La estación de Shibuya es una terminal gigantesca por la que a diario pasan más de dos millones de usuarios. La estatua de Hachikō, el perro fiel, situada en una plaza frente a la estación, es famosa como “el mejor lugar de Japón para quedar”. La historia de ese perro, que esperó a su dueño día tras día después de que muriera, llega aún a los corazones de todo el mundo. Hachikō (ハチ公? Ōdate, 10 de noviembre de 1923-Shibuya, 8 de marzo de 1935) fue un perro japonés de raza akita, recordado por haber esperado a su dueño, el profesor Hidesaburō Ueno, en la estación Shibuya, cerca de nueve años después de la muerte de este.
La ciudad natal de Hachi (Hachikō) está en Ōshinai, Ōdate, en la prefectura de Akita, a unos 600 kilómetros al noreste de la estación de Shibuya, en Tokio. Hachikō nació en una granja cerca de la ciudad de Ōdate, en la Prefectura de Akita. Por aquel entonces el doctor Ueno Hidesaburō, profesor de agricultura en la Universidad Imperial de Tokio (la actual Universidad de Tokio), buscaba un perro japonés de raza pura. Las raíces de esa raza se remontan a la década de 1630, en los comienzos de la época Edo (1603-1868).
Los akita-inu (literalmente, “perros de Akita”) son una raza canina japonesa originaria de la prefectura de Akita, y han sido designados monumento natural nacional. Un día de enero de 1924 en que nevaba con gran intensidad, el mencionado cachorro fue envuelto en un saco de paja de arroz para que no se enfriara y comenzó un viaje de veinte horas en tren expreso, tras el cual llegó a la estación de Ueno. Hachikō fue enviado dentro de una caja desde la prefectura de Akita hasta la estación de Shibuya (un viaje de dos días en un vagón de equipaje). El doctor, que no tenía hijos, cuidó con cariño al frágil cachorro, poniéndolo a dormir junto a su propia cama y compartiendo su comida con él. Sin embargo, cuando llegaron a la casa del profesor, este le acercó una fuente con leche al cachorro y este se reanimó. Así fue como Hachi recibió mucho amor por parte de Ueno y de su esposa, Yae, y creció hasta convertirse en un imponente ejemplar de akita-inu.

El perro acompañaba al profesor a la estación para despedirse allí todos los días cuando su dueño iba al trabajo y, al final del día, volvía a la estación para recibirlo. Esta rutina continuó sin interrupciones hasta el 21 de mayo de 1925, cuando el profesor Ueno sufrió una hemorragia cerebral mientras daba sus clases en la Universidad de Tokio, y murió. Esa tarde Hachikō corrió a la estación a esperar la llegada del tren de su amo y no volvió esa noche a su casa. Por la tarde Hachi fue a buscar a su dueño a la estación de Shibuya, pero tuvo que regresar a casa sin poder encontrarlo. Tras volver, se escondió en el armario, donde guardaban la ropa del doctor.
Yae, que por ciertos motivos familiares no pudo heredar la casa de su esposo en Shibuya, decidió mudarse a una pequeña casa de alquiler, y un conocido suyo que era mayorista de kimonos en Nihonbashi se hizo cargo de Hachi. Posteriormente Hachi pasó a vivir en casa de un familiar de los Ueno, en Asakusa (a quince kilómetros de Shibuya), y después en casa de la viuda, Yae, en Setagaya (a siete kilómetros); pero nunca dejó de acudir a la estación de Shibuya. Cada mañana y cada tarde Hachi acudía a la estación de Shibuya y se sentaba frente a la entrada.

Conforme transcurría el tiempo, Hachikō comenzó a llamar la atención de propios y extraños en la estación; mucha gente que solía acudir con frecuencia a la estación había sido testigo de cómo Hachikō acompañaba cada día al profesor Ueno antes de su muerte. La devoción que Hachikō sentía hacia su amo fallecido conmovió a los que lo rodeaban, quienes lo apodaron Chūken (忠犬), el perro fiel. Saitō Hirokichi, presidente de la Asociación de Preservación de Perros Japoneses, quedó impresionado por Hachi. En 1932 contribuyó un artículo al periódico Tōkyō Asahi Shinbun (el actual Asahi Shinbun) bajo el título “La historia de perro y su amado dueño”. Mucha gente expresó su simpatía y preocupación hacia Hachi, cada vez más viejo y debilitado, e incluso el personal de la estación de Shibuya comenzó a cuidar de él.
