Novela Gráfica y el Holocausto: Testimonios Visuales de la Historia

La Novela Gráfica como Medio para Abordar el Holocausto

La ilustración y los libros ilustrados siempre han sido una forma gráfica de enseñar a los más jóvenes los peligros del totalitarismo y tratar de explicar qué fue el nazismo, el Holocausto o quién fue Hitler.

En los años 70, gracias a Art Spiegelman, dibujante e hijo de superviviente, y su cómic Maus -que empezó siendo una tirada periódica de unas pocas páginas-, el Holocausto aparece como argumento de la novela gráfica para el público adulto, siendo desde entonces un género que cada vez se cultiva más y donde encontramos auténticas grandes obras narrativas y pictóricas como el citado Maus o Yossel de Joe Kubert.

No queda totalmente definido qué es la novela gráfica, si un formato o un género. Como género es un poco más prestigioso que el cómic. Es un nivel superior, sin denostar al magnífico cómic por supuesto. Sólo en cuanto a extensión ya le sobrepasa por el propio formato aunque sea en cantidad.

La novela gráfica apareció en los años 70, se pretendía que estas obras ocuparan un lugar entre el resto de novelas y libros y no estuviera sólo en la zona juvenil. También iba dirigido a un público más adulto.

Pero uno de los máximos exponentes es «Maus», único título de este formato en ganar el premio Pulitzer. Hace más de treinta años desde su publicación y mantiene una frescura y una vigencia extraordinarias.

Ilustración de Art Spiegelman con personajes de Maus

"Maus": Un Relato Inolvidable

Art Spiegelman, hemos de repetirlo, es el único ganador del premio Pulitzer con una novela gráfica. Este escritor americano de raíces suecas, nació en Estocolmo el 15 de febrero de 1948, pero emigró con su familia a Estados Unidos cuando sólo tenía tres años. Se afincaron en Queens, Nueva York. Ya de adolescente estudió Artes y Diseño, y pronto se embarcó en la carrera de Dibujante profesional. El gran Art estuvo coqueteando con pequeñas historietas, entre las que estaba «Maus», un anticipo de tres páginas de su obra maestra. Así hasta que en 1980 funda junto a su mujer Françoise Mouly la antología de cómics underground «Raw». A partir de ahí trabajará para The New York Times como ilustrador y para The New Yorker como artista y escritor.

Maus llegó a mi conocimiento de una manera poco convencional, pues no lo hizo por la propia obra en sí, de la que no sabía nada, sino por el reconocimiento de un premio de prestigio como el Pulitzer. En 1992, la novela gráfica de Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) consiguió un galardón especial del jurado de los Pulitzer por el tratamiento tan original que dio a su relato sobre el holocausto judío y la supervivencia de su padre en ese horror. Lo hace de una manera muy poco convencional, pues emplea animales con forma humana, y lo envuelve todo con un humor amargo que se mezcla con la tristeza que empapa toda la historia.

Maus se publicó en tiras cómicas entre 1980 y 1991 en la revista Raw, y, como libro, en dos partes: Mi padre sangra historia (1986) y Y allí empezaron mis problemas (1991).

Los judíos son representados con forma de ratas y sus captores, los alemanes, lógicamente son gatos. Los polacos son cerdos, los franceses aparecen como ranas y los norteamericanos son perros. Esa equiparación judío-rata podría parecer un arranque desafortunado, algo que provocara el rechazo inmediato del lector, pero precisamente el origen de esa equiparación viene del propio nazismo y de la brutal campaña de deshumanización que iniciaron los líderes del partido hacia este colectivo. Los judíos eran comparados con ratas y con parásitos que transmitían enfermedades, y esa deshumanización fue fundamental para que un pueblo culto y formado como el alemán apoyara una barbarie que comenzó mucho antes de los campos de exterminio: con el arrinconamiento en guetos, la pérdida de derechos de los judíos, la consideración como ser inferior.

