La soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza son las siete pasiones del alma que la tradición eclesiástica ha fijado como «pecados capitales». Independientemente de la vigencia o no de la idea de pecado en nuestras sociedades, son siete pasajes muy arraigadas en la psique humana. ¿Podemos imaginar el ser humano sin ellas? Desde las primeras obras de la tradición occidental hasta las más recientes, los pecados capitales han sido retratados en múltiples géneros y a través de perspectivas diversas.
Es posible que hablar de pecados en el siglo XXI pueda parecer sacado de otra época, pero lo cierto es que nos puede ayudar a entender películas que vemos y libros que leemos. Seas o no cristiano, seas o no practicante, seguro que alguna vez has oído hablar de los siete pecados capitales. Si no es así, deberías ver Seven, la película de 1995 dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman.
El origen de los siete pecados capitales se remonta al siglo IV, cuando el asceta Evagrio el Póntico -también conocido como el Solitario- fijó en ocho las principales pasiones humanas pecaminosas: ira, soberbia, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula y lujuria. El propósito de Evagrio al definir estas pasiones era ayudar a los monjes a reconocer y combatir las tentaciones que amenazaban su camino hacia la santidad. Al categorizar estos vicios, proporcionó una herramienta para la introspección y el autoconocimiento. Cada pasión representaba un obstáculo en el camino hacia la perfección espiritual, y su identificación era el primer paso para superarlas.
El legado de Evagrio el Póntico se extendió más allá de su tiempo, influyendo en generaciones de pensadores cristianos. Sus ideas sobre las pasiones humanas fueron recogidas y adaptadas por otros teólogos, lo que permitió su difusión en el mundo cristiano. La identificación de estas pasiones como pecados capitales fue un proceso gradual, que involucró la reinterpretación y simplificación de su lista original.
Un siglo más tarde, el sacerdote rumano Juan Casiano introdujo en Europa las ideas de Evagrio con su libro De institutis coenobiorum, con algunos matices importantes. Y una revisión que pasaría a la historia. Casiano es uno de los Padres de la Iglesia. Casiano fue un puente entre las tradiciones monásticas orientales y occidentales, y su influencia se extendió a lo largo de la Edad Media. Su interpretación de las pasiones humanas proporcionó a los monjes occidentales un marco para la vida espiritual, enfatizando la importancia de la vigilancia y la lucha contra las tentaciones.
Fue San Gregorio Magno, Papa de la Iglesia Católica entre 590 y 604, quien simplificó y consolidó la lista de pecados en los siete que conocemos hoy: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. En su obra Moralia, sive Expositio in Job, Gregorio eliminó la vanidad y la cobardía de la lista original de Evagrio, fusionando y redefiniendo algunas de las pasiones para reflejar mejor las preocupaciones morales y espirituales de su tiempo. La lista de San Gregorio no solo simplificó las pasiones humanas, sino que también les otorgó un nuevo significado teológico. Al reducirlas a siete, les dio un simbolismo especial, ya que el número siete tenía un profundo significado espiritual en la tradición cristiana, asociado con la perfección y la totalidad. La influencia de San Gregorio en la consolidación de los siete pecados capitales fue fundamental para su posterior popularización. Su versión de los pecados se convirtió en un elemento central de la enseñanza moral cristiana, influyendo en la literatura, el arte y la predicación de la Iglesia durante siglos.
La popularización de los siete pecados capitales se debe en gran medida a la obra maestra de Dante Alighieri, La Divina Comedia. En este épico poema, Dante explora los reinos del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, ofreciendo una vívida representación de los pecados y sus consecuencias. En el Purgatorio, los pecadores son castigados y purificados de acuerdo con los siete pecados capitales, lo que refuerza su importancia en la moralidad cristiana. Dante utiliza los pecados capitales como un marco para explorar las complejidades del alma humana y su búsqueda de redención. Cada pecado es representado con un simbolismo profundo y una narrativa que resalta las luchas internas del ser humano. La obra de Dante no solo sirvió como una advertencia moral, sino que también ofreció una reflexión sobre la capacidad de las personas para cambiar y alcanzar la salvación. La Divina Comedia de Dante sigue siendo una obra influyente que ha moldeado nuestra comprensión de los pecados capitales. Su representación de estos vicios como obstáculos en el camino hacia la salvación resuena con la experiencia humana universal de la lucha contra las tentaciones.
