El Encuentro Entre una Dhampir y un Cazador en un Mundo Post-Apocalíptico

Manua miró a lo alto, en donde se perfilaban las primeras estrellas en el oscuro firmamento. La chamana Talma la ayudaba diligente en su dura empresa, aplicándole cataplasmas de hierbas que cumplían eficaces con su propósito, esto es, aliviar su tremendo dolor. Manua estaba regada en sudor y llena de sangre, y las piernas le temblaban debido al gran esfuerzo que suponía dar a luz. Sus amigos, todos los integrantes de la comunidad, las mujeres, los hombres, los niños y ancianos, miraban cómo Talma le sacaba al bebé que ella dio a luz antes de caer exhausta.

Y cuando Talma y el líder de la comunidad, Eide, la trasladaron a su casa y la tendieron en la cama cubierta de pieles, y le trajeron a su niño, que era una niña, pues eso le dijeron y ella se alegró en gran medida, entonces se la pusieron en los brazos y Manua se horrorizó, cayó presa del miedo más absoluto. En sus miembros superiores yacía enroscada una criatura pálida, delgaducha, de pocas carnes blanquecinas, y pelo negro como una noche sin luna rizado y grasiento; sus manitas se movían espasmódicas y parecía que la buscaba, y efectivamente lo estaba haciendo, porque sus uñas largas se aferraron a su pecho.

-No, ésta no es mi hija. ¡Yo no he parido a semejante monstruo! ¡Mirad! -Señaló sus colmillos, que aunque eran pequeños ya eran bastante prominentes-. Un bebé humano no tendría garras y dientes afilados, ¡yo no quiero a esta cosa horrenda!

-Manua, tranquilízate. Quédate en calma. Por mucho que Eide intentó hacerla entrar en razón, ella se resistió enormemente y la niña se quedó sin cuidado. Ningún caso le hacía Manua, y la pequeña creció a duras penas, era blanca y silenciosa, y sigilosamente observaba a su madre mientras esta paseaba en el poblado y rezaba con todos los miembros de su tribu.

-Es un demonio maligno, como aquel que me poseyó en las cuevas negras y copuló conmigo, plantando en mi interior su semilla maldita, y por ello sé que esta criatura demoníaca lleva el mal en su sangre. ¡Eres sin duda alguna hija de tu progenitor, un horrible demonio chupasangre! -gritó histérica, y todos se avinieron a creerla, dejando sola a Luc. Ella se puso muy triste y se alejó de todos ellos y se aisló dentro de sí misma, cuestionándose una y otra vez cuál era el sentido de su mínima existencia durante noches interminables en que nunca fue ni sería amada; y nadie la quería y la amaba y la comprendía y le ofrecía un regazo en el que llorar y desahogar sus penas más íntimas y se sentía incomprendida y caminaba envuelta en un hondo desazón, desesperada, sintiéndose lejos de sí misma y flotaba ingrávida como si nada existiera a su alrededor, ya que se la consideraba un fantasma en su clan provisto de gentes que cazaban bestias peligrosas y con ellas alimentaban a sus niños, con pieles y la leche que obtenían de estas y la nutritiva carne, y arrancaban raíces de los altos árboles en los bosques frondosos y cultivaban ciertas plantas muy fértiles en los verdes valles, y esas mismas personas que la temían rezaban por su alma corrupta y pedían a los dioses que fueran benévolos y se la llevaran por algún accidente y la sepultaran en el fondo de la tierra y así se hiciera justicia, pues ellos no se merecían tener a un terrible ser de las tinieblas rondando entre ellos y robándoles la vitalidad y llenándolos de angustia incesante.

- ¡Te odio, te odio, niña estúpida que no hace nada, ni nos quiere ni nos entiende, nunca debiste haber nacido!

Pasó el tiempo y Luce aprendió de sus errores y se enmendó, y entonces ya no hizo tanto caso a su madre, al desprecio que ésta sentía por su existencia, y ya no odió a su progenitora.

