El kiosco: un portal al universo del cómic y la cultura popular

Si tengo que pensar dónde se forjó mi afición por los cómics, definitivamente tengo que concluir que en los kioscos.

Es verdad que por otra parte los puestos de ejemplares de segunda mano en mercadillos y rastros desempeñaron un papel muy importante en mi descubrimiento y fascinación por el medio durante la infancia: ése era el modo de contacto con aquellos hipnóticos números en blanco y negro de la editorial Vértice, por ejemplo.

Y no es menos cierto que unos años más tarde, en la adolescencia, las incursiones al centro de la capital y a su circuito de tiendas especializadas consolidaron esta afición de forma “seria”, probablemente ya para siempre.

Pero como decía, paralelamente a esas dos fases -que tampoco es que fuesen excluyentes entre sí- hubo otra de tanta importancia como la de la suma de ellas, la del kiosco.

Los mencionados puestos de segunda mano, junto a los ejemplares de Vértice prestados por primos y amigos del barrio, y regalos navideños de Tintin y Asterix, fueron trazando ese amor por el noveno arte que aún no se ha desvanecido.

Pero la auténtica vorágine se despertó cuando en los kioscos Bruguera mantenía sus colecciones de Superman, Batman, Spiderman y La Masa (hoy por hoy ya no sigo llamando así al increíble Hulk) y editorial Vértice afrontó su penúltima etapa como Mundicómics.

Mostrándose en los expositores exteriores incluso cuando los kioscos estaban cerrados, aquellas portadas de Micronautas, ROM, Dan Defensor (hoy por hoy ya no sigo llamando así a Daredevil), Capitán América, el Hombre de Hierro (hoy por hoy ya no sigo llamando así a Iron Man) o el Motorista Fantasma, apresaron la imaginación de aquel niño de forma irreversible.

Recuerdo con claridad que hubo un triste periodo de sequía de estos productos en el kiosco que a esas edades nos pareció eterno.

Y que cuando ya nos habíamos resignado a que aquello había terminado y que para leer más aventuras de los personajes ya solo nos quedaba ir consiguiendo poco a poco números atrasados (en, de nuevo, los susodichos puestos de segunda mano, y por ejemplo también en saldos de Simago), otro kiosco, el de una estación de tren me demostró que lo mejor estaba todavía por llegar.

Fórum había desembarcado con su edición de los cómics Marvel y aquello no iba sino a más.

Vértice volvió fugazmente con su Línea 83 y pudimos leer la saga de Fénix Oscura, a excepción del mítico y escasísimo número seis, claro.

Y Zinco nos ofrecía ediciones de DC que presentaban a personajes -que por no haber leído lo adecuado hasta entonces se nos antojaban rancios- de un modo totalmente novedoso y atractivo.

Ese caldo de cultivo fue el que me llevó a ser el lector que hoy por hoy soy.

Durante muchos años mi cita cada dos-tres días en el kiosco se mantuvo.

Ahí seguí durante los años noventa (a pesar de todo) y gran parte de la primera década del nuevo milenio.

Sin embargo esto no es así ya.

Con la caída de Bruguera a mediados de los ochenta y de Toutain a principios de los noventa, el nicho de tebeos de kiosco quedó ocupado (prácticamente y salvo honrosas pero anecdóticas excepciones) por el comic book norteamericano de superhéroes en sus ediciones patrias.

Lo cierto es que necesitaba ese espacio, ya que además coincidió con un periodo de enorme crecimiento del número de títulos del mismo: «¡saturación del mercado!», leíamos a menudo, y tal vez algo de eso hubo.

Su público objetivo mantuvo la afición cuando fue creciendo y teniendo acceso a mayor poder adquisitivo, y las editoriales vieron que ya era posible y sostenible lanzar ediciones más lujosas y más adaptadas a la librería especializada.

Y los lectores aprendieron que lo más interesante estaba apareciendo en ellas, y no en los kioscos, llenos de entregas de Brigade o Fuerza de Choque, así que poco a poco los fueron abandonando.

Y claro, los cómics fueron dejando de llegar a ellos.

Los kioscos de mi barrio cerraron en su mayoría, sus dueños se jubilaron, y los escasos que han surgido en su lugar apenas tienen cómics en sus expositores.

Como mucho uno puede encontrar algún coleccionable, pero poco más.

