Derek se levantó a media mañana. Abrió la puerta de su dormitorio y se quedó quieto. En el pasillo aún perduraba la colonia que Megan usaba todas las mañanas. Según su rutina diaria, la joven se había ido varias horas atrás, pero su olor seguía en el aire. Llegó casi a rastras a la cocina, donde se sirvió una taza de café. No debería de hacerlo porque luego le dolía el estómago y se le quitaban las ganas de comer a lo largo del día. Llevaba así varias semanas.
Se podría decir que todas las mujeres que lo rodeaban estaban en guerra con él; su madre seguía enfadada por un cotilleo absurdo que le habían contado y que era mentira, Nora estaba desaparecida en combate y Megan lo ignoraba por toda la casa como si no existiera. Al menos le quedaba el consuelo de la pequeña Lizzie. Hacer de canguro por las tardes se había convertido en lo mejor que tenía en ese momento.
El teléfono móvil vibró sobre la mesa y el joven pensó si respondía de inmediato o pasaba de él. Total, a esa hora solía estar en la universidad. Entonces vibró otra vez. Jane no solía interrumpirlo cuando estaba en clase. ¿Qué podía haber pasado para que le mandara varios mensajes a media mañana?
Desbloqueó el teléfono y leyó el mensaje. Tras hacerlo se quedó algo más tranquilo porque no parecía ser nada catastrófico. Su tío Nick y Jamie se habían portado fenomenal con él al invitarlo a quedarse con ellos cuando su madre, enfadadísima por las habladurías que le habían llegado y en un arrebato, lo había echado de casa. Eso fue varias semanas atrás.
Pobre Nora, la cara que se le había quedado cuando su madre entró y comenzó a decir barbaridades. Todas inventadas, por supuesto. Aunque lo hablaron y lo aclararon, Nora se había despedido de él. Iba a estar una temporada fuera y desconectada para todo el mundo. No podía culparla.
El otro frente abierto, por si no fuera suficiente, era Megan. Jamás se hubiera imaginado que fuera la hija mayor de Jamie. Se había fijado en ella en la universidad y habían tonteado bastante, tanto que había comenzado a sentir algo más que una simple amistad, pero, de nuevo, tenía que haberlo mirado un tuerto porque no comprendía cómo podía tener tan mala suerte, ya que la chica apareció tras él cuando Will le estaba dando un beso en los labios. Para colmo, en ese momento llegó Nora, que iba a recogerlo en el coche. ¿Por qué diablos Megan no había querido pararse a hablar con él? ¿Por qué diablos no había podido pensar que Nora era su madre o su tía? ¿Y por qué cojones le costaba tanto aceptar que pudiera ser bisexual? No eran novios.

Tras hacer un recorrido por su patética existencia, respondió al mensaje de su madre con un simple «de acuerdo» y bloqueó de nuevo el teléfono. No tenía tan claro que fuera a ir en son de paz y él no tenía ganas de discutir ese día. Quería volver a la cama y dormir varios meses seguidos.
Kate llegó a la habitación del hospital tras haberse dado una ducha reparadora. Cuando Veli le lanzó aquella bola de energía tan potente, Keith entró en parada cardiorrespiratoria. Entre Logan y Kane lo habían mantenido con vida practicándole reanimación cardiopulmonar hasta que llegó la ambulancia. Encubrir el cadáver y buscar una coartada no fue tan complicado a pesar del boquete enorme que el viejo brujo tenía en el pecho. Emerald le había arrancado el corazón sin pestañear y se había largado con él.
A ella le daba mucha pena Emerald. Era un buen hombre, que estaba atormentado por su pasado. Era curioso que pensara así de él cuando habían hablado muy poco, y esas pocas veces el vampiro no había sido demasiado amable con ella, pero tampoco lo culpaba. Para lo que no estaba preparada era para el duro golpe de Mike. Eso era lo que había provocado que Emerald perdiera el poco juicio que le quedaba. La relación entre ellos dos había sido espinosa, interrumpida por un pasado que les impedía no tener un futuro.
-Hey. -Kate entró en la habitación de Keith y cerró la puerta tras ella. Caminó hasta la cama y le dio un beso en la frente-. -Cansado de estar aquí todo el día. -Cariño, se te paró el corazón y tuvieron que reanimarte durante varios minutos. Eso no es un simple resfriado.
