Los sucesos narrados en este capítulo se ubican justo después del "capítulo 26 - primera parte", donde Aegan y Jude discuten porque él la descubrió en el armario de Adrik. En ese momento, Aegan no tenía nada de paciencia ni de tolerancia; por esa razón había entrado como un toro a su camioneta, había pisado el acelerador y había conducido a toda velocidad hasta el primer lugar que le había llegado a la mente: el restaurant de comida mexicana.
Apenas aparcó en frente, por la manera tan desmedida en la que había acelerado, las llantas chirriaron un poco y él se impulsó hacia adelante. Allí mismo empezó a golpear con furia y violencia el volante porque no podía esperar a bajarse del vehículo. Estaba cabreado. No, estaba más que eso. Tenía la cabeza azotada de cosas, y la sangre que le corría por las venas era tan densa que le tensaba los músculos. Quería golpear algo más grande, a alguien, ¡a todo el mundo!
Bien, bien. Primero que nada, no era algo que él no supiera ya. Hace rato se había dado cuenta de que entre Adrik y Jude chispeaba algo. Joder, hasta el bobo de la esquina se habría dado cuenta, porque los estúpidos ni siquiera se esmeraban en ocultarlo mejor. Encontrar a Jude casi desnuda en el armario y ver el puto condón en verdad había sido inesperado.
Y lo que más le molestaba ahora era su propia reacción en el instante en el que la vio. Se había quedado ahí parado como un pendejo. ¿Cuándo en su vida él se había quedado así ante algo? Era insólito. Su mente le había fallado. Se había quedado sin palabras, atónito, paralizado como si no tuviera la habilidad de ir un paso más adelante que el resto. Eso había sido algo estúpido. Y nadie necesitaba saber eso, mucho menos Jude. No quería que Jude supiera nada de él. De hecho, quería que Jude desapareciera. Deseaba eso desde el primer momento en que la vio, pero justo en ese instante lo quería con una fuerza titánica y cruel. Quería que ella estuviera lejos, o que la atropellara un camión o mejor todavía: que nunca hubiese aparecido.

La llegada de Aegan Cash y el reencuentro
Aegan Cash estaba nervioso, ver a una persona que había causado tantas cosas en él después de tanto tiempo era como una tormenta después de estar tanto tiempo en una especie de calma. Claro, luego de haberle declarado la guerra oficial a Regan, nada había sido calmado en su vida pero, omitiendo eso, se estaba cagando en los pantalones, si, como cuando Jude le dio un laxante frente a todo Tagus.
-Tienes la misma cara que cuando te di el laxante -anunció Jude burlona.
En cualquier otra ocasión me hubiese puesto a discutir con ella, pero estaba más concentrado tratando de que la mierda (líquida) no me saliera por el culo en cualquier momento. ¿Vas a seguir tratando de que la mierda no salga por tu culo antes de tocar un inodoro o tocarás la maldita puerta? ¿Tan claro era que me estaba cagando?
Dejando de lado el tema de MI culo. En verdad estaba nervioso, pero a la vez ansioso. No quería hacerme expectativas ni ideas erróneas pero si Olivia me había perdonado... La cosa es que Olivia era una mujer de buenos sentimientos, en su momento dio todo por mí, incluso amenazó a su Hermana y exceptuando el hecho de que es joven y atractiva, fácilmente pudo haber conocido a otra persona.
Aegan Cash es insuperable mami. Si, si, el ego no se ha ido a pesar de los años. No me di ni cuenta cuando ya había tocado la puerta y se escuchó un "Voyyyyy".
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo (y el culo). Algo en su voz había cambiado de cierta manera, quizás porque ya no era una adolescente de 17 años, sino más bien una mujer de casi 20.
Asalta cunas. No me juzguen, caer en los encantos de Olivia Derry es fácil. De repente la puerta se abrió y la imagen de la hermosa, perfecta y escultural Liv quedó a la luz. Re simp viste. Pase sin siquiera pedir permiso, tratando de disimular de la mejor manera los sentimientos que estaban despertando en mi interior y, porque no decirlo, apretando más el culo para que no explotara después de ver tanta hermosura y no hablo de yo frente al espejo, hablo de la mujer de mi vida. Simp x2.