Y este panorama es idéntico en la inmensísima mayoría (hay, de nuevo, honrosas excepciones, claro) de los kioscos que he podido ver a lo largo de la geografía de la península.

Por un lado como lectores tenemos la percepción de que el formato grapa, el que parece idóneo para ese punto de venta, tal y como está entendido hoy por hoy ha quedado obsoleto al ser la tendencia actual presentar historias prolongadas a lo largo de muchos números que casi unánimemente están pensadas para ser posteriormente recopiladas en tomos.

Ante la perspectiva de comprar un ejemplar suelto con el que no me voy a enterar de nada, paso y voy después a por el tomo, que además si me manejo en inglés, a través de Amazon o Book Depository saldrá bien de precio.

Y si no, a la librería especializada o a alguna gran superficie.

Por tanto, la resultante es una crisis del cómic en su formato de grapa, el que principalmente llega a los kioscos ¿no?

Para empezar lo de las historias serializadas prolongadas a lo largo de muchas entregas no es algo nuevo.

Ni de lejos.

¿Alguien recuerda lo que era intentar por ejemplo leerse las distintas partes del Den de Richard Corben serializadas en las revistas 1984 y Zona 84 de Toutain?

¿Cuantas páginas de estas obras aparecían ahí cada mes?

¿Seis, ocho, en grupos que carecían de estructura planteamiento-nudo-desenlace al estar atomizadas?

Analicemos además esa afirmación de que la grapa está muerta; un recuento a grosso modo de las series que pueden aparecer en nuestro país un mes cualquiera bajo ese formato, sumando las de todas la editoriales arrojan la friolera de nada menos que aproximadamente una cuarentena.

Cuarenta grapas en un mes no es una cifra tan alejada del número que podía haber en aquellos años de máxima efervescencia de Fórum, Zinco y Norma inundando el mercado a principios de los noventa con series de Marvel, DC, Image y otras independientes, creo yo.

No, aunque se esté lejos del panorama óptimo para ella, parece que la grapa no está muerta.

Y yo diría que tiene una importante función dentro de la industria: la de llamar cada mes al consumidor a la librería a pasarse a por su ración, y de paso hacerse con un Omnigold o la lujosa recopilación que toque.

Porque, hablando de todo un poco, siempre luce mejor en la estantería, y aparte de las ventajas prácticas, misteriosamente un libro en tapa dura parece más culturalmente respetable, independientemente de su contenido.

Es una novela gráfica, no un tebeo, podemos decirnos a nosotros mismos, a las visitas y a los parientes.

Y este es un factor importante en una población envejecida de lectores que arrastra desde pequeños cierto complejo (del que a menudo no nos damos cuenta) de que eso no eran cosas serias, que son cosas de críos y qué narices haces leyendo esas chorradas a tu edad.

Enlazando temas, es complicado designar exactamente cuál es la causa de éste envejecimiento en la población compradora de cómics y por tanto de su reducción.

Es una aplastante realidad en los Estados Unidos, donde las ventas de grapas mensuales se han ido desplomando con los años a pesar de que los personajes de las viñetas son más populares que nunca gracias al cine, a la televisión y (no lo olvidemos) los videojuegos.

Cifras que antaño eran consideradas motivo de cancelación de colecciones ahora resultan auténticos éxitos, a excepción del espectacular fenómeno (también matizable) de Star Wars, con un millón de copias vendidas del debut de sus cómics.

Se achaca esta falta de relevo generacional a que las líneas argumentales y continuidades son cada vez mas alambicadas, y qué duda cabe de que esto tiene algo que ver.

Sin embargo dudo de que esta sea la única razón, ni siquiera la fundamental: ha habido intentos de reboots editoriales mejor o peor conseguidos; líneas Ultimates; continuidades laxas en la Marvel inicial de Quesada, o en la reciente iniciativa DC You; y nada ha servido.

En España parece que el panorama sigue ese modelo, como es razonable al estar fundamentalmente nutrido del mismo material, y aunque hay cierta estabilidad, sigue sin renovarse con nuevos lectores al igual que en el resto del mundo.

Probablemente esta falta de renovación de la que hablábamos sea debida más bien a causas sociológicas más complejas y globales: y es que en general cada vez se lee menos.

Aunque hay grandes éxitos literarios, parece que la industria editorial está cada vez más polarizada: los best sellers, venden mucho, lo que no, apenas lo hace.

Quizás sea una consecuencia más de la crisis, o tal vez ésta solo haya agravado un fenómeno que ya venía de antes.