Según Santo Tomás de Aquino, el calificativo capital no alude a la gravedad de estos pecados, sino a que de ellos emanan todos los demás. Efectivamente, el propio término "capital" significa "cabeza". En palabras del propio Santo Tomás de Aquino: "Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal". La interpretación de Aquino sobre los pecados capitales como fuentes de otros vicios proporcionó un marco teológico para entender cómo estos pecados afectan la vida moral de las personas. Al identificar los deseos desordenados que subyacen a cada pecado capital, Aquino ofreció una guía para la introspección y la corrección personal. La noción de "capital" de Santo Tomás de Aquino sigue siendo una parte fundamental de la enseñanza moral cristiana. Su análisis de los pecados capitales ha influido en la ética y la espiritualidad, proporcionando un marco para entender cómo los vicios pueden enraizarse en la vida humana y cómo las virtudes pueden ser cultivadas para superarlos.
Rastrear el origen de los pecados capitales ayuda a entender la importancia que han tenido para la Iglesia y la civilización cristiana. Los siete pecados capitales no están en la Biblia. La primera vez que aparece en el Catecismo fue en 1865. De hecho, en el Catecismo de la Iglesia Católica vigente se definen los pecados capitales como sigue (Artículo 8, V, 1866): "Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano (Conlatio, 5, 2) y a san Gregorio Magno (Moralia in Job, 31, 45, 87). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios".
El Catecismo de 1865 no solo enumeró los pecados capitales, sino que también proporcionó un marco para entender su impacto en la vida espiritual y moral de las personas. Al identificar estos pecados como fuentes de otros vicios, el catecismo enfatizó la necesidad de combatirlos a través del cultivo de virtudes opuestas.
Como dice el catecismo anteriormente citado, "Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen". Esta sería otra manera en la que se materializan las grandes dualidades cristianas.
Los Siete Pecados Capitales y sus Virtudes Opuestas
A continuación, exploraremos en detalle cada uno de los siete pecados capitales y la virtud que tradicionalmente se opone a ellos:
1. La Lujuria
Es el deseo excesivo de placer sexual, y la castidad es una virtud porque promueve la moderación y el equilibrio en el ámbito sexual. La castidad no es simplemente la abstinencia, sino una actitud de respeto y responsabilidad hacia la sexualidad, que reconoce su valor y su papel en la vida humana. Esta virtud fomenta una comprensión saludable y respetuosa de las relaciones sexuales, enmarcándolas en un contexto de amor y compromiso. La lucha contra la lujuria y el cultivo de la castidad son desafíos presentes en todas las épocas y culturas. En un mundo donde la sexualidad es a menudo explotada y malinterpretada, la castidad ofrece un camino hacia la integridad y el respeto mutuo. Al adoptar esta virtud, las personas pueden superar las tentaciones de la lujuria y construir relaciones basadas en el amor genuino y el respeto.
2. La Pereza
Se refiere a la falta de esfuerzo o diligencia en las tareas, y la diligencia es una virtud porque impulsa la acción constante y el cumplimiento de responsabilidades. La "diligencia" es la virtud que contrarresta a la pereza, uno de los siete pecados capitales. La virtud que contrarresta la pereza es la diligencia, que impulsa la acción constante y el cumplimiento de responsabilidades. La diligencia no se trata solo de trabajar arduamente, sino de hacerlo con propósito y dedicación. Esta virtud fomenta una actitud proactiva y comprometida, que valora el esfuerzo y la perseverancia en la consecución de objetivos. Combatir la pereza y cultivar la diligencia son esenciales para alcanzar el éxito y la realización personal. En un mundo donde las distracciones y las tentaciones de la inactividad son constantes, la diligencia ofrece un camino hacia la productividad y el cumplimiento de deberes. Al adoptar esta virtud, las personas pueden transformar la pereza en energía positiva y constructiva, alcanzando un equilibrio entre el trabajo y el descanso.