En 1934 un grupo de voluntarios inició una campaña de recaudación de fondos. Como resultado, frente a la entrada de la estación de Shibuya se construyó una espléndida estatua de bronce de 162 centímetros de alto, montada sobre un pedestal de 180 centímetros. En el marco de la Segunda Guerra Mundial, la estatua de bronce de Hachikō se tuvo que fundir para fabricar armas en 1944. En 1948 se volvió a instalar una segunda estatua de Hachikō. Hoy en día, la estatua de Hachikō es una visita obligatoria en Shibuya. Es un una excelente referencia para todo aquel que quiera reunirse con sus amigos frente a la enorme estación de tren, y es un gran lugar para fotografiar a cualquier viajero que haya oído hablar la historia del perro más famoso de Japón.

El funeral del famoso perro se celebró el 12 de marzo, junto a la tumba del doctor Ueno, en el cementerio de Aoyama. Los restos del perro fueron disecados y se conservan en el Museo Nacional de Ciencias del Parque de Ueno. Cuando se le hizo una necropsia (para realizar su taxidermia) en su estómago se encontraron cuatro varitas utilizadas para los yakitori (pinchos o brochetas de pollo ensartado), pero estas varitas no habían dañado la mucosa del estómago, por lo que no fueron la causa de su muerte.
La historia de Hachi se conoce fuera de Japón desde antes de la guerra; cuando Helen Keller llegó al país por primera vez, en 1937, visitó la estatua, y pidió un cachorro de esta raza a la ciudad de Akita, donde daba una conferencia. La película de Hollywood Hachi: A Dog’s Tale (Siempre a tu lado, Hachiko; 2009), protagonizada por Richard Gere, es en realidad un remake de una película japonesa de 1987, Hachikō monogatari (La historia de Hachiko). Hachikō fue el protagonista de la película de 1987 Hachikō Monogatari-(ハチ公物語?), dirigida por Seijiro Koyama, que cuenta la historia de su vida desde que era un cachorro hasta su muerte y se imaginó como un reencuentro espiritual con su amo. Protagonizada por el actor Richard Gere, trata la historia de Hachikō y su relación con el profesor, aunque la acción se desarrolla en Estados Unidos en una época más moderna.
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“Si uno interpreta desde un punto de vista humano la historia de Hachi, que hasta el día de su muerte siempre acudió a la estación de Shibuya y echó de menos a su dueño, es un cuento hermoso; pero si consideramos el corazón de ese perro, comprenderemos que no se trataba de mostrar gratitud por lo que se le había dado. Simplemente estaba demostrando el amor puro y sin mácula que sentía hacia su dueño, que lo había querido mucho.
A los escolares japoneses se les enseña la historia de Chuken Hachiko, o el leal perro Hachiko, como ejemplo de devoción y fidelidad. Hachiko representa al "ciudadano japonés ideal" con su "devoción incuestionable", dice la profesora Christine Yano de la Universidad de Hawái: "leal, confiable, obediente a un dueño y que comprende su lugar en el esquema más amplio de las cosas sin depender para ello de la racionalidad".
La historia de Hachiko llamó la atención al mundo en cuanto traspasó las fronteras de Japón y ha sido utilizada por el cine para dar lugar a películas, series y documentales. Sin embargo, existen otros casos en la vida real que también pueden inspirarnos cuando nos preguntemos el grado de fidelidad que un perro puede demostrar hacia sus dueños. En España es muy conocido el caso de Canelo, un perro gaditano que aguardó durante 12 años a la entrada del Hospital Puerta del Mar de Cádiz después de que su amo le ordenase "espérame aquí" para nunca regresar de su tratamiento de diálisis. El caso de fidelidad más llamativo de los "otros Hachikos" lo encontramos en Escocia. Un perro de raza Skye Terrier de nombre Bobby aguardó junto a la tumba de su amo en el cementerio Greyfriars de Edimburgo sin temor a la lluvia, el frío y los vigilantes del camposanto hasta su fallecimiento en 1872.