Vladek, un polaco de media edad vive en los años 30 una apacible vida. Conoce a Anja, la que será su mujer después de demostrar a la familia de ella de que es muy capaz y trabajador. Con el dinero que le prestará la familia de Anja creará su propia fábrica. Poco después nacerá su hijo Richieu. Todo se trunca cuando la amenaza Nazi se convierte en realidad y da comienzo la Segunda Guerra Mundial. Polonia es ocupada totalmente y sus habitantes son confinados en guetos, el resto son aniquilados o recluidos en campos de concentración. Vladek y Anja pasan calamidades dentro del campo de exterminio. Lo que les mantiene vivos es su buen trato con los demás prisioneros y cómo son ayudados por estos. Anja tiene una doble prueba en el campo ya que un guardia le hace la vida imposible hasta el límite en que no deja de castigarla por no cumplir sus órdenes. Las habilidades sociales de Vladek les permiten estar lejos de los trabajos más penosos.

La relación de Art con su padre Vladek a principios de los ochenta en Estados Unidos, mientras le pide que le cuente historias acerca de Auschwitz, su madre, el hermano al que no conoció pues falleció allí y cómo logró sobrevivir. Nos muestra una relación difícil debido al carácter del padre: egoísta, tacaño, cutre, arisco, pero también machista y racista, como nos mostrará en algún episodio. La propia vida en Polonia a finales de los treinta y principios de los cuarenta: la llegada de los nazis, la manera de escapar en un primer momento para poder mantener su tren de vida, los guetos, los escondrijos tan inverosímiles para sobrevivir unos meses más y, finalmente, el internamiento en Auschwitz.

Podría haber una tercera línea argumental, que es la del propio autor, Art, y sus dilemas internos. Primero, para superar el suicidio de su madre Anja en 1968, un episodio que no oculta y que le atormenta, como cuenta en la breve historia de tres páginas que incorpora a la propia novela, Prisionero en el planeta infierno, y en segundo lugar, las conversaciones con su psiquiatra y con su mujer acerca de si debe continuar con esta obra o no. El dilema moral al que se enfrenta y el modo escogido para hacerlo.

La obra resulta contundente, precisa y profusa en las explicaciones, sin obviar las cámaras de gas, los barracones, las literas repletas de cuerpos hacinados, los trenes o las explicaciones sobre los zulos que utilizaban las familias para esconderse en el gueto. La casa de Ana Frank en Ámsterdam (una visita que merece la pena hacer cada vez que vayas por allí) te viene de inmediato a la cabeza, si bien, algunos de los alojamientos de Vladek y Anja resultaban aún más complejos y pequeños. Alguno, aún más inhumano, como el basurero. Nada más comenzar la obra, olvidas de inmediato que estás leyendo una historia de «gatos y ratones», o de hombres y mujeres tras una máscara, igual que en tantas películas de Disney o en la Rebelión en la granja de Orwell. Es todo tan real, tan humano o inhumano, como lo que hemos visto en La lista de Schindler, El pianista, La zona de interés, en exposiciones, visitas o en tantos documentales sobre la época.

De hecho, la catalogación de la obra por el New York Times provocó una divertida polémica del autor con el diario en el que confiesa estar encantado de aparecer en su lista de best-sellers, pero que «el deleite se convirtió en sorpresa, sin embargo, cuando advertí que aparecía en el apartado de ficción». «Ficción significa que la obra no es factual, verídica», dice Spiegelman. Luego habla del terreno fronterizo que separa la ficción y la no ficción, de todos los detalles que da acerca de los campos de concentración o de cómo construir un búnker, y que se estremecería de pensar que las memorias de su padre en la Europa de Hitler y los campos de exterminio fueran clasificados como ficción. «Entiendo que dibujar a las personas con cabezas animales puede plantearles problemas de taxonomía. Finalmente se registró en el apartado de no ficción para el editor, que mencionó otras fuentes como «Memorias, historia» en Pantheon Books o la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde quedó incluida en esa misma categoría de no ficción. Sea lo que sea, una obra de no ficción con ratones, o con personas que llevan máscaras para distinguirse por razas o especies, como hacían los propios nazis con los brazaletes, es una aproximación veraz y casi en primera persona de lo que sucedió.

El autor nos devuelve a la «humana» realidad en algunos episodios cuando muestra las fotos de su padre en el campo o del hermano al que no conoció, el pequeño Richieu, que falleció en el campo, como toda la familia de Vladek.