De alguna manera traté de buscar sus ojos y ella dejó que los encontrara. -El volvió, y necesito que tú y Jude sean mis aliadas en este juego -dejé salir, sin más.
Olivia salió de un pequeño shock y se estabilizó en su lugar. -Primero que nada, buena madrugada, ¿Cómo están? Yo bien, ¿ustedes? ¿Un cafecito? Y continuando, no, no puedo ser tu aliada.
Todos la miramos exigiendo alguna explicación como si no las debiera. -¿Por qué no puedes? -pregunté, luego de un silencio. Vi que se lo pensó antes de hablar. -Por que... Antes de que pudiese terminar de hablar una voz muy chillona e infantil se escuchó: -¡Mamaaaaaaaaaaaaaá!
Algo en mi se congelo por un instante.

La vida en Tagus: una nueva perspectiva
Hola culos con diarrea de caraota. Lo prometido es deuda, así que aquí vengo a cumplir. Esta historia es un borrador. Me disculpo si encuentras errores o cosas raras. Empecé a escribirla esperando absolutamente nada, sin planes, solo por diversión. Estoy editándola en manuscrito para que sea la mejor versión posible. ¡Gracias por tu comprensión!
CUIDADO CON EL HECHIZO CASH. -Aquí en Tagus no confíes en nadie, ten cuidado con lo que haces y ten cuidado de quién te ve haciéndolo. Tremenda bienvenida, ¿no? Pues ni siquiera le di importancia, je. En ese momento, ese primer día, era la típica chica nueva y deslumbrada. La fascinación cosquilleaba en mi cuerpecito flaco. No podía dejar de mirar el entorno. El pasto era verde y limpio. El campus estaba vigilado por un cielo azul. Filas de edificios de apartamentos flanqueaban una calle por la que circulaban bicicletas e incluso carritos de golf. En serio, nada se quedaba corto. La universidad Tagus parecía una moderna y estilizada mini ciudad. ¿Quién no querría estudiar ahí?
-Es normal que estés asustada porque todo es enorme y nuevo -añadió Artie, la chica me había hecho la advertencia- pero por suerte quedaste conmigo y no con alguien peor.
Pestañeé. -Ah, ¿es que hay personas peores? Artie disimuló un gesto. -Ni te imaginas lo que puede haber aquí...
Bueno, ella sería mi compañera de apartamento durante ese año y se había ofrecido con amabilidad a darme un pequeño tour apenas abrí la puerta. No se veía como alguien mala. Desde que salimos del edificio no había parado de soltar consejos sobre cómo no fracasar en asuntos sociales, cosa que al parecer era más importante que respirar correctamente.
-¿Cómo dijiste que era tu apellido? -me preguntó. No lo había dicho. -Derry. -¿Es importante en algún lugar? -preguntó también, algo curiosa-. Porque normalmente los círculos sociales ya vienen armados, y si no conoces a nadie, decir algo sobre tu familia ayuda mucho.
Pues mi familia era importante en la silenciosa, oscura y despoblada: ninguna parte. -No, no tengo nada que decir sobre ellos -aclaré con simpleza. -Ay, qué mal, siempre es más fácil así, en serio.
A pesar de que eso me hizo intentar adivinar cuán difícil serían las cosas, no estaba asustada. Ni siquiera estaba nerviosa. Ya tenía la leve impresión de que me enfrentaría a un mundo Gossip Girl (o chica indiscreta) porque mientras caminábamos no había visto ni una cara fea u agradable, a nadie mal vestido y mucho menos ningún auto viejo o medio rayado. Solo chicos y chicas antinaturales, sin granitos, sin miserias, sin preocupaciones, sin defectos físicos, como engendrados por dioses y ángeles calenturientos. Creo que Artie era la única que lucía sencilla y amable con su chaleco de lana, jeans, zapatillas planas, gafas rectangulares y el cabello negro recogido en una coleta alta.
