El bosque se extendía como un océano dormido, mecido por la brisa. Entre el crujir de las hojas y el susurro de las ramas, dos figuras avanzaban con la ligereza de sombras que ya pertenecían a aquel paisaje. Llevaban semanas viajando. Desde que Sasuke había decidido recorrer el mundo para entenderlo y protegerlo a su manera, Sakura había insistido en acompañarlo. No era solo para asegurarse de que él no se perdiera en su propio silencio; también porque, en el fondo, cada paso con él era un momento único que atesoraría con todo su corazón.
Aquel atardecer, una pequeña aldea surgió entre la espesura. Casas de madera, techos inclinados y faroles que comenzaban a encenderse como estrellas terrenales. El cielo, pintado de un naranja suave, parecía inclinarse para escuchar la historia que allí se viviría.
- Podemos descansar aquí esta noche - murmuró Sasuke, observando las casas.
Sakura asintió, pero no dijo nada. Su mente estaba ocupada en algo más; llevaba días planeando esto. Porque, aunque Sasuke nunca lo mencionaba, ella sabía que mañana era su cumpleaños. Un día que él no celebraba, pero que ella no estaba dispuesta a dejar pasar.
El lugar era modesto pero cálido. El tatami crujía bajo sus pasos, y un brasero encendido llenaba la habitación de un calor suave, justo lo que necesitaban en ese momento. Ambos pasaron esa noche juntos sin intenciones de hacer algo más que dormir, ya que se sentían cansados por los días que estuvieron vagando en el bosque.
Al día siguiente, ya casi para anochecer, Sakura se puso un bello vestido sencillo que había comprado en una aldea anterior. Sasuke se sentó cerca de la ventana, observando la calle empedrada y mirando atento a la gente que pasaba caminando. Estaba consciente de que hoy era su cumpleaños, sin embargo, desde hacía mucho tiempo que él había dejado de emocionarse por el simple hecho de que ya no se encontraba su familia a su lado. Sakura no le había mencionado nada en casi todo el día y, para él, estaba mucho mejor. Aunque Sasuke por fuera no demostrara ningún tipo de expresión, Sakura sabía que se encontraba triste, y es que ella lo conocía mejor que nadie; ella podía darse cuenta de muchas cosas aunque él no le dijera ninguna palabra.
- Voy a dar una vuelta por el mercado, no tardo - dijo ella con una sonrisa ligera.
Sasuke arqueó una ceja, mirando a su alrededor y notando que no les faltaba nada como para ir al mercado, y más a estas horas que ya estaba por anochecer.
- ¿Quieres que te acompañe, Sakura? - preguntó, mirándola fijamente.
A lo que ella rápidamente contestó:
- N-no es necesario... Prometo no tardarme.
Dijo algo nerviosa, y Sasuke lo notó, sin embargo, no quiso interrogarla más. El pelinegro soltó un ligero suspiro; sabía que cuando Sakura se ponía así, lo mejor era no intervenir.
- Está bien, solo ten cuidado.
La pelirosa asintió y salió deprisa de la posada antes de que Sasuke la volviera a interrogar, mientras él se quedaba en la habitación. Sakura compró verduras frescas y, sobre todo, muchos tomates, que era lo que más le encantaba a Sasuke, además de pescado, algunos condimentos y, con algo de suerte, encontró un pequeño pastel de arroz decorado con pétalos cristalizados.

El camino de regreso a la aldea se sentía diferente. El aire olía a tierra mojada y a pino, un aroma que siempre había asociado con la paz. Sasuke caminaba delante, su figura recortada contra el cielo crepuscular. Sakura lo seguía de cerca, observando su espalda, la forma en que sus hombros se movían con cada paso. Había tantas cosas que quería decirle, tantas preguntas que rondaban su mente, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Prefería guardar silencio, disfrutar de la simple presencia del otro, del sonido de sus pasos uniéndose en la penumbra.
Al llegar a la aldea, las luces de los faroles parecían más acogedoras. El aroma de la comida flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo de las conversaciones. Buscaron una posada modesta, un lugar donde pasar la noche sin llamar la atención. La habitación era pequeña, pero limpia. El tatami crujía bajo sus pies mientras se descalzaban.
Sasuke se sentó junto a la ventana, su mirada perdida en la noche. Sakura, mientras tanto, desempaquetaba las provisiones que había comprado. Sacó los tomates, el pescado y el pastel de arroz. Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en la sorpresa que le tenía preparada a Sasuke.