3. La Gula
Consiste en el exceso y la voracidad en la alimentación, mientras que la templanza es una virtud porque promueve el control y la moderación en el disfrute de los placeres sensoriales, incluida la comida. La templanza no se trata de privarse de los placeres, sino de disfrutarlos de manera equilibrada y responsable. Esta virtud fomenta una actitud de gratitud y apreciación hacia los dones de la vida, evitando los excesos que caracterizan a la gula. La lucha contra la gula y el cultivo de la templanza son desafíos presentes en todas las épocas y culturas. En un mundo donde el consumismo y la indulgencia son a menudo promovidos, la templanza ofrece un camino hacia la salud y el bienestar. Al adoptar esta virtud, las personas pueden superar las tentaciones de la gula y vivir de acuerdo con principios de moderación y autocontrol. Factores como el estrés y la falta de sueño influyen en cómo el cuerpo usa su energía.
4. La Ira
Es la furia descontrolada que puede llevar a la violencia y la destrucción, y la paciencia es una virtud porque fomenta la calma, la tolerancia y la capacidad de mantener la compostura ante la adversidad. La paciencia no es simplemente la ausencia de enojo, sino una actitud de comprensión y aceptación hacia las dificultades y los desafíos. Esta virtud promueve la reflexión y la empatía, permitiendo a las personas responder de manera constructiva en lugar de reactiva. Combatir la ira y cultivar la paciencia son esenciales para alcanzar la paz interior y la armonía en las relaciones. En un mundo donde el estrés y la presión son constantes, la paciencia ofrece un camino hacia la serenidad y la resiliencia. Al adoptar esta virtud, las personas pueden transformar la ira en una fuerza positiva, que promueve el entendimiento y la cooperación.
5. La Soberbia
Se trata del exceso de orgullo y arrogancia, y la humildad es una virtud porque promueve la modestia, la aceptación de las limitaciones propias y el reconocimiento del valor de los demás. La humildad no es simplemente la negación de las propias capacidades, sino una actitud de apertura y respeto hacia los demás, que reconoce la interdependencia y el valor de cada individuo. Esta virtud fomenta la empatía y la colaboración, permitiendo a las personas crecer y aprender de sus experiencias. La lucha contra la soberbia y el cultivo de la humildad son desafíos presentes en todas las épocas y culturas. En un mundo donde el éxito y la competencia son a menudo enfatizados, la humildad ofrece un camino hacia la autenticidad y el respeto mutuo. Al adoptar esta virtud, las personas pueden transformar la soberbia en una fuerza positiva, que promueve el crecimiento personal y la armonía en las relaciones.

6. La Envidia
Es el resentimiento hacia los logros y posesiones de otros, y la caridad es una virtud porque implica amor y generosidad hacia los demás, alegrándose por su bienestar y éxito. La virtud que contrarresta la envidia es la caridad, que implica amor y generosidad hacia los demás, alegrándose por su bienestar y éxito. La caridad no es simplemente dar a los demás, sino una actitud de amor incondicional y desinteresado, que busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. Esta virtud fomenta la empatía y la solidaridad, permitiendo a las personas construir relaciones basadas en el apoyo y la colaboración. Combatir la envidia y cultivar la caridad son esenciales para alcanzar la paz interior y la armonía en las relaciones. En un mundo donde la competencia y el materialismo son a menudo promovidos, la caridad ofrece un camino hacia la generosidad y el amor. Al adoptar esta virtud, las personas pueden transformar la envidia en una fuerza positiva, que promueve el bienestar y la cooperación.