El caso es que mientras antaño la lectura era una parte de cierta importancia en el ocio, ésta ha ido viéndose desplazada cada vez más por otras alternativas, ya mencionadas y viejas competidoras del noveno arte: Cine, TV…Y ahora, ya definitivamente asentados y ampliando territorio, los videojuegos.

No es que los personajes de cómic hoy por hoy sean populares y por tanto aparecen en estos medios, sino que es más bien al revés: son populares porque se dejan ver en ellos y en la actualidad, con los adelantos técnicos, funcionan mejor que intentos de décadas anteriores.

Si en lugar de Spiderman ponemos a los personajes de The Fast and the Furious, el éxito es el mismo, no nos engañemos.

Y esta tendencia, propia de la sociedad del siglo XXI, es asimilada con mayor naturalidad por quienes serán sus herederos, los más jóvenes.

Volviendo al tema del kiosco, pero manteniendo en mente algunas de las ideas vertidas, es muy complicado que éstos vuelvan a generar afición comiquera como en ese bucólico retrato con el que he iniciado este escrito, aunque las editoriales no se puedan permitir renunciar a intentarlo.

Los kioscos como hemos apuntado, afrontan su propia crisis, salvaje como para cualquier sector en los tiempos que nos ha tocado vivir, y acentuada por lo dicho unas líneas más arriba.

Su número ha quedado diezmado a velocidades de vértigo en los últimos años, y las ventas de prensa, que antes representaban el grueso de sus ganancias, han bajado a cifras minoritarias.

Para mantener los negocios, se opta por coleccionables de coches en miniaturas, tazas de porcelana, cascos de Star Wars o lo que sea que se ofrezca como lanzamiento esa semana, aunque en las siguientes se olvide y haya que buscar otro nuevo.

Estos productos son los que dejan cierto margen de beneficio al kiosquero, indispensable para su subsistencia en la situación actual.

Porque, por caro que pueda parecernos un tebeo en grapa, al final este tipo de vendedor se lleva un porcentaje pequeño de su precio.

Y ocupa mucho espacio en sus expositores como para arriesgarlo a una venta casual, pudiendo destinarse a una inversión algo más segura.

Julián M. Clemente, editor de los cómics Marvel en España, comentaba hace un par de años en una charla en FNAC que ya les gustaría a ellos poder distribuir más a través de kioscos, que no es que el cómic haya renunciado a estos puntos de venta, sino que más bien, los kiosqueros han tenido que renunciar a los tebeos para poder sobrevivir.

Antes se podían permitir ofrecer productos con margen tan bajo debido a un mayor volumen de ventas y a la mejor situación económica en general.

Ahora, cada vez menos.

Sí, siguen apareciendo interesantes coleccionables.

Con estas circunstancias, resulta complicado pensar que el kiosco, por mucho que nos duela, pueda mantenerse como punto de entrada al mundo del cómic, ya que no es previsible que esta situación, por estructural y no coyuntural, mejore.

Pero entrando de nuevo en otra pescadilla que se muerde la cola, para la búsqueda específica es necesario un reclamo previo; cruzando los dedos, se espera que sea un papel que desempeñen medios que mayormente van a ser competencia de este.

Probablemente la mayoría de los niños no se aficionen a los cómics del Capitán América a través de sus videojuegos, sino que más bien acaben siendo gamers, aunque luego lleven una camiseta del personaje comprada en Primark con un dibujo de Sal Buscema.

La semana pasada sin ir mas lejos, se hizo publicó un estudio encuestando a mas de un centenar de divulgadores y profesionales del medio de dentro y fuera de nuestras fronteras acerca de esta cuestión, de qué se puede hacer para acercar el cómic a las nuevas generaciones.

Tampoco es mi intención ofrecer un paisaje apocalíptico, ni mucho menos; para empezar porque tampoco se correspondería con la realidad.

Parece que las cifras en otros puntos de venta como grandes almacenes y librerías (tanto especializadas como generalistas) sostienen el mercado y hacen las veces de punto de entrada a la afición.

Pero las inquietantes preguntas de si estas modalidades ofrecen suficiente caudal de renovación de lectores, y de -si no fuese así- cómo se generará entre los más jóvenes un entusiasmo por el medio que dure toda una vida y que sostenga una industria, siguen en el aire.

