La dinámica de las relaciones humanas a menudo se ve marcada por complejas interacciones de poder, donde el encierro y la opresión pueden manifestarse de formas sutiles o evidentes. Estos conceptos, lejos de ser meras abstracciones, se entrelazan en la vivencia cotidiana, afectando la autonomía, la identidad y el bienestar de los individuos.
El encierro puede ser físico, emocional o psicológico, y su propósito suele ser el control. La opresión, por su parte, se refiere a la acción de someter a una persona o grupo mediante el uso de la fuerza o la autoridad, limitando su libertad y dignidad. Ambos fenómenos, aunque distintos, a menudo van de la mano, creando un ciclo de control y sumisión.
La frialdad calculada, ese modo de sepultar todo bajo capas de control, puede surtir efecto. Quizás el hombre era tan experto en levantar muros contra sí mismo que ni siquiera él mismo podría atravesarlos. El clima, en ocasiones, parece conjurarse contra el ánimo. La ciudad entera puede estar empapada bajo un cielo de plomo; la lluvia cae incesante, como un castigo del cielo que cae sin tregua. Como si quisiera desgastar las calles, los edificios, a las personas mismas. El olor a asfalto mojado impregna el aire, un aroma que irrita más de lo normal. Se odia la lluvia, la sensación de los zapatos hundiéndose en los charcos, el gris perpetuo que se derrama sobre el mundo como una mancha, que parece absorber la energía de todo, y cómo todo parece arrastrarse con lentitud bajo aquel velo húmedo.
Dentro de un espacio, en contraste, el silencio puede ser tan extraño que inquiete. Una calma demasiado pulcra, demasiado limpia para ser real. Se conocen bien esas pausas: son la respiración contenida antes de que la tormenta finalmente caiga. Un silencio que no augura paz, sino la promesa de algo peor. Por eso, uno nunca confía en el silencio.
Con el estómago vacío y un fastidio que se acumula como filo sobre filo, uno puede pensar en llamar a alguien para arrastrarlo a comer algo. Pero rápidamente se recuerda que ha sido enviado a cobrar cuotas atrasadas. "Tsk... supongo que tendré que caminar", se murmura poniéndose de pie.
Al cruzar el vestíbulo, el reflejo de la calle mojada recibe en la puerta de cristal. Y allí, bajo la lluvia, se vuelve a ver a alguien. Está de pie, inmóvil, cobijado bajo un paraguas. En la otra mano, cuelga aquel mismo paraguas que se obsequió días atrás. La pequeña figura parece desentonar con el paisaje gris de la ciudad. Es como observar una nota frágil y temblorosa dentro de un acorde lúgubre.
Se suelta una media sonrisa cargada de fastidio mientras se acerca. "No me digas que volviste solo para devolverme el paraguas".
La persona no responde. Se limita a extender el objeto, silenciosa, como si el gesto fuese su única defensa.
Se toma el objeto, frunciendo el ceño.
El instinto empuja a ser cortante, a herir con palabras afiladas que obliguen a huir. Pero hay algo en los ojos -una obstinación inocente, un dolor callado- que lo impide. "Una mirada como esa, no merece otro golpe", se piensa.
"¿Tienes hambre, mocosa?", se suelta casi sin pensarlo.
"¿Mmm...?"
"Te llevaré a comer. Erwin nos alcanzará allá. Sígueme." Se miente con una facilidad que sorprende incluso a uno mismo.
La persona observa con desconfianza. La vida ya le ha enseñado demasiado bien a desconfiar de todo. Y, sin embargo, en sus ojos no hay miedo.
Tal vez es la presencia de Levi lo que lo disipa. Tal vez es la esperanza obstinada de ver a su hermano, aunque sea solo un instante. Y quizá fue en esa esperanza, tenue pero viva, la que empujó a seguirlo.
Caminaron bajo la lluvia un par de calles, hasta llegar a un restaurante italiano discreto, un rincón apartado donde Levi solía refugiarse. Era un lugar cálido, con pastas memorables y un vino decente; un escondite íntimo en medio de la ciudad despiadada. Tomaron asiento frente a frente, separados por una mesa -que aunque pequeña- parecía demasiado amplia para los dos.