-Por favor, no me recuerdes que Logan plantó sus morros gatunos en los míos. ¿No podía haberlo hecho Kane? -Vais a estar siempre igual, ¿no? -No. -La respuesta llegó desde la puerta. Logan, que era el que había respondido, y Kane acababan de llegar y habían escuchado la parte final de la conversación-. Kane le palmeó la espalda al pasar por su lado y llegó hasta la cama. -No le hagas caso. -Deseando salir de aquí. Sé que estáis muy liados, pero ¿os habéis pasado por el almacén? -Juanjo se equivocó de teléfono. Era a mí al que quería llamar. Ya hemos ido. Todo está en orden.
Keith no podía evitar preocuparse porque no había delegado en la vida. No sabía lo que significaba esa palabra. Jamás había confiado en nadie tanto como para poder hacerlo.
-Argh, pero no tengo cobertura aquí dentro y no las he descargado de la nube. Entusiasmada, Kate siguió a su hermano sin sospechar nada. La perrera que había sido de Veli ahora le pertenecía. Iban a convertir las instalaciones en un santuario para animales maltratados, además de añadirle su propio hospital veterinario y refugio. Era una inversión muy grande, no solo económica, sino también personal. Le habría gustado llevarlo a cabo ella misma, pero no quería dejar a Keith solo en el hospital.
-Kane miente fatal. -Ya. Bueno, cuéntame. -Menos mal que, cuando llegamos a la perrera, Kate no venía con nosotros porque aquello era... era... no sé cómo describirlo. Tampoco te lo quiero narrar a ti. El rostro de Keith se ensombreció. Por desgracia, no tenían que recordarle cómo era su padre, que no dudó en intentar matarlo sin apenas pestañear. Habían acordado llamar así a las personas que habían pasado por las manos de su padre y con quienes este había experimentado de una u otra manera.
-Varios. Todos muertos. -Logan estaba más serio que antes. Era imposible sacarse ciertas escenas de la cabeza-. Y no solo eran perros o gatos, sino toda clase de animales. Algunos tan inverosímiles que no entiendo en qué cojones quería tu padre al intentar semejante cambio. -Negó con la cabeza al imaginar el horror de esas pobres personas-. Keith estiró el brazo y le apresó la mano bajo la suya. -No te he agradecido que te estés encargando de todo, ni que me hayas salvado la vida. -Tú te arriesgaste por todos. -Nunca te he odiado, de verdad, Logan. -No te aborrezco, pero me gusta llevarme mal contigo. -El hombre se quedó mirando unos segundos la mano de Keith encima de la suya mientras su mente viajaba muchos años atrás-. Nunca te lo he dicho, pero me recuerdas a un amigo que tenía en el colegio. Desde pequeños estuvimos juntos. Éramos inseparables y no sabía por qué, porque estábamos todo el día peleándonos; pero, si alguien se metía con alguno de nosotros en el colegio, el otro siempre salía en su defensa. Sin importar nada más. Éramos como dos hermanos. -Levantó la vista y miró a Keith a los ojos-. Logan levantó con la mano la de Keith que estaba aún sobre la suya y se la acercó a los labios para darle un beso.

La puerta se abrió de pronto y Kate se los quedó mirando. Lo lógico habría sido que Logan apartara la mano con brusquedad y disimulara ante los recién llegados, pero ¿para qué si ya los habían pillado? -Keith y yo hemos hecho las paces, al menos hoy, pero no soñéis con que ahora nos vayamos los cuatro a cenar juntos por ahí, o de vacaciones en parejas de crucero ni nada por el estilo. El soplagaitas este sigue siendo un memo. Los tres se rieron por sus palabras. -¿Has visto las fotos? -Keith se acomodó en la cama y se dirigió a Kate.
-Sí. No son muchas, pero tiene muy buena pinta. -Ve y así te despejas. -Iremos juntos. En un par de días te darán el alta. Keith asintió. No quería ser pesado.
-Nosotros nos vamos. -Kane le palmeó el hombro a Keith y luego caminó hacia la puerta-. -Sí. -Logan lo siguió sin despedirse de nadie-. Tenemos un jefe que nos explota día y noche. -La puerta se cerró tras él, pero desde el otro lado levantó la voz para que se lo escuchara bien-. Kate no pudo evitar estallar en carcajadas. -Y no lo pretendo. -Se dejó mimar por ella-. Logan negó con la cabeza. Kane se refería a la información que les había llegado por fuentes fiables; la mano derecha de Veli había escapado y estaba en paradero desconocido.