-Ya no necesito de tu inexistente calor, madre. Pero te debo las gracias por haberme traído a este mundo. He sobrevivido sin tu permiso, pues no necesito de tu ayuda para vivir, ni que tú me lo prohíbas impedirá que yo haga algo que quiera. Adiós, y que los dioses sean buenos contigo y te lleven al cielo.

Y Manua entendió finalmente que Luce no iba a morir, pues era inmortal, y que encontraría las razones para ser feliz a lo largo de su vida, que con los augurios sería nada menos que longeva, y legendaria, llena de hermosas aventuras y de gente que le daría amor y comprensión. Siempre la había mirado con miedo, y al borde de la muerte la miró con rabia, y odio, pues ella quería aquello que nunca dio, ni se atrevió a hacerlo ni se arrepintió de no haberla cuidado como una madre, lo que era su deber. No le había garantizado nada, y aun así Luce había enfrentado los peligros del mundo. Los dioses y la Naturaleza le daban su merecido y en este caso, al mirar a los ojos negros de su única hija, profundos como pozos sin fondo, que leyeron en su alma todos sus pecados inconfesables, supo lo que le aguardaba. Y cerró los ojos y dejó que la muerte la abrazara, y la recibió afable con un largo saludo, como si ésta fuera una vieja amiga. Y emprendió el viaje a la tierra de los muertos, mientras Luce caminaba por el mundo de los vivos y se hacía leyenda.

Estrellas en el cielo nocturno

Mirando a las estrellas, ansió tener la luz que estas rezumaban y que de ellas se desprendía, antes de expirar. Estaba lloviendo copiosamente. L azuzó a su fiel caballo Medianoche, para que continuara avanzando. A pesar de la lluvia, ella no tenía frío. El cielo estaba negro y rugían los rayos con sonidos atronadores. Ella no tenía miedo y prosiguió con su tránsito. Se internó en unas calles sinuosas que desembocaron en una plaza abierta, donde se veían tiendas de ropa, de electrodomésticos y de maquillaje que habían pertenecido a un mundo antiguo, que ahora se había perdido para siempre.

Paró a Medianoche frente a una pantalla en la que se veían imágenes en color, que se movían rápidamente y mostraban a diferentes personas gesticular y hablar entre ellas con viveza. Los cristales del escaparate estaban rotos, pero el objeto se mantenía intacto dentro del local deteriorado que hablaba de una época vieja, perdida en los confines del tiempo, en la que los seres humanos habían sido dichosos y no tenían que trabajar para los bebedores de sangre que ahora sí los gobernaban a ellos y los machacaban a palos si no obedecían sus estrictas órdenes.

L se quedó mirándolo fijamente, sin pestañear. -Eso es una televisión. Recuerdo que se conocía por ese nombre -dijo L.

-Ya no importa. Nadie la usa. Nadie puede hacerlo ya. Ninguno de esos estúpidos y despreciables humanos -replicó Manos (el cual era llamado así precisamente porque se introducía en las personas, habitando en sus manos, que le parecían un cómodo refugio, y comía su carne, con lo que sus infortunados huéspedes no sobrevivían, pero L era una criatura tétrica, sobrenatural, y podía rellenar los agujeros de sus manos destrozadas con piel nueva y joven), abriéndose paso entre los tendones de la palma de la mano de ella, la dhampir que lo acogió hacía tiempos desgastados y cuarteados por los eones en su tejido orgánico, refunfuñando el parásito de dudoso e incierto origen a continuación, para dotar de mayores argumentos a su desprecio por la raza humana-: Esos egocéntricos humanos la liaron parda, se confiaron demasiado, se crecieron mucho en su ego y como resultado se han deshecho entre terribles sufrimientos. Ahora son esclavos de los vampiros. Ja. Lo tienen bien merecido.

