En el vasto y a menudo peligroso mundo de los shinobi, ciertos personajes trascienden la mera fuerza o habilidad para convertirse en leyendas. Uno de estos individuos es Orochimaru, una figura enigmática cuya presencia evoca una mezcla de temor, fascinación y un innegable carisma. Su distintivo gesto de sacar la lengua no es solo una mueca; es una declaración, un símbolo de su naturaleza rebelde y su desprecio por las convenciones.
El clan Beifong, una familia con una rica historia y una profunda conexión con el mundo shinobi, juega un papel crucial en los eventos que se desarrollan. Érase una vez una mañana normal en un día de guerra en el puesto de observación que vigilaba Beifong. Iroh, un miembro de este clan, ha dejado crecer ese cabello oscuro hasta los hombros haciendo que su aspecto fuera tan similar al fallecido Shodai Hokage, con la excepción de sus ojos verdes, su cicatriz, un uniforme estándar shinobi y una espada en su espalda. Ha amasado una fama en esta guerra, ya sea por sus habilidades o hasta su apariencia; es reconocido como un enemigo de temer y rival del tercer Kazekage. Entre maleza, sellos o genjutsu, una torre pequeña sin lujos, el moreno mira desde la ventana el amplio del bosque con el aroma de la humedad fuerte al estar tan cerca de Amagakure. Sakumo junto con Sena habían venido hace dos días a dejar provisiones junto con el pequeño equipo genin donde Opal resaltaba como pulgar adolorido. Iroh odiaba a Danzo ahora más que nunca, pero respetaba esa inquebrantable voluntad de su pequeño sobrino de tomar este camino al que fue obligado por su padre con la dignidad de un maestro tierra.
El viento trae el ligero aroma de sangre añeja de algún campo de batalla lejana. Escucha a sus compañeros shinobis revolverse a sus espaldas en pláticas tranquilas, excepto del Hyuga que es una sombra respetuosa en el rincón, siendo de la rama secundaria tiene esa doctrina más apretada que la primaria. La vieja hamaca que comparten está ocupada por un Inuzuka, el perro descansa junto a los pies de Iroh. Con tres horas sin novedades, es optimista a pensar que será un buen día y espera de todo corazón no tener alguna escaramuza cerca de su puesto porque la verdad... se está cansando. Pero es tierra, el camino que eligió y disfruta del caos que puede provocar libremente a sus enemigos a pesar de todo.
De repente, "Se acercan desde el este", admite el Hyuga, brincando desde su lugar con sus ojos pálidos tan parecidos a su madre con venas abultadas de su Byakugan. Todos interrumpen lo que hacen para instalarse en las diferentes ventanas del puesto de observación en grados de guardia para recibir lo que sea venga desde la dirección de Konoha. Iroh se coloca en el centro, como alguien versado por su padre en el arte sensorial, al igual que el resto de sus hermanos. Toma la responsabilidad de identificarlo con sus dos dedos en el suelo de madera solo para concentrarse. Compartió una sonrisa que rompió su rostro cansado: "Es de Konoha... mi familia", agrega con una pizca de emoción en sus ojos verdes.
"¿La entrada Beifong?", cuestiona el Inuzuka con un arqueo de ceja. El entorno era joven para solo conocer historias de la primera gran guerra donde participaron y ocultaban muy bien el hecho de su curiosidad o incredibilidad del afamado clan civil. "Por supuesto", dice Iroh más confiado de lo que siente, frunce el ceño al estar al pendiente de esos puntos de chakra acercándose. Hay un intercambio; sabían que la entrada de esos civiles era inminente, sin embargo, nunca hubo una carta oficial que los anunciara por parte de la aldea.

