En la jerga del vestir, costura y confección no son lo mismo. Reservamos el término confección para referirnos a la confección industrial y costura para aludir a la confección predominantemente manual. En suma, la costura es una artesanía y la confección una industria. Este artículo no versa sobre el oficio de la costura, necesario, eterno y universal, sino sobre esa institución parisina que un día de juventud se miró al espejo y se dijo: “soy alta”.
¿Qué Significa "Alta" en la Alta Costura?
El adjetivo "alta" se adjunta con sentido metafórico, y yo creo que lo hace para soslayar su cruento significado: alta significa cara. Pero no decimos la Cara Costura porque suena a negocio. Más difícil es saber cuándo la costura es lo bastante onerosa para ser considerada alta. La pregunta es pertinente, pero las casas de costura enmudecen avergonzadas cuando se la formulan.
En 1970 se barajaba la cifra mínima de 10.000 euros para una prenda de vestir desornamentada; según el economista Bernard Girard, en el siglo XXI esa cifra puede haberse multiplicado por cuatro o por cinco. No obstante, los precios no están regulados por la Cámara Sindical de la Alta Costura. Didier Grumbach, presidente de la Federación Francesa de la Costura y la Confección, afirmaba en 2004 que la Alta Costura se había vuelto más asequible que nunca porque ahora los vestidos ya no se recargan necesariamente de plumas, pedrerías y bordados; y añadía que Dominique Sirop, una “alta-costurera”, restringía los precios para equipararlos a los de la confección de alto nivel. Para que se hagan una idea, una chaqueta de confección de Chanel no suele superar los 4.000 euros.
En Francia, el marchamo Haute Couture lo otorga el Ministerio de Economía, Finanzas e Industria a través de la Cámara Sindical de la Alta Costura; la Cámara es la institución encargada de estudiar y evaluar tu empresa y certificar al Ministerio que cumple con la normativa prescrita. Así, en Francia, la costura es alta cuando la Cámara así la reconoce, de modo que el adjetivo alta significa también oficial. Pero, ¿y a quién le importa lo que diga una cámara sindical francesa? ¿Saben, por ejemplo, a quién le importaba un bledo? A Balenciaga. Fue invitado reiteradamente a integrarse en la secta de los altos costureros. ¿Cómo no? Balenciaga era el diseñador más prestigioso, el más admirado, el bodisatva de la elegancia y el profesor de Courrèges, Ungaro y Givenchy, todos ellos diseñadores reputados; además producía los trajes más caros y exclusivos de París. Pensaría don Cristóbal que el marchamo Haute Couture debía ser para quienes necesitaran reconocimiento, que a él le sobraba.
La de la moda conviene en señalar a Charles Frederick Worth (1825-1895) como fundador de la Alta Costura, aquel que sublimó la artesanía en arte e ideó las pasarelas como sistema de exhibición.
En el siglo XIX la forma de los vestidos surgía a partes iguales del diálogo con la modista, los figurines de la prensa femenina y las ideas y aspiraciones de las clientas. Por el contrario, Worth consiguió labrarse un nombre como artista precisamente porque actuaba siguiendo su propia imaginación, su propio criterio, e ideaba sus colecciones de vestidos antes de que fueran encargados. Es decir, Worth fue el primer modista que logró trabajar como un artista contemporáneo, y esto supone la creación de prototipos antes de que se efectúe encargo alguno. Recordemos que desde Miguel Ángel hasta Tiépolo, los artistas pintaban fundamentalmente encargos; sólo en el siglo XIX se abren salones de pintura donde exhibir propuestas nacidas de sus querencias e inquietudes creativas, o de su olfato para colegir qué se va a vender. Este papel del artista contemporáneo se lo arroga, entre los costureros y por vez primera, Worth.
Siguiendo el ejemplo de los pintores, Worth ingenió un salón para exhibir sus creaciones. Como la ropa luce pobremente colgada de perchas, inventó los desfiles de maniquís, desde entonces el escaparate de la moda por antonomasia. Extraigamos conclusiones. Si diseñas antes de vender, si te obligas a dar en la diana antes de disparar, será preciso que configures un estilo reconocible que respalde tus novedades y un prestigio que las haga deseables. Con Worth el costurero artesano se convirtió en costurero artístico y con él la moda fue sublimada en arte. Desde entonces también podemos decir que la costura es alta cuando, idealmente, se sublima dotándola de “artisticidad” por medio de un diseñador que es promocionado como genio artístico. También fueron Worth y sus herederos quienes en 1878 fundaron la Cámara Sindical de la Confección y la Costura para Señoras y Señoritas con el propósito inicial de perseguir el espionaje y las copias.