La historia del cómic español y su venta ha estado ligada al kiosco prácticamente desde sus inicios, aunque su papel se ha visto muy relegado en la actualidad.

La distribuidora de kiosco de la zona nos obliga en la mayoría de los casos a invertir una suma económica muy importante en un aval bancario para poder abrir cuenta con ella.

La segunda gran traba es el escaso margen comercial con el que se trabaja.

En tercer lugar citaremos el especial sistema de distribución de este canal.

Realizan un reparto sin fechas concretas cada mes, donde ciertas ciudades pueden disponer del producto un día o dos antes que otras debido a que sus rutas de reparto son más cortas y rápidas.

La última gran traba es el poco o nulo cuidado con el producto cómic que este canal aplica tanto en su embalado como en su reparto.

Acostumbrados a trabajar con prensa y revistas aplica al cómic el mismo e inadecuado procedimiento y una logística para transportarlo y entregarlo susceptible de lastima...

Afortunadamente restaurado no hace mucho, aquel quiosco de infancia queda al menos como testigo de un pasado no tan lejano.

Si mudo o no depende de si alguna entidad -es propiedad municipal y asociaciones hay muchas que podrían proponer un destino para él- acierta a dotarlo de un uso.

Ya se sabe que un espacio que no presta un servicio o proporciona una utilidad del tipo que fuere puede quedar condenado otra vez a un deterioro irreperable.

Cierto que no es fácil saber en qué puede emplearse el viejo pero remozado quiosco del Caño Argales, con un perímetro tan acotado como el que ofrece.

Cierto también que no le favorece, e incluso le amenaza, la compañía decrépita del edificio donde se asentó la antigua tienda de ultramarinos La Casa del bacalao, de los Heras, cuya fachada está sujeta por la ortopedia de rigor.

Pero sería una lástima que permaneciera a la intemperie como una especie de mera estatua expuesta a los elementos.

Para algunas personas, cada vez menos, este quiosco es una fuente de recuerdos.

Yo mismo me detenía todos los días delante de sus poligonales escaparates al volver de la escuela.

Repasando las portadas colgadas de TBO, El capitán Trueno, Jaimito, El jabato, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...etcétera.

Había infinidad de publicaciones infantiles, a todas ellas las llamábamos tebeos.

¿Y cómo olvidarse uno de los sobres sorpresa que apenas deparaban un globo nada sorprendente?

¿Cómo olvidar las entrañables y didácticas -todas lo eran- colecciones de cromos de Los diez mandamientos o de aviones o de naturaleza, por ejemplo?

¿O los consabidos chicles Talgo o Bazoka, que casi no te cabían en la boca?

Acordarme de ellos ahora mismo y venirme un gustillo frutal a las papilas es todo uno.

Adjuntar un mini parque infantil con zona ajardinada proporciona a la plaza cierto ambientillo, aunque ha empequeñecido el espacio tradicional.

Y los bancos siempre tienen la acogida de la gente de edad o los viandantes que hacen un alto en el camino.

La plaza es un punto de tránsito de vehículos intenso, pero a la vez pretende ser un oasis pequeño.

En ese marco el quiosco, que es una joya tanto conmemorativa como estética, se siente menos solo.

Vecinos de la zona piensan que sigue un tanto huérfano.

Propuestas ha debido haber.

Acertadas o factibles es otra cosa.

En estos tiempos en que los quioscos de venta de prensa van desapareciendo a velocidad vertiginosa por toda la ciudad uno quisiera que este testigo tuviera un carácter menos escultórico y más viviente.

Si no puede ser para una función como antes para otra que sea reconocida en el vecindario.

A la espera estamos.

Para quien no haya conocido en activo este tipo de quiosco adjunto una fotografía antigua de Valladolid en la que un quiosco análogo aparece en plena Plaza Mayor.

En los kioscos estadounidenses de 1962 valía 12 céntimos de dólar.

Y los hoy míticos Stan Lee y Steve Ditko hicieron debutar en sus páginas a Spider-Man.

Era en ‘Amazing Fantasy #15’, uno de cuyos ejemplares se vendió en el 2011 en subasta por casi un millón de euros, alzándose como el tercer cómic más caro del mundo y uno de los más codiciados por los coleccionistas.

Esta semana, hasta el 11 de agosto, otro ejemplar del, en origen, humilde tebeo de grapa con la primera aparición completa del Hombre Araña está siendo objeto de puja en la plataforma holandesa de subastas ‘on line’ de objetos únicos Catawiki.