El único Beifong salta por la ventana ignorando la desconfianza natural del resto de sus compañeros ante la idea de cualquier enemigo disfrazado, pero él confía en sus habilidades y sonríe enorme cuando las presencias son más cercanas. El primero en aterrizar limpiamente es su gemelo, Zuko, con su armadura delgada típica de la familia principal, con el cabello negro corto en puntas y espadas en cada lado de su cintura. Desciende Sokka con un happuri tradicional que lo diferencia, algo que le da un aspecto muy propio como el Nidaime, sino fuera por los ojos verdes y la mandíbula de Beifong, sería una copia idéntica. Kenshin llega con armadura más apegada a la que usan en el País del Hierro, con un casco pesado cubriendo sus rasgos y sin ningún atisbo de su edad en la postura regia. Es así como se visten los civiles Beifong en la guerra. Puede sentir el asombro de sus compañeros shinobis y cuando los números de su clan secundario comienzan a salir de la maleza, no evita pavonearse al acercarse a sus hermanos.
"¿Sin saludos?", pregunta juguetón, porque está esa actitud extraña de sus hermanos. Sokka, siendo el mayor, da un paso enfrente. Se quita ese casco tan típico de su padre, dejando algo libre las púas blancas. Hay solemnidad, una tristeza en sus ojos que ahora detalla Iroh. Se tensa ante la mano de Zuko cayendo en su hombro. No hay vergüenza en mostrar dolor; para los Beifong, la familia es importante y duele ante la noticia que le es entregada por parte de sus hermanos. Kenshin se quita su propio casco para detallar ojos rojos, siendo la figura paterna, el abuelo y padre postizo de su madre. Su hermana, la mayor, con quien compartía tanto, había muerto hace dos días. Dos días que hicieron de viaje para avisarle. Dos días y él no sabía cómo lidiar con el hecho crudo de que la suerte parecía haberse acabado a su familia en esta guerra. El pequeño Nawaki también pereció. ¿Cuándo fue la última vez que los vio a ambos? ¿Los abrazó? ¿Les sonrió? No, Iroh no recordaba haberle hecho algún cariño pasajero como en esos días tranquilos en el complejo, y por el rostro de sus hermanos, tenían la misma pena. Ahora ellos vinieron no solo a avisarle, sino a colocarse en ese punto. ¿Estará bien Aang? ¿Mamá? ¿Papá? ¿Opal y Baatar? ¿Danzo? ¿Itama, Hideaki, Shizuka? ¿La abuela Mito? Suspira ahogadamente; duele, pero hay cosas que hacer antes de entrar en duelo.

El borde de Amagakure tenía una ligera brizna húmeda, el acero del piso se aferraba aún a estos bordes de su frontera. Hay huellas en el entorno de las incontables veces que lo han usado como un campo de batalla y hoy en día no era la excepción. Onoki levantó un campamento en la localidad, un poco frustrado de que Konoha haya tomado los puntos clave de observación en la frontera del País del Fuego, pero no se dejaría llevar por la amargura cuando se han plegado datos importantes de la guerra. Beifong ha entrado en el tablero. Como testigo de la primera guerra shinobi, sabía lo que significaba; no los estaría subestimando como en aquel entonces y aunque la clara misiva relata que sus números son cubiertos por ancianos o novatos, sus espías lo estaban minimizando, lo que se espera de los jóvenes incultos. No solo era el poderoso Nidaime, quien con su edad solo acumula experiencia en el campo de batalla y una implacable habilidad que fue el terror en el pasado; también estaba la caótica esposa de este legendario hombre, ciega según documentos y una extraña habilidad marcial además de una línea de sangre sobre la tierra; su hijo, aquel que se parece tanto al hombre que alguna vez conoció, Aang, su rival y poseedor de ese donjutsu Sharingan. Agrégale todas esas demás variables de este clan. La estrategia debe ser tomada de forma diferente; recopilar información de los primeros enfrentamientos es primordial y sabiendo que el trabajo en equipo de los shinobis de la Hoja no menguará con el ingreso de su peculiar clan civil/samurái es un dato preocupante.