En el cementerio Colón, de La Habana, Cuba, existe una tumba en la que la lápida muestra a un perro que se quedó hasta su muerte en el sitio después del entierro de su ama. En Campiglia Marittima, Italia, un perro llamado Lampo (‘relámpago’, en italiano), fue fiel a Elvio Barlettani, quien trabaja en la estación de trenes de la localidad. Lo acompañaba a todas partes, e incluso abordaba los trenes para ir de un lugar a otro y regresaba, hasta que el 22 de julio de 1961 murió atropellado por un tren. Barlettani escribió un libro narrando sus experiencias. En Cádiz, España, se produjo el caso de Canelo que, en 1990, iba junto con su amo al Hospital Puerta del Mar para recibir su tratamiento periódico de diálisis, hasta que un día su dueño tuvo muchas complicaciones y fue internado en ese mismo hospital, donde Canelo también lo esperó y el hombre falleció. Después de esto, Canelo se negó a moverse y siguió esperando al dueño durante 12 años, incluso vecinos intentaron adoptarlo pero el perro regresaba a la puerta del hospital. Una perrera se lo llevó, pero fue tanta la insistencia de la gente que lo liberaron y regresó al lugar hasta que el 9 de diciembre de 2002 falleció al ser atropellado por un vehículo, cuyo conductor se dio a la fuga. En Uruguay está la historia de Gaucho, un perro color negro, quien recorrió más de 50 kilómetros hasta el hospital en el que estaba internado su amo y permaneció allí hasta el día en que su amo falleció; luego, el noble animal lo acompañó durante su velatorio y hasta el lugar donde recibiría sepultura. En el cementerio, Gaucho custodió aquella sepultura durante varios años, salía en las mañanas a recoger algún alimento que el pueblo le brindara, recorría calle Rivera, Plaza Artigas, La Picada y algunas veces la 18 de julio, para volver de tarde otra vez junto a la tumba de su amo en el cementerio. Esto fue así todos los días hasta la muerte de Gaucho en 1989. En Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina, Capitán, un perro mestizo, acudía a dormir todas las noches junto a la tumba de su dueño Miguel Guzmán desde el fallecimiento de este en marzo de 2006. Falleció el 19 de febrero de 2018, 11 años después de su dueño. En Cochabamba, Bolivia, un perro de raza criolla espera todos los días en la jardinera central de la Avenida Papa Paulo (ubicado en la zona este de la ciudad), a escasos metros del lugar del accidente y posterior muerte de su dueño, un universitario. Comerciantes y vecinos se encariñaron con él, lo alimentan, le dan agua, se preocupan cuando se enferma y hace poco hicieron una colecta para llevarlo al veterinario. Las amas de casa le llevan pan y salchichas, pero a él le gusta el menú que le sirven en el frial Marcela, próximo al mercado público. Todos los días a las ocho de la mañana, el dueño, le da un plato lleno de agua y cuellos de pollo crudo. En La Piedad, Estado de Michoacán, México, el cantautor de música ranchera José Alfredo Jiménez narra en un "corrido" la historia de "El perro negro", en donde el perro mata a "Don Julián" el asesino de su amo Gilberto. El motivo: cuestiones de amores, para pasar sus últimos años al lado de la tumba de su amo en el panteón municipal de la misma ciudad hasta su propia muerte. Esta canción está basada en hechos reales. El 16 de abril un sismo de 7,8 grados en la Escala de Richter sacude a las provincias de Esmeraldas y Manabí, con un saldo de cientos de personas fallecidas. Varios canes se negaban a dejar a sus dueños que quedaron atrapados en los escombros; mientras que otros esperaban fielmente en los alrededores de lo que quedó de sus casas, a los que habían partido hacia otras ciudades, a causa de la destrucción que provocó el movimiento telúrico. Un caso de estos fue el de Max, un can que se rehusaba a abandonar el lugar donde había muerto su propietaria y que al mismo tiempo fue su hogar. Personal de la Unidad de Recuperación y Rescate Animal (URRA), de la Prefectura del Guayas a cargo de Jimmy Jairala, conjuntamente con la Fundación Yo Amo Animales se encargaron de trasladar a la mascota hasta Guayaquil para brindarle atención médica veterinaria y asearlo. El 28 de mayo de 2016 un pastor alemán aguarda una semana en el aeropuerto de la región de Kamchatka, en Rusia, el regreso de su dueño.
La historia de Hachiko es un testimonio atemporal del amor incondicional y la lealtad de los perros, un vínculo que trasciende la vida y la muerte, inspirando a generaciones en todo el mundo.