L no dijo nada. Ciertamente los humanos habían sido muy pedantes y ególatras, y su codicia desmedida los había consumido. Bueno, eso no tenía nada que ver con ella. Se encogió de hombros y decidió continuar avanzando por la calle desierta. Espoleando a su buen corcel, fue galopando rauda como el viento hasta que llegó al final del lugar, y giró a la izquierda, dirigiéndose entonces a lo alto de la montaña que se destacaba en el horizonte, hacia el norte, donde brillaban las estrellas titilantes y tímidas, pero sin tener que pedir permiso como todas las cosas naturales de este mundo. Los hombres la habían fastidiado enormemente, pues no habían pedido permiso ni disculpas a la Madre Naturaleza cuando se habían dedicado a contaminarla.

Hacía ya más de mil setecientos años que había sucedido el declive, el ocaso del reino de los seres humanos en la Tierra, y habiendo menospreciado su planeta, les llegó el turno de extinguirse, o de ser relegados. L había vivido todo eso, aunque se había quedado en un discreto segundo plano, tan sólo observando cómo caía la humanidad y era sometida bajo el yugo de los inmarcesibles vampiros.

L llegó a donde deseaba, a lo alto de la colina donde se erguía un monumental edificio que dominaba todo el promontorio. El antiguo edificio en cuestión estuvo destinado a ser primeramente un centro de investigación para los humanos, en donde estos desarrollaban sus numerosos experimentos de genética, y luego que estos fueran derrocados, se convirtió en el nuevo centro de experimentación de la altiva raza vampírica conocida como la Nobleza, ya que ésta le robó los descubrimientos a su predecesora. La naturaleza había vuelto a tomar el control en ese sitio, pues las enredaderas y las demás plantas se habían adueñado de los gruesos muros, tapando las ventanas, y los árboles salvajes dejaban caer sus jugosos frutos. El blanco se había deslucido de las paredes mohosas, y ya no olía a desinfectante en el aire.

Ruinas de un edificio antiguo cubierto de vegetación

L continuó andando varios minutos más, hasta que dio con la puerta correcta. Necesitaba introducir sus datos biométricos, a saber, su huella dactilar o algo similar, para que el dispositivo la reconociera y dejara una apertura el mecanismo por la que pasar. Ya se disponía a acercarse al detector, en el momento en que escuchó el ruido inteligible de pisadas. Alguien se estaba acercando. Pero no podía ser un vampiro, ya que estos eran en extremo sigilosos. Frunció el ceño. ¿Acaso un humano negligente se había escaqueado de su turno de trabajar en el campo y había venido allí, a averiguar algo que escapaba a su entendimiento? Ella no entendía a los humanos puesto que no era uno de ellos, ni tampoco un vampiro. ¿Qué debía hacer?

El humano se acercó y se quitó el gorro que tapaba su cara a modo de antifaz. Era alto, de hombros estrechos y cuerpo fornido, aunque no demasiado robusto; tenía la fuerza sólida que se esconde en un cuerpo delgado. Sus ojos eran grises, con pestañas cortas, y sus pupilas estaban dilatadas del miedo, su ralo pelo castaño claro estaba desgreñado, y mostraba alguna que otra mecha de un desvaído tono rubio, de niño había sido rubio; su mandíbula era fina y alargada, su nariz recta y no muy prominente, y sus labios ligeramente carnosos se fruncieron en una mueca. Llevaba unos harapos grises y marrones encima, como si fueran una chaqueta, y unos pantalones raídos de un apagado tono negro, además de viejas botas negras, y sus manos recubiertas de callos en su superficie mostraban poca resolución a la hora de empuñar el pesado rifle que traía consigo, pues estaba temblando.

-¿Quién eres y qué haces aquí?

-Eso mismo iba a preguntarte yo.

L se movió calculadoramente a la derecha, tratando de no asustarlo, pero el hombre movió más el rifle, apuntándola con el cañón. Su boca balbuceaba unas palabras incoherentes, que no se materializaban. L lo compadeció. Tenía mucho miedo, eso era lógico. El miedo sólo es una descarga de adrenalina, la reacción que prepara el cuerpo ante lo desconocido y lo que pueda suponer un peligro para el individuo que se siente amenazado. El miedo te aligera, te anima a huir, o a atacar. Por su porte inseguro, y no obstante, arrogante, dedujo que no tendría más de veinte años. Era una cría a la que tranquilizar cuando se encuentra frente a sus peores miedos. No podía permitir que no la dejara hacer su tarea.