Al margen de la cifra final que pueda alcanzarse, esta venta es una prueba más del creciente interés de compradores y de importantes casas de subastas, como Sotheby’s, Christie’s o Sotheby’sChristie’sArtcurial por el mundo del cómic, que poco a poco revaloriza la etiqueta injustamente menospreciada de cultura popular cotizando al alza la de noveno arte.

“La gente necesita distancia, contexto y retrospectiva para interpretar el verdadero significado y valor de los artículos y creaciones del pasado.

Por ejemplo, Van Gogh no era popular en su época como pintor, se le podía comprar un cuadro por unos pocos francos.

Cada nueva generación mira hacia diferentes objetos del pasado y comienza a considerarlos como arte”, opina Patrick Vranken, director de subastas y experto en cómics de Catawiki, sobre las razones que están convirtiendo los tebeos en codiciados y valiosos objetos, a la par con otras piezas del arte considerado tradicional.

Batman y Superman, los más cotizados

En el ‘ranking’ mundial de ‘comic books’ vendidos por más dinero, a ‘Amazing Fantasy #15’ lo supera, ‘Action Comics #1’ (la primera historia de Superman, de Jerry Siegel y Joe Shuster), por el que se pagaron 3,2 millones de dólares (más de 2.850.000 euros), y le sigue ‘Detective Comics #27’ (la primera aparición de Batman, de Bob Kane y Bill Finger), vendido por casi un millón de euros.

Todos, señala Vranken, comparten el hecho de ser el debut de un personaje que se convertirá en icónico, y eso hace que suba su precio.

“Al ser el inicio de una serie aún no se sabe si será un éxito o un fracaso, por lo que el número de ejemplares impresos siempre tiende a ser bajo [aunque las cifras modestas para el estándar estadounidense podían ser de 100.000 o 151.000 copias) y la mayoría no se conservan en buen estado.

Si luego se convierte en un ‘million-seller’, como en estos casos, hay sucesivas reimpresiones, pero los coleccionistas buscan sobre todo las primeras ediciones”.

Otras dos razones que inciden en el valor de un cómic es si está firmado por el artista y su estado de conservación.

El ejemplar de ‘Amazing Fantasy #15’ que subasta Catawiki (del que solo ha trascendido que forma parte de la colección USA Comics Collection de I-AM Foundation), “no está en excelentes condiciones”, valora el experto, pero “algunos cómics de EEUU son tan únicos y buscados por los coleccionistas, que incluso una copia en condiciones menos buenas puede tener un altísimo valor”.

El universo de Tintín

Si en Estados Unidos históricamente ha existido más tradición de subasta de tebeos, básicamente de ‘comic books’ de superhéroes, y los más valorados son los de Superman, Batman y Spider-Man, en Europa, con el mercado franco belga en cabeza, se palpa un auge de pujas, con Hergé y el ‘universo Tintín’ como estrellas.

En Catawiki, por ejemplo, su récord es una edición alternativa de Tintín de ‘La isla negra’ que sirvió a Hergé de borrador (68.000 euros); subastaron también uno de los siete ejemplares existentes de un prototipo solo con ilustraciones de ‘Tintín en el Congo’ (39.000 euros), y para antes de final de año ofertarán, avanza Vranken, uno de los mejores lotes tintinófilos.

A 2,5 millones de euros, el récord en Europa para una pieza ligada al cómic, han llegado por ahora dos obras, ambas también sobre Tintín: una doble página de Hergé de 1937, subastada en el 2014 en la también casa ‘on line’ Artcurial, una de las veteranas en ofertar tebeo, y, un año después, en la feria Brafa de Bruselas, el original para la portada de ‘La estrella misteriosa’.

Por el camino, una plancha de ‘Aterrizaje en la Luna’ (de 1954) por 1,55 millones, el original de la portada de ‘Tintín en América’ por 1,39 millones -ambas también en Artcurial-, una doble plancha original de ‘El cetro de Ottokar’ (de 1939) por 1,56 millones, y un conjunto de cartas de felicitación firmadas por Hergé por 1,2 millones, estas dos últimas vendidas en una de las dos grandes subastas del 2015 en Sotheby’s, que reunió tanto cómic europeo (Hugo Pratt, Peyo, Moebius, Enki Bilal o el catalán Josep Homs) como norteamericano (Winsor McCay, Milton Caniff, Steve Canyon, Will Eisner, Frank Miller…).

