes y futuras. También las imaginarias. La historia se hace en detención o en movimiento, pero siempre en el camino. A veces paso a paso, otras retrocediendo e incluso girando en banda hacia ninguna parte.
Muchas veces recorrí esta carretera viendo a lo lejos el humo de los incendios. En el verano son comunes en la zona. La sequía, el descuido, la locura y hasta la ambición de algunos hacen que el fuego se expanda con rapidez entre los cerros y así se enciende la tragedia. La nube gris lo ensombrece todo, el olor a quemado se adhiere a la piel, la costa se cubre de una mezcla de hollín y niebla. Así es difícil ver el mar con claridad.
La historia es tramposa como el paisaje del puerto cuando hay fuego. Se esconde entre el polvo y el humo. Nos cubre a ti y a mí, sobrepasa esta conversación, este camino al mar que ahora recorro, se desborda más allá de la costa, de la cordillera, del valle central, del país entero. Una sombra que cubre al continente y de seguro también al mundo. Sin saberlo, hace años comencé a recoger las partículas de este humo intentando despejar el relato que circula por debajo. La historia es tramposa, ya lo dije, esconde argumentos y personajes, escenarios, tramas, subtramas, parlamentos, giros dramáticos; y los pasajes que conectan las rutas que escriben sus páginas son engañosos y hasta incomprensibles.
Pienso en el tablero y en tus sesenta y cuatro ventanas. Pienso en cada una de esas casillas y me pregunto si en alguna de ellas se hospedará la bifurcación en la que nuestras vías se cruzaron. Nos separan trece años, pero hay tanto escenario común que quizá, sin saberlo, alguna vez nos topamos. Puede haber sido en el barrio Matta en el que viviste escondido, específicamente en la calle San Ignacio, donde a diario caminé cuando salía del colegio. O en la estación del Metro Parque O’Higgins. O en el parque mismo, donde se reunieron a entrenar y a planificar el atentado. ¿Los habré visto alguna vez? Quizá en las torres de Carlos Antúnez, donde a veces alojabas y yo tomaba talleres literarios. O en alguna sanguchería de ese sector, donde solían hacer puntos de contacto. Pero sé que nada de eso es probable y, pese al polvo y al humo que todo lo desenfocan, no tengo que esforzarme mucho para encontrar una ventana posible en la que de alguna forma coincidimos.
En ella cuelgas de un helicóptero una tarde calurosa del año 1996. Fue en diciembre, cerca de las fiestas. La noticia desbordó los televisores y las radios obligándonos a poner atención. En todos los medios se hablaba de la espectacular fuga de la Cárcel de Alta Seguridad. Cuatro hombres habían sido rescatados, a plena luz del día, en un canasto blindado que se elevaba por los aires mientras los gendarmes eran incapaces de reaccionar. Nada era muy claro en ese primer momento, pero tu nombre comenzó a circular en las pantallas como uno de los cuatro protagonistas. Se hablaba de los asesinos del senador Jaime Guzmán. De los extremistas que habían atentado contra Pinochet. Todo era desconcierto y confusión en las versiones de la prensa. No encontraban lógica en lo que estaba pasando. ¿Cómo cuatro presos se escapaban volando de una cárcel de alta seguridad? ¿Cómo podía un helicóptero plantarse sobre ella y lanzar un canasto? ¿Qué clase de operación extraterrestre era esta? ¿Qué tipo de abducción? ¿Es que ya no se podía confiar en el resguardo del penal angularmente diseñado?
Cada línea recta, cada barrote, cada cámara, reja, alambre de púa, cada compuerta, cada pesado portón, habían sido desafiados por ese extraño suceso que ocurría frente a la vista de todos, poniendo en jaque las reglas euclidianas del tiempo, las formas y la seguridad. ¿Cuántas piezas de un tablero deben movilizarse para una jugada así?
Ese día esperaste en el patio de la cárcel junto a tus tres compañeros de encierro, así me dijiste. Desde temprano se instalaron ahí con papeles y fingieron estar en una reunión. Permanecieron esperando por horas. Dijiste que el tiempo parecía no pasar, que cada minuto duraba siglos y que ninguno quería moverse, ni siquiera para ir al baño.

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La historia es tramposa, ya lo dije, esconde argumentos y personajes, escenarios, tramas, subtramas, parlamentos, giros dramáticos; y los pasajes que conectan las rutas que escriben sus páginas son engañosos y hasta incomprensibles.
En mi celda de Brasil aprendí a ajedrez mentalmente. Cerraba los ojos y dibujaba un tablero imaginario en mi cabeza. Un gran cuadrado trazado por ángulos rectos, que a la vez se conformaba de sesenta y cuatro cuadrados pequeños que hospedarían a una pieza, también imaginaria, en algún momento del juego. Pequeñas ventanas que alojaban la posibilidad de un movimiento. Un ataque, una espera, un triunfo, un retroceso. Batallas imaginarias que emprendía contra mí mismo. Me pasaba días en eso.
Pienso en el tablero y en tus sesenta y cuatro ventanas. Pienso en cada una de esas casillas y me pregunto si en alguna de ellas se hospedará la bifurcación en la que nuestras vías se cruzaron.
¿Tiene forma una vida? ¿Cabe en una ventana?