-Deja el arma -le aconsejó, pero el joven se alteró aún más y siguió apuntando con la mira, intentando disimular, mediante fútiles esfuerzos, su temblor involuntario-. No te aconsejo que me mates. Algún vampiro que se encuentre en alerta oirá el disparo y vendrá.

-¿Qué demonios eres? ¿Un vampiro? ¿Qué estabas haciendo? -él temblaba compulsivamente, y tenía el dedo en el gatillo del arma. L no dudaba de que el arma estaba cargada.

-No soy un vampiro -dijo, moviendo las manos-. Soy un dhampir, un ser fruto de una mezcla, esto es, soy mitad vampiro mitad humano.

-Jamás le dispararía a una mujer -afirmó, aunque parecía reacio a creerse la información que ella le había proporcionado. L se alegró de que tuviera ciertos principios morales.

-Será mejor para ambos que te deshagas del arma. Mantengamos una conversación civilizada.

- ¡¿Qué, qué diablos eres?!

-Soy L -respondió ésta de forma educada-.

-No, yo no voy a fiarme de ti. ¿De dónde vienes?

-No te incumbe -dijo L con frialdad-. Podría preguntarte lo mismo a ti. ¿A qué has venido? Ella sabía que intentaba coger su arma de nuevo y pensaba matarla en vez de salir huyendo con el rabo entre las patas. Tenía agallas, lo reconocía, pero le estaba haciendo perder su preciado tiempo. Así que juntó la mano en un puño y pulverizó el rifle, que se redujo a un montón de cenizas ante la incredulidad que gobernara al muchacho. Éste no se lo podía creer. ¿Qué acababa de suceder?

- ¿Qué has hecho?

-Lo he destruido.

- ¿Cómo? -él estaba ansioso por saber la verdad. L meneó el cráneo, exhalando un suspiro. Los humanos siempre serían unos curiosos insoportables, daba igual en qué época vivieran.

-Con magia. Claro, los humanos ya no usan magia en este mundo. Antes había magos, gente que usaba la magia para crear cosas irrealizables hoy día.

-Ya no sabéis lo que son los televisores, las piscinas y los clubes nocturnos -dijo en ese momento, solo para ver cómo el muchacho se quedaba perplejo.

-¿Qué son todas esas cosas?

-No entiendo nada -el muchacho resopló, atolondrado-, pero me suena a cosas legendarias de las historias que me contaban mis abuelos cuando era pequeño. Algo de los años 2050 y siguientes, del deterioro del clima, las epidemias mundiales y los viajes a otros planetas. Me parecen puras fantasías delirantes que no son prácticas en lo absoluto.

-Todo eso es consecuencia de la estupidez humana, por tratar de doblegar a la Madre Naturaleza, y ella le ha dado una lección, quitándole las cosas que le eran preciadas y mostrándole que no estaba evolucionando sino para atrás, lo que se llama involucionar. Las constantes medidas de salvar la Tierra no frenaron el deterioro, y millones de personas murieron en un declive catastrófico, por la mala gestión que hicieron de los recursos que Ella les había brindado. No podéis culpar de vuestra desgracia a otros más que a vosotros mismos. Sois los que habéis talado los bosques, matado animales hasta que se extinguían, llenado de plástico los océanos y quemado las reservas naturales del planeta. Pensasteis, en vuestro furor enloquecedor, que erais los dueños del planeta. La Naturaleza no pertenece a nadie, más que a sí misma. No es de vuestra propiedad en absoluto. Es un organismo vivo y libre (y siempre lo será), y vosotros, los humanos insensibles y egoístas que so...

Hijos de los VAMPIROS - Dhampiros

Ilustración de una dhampir luchando contra un cazador

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