Apuesta de Christie's

Gracias a la colaboración del galerista y coleccionista Daniel Maghen, la última grande en subirse al auge tebeístico fue Christie’s, que en el 2014 rozó los 4 millones en ventas con 370 piezas y, en el 2015 recaudó 5,3 millones con 456 lotes.

En ellos había piezas de Uderzo, Moebius, Eisner y también de españoles como Miguelanxo Prado, Ana Miralles, Juanjo Guarnido, Carlos Giménez y Enrique Corominas.

Según afirmó entonces Maghen, esos éxitos, “refuerzan el hecho de que los cómics son un área artística de primer orden y ayudarán a revalorizar tanto los tebeos como las ilustraciones al tiempo que promocionarán a los dibujantes del noveno arte”.

En Catawiki empezaron a ofertar cómics en Estados Unidos en el 2015.

Desde entonces, explica Vranken, han visto “un crecimiento importante en la calidad de los artículos ofrecidos y en el número de compradores y vendedores”, que se traduce en un aumento de un 20% anual en las subastas, que duran de tres a 15 días.

El perfil del vendedor, constata, no suele ser un coleccionista de cómic sino “una mezcla de coleccionistas privados activos en el mundo del arte y vendedores profesionales”.

En los últimos tres años esta plataforma 'on line' viene realizando subastas exclusivas de cómics.

Para una ciudad como Castelló se trata de un nombre que forma parte de su pasado y su presente.

Desde hace más de medio siglo, en el ir y venir habitual de la calle Mayor, los vecinos siempre han encontrado un momento para detenerse en este quiosco y comprar el diario del día o preguntar por una revista.

Este quiosco, fundado hace 55 años por Mario Alba y su esposa, Rosa María, como explica una de sus actuales propietarias, su hija Rosa, "ha sido un lugar encuentro para generaciones de castellonenses".

"Los niños que antaño venían de la mano de sus abuelos para comprar un tebeo, ahora son adultos que regresan en busca del periódico o de alguna revista", afirma.

En el Mercado Central

Rosa Alba, junto a su hermano Miguel, se encarga de gestionar las dos tiendas que, con el nombre de Prensa y Revistas Mario, actualmente ofrecen servicio bajo el nombre de Mario.

Una es la de la calle Mayor, mientras que la otra subió su persiana en el Mercado Central a principio de los años 80, en el callejón que comunica la plaza Mayor con Santa Clara.

Pero la historia de esta tienda de venta de periódicos arrancó en la Magdalena de 1970.

Una fecha bien señalada.

Entonces, estaba en la esquina de la calle Enseñanza con Mayor, después de que Mario Alba lograra el traspaso de la antigua relojería Cinto.

Crecer entre periódicos

"Miguel y yo crecimos rodeados de periódicos y revistas", rememora Rosa.

Como recuerdo curioso, explica que las vecinas que acudían al quiosco "escondían a mi hermano entre cajas y pilas de devoluciones de diarios, mientras mis padres seguían atendiendo a los clientes".

Eso habla de los comienzos humildes del negocio.

"Apenas teníamos para ofrecer seis periódicos, seis revistas y un par de tebeos diarios.

En aquella época, las cabeceras más demandadas eran Mediterráneo, Diario Pueblo, Arriba y La Vanguardia, además del Marca.

Algunos ejemplares llegaban incluso con un día de retraso, una circunstancia habitual en aquellos años", apunta la actual propietaria.

En la actualidad, en sus estanterías se puede encontrar ejemplares de publicaciones extranjeras como Charlie Hebdo o Le Monde Diplomatique.

Recuerdo de días señalados

En su condición de punto de referencia para los castellonenses, muchos vecinos se acercaban a Mario para comprar el periódico del día de su boda o del nacimiento de sus hijos.

"Venían con la intención de conservar en papel un recuerdo de lo sucedido en Castelló y en el mundo", asegura Rosa.

En todas estas décadas, como destaca su propietaria, el quiosco de Mario "ha sido testigo de acontecimientos que han marcado la historia del país como la muerte de Franco".

Además, afirma que los años de la Transición "fue una época gloriosa para la prensa escrita con la aparición de revistas como Interviú o Cambio 16".

"Lo mejor de estos años ha sido nuestra clientela.

Kiosco antiguo con tebeos en exposición

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