"Qué fastidio, no deja de llover...", murmura Levi mientras se quita el saco. "¿Te agrada la lluvia?"
Historia no contesta. Sus manos se entrelazan en su regazo, rígidas, como si se aferraran a sí mismas. Baja la vista y, con voz tímida, deja escapar la pregunta que realmente la consume: "¿E-em... ¿mi hermano? ¿A qué hora va a venir?"
"Ah, es cierto...", Levi arquea una ceja, como si apenas recordara. "Erwin, no va a venir".
Ella levanta la mirada, incrédula. "¿Qué...? Pero usted dijo que..."
"Surgieron imprevistos, mocosa. Tiene que trabajar. No hay nada que hacer. Al final es un simple subordinado."
La crudeza de las palabras de Levi cae como un peso sobre la mesa. El mesero aparece en ese momento, deja las cartas y se retira, dejando tras de sí el eco incómodo de lo dicho. Levi abre su carta con calma, hojeándola sin necesidad, siempre pide lo mismo. Historia, en cambio, lo observa fijamente... con una mirada frágil, insegura, a punto de romperse como un animalito arrinconado.
Entonces, con un suspiro, Levi cambia el filo por una caricia velada. "¿Te gusta el ballet, ¿cierto?", pregunta sin levantar la vista de la carta.
La reacción es inmediata. Por primera vez, los ojos de Historia se iluminan. "¿Eh?... ¿Mi hermano se lo dijo?"
"Ajá." Levi mintió otra vez. En realidad, lo sabía porque, días atrás, al recoger el saco olvidado de Erwin en su casa, había encontrado en el bolsillo interior una hoja arrancada de un periódico local. En ella, Historia aparecía destacando en una competencia de ballet. Levi jamás revelaría eso. Prefería dejarle la ilusión de que su hermano hablaba de ella.
"¿Desde qué edad bailas?", pregunta con un tono que, sin proponérselo, ha perdido dureza.
"Desde los cuatro años...", responde ella con un orgullo tímido, casi infantil.
Levi guarda silencio un instante. No sabe qué más decirle... Ni siquiera comprende por qué se está esforzando tanto en regalarle un respiro, un fragmento de normalidad a Historia.
Quizás porque en ella ve reflejadas las mismas cicatrices invisibles que todos los que crecieron entre desgracias... como ellos, cargan sobre la piel. O quizás porque, en el fondo, aquel gesto en el fondo, es también una manera de aliviar un poco la culpa que corría al hombre al que él, pese a todo, no podía dejar de mirar.
"S-señor...", la voz temblorosa de Historia rompe el silencio pesado que ha crecido entre ellos, esa vibración frágil lo trae de vuelta a la realidad.
"Levi", corrige él de inmediato, sin apartar la mirada.
Ella parpadea, confundida. "¿Disculpe?"
"Me llamo Levi Ackerman. Puedes llamarme Levi. ¿Cuál es tu nombre?", pregunta, aun sabiendo perfectamente la respuesta. No por curiosidad, era una cuerda tendida en medio del vacío, una prueba para ver si ella podía atreverse a confiar.
Historia duda, pero finalmente responde con un hilo de voz: "Historia Smith, señor."
Levi asiente apenas. Fue un gesto mínimo, pero que alivianó el aire como si abriera una rendija en esa opresión. Una brizna de confianza, tan tenue que parece que el menor soplo la borraría.
"Así que usted sabía todo... lo de mi hermano... y lo del dinero", murmura ella, bajando la voz como quien teme ser escuchado por fantasmas.
Levi ladea el rostro, endureciendo la mirada. "¿Dinero?"
"Sí..." Historia traga saliva, su voz quebrándose. "Hace casi dos meses empecé a recibir depósitos. Al principio no entendía de dónde venían... ni quién los enviaba. Y yo..." sus labios titubean "ni siquiera sabía que mi hermano ya había salido de prisión, bajo libertad condicional."
El silencio de Levi no es indiferencia. Cada palabra que ella pronuncia choca contra las cicatrices que él mismo arrastra, contra su memoria hecha de golpes y renuncias.
"¿Cómo supiste que Erwin trabajaba en mi empresa?", pregunta al fin.