Hasta 2001 la normativa de la Cámara regulaba también que las casas se ubicaran en París a fin de recordar el origen geográfico del fenómeno. Ni siquiera se podía conceder el marchamo Haute Couture a una casa de Marsella o Biarritz.

La Moribundia de la Alta Costura
Corría el año 1968 cuando Yves Saint-Laurent anunciaba dramáticamente la muerte de la Alta Costura. Balenciaga, mentor espiritual del brillante artesanado, cierra su casa en 1969. Desde entonces, se han multiplicado los indicios de fatalidad que se ciernen sobre la gran dama de la moda.
El sociólogo Gilles Lipovetsky considera a la Alta Costura finiquitada al denominarla “moda centenaria”, pues su imperio se circunscribe a una centuria entre los años 1870 y 1970; después de esta fecha, en efecto, los diseñadores de la confección son más populares e imitados que los de la costura. Didier Grumbach está de acuerdo y señala al responsable: “A mediados de los años 60, la confección industrial (prêt-à-porter) se vuelve decididamente creativa y comienza a desplazar a la alta costura”. Jean-Paul Gaultier declaraba en julio de 2004: “Desde el punto de vista económico la Alta Costura es un desastre. Me encanta participar en su caída, porque, ¿a qué engañarse?, es el fin”.
A comienzos del siglo XX París contaba con 106 casas Haute Couture, entre ellas, todas las que forjaron su leyenda: los caballeros Worth, Doucet, Patou y Poiret, y las damas Paquín, Lanvín, Lucile, Vionnet, Schiaparelli y Chanel. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el número de casas se redujo a 60, pero no podemos hablar de crisis de la Alta Costura sino de Edad de Oro, porque ese medio centenar largo de empresas reportarán al Estado francés una riqueza comparable a la de la industria automovilística. Dior, de nuevo Chanel y Balenciaga (aunque no sindicado) lideraban el sector. La anemia, como hemos indicado antes, data de 1970. En 1980 el sector se había reducido a 22 casas; en 1997 a 18; en 2002 a 12; en 2007 sobreviven 10: Adeline André, Chanel, Christian Dior, Jean-Paul Gaultier, Givenchy, Christian Lacroix (que cumple veinte años en 2007), Emanuel Ungaro, Dominique Sirop, Franck Sorbier y Jean-Louis Scherrer.
La reducción de clientes siempre es una cifra estimada porque las casas de costura se niegan a proporcionar datos. Denise Dulbois, de la Cámara Sindical de la Alta Costura, cifraba en 3.000 las clientas en los años setenta; el economista Bernard Girard las reduce en nuestros días a 250 o 300 mujeres.

La última normativa que lo regula, aprobada en octubre de 2001, es tan liberal que hoy podría haber cientos de casas presumiendo de poseerlo. Apenas insiste en que los productos deben confeccionarse a mano y a medida dentro de la propia empresa, pero ya no hay obligación de montar un par de desfiles al año (en la última semana de enero y en la última de julio), ni se exige un mínimo de 75 prendas por temporada ni se menciona a París como ubicación de la casa matriz. La página digital del Ministerio de Industria francés revela el propósito de tanta vaguedad normativa: que un mayor número de costureros pueda acceder al marchamo Haute Couture. Medida absolutamente infructuosa, porque no ha detenido la reducción de solicitudes. Es decir, aunque se ofrecen todas las facilidades ¡nadie solicita el marchamo! Será que incluso a los costureros franceses les trae sin cuidado.
Ante la amenaza de que un sector tan diminuto -sólo diez casas de costura ungidas con el marchamo- no excite el concurso de la prensa y la opinión pública, desde 1997 la Cámara ha adoptado la costumbre de invitar (¿deberíamos decir perseguir?) a diseñadores procedentes de la confección industrial a desfilar en la Semana de la Alta Costura. Falta les hace, pues en julio de 2007 sólo desfilaron 6 de esas 10 casas. (¿Motín a bordo?) Para evitar el sofoco se invitó a 17 teloneros: Adam Jones, Anne-Valérie Hash, Boudicca, Carven, Cathy Pill, Chistophe Josse, Eymeric François, Felipe Oliveira Baptista, Gustavo Lins, Lefranc-Ferrant, Marc Le Bihan, Maurizio Galante, Nicolas Le Cauchois, On aura tout vu, Richard René, Gérard Watelet y Udo Edling. ¿Les suena el nombre de alguno de ellos? Claro que no: son los presuntos nuevos talentos de la confección industrial de alta gama. En otras ediciones también actuaron como teloneros Armani y Valentino, pero no han querido repetir. En enero de 2008 desfilará el diseñador español Josep Font.