7. La Avaricia
Es la codicia insaciable por riquezas y posesiones materiales, y la generosidad es una virtud porque promueve compartir y dar, reconociendo que la verdadera riqueza radica en la ayuda a los demás. La virtud que se opone a la avaricia es la generosidad, que promueve compartir y dar, reconociendo que la verdadera riqueza radica en la ayuda a los demás. La generosidad no es simplemente dar de lo que se tiene, sino una actitud de apertura y disposición a ayudar a los demás, que valora el bienestar y la felicidad de los otros. Esta virtud fomenta la empatía y la solidaridad, permitiendo a las personas construir relaciones basadas en el apoyo y la colaboración. Combatir la avaricia y cultivar la generosidad son esenciales para alcanzar la paz interior y la armonía en las relaciones. En un mundo donde el materialismo y la acumulación de bienes son a menudo promovidos, la generosidad ofrece un camino hacia la empatía y el amor. Al adoptar esta virtud, las personas pueden transformar la avaricia en una fuerza positiva, que promueve el bienestar y la cooperación.

Los Pecados Capitales en la Cultura y la Religión
La tradición cristiana ha identificado los siete pecados capitales como la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Según la tradición cristiana, los siete pecados capitales o mortales son: la lujuria, la glotonería, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y el orgullo. La Biblia respalda todos estos conceptos, pero en ninguna parte aparecen registrados en una lista como esta, ni se mencionan específicamente como los siete pecados capitales o las siete virtudes. No son anteriores a los Diez Mandamientos, que fueron entregados en el monte Sinaí alrededor del año 1450 a. C.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) fue un teólogo brillante de la Iglesia Católica. En su obra Suma Teológica, al hablar de la causa de los pecados, Santo Tomás les da un orden. Orden y pecados que años después representarán los 7 círculos del Purgatorio en la Divina Comedia del genial Dante Alighieri. Ese orden y significados es el siguiente:
- Soberbia: Para Santo Tomás era el rey de todos los vicios porque entiende que el amor excesivo de la propia excelencia es una estructura mental en la que una persona, a través del amor a la propia valía, aspira a alejarse del control de Dios y no hace caso de las órdenes de los superiores. Es una especie de desprecio de Dios y de los que tienen su encargo. La vanagloria, la ambición y la presunción son habitualmente enumeradas como los vicios hijos de la soberbia, porque sirven a sus fines.
- Avaricia: Este pecado se define como el amor desordenado por la riqueza y su especial malicia consiste en que hace de la obtención y mantenimiento de dinero y otras posesiones un fin en sí mismo por el cual vivir. Es temible porque, a menudo, aparece como una virtud o se insinúa bajo el pretexto de hacer una provisión decente para el futuro.
- Lujuria: El deseo desmedido por el placer carnal que se experimenta en los órganos reproductivos humanos define a este pecado. Según la Iglesia Católica el carácter ilícito de la lujuria se reduce a que la satisfacción venérea se busca, ya sea fuera del matrimonio o de una manera que es contraria a las leyes conyugales. Los teólogos distinguen diversas formas de lujuria, entre ellas, el adulterio, el incesto, la sodomía y la fornicación.
- Ira: Definida como el deseo de venganza. Su valuación moral depende de la cualidad de esta y de la cantidad de la pasión. Si está en conformidad con las prescripciones de la razón balanceada, no es un pecado, sino algo encomiable y justificable. Pero si la venganza recae sobre alguien que no la merece o en mayor medida de lo merecido entra en conflicto con las leyes de Dios y es un pecado capital.
- Pereza: En general significa la desafición al trabajo o al esfuerzo. Para Santo Tomás es el adormecimiento en presencia del bien espiritual. Ocurre cuando alguien se angustia ante la perspectiva de lo que tiene que hacer por Dios para realizar o mantener su amistad con Él. Opuesta a la caridad, en este aspecto es un pecado mortal.
- Gula: La excesiva indulgencia en la comida y la bebida define a este pecado que denota deformidad moral ya que desafía a la razón. Este desorden puede ocurrir en cinco formas: demasiado pronto, demasiado caro, demasiado, con demasiada avidez y demasiado exquisito. En general, es un pecado venial (puede ser perdonado por un sacerdote ante la confesión). Excepto que la persona viva tan solo para comer y beber o perjudique su salud por ello.