Onoki no estará cometiendo el mismo error; vuelve a pensar al mirar críticamente al mensajero que aún aguarda delante con el aura obediente. "¿Sandaime?", pregunta el joven shinobi con un arqueo imperceptible de ceja. "Alista todo para marchar al frente", espeta con un ojo agudo. "Estaré luchando en la siguiente batalla contra Konoha", explica entrelazando sus dedos con un estado reflexivo de sus decisiones. El joven hombre parpadea sorprendido, pero no tiene el poder para alegar tal plan descabellado al no entender del todo el significado de la entrada de un clan civil de Konoha. Se retira con el pensamiento de la anormalidad de tal evento para un pueblo shinobi. Si algunos pusieran atención a las clases de historia o no desecharan las anécdotas de los viejos, sabrían lo que significaba Beifong para el mundo shinobi. Típico de los jóvenes. Tendrían que aprender de experiencias propias.
“¿Por Qué TODOS Temían al Clan Uzumaki?”
La lluvia caía constante en el campo de batalla al momento en que el Tercer Kazekage llegó al frente de sus números shinobi. Hay un silencio tenso de la anticipación de esta lucha que promete tomar este punto a su favor. Al fondo, el pueblo de Amagakure es un sitio borroso pero constante en torrencial tormenta. "La Hoja ahora envía a sus ancianos", pregunta estoico al levantarse en su altura. Ojos amarillos caen al representante de sus enemigos en ese día caótico. "Su Hokage no confía en sí mismo", predica con calma, sabiendo que el Sandaime de Konoha casi no ha dado la cara en el conflicto. El que reconoce como el Nidaime inclina la cabeza estoico. "Descortés de tu parte, chico", su tono era grave con una fuerza que desmentía lo que probablemente tenga de edad. Los ojos carmesí eran agudos y su postura, además de complexión, expresa para cualquiera que mire, será un contrincante peligroso. "Cualquier observación está de más, ahora sin embargo no creo que debas tomar a la ligera nuestras edad; después de todo, como shinobi sabes que alguien de nuestra experiencia es un peor opositor", aconseja apático.
El estoico Tercero de Suna no muestra ningún gesto amargo sobre la observación, solo un brillo de respeto por alguien que debería estar retirado prestándose a la primera línea. No importa la desventaja, hay algo épico en luchar en el mismo campo de batalla que el hermano del legendario dios shinobi. Sus hombres se mantienen atentos; del otro lado del campo, las propias sombras de sus shinobis están tan quietos aguardando la orden para cuando sus líderes terminaran su pequeña cortesía de presentación. Entonces el Tercer Kazekage se percata de ojos lechosos en su dirección, una anciana cuyo cabello aún sostiene hebras oscuras y un rostro casi oculto por un flequillo con arrugas salpicadas. Parece notar que la está viendo al sonreírle con todos sus dientes. "¿Eres el niño de la arena?", pregunta con un tono insolente. Todos, aliados y enemigos, fruncen el ceño ante el tono casual casi amigable de la vieja. Un suspiro paciente del Nidaime, pero sin ningún atisbo de corrección a su obviamente compañera al estar parada tan cerca del legendario hombre. Los samurái se despliegan ante un ligero movimiento de mano de ambos líderes, al igual que los shinobis. El Kazekage hace lo mismo con sus números a lo largo de ese claro que será el campo de batalla. "No soy un niño", corrige planamente, pero esa sonrisa en la anciana solo crece bravucona. Chasquea la lengua. "Tonterías, niño", recalca la anciana con diversión. "Mi chico ha escrito tanto de ti... aunque obviamente no pueda leerlo", pasa su mano delante de su rostro, confirmando la falta de la vista. "Toph", advierte el Nidaime. El Tercero solo parpadea. ¿Qué chico? Bueno, en toda guerra seguro es famoso, pero esta anciana lo hace sonar como si un amigo hubiera discutido sobre él de manera tan casual y amistosa. Le da un pico de curiosidad saber.