"Una amiga me ayudó a rastrear los depósitos... y cuando me enteré yo..." cierra los ojos, bajando la cabeza, como si no pudiera sostener el peso de sus propias palabras "no puedo decirle a mamá. Ella ya ha sufrido demasiado, por mi culpa, por la muerte de papá... y por Erwin. Por eso, fui a buscarlo... por el bien de ella, él..."
"¿Debe renunciar?", la interrumpe Levi, seco, como si pronunciara una sentencia.
Historia levanta la vista. Sus ojos azules están enrojecidos, llenos de lágrimas contenidas. "Yo sé que Erwin no quiere verme, pero..."
Las palabras se deshacen en sus labios, como si fueran a romperse en sollozos. Levi siente una punzada extraña, incómoda, como si su vieja herida se abriera dentro de sí. No la deja seguir. No iba a poder soportar verla desmoronarse.
"¿Sabes...? Yo también fui violado cuando era un niño." Suelta de pronto, con voz baja, casi íntima, dejando al descubierto la herida más profunda de su vida.
La confesión cae como un golpe sordo. El aire se vuelve plomo. Historia queda inmóvil, petrificada, su respiración atrapada en el pecho. Levanta la vista y se encuentra en el gris opaco de Levi, un pozo oscuro: allí la joven reconoce el dolor, desnudo, sin máscara. No hay compasión en sus ojos, solo crudeza. La verdad mostrada como una cicatriz que no pide consuelo.
Él desvía la mirada hacia la ventana. La lluvia desciende en hilos interminables sobre el cristal, cicatrices líquidas que parecen llorar por él.
"Mi madre murió cuando tenía cinco años...", su voz se convierte en un murmullo áspero, lleno de esquirlas. "Después fue mi padrastro quien me violó durante años". Hace una pausa, respira hondo y sonríe de manera torcida, cruel consigo mismo. "Es extraño, porque aunque nuestras historias se parecen demasiado... a diferencia de ti, yo terminé siendo un promiscuo."
Historia lo escucha en silencio. Sus lágrimas caen, silenciosas, pero no hay juicio en ellas. Solo reconocimiento. Solo entendimiento. Ambos, son dos personas quebradas viéndose reflejadas en la herida del otro.
Dolor reconociendo al dolor. Vergüenza comprendiendo a la vergüenza.
"Lo siento mucho, señor Levi...", murmura, apenas con el nudo en la garganta.
"Estoy bien, niña...", su respuesta es automática, fría. Una mentira que ninguno creyó.
Ella intenta recomponerse, para explicarse... pero su voz sigue temblando. "Yo... estoy intentando seguir, ser feliz... pero no puedo... por qué sé que mi hermano me odia. Ya no quiere ni verme. Sé que sufre por mi culpa, por lo que pasó aquel día... Por mi culpa perdió todo: su trabajo, su libertad. Pasó años en prisión, solo, sufriendo. Si no me hubiera encontrado... él sería feliz. Sería el mismo de antes..."
"Y tú seguirías siendo violada." El corte en la voz de Levi es tan seco que parece un golpe.
Historia lo mira con los ojos muy abiertos, sorprendida por la verdad. Y en la dureza de Levi, encuentra algo inesperado: un reflejo de sí misma. Lo que ella siente, lo que calla, también vive en él. La misma rabia. La misma vergüenza. La misma desesperación.
Levi la ve como se ve a sí mismo, Historia es un reflejo imposible de ignorar. Por eso en el fondo, aunque él mismo no quiera aceptarlo, desea protegerla. Va a protegerla. Va a ser para ella lo que nadie había sido para él.
Ser el adulto que él nunca tuvo.
"Escucha bien, niña", su voz baja, grave, cargada de una autoridad imposible de discutir. "Erwin no te odia. Te ama. Siempre lo ha hecho, y siempre lo hará. Protegerte nunca será un peso para él. No debes arrepentirte. No debes seguir culpándote." Sus ojos se entrecierran, su voz se vuelve firme como hierro. "Erwin aceptaría ir a prisión por ti una y mil veces."