- Envidia: Como sinónimo de sentir celos, es el dolor que una persona siente por el bienestar de otro debido a la opinión de que la propia existencia es disminuida.
En el siglo VI, el papa romano Gregorio Magno elaboró por primera vez la lista de los pecados capitales. Diversos artistas han sido inspirados por los siete pecados capitales para crear obras de gran transcendencia.

La Iglesia explica, con sencillez, que un pecado, en definitiva, es una ofensa a Dios. También describe que existe una gran variedad de pecados que se cometen por egoísmo, por falta de visión sobrenatural y que otros tienen la apariencia de ser actos buenos o agradables. Pero no lo son. "El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta. Una falta al amor verdadero que debemos a Dios, a nosotros mismos y al prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes que aparecen como atractivos por efectos de la tentación, pero que en verdad son dañinos para el hombre", agrega la agencia ACI Prensa, difusora de noticias católicas de la Iglesia.
En realidad, Dios misericordioso quiere perdonar los pecados y los Evangelios contienen ese llamado a la conversión. Es más, Jesucristo perdonó en varias oportunidades a los pecadores y le transmitió su poder a los apóstoles y a sus sucesores para que hicieran lo mismo.
Los pecados se dividen, desde el punto de vista moral, en veniales y mortales, o capitales. Los veniales son aquellos pecados menores, que pueden ser perdonados por el sacerdote a través del arrepentimiento, la penitencia y el sacramento. Mientras que los pecados capitales son faltas muy graves que significan la pérdida de la santidad y la privación del estado de gracia. Sin arrepentimiento y perdón de Dios, causan la muerte eterna en el Infierno.
Es bueno aclarar que si bien el cristianismo usó los pecados para sus enseñanzas, no están enumerados y ordenados en La Biblia original como los 7 pecados capitales. Pero en La Biblia se habla de los vicios como errores de los hombres de los cuáles hay que alejarse.
Los verdaderos orígenes de los 7 Pecados Capitales
El diario peruano El Comercio cita que recién en el siglo VI, “El Papa romano Gregorio Magno elaboró por primera vez la lista de los pecados capitales. Sin embargo, posteriormente santo Tomás de Aquino enumeró en siete a los pecados y los ordenó.(…) Y posteriormente, el poeta italiano, Dante Alighieri, los integro en la redacción de “La Divina Comedia” (c.1308-1321), un poema teológico considerado hoy en día una obra maestra de la literatura italiana y mundial”.
Así como existen siete pecados capitales en la doctrina católica, existen siete virtudes supremas que los contrarrestan y que conforman el deber ser de todo buen cristiano. La humildad. La generosidad. La castidad. La paciencia. La templanza. La caridad. La diligencia.
La soberbia, ¿qué es? Para muchos, el verdadero rey de los vicios porque las personas tienden a él. La soberbia es algo así como un deseo excesivo por ser preferido a otros, el amor desmedido por uno mismo, por creerse por encima de los demás. Con esa actitud, uno está menospreciando a Dios y a los demás. Como señala en este artículo el historiador y escritor Manuel Mateo Pérez, "la soberbia es un pecado que goza de un cierto prestigio en la vida pública actual. Hoy no entenderíamos el ejercicio de la política sin la calculada administración de esa falta, sin la enganchada arrogancia que desprende ese quebranto. Hoy se es soberbio y proclive al ejercicio de la ira si tu deseo es dedicarte a la administración de los otros. Muy relacionado con estos pecados está la avaricia".
La avaricia, ¿qué es? El amor excesivo por la riqueza es otro de los pecados capitales que más almas condena. Y es un vicio capital porque ese afán por el dinero, o por cualquier cosa que se desea desmedidamente, lleva al hombre a tratar de conseguirlo mediante cualquier medio y acto. Ahora bien, la avaricia por sí sola generalmente no es un pecado mortal. "El mundo se ha hecho demasiado pequeño como para compartirlo con los demás. No es solo hacerse con el mejor territorio, con los mejores recursos naturales, con las mejores puestas de sol", resume Mateo Pérez. Y añade: "La avaricia -los santos la nombraron codicia en sus primeros- exige poseer las riquezas del vecino por exiguas que sean. Todo es mío y nada es tuyo. El tribunal de los pecados considera la avaricia entre los peores que el ser humano puede cometer. Incluso concede rango de pecado mortal -¡qué linda ironía!- al avaricioso ejercicio que las naciones ricas perpetran contra las naciones pobres en el latrocinio de sus últimas gotas de sudor".