-Esta misión del Fortnite es una mierda. -Miró al techo y no se movió a pesar de que escuchó a lo lejos el sonido del motor de un coche. No podía ser su madre porque era solo media mañana. La duda dejó de serlo cuando segundos más tarde la puerta de la entrada se abrió y Megan apareció tras ella. La joven traía muy mala cara y su aspecto no era mucho mejor. Derek se imaginó lo peor.
-No -pudo responder al fin a duras pena. El dolor la estaba matando. Abrir la boca no había sido buena idea porque una arcada le subió por el esófago, aunque dudaba que le quedase algo dentro para vomitar ya que lo había echado todo de camino a casa. Había tenido que pararse en una cuneta para no poner el coche perdido. Exasperada, Megan lo apartó no de muy buenas maneras y comenzó a subir las escaleras poco a poco. ¿Por qué tenía que hablarle y dirigirle la palabra precisamente en ese momento, cuando se sentía tan mal? Llevaban días sin hablarse. Megan siguió subiendo y no le respondió. No podía.
Derek la vio desaparecer en la planta alta. Sacó su teléfono del bolsillo y buscó en Internet. Bendito autocompletado del buscador que lo ayudó a encontrar la palabra que había dicho Megan y a saber qué era lo que le pasaba. Cuando leyó lo comprendió todo y no pudo evitar sentirse un inútil. Recordaba una conversación que había tenido con Nora respecto al periodo de las mujeres y lo poco sensibilizados que estaban muchos hombres respecto a eso. Siguió buscando por Internet hasta que dio con un foro que tenía un hilo activo sobre ese tema. Ávido por tener respuesta, leyó mientras caminaba hacia la cocina.
En la planta de arriba, Megan se había quitado los vaqueros que llevaba y se había puesto un pantalón deportivo y un jersey enorme de lana. Estaba helada y tenía escalofríos por todo el cuerpo. Caminó hacia la cama y la destapó. Se acurrucó despacio mientras se echaba hacia un lado y se hizo un ovillo. Entonces, sintió un peso tras ella que la obligó a girar la cabeza.
-¿Qué diablos estás haciendo? -Deja de sentirte como si fueras la última Coca Cola del desierto. Derek ya sabía que iba a responderle algo así. -Derek... -No, en serio. Soy una estufa. Ya verás. -El joven colocó bien las sábanas y el edredón que los tapaba y se pegó un poco a ella, no del todo porque antes quería su permiso-. Puedo acercarme, ¿verdad? Megan cerró los ojos al oírlo y negó con la cabeza. ¿Es que no podía dejarla tranquila?
-Sí -respondió rápido mientras se acoplaba a la espalda de ella-. -No estés tan seguro. -Megan lo dejó acomodarse tras ella. Debía reconocer que sentía cierta calidez por la espalda, lo que la ayudó a dejar de temblar. No pudo evitar quedarse inmóvil cuando sintió el brazo de Derek rodearle la cintura. Había bajado la mano unos centímetros más y había comenzado a acariciarle el abdomen. Pensó que le repelería el contacto porque seguía enfadada con él, pero no fue para nada eso lo que sintió, sino todo lo contrario; la enorme mano de Derek tuvo un efecto inesperado en ella, la tranquilizó e hizo que los calambres remitieran bastante. No podía decir que hubieran desaparecido del todo porque no sería cierto, pero se sentía mucho más tranquila que antes. Tenía que ser algo psicológico o algo así, al igual que una pena compartida era menos pena.

No se escuchó nada más en la habitación. Megan había entrado en una especie de trance hipnótico. Derek supo el momento exacto en el que Megan se había quedado dormida. No entendía qué le estaba pasando, pero a Derek se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando tuvo a Megan entre sus brazos, un instinto más fuerte que su propia vida lo golpeó de lleno en la cara. Quería protegerla de todo mal, de todo sufrimiento y dolor. Quería hacerla reír, hacerle el amor y hacerla feliz, y ojalá ella lo dejara hacer todo eso. La habría abrazado y espachurrado contra su pecho de haber podido. De momento se limitó a quedarse así, con su mano puesta en su abdomen y la espalda de ella sobre su pecho.
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La vibración del teléfono lo espabiló. Se incorporó despacio para no despertarla y miró el teléfono.