La novela gráfica de Art Spiegelman no sorprende por su crudeza, ya vista en otros formatos, sino por su similitud en varios puntos con otras famosas obras ambientadas en los mismos escenarios. El hombre en busca de sentido, de Víctor Frankl, y Si esto es un hombre, de Primo Levi, vienen a la mente del lector de inmediato, por lo que cuentan sobre la deshumanización de los judíos que tan bien lograron los nazis, el adormecimiento de las emociones, la lucha feroz por la supervivencia, incluso con el semejante, o cómo la humillación contribuía a rebajar aún más una autoestima que ya estaba por debajo de los barrizales polacos.

También coincide con ambos textos en que los prisioneros tenían una sola motivación para sobrevivir y no lanzarse contra la alambrada, que no era otra que volver a ver a los suyos, a su mujer, a su hijo, a lo poco que les aferraba a este mundo. He buscado en el libro de Víctor Frankl algunas frases y parecían calcadas o resumidas por Spiegelman en Maus: «Por lo general, solo se mantenían vivos aquellos prisioneros que, tras varios años de tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia (…). Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros -como cada cual prefiera llamarlos- lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron». «Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no me lanzaría «contra la alambrada».

Comparativa de viñetas de Maus con imágenes históricas del Holocausto

Otras Obras Relevantes sobre el Holocausto en Novela Gráfica

La historia de los campos de concentración y exterminio es terrible, una lacra que la humanidad no olvida y no debe olvidar. Hacen bien los judíos en recordar su historia y su sufrimiento, y son perfectamente conocedores de que el primer paso para que una brutalidad así sea posible es desposeer al enemigo de su condición humana. Lo sabe muy bien Ariel Sharon, igual que los ministros y partidarios de su gobierno, quienes tratan de desposeer de tal condición a los gazatíes, sin derechos, sin agua, sin comida, sin sanidad, para luego, con la excusa de la guerra contra los terroristas de Hamás, justificar el exterminio de toda una población.

Aún hoy en día, después de haber visto y leído cientos de documentales, películas y libros, muchos nos seguimos preguntando cómo fue posible el ascenso del nazismo, la II Guerra Mundial y el Holocausto judío. Cómo fue posible llegar a ese extremo de crueldad humana. Una de la obras que mejor explica ese ascenso de Hitler y los nazis es la trilogía Berlín (Astiberri), el monumental cómic del guionista y dibujante Jason Lutes (Nueva Jersey, 1967), que invirtió 22 años de su vida en intentar entender el horror. El trabajo de toda una vida que ahora la editorial Astiberri publica, por primera vez, en un estupendo volumen: Berlín. Edición Integral. Un cómic que está considerado una de las 10 mejores novelas gráficas de la historia en lengua inglesa y que ha ganado un montón de premios entre los que destacan cinco Eisner, dos Ignatz y un Harvey. Una historia que debería ser lectura obligada en colegios, institutos y universidades, porque nos descubre lo frágiles que son las buenas intenciones del ser humano y cómo el odio irracional puede hacernos cometer los mayores crímenes. Un libro imprescindible en estos momentos en los que nos enfrentamos a las mayores crisis de la historia. Berlín nos demuestra que la respuesta a crisis como la del coronavirus, nunca es el odio.

La trilogía Berlín (Ciudad de piedras, Ciudad de humo y Ciudad de humoCiudad de luz) narra la caída de la república de Weimar y el ascenso imparable del nazismo. Y lo hace a través de los ojos de la gente normal, de los habitantes del Berlín de aquellos difíciles años en que la población seguía arrastrando las consecuencias de la I Guerra Mundial: el hambre, la falta de trabajo, las luchas sindicales para mejorar las condiciones laborales, los enfrentamientos entre comunistas y nacionalsocialistas, y entre judíos y gentiles. Una época en la que esa impotencia para conseguir una vida mejor se canalizó a través del odio, del odio a los judíos. En la que los sueños de prosperidad de una ciudad y sus gentes, se convirtieron en pesadillas. Y es que, en época de crisis siempre intentamos buscar a alguien a quien echar la culpa de nuestras desgracias.