La lujuria, ¿qué es? La lujuria es otro de los pecados capitales más populares. Es el deseo excesivo por el placer sexual, pero también es el exceso o demasía en algunas cosas. Esa satisfacción carnal se aleja del propósito divino, el del amor entre cónyuges entregados a la procreación. "No cometerás adulterio", reza el sexto de los 10 mandamientos. Aunque el cuerpo no actúe, sólo con tener pensamientos considerados impuros, uno está pecando. En opinión de Manuel Mateo Pérez, la lujuria "es uno de nuestros pecados preferidos. Algunos de los anteriores requieren dedicación y esfuerzo, pero la lujuria es una falta que viene a nosotros como la música".
La ira, ¿qué es? Ese sentimiento de indignación, venganza o furia es ira. Pueden ser tan fuertes las emociones desatadas, que uno puede llegar a ir en contra del amor de Dios y del prójimo. El cuánto de ira hay en un acto, determinará si el pecado es venial o mortal o incluso si es simplemente un enojo intenso. El diccionario de la RAE también nos ilustra sobre el significado de este pecado capital. La ira es ese "sentimiento de indignación que causa enojo", pero también es el "apetito o deseo de venganza" y la "repetición de actos de saña, encono o venganza".
La gula, ¿qué es? Comer y beber cada día como si no hubiera un mañana. La gula es pecado porque se daña el cuerpo por el mero de experimentar ese placer y porque dificulta o imposibilita llevar a cabo trabajos y otros deberes. Eso sí, en la práctica, los casos de gula suelen saldarse como pecados veniales. "La gula, en cambio, es un pecado simpático por doméstico, mediocre y común. Goza, al contrario que los anteriores, de una tradición literaria y pictórica. Escuchamos la palabra gula y pensamos automáticamente en un bodegón flamenco. Escuchamos ebriedad (hace siglos tenía rango de pecado por sí misma) y tropezamos con Baco y los borrachos de Velázquez", escribe Mateo Pérez.
La envidia, ¿qué es? Otro pecado capital masivo. La envidia es esa tristeza, pesar o rencor del bien ajeno; que se te lleven los demonios por la buena suerte de alguien, deseando que dicha fortuna fuera tuya. Es un vicio que tortura al pecador desdichado y que genera odio al prójimo. "Es el pecado del resquemor, del resentimiento, de un odio negro garrapateado en el estómago", según el historiador y escritor, "estados de ánimo todos ellos que si nos paramos a pensar un poco también comparten los pecados anteriores", la soberbia, la avaricia y la ira.
La pereza, ¿qué es? La pereza es el desafecto, la dejadez, por las cosas que se deben hacer. Esa falta de voluntad y esfuerzo acaba con la incapacidad del alma de llevar las riendas.

En la teología católica cristiana, se conoce como pecados capitales, pecados cardinales o vicios capitales a las siete faltas o debilidades humanas primordiales, que engendran el resto de los posibles pecados humanos y que, por lo tanto, son contrarias a las enseñanzas cristianas. Los siete pecados capitales son: la ira, la gula, la soberbia, la lujuria, la pereza, la avaricia y la envidia. Desde los comienzos del catolicismo, los pecados capitales inspiraron al arte y la literatura religiosa y formaron parte de sermones, reflexiones e ilustraciones diversas. Los pecados capitales han formado parte de la teología cristiana desde sus orígenes, ya que muchos aparecen condenados en el Antiguo Testamento y otros tienen claros antecedentes en la religión grecorromana. Sin embargo, la primera vez que fueron recopilados formalmente tuvo lugar en el siglo IV d. C., por el asceta Evagrius de Nitria, quien identificó ocho “malos pensamientos”. Posteriormente, en el siglo VI, el papa Gregorio I revisó los trabajos de estos dos anacoretas y reelaboró la lista de pecados capitales, recortándola a los siete conocidos hoy en día. Por otro lado, estos pecados fundamentales estructuraron, de acuerdo a la visión del poeta Dante Alighieri (1265-1321) en su Divina comedia (escrita entre 1308 y 1321), los siete círculos o niveles en que se compone el infierno.