En el colmo de la desesperación por consolidar su liderazgo mediático, la Alta Costura ha aceptado como una humillación inevitable la lisonja a las celebrities. En La conspiración de la moda, divertidísimo mentidero del traje escrito por el periodista Nicholas Coleridge, leemos que las casas niegan esta práctica, pero acusan a sus competidoras de hacerlo. Bueno, Dior reconoce abiertamente que posee un departamento de famosas a las que acosa y regala vestidos.
La creación a medida no debe implicar necesariamente el servilismo que los aficionados a la moda hemos detectado en algunos desfiles de Alta Costura. “Hay un juego que se puede practicar durante los desfiles de Ungaro. La prensa británica, menos reverente ante Ungaro que la de otros países, suele hacerlo. El objetivo consiste en adivinar, cada vez que aparece un modelo en la pasarela, a qué sección de su público va destinado. Los indicios son el botoneado y la fuerza de los colores. Una telaraña de perlas en el cuerpo incita murmullos de “Bahrein”, “Riyadh”; mientras que un estampado en verde lima y rosa indica “Fort Worth” o “Des Moines”. No puede ser de otro modo cuando la mayoría de las clientas de la Alta Costura proceden de los Estados Unidos o son esposas de jeques árabes. Jean Louis Scherrer produce cada temporada alrededor de 300 piezas: el 50% las vende a Oriente Próximo y el 40% a mujeres norteamericanas.

La Haute Couture Agoniza, ¿Pero Beneficia al Arte?
La Haute Couture agoniza, aunque no lánguidamente. Agoniza como lo hacía la sociedad aristocrática antes de la Revolución francesa: convirtiendo cada una de sus exhibiciones en un carnaval... Y este ocaso, me pregunto, ¿qué sentimientos debe suscitar en mí, trovador de la moda? ¿Hemos de echarla de menos? ¿A quién beneficia? Y sobre todo, ¿beneficia al arte y al oficio de la ropa? He aquí mi valoración. La costura no perjudica a nadie, pero la Alta Costura, con mayúsculas, la sindicada en París, la oficial, la referencia popular de la verdadera alta costura, sí perjudica al arte de la apariencia y su profesión. Veamos la enumeración de sus delitos.
Poiret lanzó el perfume Rosine y relacionó moda y perfumes. Los diseñadores se atribuyen falsa y tácitamente la creación de perfumes, cosméticos y otros productos que desconocen; una mentira que tiene que acabar pasando factura. Se está ensuciando el arte del vestido al prostituir los nombres comerciales. Yo, como hombre al servicio del traje, lo expreso indignado: ¿qué tendrán que ver las colonias con nosotros?
París: Capital Mundial del Glamour y la Alta Costura | Free Documentary Español
Para Francia la Alta Costura recoge el componente más glamuroso de su identidad. Sydney Toledano, presidente de Christian Dior Couture, aporta esta razón: “Si se detiene la Alta Costura, perdemos nuestro valor añadido frente a nuestros competidores americanos e italianos”. Efectivamente, hay costura en otros países, pero ellos carecen del prestigio que proporciona esa suerte de legitimidad histórica. La Federación Francesa de la Costura se creó en 1973, cito literalmente, “con el objeto de apoyar a París en su rol de capital internacional de la creación”. Sin embargo, esta obstinación por hacernos creer que París es la “capital internacional de la creación”, comprensible en términos de política nacional, implícitamente minusvalora a los creadores de otras nacionalidades. Sin duda, los jóvenes diseñadores invitados a desfilar en la Semana de la Alta Costura se sienten halagados, un poco como el actor que llega a Hollywood, pero no parece que sean tratados como auténticos colegas sino como comprimarios, de ahí que antes los haya calificado de teloneros. El beneficio se reparte -los sindicados porque pueden montar un espectáculo con numerosos diseñadores, atractivo para los media, y los jóvenes por la publicidad que ganan-, pero la jerarquía se mantiene. ¿Por qué Valentino y Armani nunca han repetido la experiencia? Ya estaban consagrados como diseñadores y la pasarela de París no podía aportarles nada. ¿O es que Milán es menos que París? ¿Se sintieron utilizados? ¿Por qué habría de apoyar un italiano el marchamo París? Y, desde luego, éste es mucho más importante para Francia que el marchamo Haute Couture.
Los estilistas Béatrice Ferrant y Mario Lefranc, invitados a los desfiles de 2007, consideran que la Alta Costura e...
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