-Como sea, si sigues los consejos que te di, vas a sobrevivir en Tagus -siguió ella. No me acordaba ni de la mitad de lo que ella había dicho, pero ya me había despertado cierta intriga.

Secretos y alianzas
Pasaron dos días extraños. La gente ni siquiera se molestaba en disimular. Me veían como si fuera el único ser humano que había evolucionado del Homo Sapiens a una especie nueva y tóxica. Nadie me prestaba un sacapuntas. Me parecía injusto todo aquello. Lo único que lograba era alimentar mi desprecio hacia los hermanos.
-Eso no -aclaré, fruncí el ceño y sacudí la cabeza-. Bueno, eso sí, pero también esto. -Miré a mi alrededor-. -Ah, pero pensé que no te importaba nada más que estudiar -comentó Artie, un poco confundida. -Sí, pero me da rabia que se salga con la suya. Que tenga tanto poder sobre los demás. -Pues el mío no -rio ella-. Kiana, Dash y yo te hablamos y creemos que hiciste algo genial. No estás tan sola.
Dos días en Tagus compartiendo habitación con Artie me habían permitido darme cuenta de que era una chica dulce. Podía parecer una muchacha metida de cabeza en los libros con una exagerada preferencia por los chalecos de lana, pero era divertida y su humor a veces era negro, justo como me gustaba.
Aegan Cash avanzaba por el espacio entre las mesas del comedor en dirección a donde estábamos. De inmediato perdí el apetito y fue sustituido por una explosión de enfado y desagrado. El mismo sentimiento se acentuó porque no fui capaz de negarme a mí misma que tenía demasiado estilo el muy idiota. Llevaba una chaqueta marrón con una camisa blanca debajo, unos jeans y unas botas trenzadas. Un reloj adornaba su muñeca derecha y el cabello se le desordenaba de manera impecable. ¿De dónde coño había sacado ese outfit? ¿De Pinterest?
Algunos lo miraron pasar, pero otros no interrumpieron sus conversaciones. Finalmente llegó hasta la mesa, y allí sentada lo vi más grande e imponente que nunca.
La verdad detrás de las mentiras
*Lean este capítulo con calma y hasta el final. Me disculpo si hay algún error. Hago todo desde el cel. Lo modifiqué con la intención de que al menos se prepararan para desconfiar y no se sorprendieran mucho en este punto.
Si el inicio se hubiese quedado en "todo esto comienza con los Cash", habría sido cierto pero al mismo tiempo no. Todo sí empezó con los Cash, pero no en el momento en que comencé a narrarlo. No cuando Artie y yo íbamos por aquella acera y los pillamos desempacando. La verdad -que debí haberte contado desde el principio- es que no los conocí durante mi primer día en Tagus, sino que los volví a ver ese día. Y... te he estado mintiendo un poco.
Un poco demasiado. Lo sé, lo sé, debes estar con la cabeza hecha un lío. Debes estar pensando: ¡¿qué p*tas estás diciendo, Jude del Carmen Sinforona Petronila?! También sé que se supone que debes confiar en mí. ¡Todos confían en las protagonistas! Las protas nunca mienten y nunca son malas. Ellas jamás cambian la historia, de ninguna forma alteran los hechos y mucho menos omiten secretos. Y si yo hice eso... Entonces supongo que nunca fui la protagonista.
Esta siempre fue la historia de una villana. Porque (prepara el terreno para la bomba): el protagonista murió mucho antes del capítulo uno.
Detente ahí y controla esos instintos asesinos hacia mí. Voy a explicártelo todo. Voy a contarte la verdad, pero promete que no me juzgarás hasta el final de la historia, ¿de acuerdo? ¿hacemos un trato? ¿pinky promise? ¿juramento de saliva?
Listo, era lo que quería. Para que entiendas este lío junto al porqué de mis mentiras hay que volver seis años en el pasado. Debemos irnos muy pero muy lejos de Tagus, a Miami, la ciudad a la que llegan la mayoría de los inmigrantes. Tenemos que detenernos un día en el que un muchacho de diecisiete años llamado Henrik Damalet, recibió una llamada que le informaba que había sido contratado como jardinero en la casa de una familia muy importante a nivel social y empresarial.