- ¿Qué es todo eso? - preguntó Sasuke, volviéndose hacia ella.
- Es tu cena - respondió Sakura, con un brillo travieso en los ojos. - Y un pequeño postre especial.
Sasuke la miró, una chispa de curiosidad en sus ojos normalmente fríos. Se acercó a la mesa y observó los ingredientes. No era una comida elaborada, pero el detalle de los tomates, su favorito, no pasó desapercibido.
- Gracias, Sakura - dijo, su voz apenas un murmullo, pero cargada de un agradecimiento sincero.
Mientras cenaban, el silencio entre ellos no era incómodo, sino confortable. Era un silencio lleno de entendimiento, de años de experiencias compartidas, de una conexión que iba más allá de las palabras. Sakura observaba a Sasuke, notando cómo, a pesar de su habitual reserva, había una suavidad en su mirada cuando la miraba a ella.
- Mañana es un día especial, ¿sabes? - dijo Sakura, su voz suave.
Sasuke levantó la vista, su expresión indescifrable.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque es tu cumpleaños - respondió ella, sonriendo.
Sasuke desvió la mirada, un ligero rubor tiñendo sus mejillas. - No es algo que celebre.
- Lo sé - dijo Sakura, acercándose a él y colocando una mano en su brazo. - Pero yo quiero celebrarlo. Contigo.
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La noche avanzó, y con ella, la cercanía entre ellos. La aldea dormía, pero en su pequeña habitación, una nueva luz comenzaba a brillar. Sasuke, que había pasado años encerrado en la oscuridad de su venganza, empezaba a vislumbrar la calidez de un nuevo amanecer, uno que Sakura había encendido con su amor incondicional y su persistencia. El bosque, que antes parecía un umbral hacia la soledad, ahora se sentía como el comienzo de un camino compartido, un camino iluminado por la tenue luz de los faroles y la promesa de un futuro juntos.

La mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de la posada, pintando de oro la habitación. Sakura se despertó primero, observando la serenidad en el rostro de Sasuke mientras dormía. Había algo profundamente reconfortante en esa imagen. Se levantó sigilosamente y preparó un modesto desayuno, asegurándose de incluir los tomates que tanto le gustaban a él.
Cuando Sasuke despertó, la encontró sentada a su lado, una sonrisa cálida en su rostro. Sobre la mesa, un pequeño pastel de arroz, decorado con los pétalos cristalizados que había encontrado, esperaba.
- Feliz cumpleaños, Sasuke - susurró Sakura, sus ojos verdes brillando con emoción.
Sasuke la miró, y por primera vez en mucho tiempo, una genuina sonrisa se dibujó en sus labios. No era una sonrisa amplia, sino un leve curvamiento de sus labios, pero para Sakura, era el sol rompiendo las nubes. Era la luz que ella había encendido.
- Gracias, Sakura - dijo, su voz ronca por la emoción. - Realmente, gracias.
Se acercó a ella, y en ese gesto, en la forma en que sus manos se entrelazaron, se encontraba toda la historia de su viaje. Un viaje que había comenzado en la oscuridad, pero que ahora, con Sakura a su lado, estaba lleno de luz.

A partir de ese día, los viajes de Sasuke y Sakura adquirieron un nuevo significado. Ya no eran solo un camino de autodescubrimiento, sino una celebración constante de su amor. Cada aldea visitada, cada paisaje contemplado, se convertía en un recuerdo compartido, un testimonio de cómo dos almas, una perdida en la sombra y otra radiante de luz, habían encontrado su camino juntas.
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