"Iroh", el Nidaime agrega como si adivinara el conflicto. El Kazekage debe admitir que el Senju parece leerlo fácilmente. "Eres famoso con la arena", sonríe ligeramente la anciana. "Chico inteligente", alega jovial, pero se apaga al instalar sus manos delante en una compostura marcial desconocida en las artes shinobi. La estoica sombra de Suna ignora el comentario, comenzando a acumular chakra y planear sus sellos de mano para convocar su arena. "¿Beifong?", adivina, porque puede ver de dónde viene la descortesía natural de su gran rival Iroh. Si su madre es de esa forma, sería normal que el hijo viniera con la misma educación. No ignora, por supuesto, la parte del Nidaime que hace a la sombra del dios shinobi un personaje imponente. "Beifong", confirma el pálido Sannin. Orochimaru ya no cuenta con números genin; a sus espaldas, Jiraiya traga un nudo inexistente de su garganta ante el aire premeditado del inicio de esta pelea. Kazekage mira largamente en silencio. Ahora entiende tanto cuando ve en verdad el entorno; los Beifong, algo que sus antecesores han relatado sobre la primera guerra shinobi y cómo les afectará con su extraña línea de sangre. Mantiene la compostura al agudizar sus sentidos.

"Mi hija ha caído bajo su gente, pequeño", Toph suelta un suspiro, sus pies firmes en la tierra. "Pero entiendo la guerra... gajes del oficio". Tensa sus músculos, pero hay un aire de luto pesadamente en sus hombros rígidos. "Cuando esto termine, cuando la batalla concluya... considera si deseas que más hijos sean sacrificados", explica sabiamente. Como shinobi, no entiende sus palabras; están llenas de sensiblerías impropias para un guerrero, pero no alega nada en contra porque a pesar de su renuencia, escucha la voz llena de experiencia como un recordatorio de su propia juventud. ¿Desea continuar con esto? No, pero su pueblo necesita estabilidad y con Konoha abarcando el mercado, debían luchar por sobresalir de su sombra. El Nidaime instala sus ojos carmesí en el Kazekage, quien se tensa. En un parpadeo, están enfrentándose con sus respectivas armas en medio como el único anuncio del inicio de esta contienda. Admite que hay fuerza detrás del empuje del anciano Segundo Hokage. El tercero tiembla cuando aterriza repelido como un mosquito y debe saltar fuera del movimiento de la tierra que parece moverse rítmicamente en cuadros perfectos. Hay gritos; mira el entorno, percatándose que muchos de los suyos son sujetados por pilares, golpeados por piedras, enterrados hasta el cuello mientras los kunai son desviados por algún extraño viento y el eco de una carcajada burlona de una anciana emocionada. "Mi mujer es algo bulliciosa", Tobirama dice secamente, mirando lo que el tercero con un aura de ligera diversión o impaciencia. Si no fueran enemigos, si no fuera una guerra a muerte, quizás el Kazekage se estuviera riendo igual de alocado como esa mujer.
Hanzo aterriza pesadamente con el crujir de sus propias rodillas, además de saborear la sangre en su boca. Aun con su máscara, hay un brillo de asombro y diversión en sus ojos al esquivar una estocada limpia de una espada del peliblanco que es su enemigo más reciente. Esta redada es diferente; no tiene esa asoladora capacidad de abrumar a sus enemigos como normalmente la tendría. La salamandra se llevó una grata sorpresa cuando sus contrincantes lograron mantener sus números en su contra. Ojos verdes lo miran aterrizar en la seguridad. Hay un amplio columpio de su sable que brilla con la luz de un relámpago. El happuri que cubre su cabeza trae el símbolo de la Hoja grabado firmemente. "Konoha tiene grandes shinobis", alaba, porque al mirar el campo de batalla, este peliblanco es nuevo, junto con otro que es la calca casi perfecta de la sombra del dios shinobi, ¿hermanos? Se arriesga a sacar dicha conjetura. Eso sin contar a la princesa babosa que destruye el piso con un solo golpe. Luego están esos vestidos como samurái moviéndose metódicamente con los shinobis de Konoha como el respaldo equilibrado que se necesitaba. "No soy un shinobi", recalca el regio hombre al azotar su espada en el suelo donde estaba Hanzo unos segundos antes. "Soy un civil... un samurái". Hanzo entonces tiene claridad en dicho comentario, carcajea por lo alto en medio de un campo de batalla. "Los famosos Beifong".