Apenas Henrik colgó el teléfono tenía estampada en la cara una sonrisa enorme. Los ojos color avellana se le habían humedecido un poco, porque su rostro era afable, animado, y Henrik a veces no lograba ocultar las emociones. ¿Y cómo ocultar esa? Todo acababa de cambiar para él y su familia gracias a ese empleo. -¡Mamá! -soltó al correr desde la pequeña salita a la pequeña cocina del apartamento alquilado por 500$ mensuales-. ¡Tengo el trabajo! ¡Lo tengo! ¡Me voy mañana mismo!
La madre lloró de la emoción. Era una mujer muy delgada con la piel pálida, los ojos cansados, el cabello opaco, las uñas rotas y la existencia exhausta y adolorida. Llevaba tres años enferma de algo incurable y ellos no tenían mucho dinero para pagar los medicamentos en un país en el que un seguro médico significaba exclusión para quien no lo tenía, pero con el nuevo trabajo de Henrik en esa casa de esa familia importante, sí podrían hacerlo.
Mi teléfono sonaba y yo estaba en el kiosco comprando otra cubeta de helado, una caja de twinkies, un pack de colas y una bolsa extra grande de doritos. Cabía destacar que iba vestida con leggins y una camisa más grande que mi desánimo, remendada en algunas partes y manchada de pintura en otras. Tenía el cabello recogido en un patético y desastroso intento de cebolla, y parecía una vieja dejada por cinco maridos.
Cuando me harté del sonidito de las notificaciones, chequeé el teléfono. ¿Cómo no lo imaginé? Solo había una persona capaz de joder tanto. Su nombre empezaba por A y terminaba en Egan. Me había estado llamando. Creo que estoy resfriado. Pasas por la farmacia y me traes algo? Estoy en el apto. Mueve ese culo de tabla.
Consideré no hacerlo. Si fuera por mí lo habría dejado morir hasta de pulmonía, pero en papel yo era la novia enamorada, y una novia nunca abandonaba a su novio en tiempos de enfermedad, ¿no? A menos que esa novia enamorada se equivocara en la farmacia... Solté una risita y caminé hacia la farmacia del campus.
Entré, la puerta tintineó y me detuve frente al mostrador. -¿Tienes laxantes en píldoras? -Sí -respondió, aunque algo dudosa. Le dediqué una sonrisa amplia, alegre, feliz como la de un niño a punto de hacer su travesura más épica. -Perfecto, me das eso y una caja de antigripal, por favor -le pedí.
Después de que pagué todo me senté en uno de los bancos de una de las aceras e hice el cambio: metí las tabletas de laxantes en la cajita de los antigripales. Estaba muy segura de que Aegan ni siquiera se molestaría en ver el nombre impreso detrás de la tableta, así que mi plan no fallaría. Ya me satisfacía el solo pensar en la diarrea olímpica que tendría más tarde. Guardé todo en la bolsita y me fui tarareando y casi que dando tumbos hacia su bloque de edificios. Al llegar subí en el ascensor.
Apenas se abrieron las puertas, una figura venía a toda velocidad. -¡Hola, Owen! Lo miré con algo de extrañeza. No parecía tranquilo como siempre, de hecho, tenía un tinte preocupado, serio, y por la forma en que presionó los botones, también mucha prisa por irse. Su cabello rubio poseía un aire desprolijo. Por alguna razón lo asocié a Aleixandre. Debía de ser por el Sak.
Si hacía un resumen de lo que había descubierto hasta ahora, los Cash y su combo tenían que resolver un gran problema antes de sesenta días y vender esa droga en forma de diamantes que habían introducido en Tagus. Pero había algo más. Llevaba noches dándole vueltas en mi cabeza. Había algo con menos tamaño pero mayor alcance, algo entre los tres hermanos, Regan e incluso Layla y la muerte de la prima Melanny. Solo que no estaba segura de qué era con exactitud... Las pruebas del tráfico de drogas seguían en mis manos, pero aún no las utilizaría.

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