Historia, rompe aún más en llantos. Levi la deja llorando, dejando que en su llanto acepte aquella verdad, y después de unos minutos... cuando ella estuvo lista y con las manos temblorosas, comenzó a limpiarse las lágrimas. Poco a poco, su respiración se fue acompasando, como si esas palabras le hubieran devuelto aire.
Levi sostiene su mirada. "Historia... quiero dejar algo claro", su tono es bajo, decidido, como una promesa sellada. "No voy a despedir a Erwin. Pero sí voy a ayudarte".
Y mientras afuera la lluvia sigue golpeando con monotonía los cristales, Levi comprende que, contra todo pronóstico, ha cedido. Esa fragilidad que ella lleva como un perfume invisible se ha filtrado en él, y aunque no quiera admitirlo, ya está atrapado.
Por la tarde, dentro de la oficina, Erwin intenta -de verdad intenta- aferrarse al silencio y convencerse de que puede hallar refugio en su libro. Lo sostiene entre las manos con la misma desesperación con que un náufrago se aferra a una tabla podrida. Pero las páginas no logran arrancarle de la mente aquella imagen que lo persigue desde que regresó con Hange: la silueta de Historia esperándolo frente al edificio nuevamente, inmóvil, como una sombra obstinada que no se disuelve ni con la lluvia.
Volver con Hange tras cobrar las cuotas ya había sido tormento suficiente. Ahora solo desea silencio, quietud, vacío. Pero el silencio y Hange son dos mundos que jamás coinciden...
"Si tanto te molesta que esté aquí, ¿por qué no bajas y escuchas lo que tiene que decirte?", la voz de Hange es un zumbido persistente, molesto, insistente, rondándolo como un insecto imposible de espantar.
Erwin exhala un suspiro pesado, hundiendo más la mirada en las letras, como si pudiera enterrarse dentro de ellas. Un acto obstinado, más que lectura, como si hundir los ojos en letras pudiera clausurar el mundo.
"¡Es tu hermanita! Vamos, no te comportes como un alfa idiota y baja a verla". Hange insiste meneando la cabeza del rubio con su dedo índice, como si quisiera perforar la coraza de hielo que lo envuelve.
"No te incumbe, Hange", replica Erwin, bajo, firme, con esa sequedad que cierra todas las puertas.
"¡¿JA?! ¿Qué carajos significa eso?", la castaña estalla, incrédula, ofendida por la indiferencia.
De un impulso se inclina hacia él, dispuesta a arrancarle el libro de las manos. Pero la amenaza queda suspendida en el aire.
"¡Hange!", la voz de Levi atraviesa la sala como un cuchillo.
Seca. Fría. Inapelable.
El cuerpo de Hange se estremece. Retira la mano de inmediato y se irgue con rigidez automática, escondiendo las manos tras la espalda como una niña sorprendida en plena travesura.
Erwin levanta la mirada, inevitablemente.
"Jefe, qué bueno verlo...", murmura Hange, casi infantil.
Erwin se pone de pie con solemnidad, como si ese gesto fuera un reflejo inevitable frente a la presencia de Levi. Se acerca despacio, un cigarro colgando de sus labios. El humo se enrosca entre ellos, trazando figuras fantasmales que parecen más densas que el aire.
"¿Por qué mierda haces tanto alboroto, cuatro ojos?", pregunta Levi, la voz convertida en filo. "¿Qué sucede?"
"La hermanita de Erwin está otra vez afuera. Y este alfa idiota se niega a verla", escupe Hange, sin darle margen al rubio de protestar o defenderse, meciéndose sobre los talones con un nerviosismo disfrazado de descaro.
Levi y Erwin cruzan la mirada. El silencio denso, que comparten, es más elocuente que mil palabras, una mirada cargada de algo que ni siquiera Hange fue capaz de nombrar, los envuelve. En esos segundos, Erwin siente como si toda la oficina se contrajera alrededor de ese intercambio. Levi, en cambio, finge demencia. Finge no haber visto a Historia esa mañana, finge no haberla invitado a comer, finge que aquella conversación aún no arde dentro de él.
"Mmm... ¿quieres que vaya yo a ahuyentarla esta vez?", pregunta Levi, tranquilo, directo, con un tono que hiela.