Este pecado se puede entender como una forma de egoísmo y egocentrismo supremo, que coloca al individuo en una posición de superioridad respecto al resto de la gente y lo conduce a vanagloriarse de lo propio. La soberbia, el orgullo y la vanidad son, a efectos prácticos, sinónimos y aparecen en muchas listas de pecados capitales de manera intercambiable.
La ira es la forma suprema de la rabia y la indignación, que adquiere tintes agresivos e incluso violentos, ya que el individuo iracundo pierde el control de sí mismo. De todos los pecados capitales, la ira es el único que no tiene que ver con una forma corrupta de amor a sí mismo y a los intereses personales, aunque Dante Alighieri la definía como un “amor por la justicia pervertido en venganza y resentimiento”.
La lujuria se puede definir como un apetito sexual voraz, desordenado, insaciable e irrefrenable, que empuja a las personas a la promiscuidad, la violación y el adulterio, es decir, a poner sus deseos carnales por encima del bienestar propio y ajeno. Las personas lujuriosas, tal y como lo explicaba Dante Alighieri, se entregan a un sentimiento posesivo sobre los demás, que los conduce a amar de manera desordenada y promiscua, colocando así el amor a Dios en un segundo peldaño. En el infierno imaginado por Dante en su Divina Comedia, los lujuriosos purgaban sus culpas siendo arrastrados eternamente de un lado a otro por una tromba infernal, o sea, por un viento huracanado.
La envidia es, en palabras de Dante Alighieri, “el amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a los otros de los suyos”. De esta forma, se puede entender la envidia como una forma de deseo ilimitado y egocéntrico, que hace a las personas vivir el hecho de que otros tengan algo que ellas desean como si fuera una injusticia o una afrenta personal, dirigida a ellos mismos. Según los relatos bíblicos, el primer envidioso fue Caín, hijo de Adán y Eva, quien envidiaba a su hermano Abel por ser el favorito de Dios.
La gula se puede entender como una forma de glotonería desmedida, o sea, un deseo desordenado e insaciable de comer y beber, lo cual empuja a las personas hacia la adicción y el despilfarro. La gula lleva a las personas a consumir mucho más de lo que realmente necesitan, o sea, a consumir por el mero acto de consumir y no para sustentarse.
La avaricia o la codicia consiste en el amor desmedido e irracional por los bienes propios, de modo que se antepone su preservación al bienestar propio y de los demás. Santo Tomás de Aquino explicaba este pecado como la preferencia de los bienes mundanos y efímeros por encima de los bienes divinos verdaderos, o sea, sentir más amor por los asuntos terrenales que por Dios.
La pereza o acidia consiste en la falta de disposición para acometer tareas necesarias, debido a un exceso de comodidad o la falta de iniciativa. Pero no debemos confundir la pereza con el ocio, es decir, con el tiempo de recreación que nos damos una vez que nuestras tareas han sido cumplidas. Los perezosos violan la máxima divina del “ayúdate que yo te ayudaré”, y no realizan los más mínimos esfuerzos por el trabajo, el sustento o la resolución de los problemas, de modo que acaban siendo una carga para el prójimo o para sí mismos.
El neurocientífico Jack Lewis, autor del libro La ciencia del pecado, asegura que "cada una de las siete tentaciones humanas más comunes es una parte perfectamente aceptable, si no totalmente necesaria, de nuestro repertorio de comportamientos. Si se suprimieran por completo, es muy posible que nuestra especie nunca hubiera sobrevivido". Es decir, que estamos aquí porque llevamos 3,2 millones de años sucumbiendo a la tentación.