"No quiero molestarlo, jefe", responde Erwin, bajo...

La dinámica del encierro y la opresión puede ser particularmente insidiosa cuando se disfraza de cuidado o protección. En el caso de Historia, la negativa de Erwin a verla, impulsada por el miedo a las consecuencias de su pasado, la sume en un estado de aislamiento emocional. Levi, al intervenir, no solo rompe esta dinámica, sino que también ofrece una perspectiva diferente sobre el amor y la responsabilidad familiar.
La confesión de Levi sobre su propio pasado es un punto crucial. Al compartir su experiencia de abuso, crea un puente de empatía con Historia, permitiéndole sentirse menos sola en su sufrimiento. Este acto de vulnerabilidad mutua es esencial para desmantelar las barreras de la opresión y el encierro emocional.
Los trastornos psicológicos del aislamiento y el encierro
El manga yaoi y las fujoshis, como se menciona en la investigación de Chocontá (2015), ofrecen un espacio donde las aficionadas desarrollan una "propia voz del deseo femenino como alternativa al gobierno de la sexualidad juvenil". Esto sugiere que las narrativas y los espacios de consumo pueden ser herramientas poderosas para desafiar las normas de género y sexualidad impuestas, permitiendo a los individuos explorar y afirmar sus propios deseos de manera alternativa.
La heteronormatividad escolar en México, como describe Enrique Bautista (2019), es un ejemplo de cómo las instituciones pueden perpetuar la vigilancia y el castigo de la homosexualidad. La escuela, concebida como una institución que enseña, disciplina y norma, puede utilizar métodos pedagógicos para asegurar el cumplimiento de lineamientos heteronormativos, lo que resulta en violencia y exclusión para los estudiantes homosexuales.
En el contexto de América Latina, las "Corpo-políticas genéricas y sexuales" son un campo de estudio fundamental. La investigación de Carrasco (2023) sobre experiencias "homo-eróticas" de jóvenes varones en Chile, o la de Casanova (2022) sobre la infancia intersex en Chile, evidencian la complejidad y la urgencia de abordar la sexualidad juvenil desde una perspectiva sociocultural e histórica. Estas investigaciones resaltan cómo las identidades y experiencias sexuales son construidas y, a menudo, controladas por sistemas sociales y médicos imperantes.
La presión por el control de las vitalidades juveniles es peligrosa, ya que deslegitima la experiencia de lo íntimo, desvirtuando la necesidad humana del deseo y la cercanía. El intento de borrar la experiencia de la intimidad en su capacidad placentera, como también en su potencial de protección y cuido de los poderes abusivos-violentos, despolitiza la vida en la esfera de lo privado desde edades muy tempranas. De esta forma, se naturaliza la violencia y el sufrimiento sobre los cuerpos, especialmente los femeninos.
La autoetnografía de María Fernanda Chavarro (2021) sobre disidencia sexual en un contexto heteronormativo tradicional ofrece una perspectiva personal sobre cómo las instituciones marcan la diferencia para mantener jerarquías y dominación sobre cuerpos feminizados.
En un contexto más amplio, las políticas de regulación de los cuerpos y las sexualidades juveniles, mediadas por escenas mediáticas y digitales, son un área de creciente interés. La investigación de Janet García (2023) sobre el papel de internet en la interacción y resignificación de las sexualidades juveniles en México, por ejemplo, muestra cómo la dimensión material e intersubjetiva puede vulnerar principalmente a las mujeres jóvenes, a pesar de que internet abre nuevas posibilidades informativas y de prácticas sexuales.
El concepto de "encierro" también se manifiesta en la dificultad de expresar el deseo y la identidad de género, como analizan Silvia Elizalde (2009) en su estudio sobre mujeres jóvenes en instituciones públicas, o Daniel Domínguez y Consuelo Martínez (2015) en su análisis de género, sexualidad y cuerpo en jóvenes universitarios indígenas en México.
En conclusión, el encierro y la opresión, ya sean físicos, emocionales o sociales, son fuerzas poderosas que moldean las experiencias humanas. La comprensión de estas dinámicas, a través de análisis profundos y estudios diversos, es fundamental para promover relaciones más equitativas y liberadoras.