La historia comienza en septiembre de 1928, cuando el periodista Kurt Severing y la estudiante de arte de una familia bien, Marthe Müller, se conocen en un tren que va a Berlín y acaban enamorándose en la que, por aquel entonces era la ciudad con más cultura y arte de Europa, solo por detrás de París. Y también con una de las vidas nocturnas más ajetreadas. Pero también era una ciudad castigada por el paro, la pobreza y los abusos de los empresarios. Unos hechos que desembocarían en la matanza del 1 de mayo de 1929, cuando la policía asesinó a 25 manifestantes (en aquella época se prohibían las manifestaciones). Un hecho que es fundamental en esta historia. A través de las vivencias de estos dos protagonistas, de sus encuentros y desencuentros, y de otros personajes que los rodean (desde los burgueses más adinerados a los pobres que intentan sobrevivir en las calles), Lutes consigue hacer un acertado retrato de la sociedad de aquella época y de su lucha por salir de la crisis. De las grandes fiestas nocturnas de Berlín, de la libertad sexual de los años 20 y 30, de gran momento cultural y del progreso tecnológico (aunque pronto esa tecnología se usaría con fines bélicos).

Al mismo tiempo también nos muestra los conflictos entre comunistas y nacionalsocialistas y el creciente odio hacia los judíos (a los niños les decían que tenían cuernos). Y cómo ese odio dividió a las propias familias, entre los que siguieron las ideas de Hitler y los que no. Así conoceremos a una madre que se queda sola con dos hijos y se une al movimiento obrero en busca de una oportunidad de futuro para su familia. A su hija Silvia, que deberá madurar prematuramente tras un hecho brutal. A una familia de judíos que intenta ayudar a la gente y que pronto será la que necesite ayuda. A un grupo de jazz norteamericano que triunfará en las agitadas noches berlinesas antes de ese odio creciente…Lutes combina estos personajes ficticios con otros históricos como el propio Hitler o el editor Carl von Ossietzky, uno de los pocos en oponerse abiertamente al nazismo. Pagó por ello muchos años de cárcel y en 1935, siendo recluso del campo de concentración de Esterwegen, recibió el Premio Nobel de la Paz, lo que llevó al gobierno de Hitler a prohibir a todos los alemanes que aceptasen ese premio en el futuro. Algunos de nuestros protagonistas verán venir el desastre, aunque nadie podía prever hasta donde llegaría el horror. Pero muchos otros alemanes abrazaron la política de Hitler con la esperanza de que los llevaría a un futuro mejor, sin sospechar el coste. En definitiva, la transformación de Berlín de una metrópolis liberal a un baluarte del fascismo. De la esperanza, al mayor holocausto de la historia de la humanidad.

Hacia el final de la historia, la mayoría de los habitantes de la ciudad seguirá con su vida normal sin percatarse de la amenaza que se cierne sobre ellos. Mientras tanto, el periodista Kurt Severing y la artista Marthe Müller verán con horror cómo su sociedad comienza un vertiginoso descenso al extremismo. Hitler es capaz de canalizar esa desesperación hacia el odio. Un odio que le dará el poder… el poder sobre la vida y la muerte. Destacar la forma de Lutes de narrar el ascenso del nazismo y la transformación de todo un pueblo, por el odio, ejemplificado en un niño alistado a las juventudes hitlerianas, que es capaz de amenazar a su hermana con un cuchillo. Enfrente, en un montaje paralelo, la desesperación del periodista protagonista que comprueba que, esta vez, la pluma liberal no logrará derrotar a la espada nacionalsocialista.

Viñeta de la novela gráfica

Jason Lutes confiesa que esta historia nació después de ver un video en clase de historia sobre los campos de concentración: “La imagen que se me quedó grabada fue la de un bulldozer empujando pilas de cuerpos, pilas de cadáveres demacrados dentro de las fosas”, y desde entonces ha tratado de darle un sentido. Más de una década después, cuando ya había empezado a dibujar Berlín, se dio cuenta de que había canalizado su obsesión hacia la ciudad. Quería entender qué ocurrió antes del desastre: “Es el periodo antes de que estalle la tormenta y se desate el infierno”. Así nació Berlín, hace 22 años. Una historia que está considerada como el trabajo de ficción histórico más ambicioso realizado en el campo de la novela gráfica. Lutes se documentó profusamente durante más de dos años y comenzó a publicar Berlín, de forma serializada, en 1996. En 2005 fue elegida como una de las 10 mejores novelas gráficas de todos los tiempos por la revista Time. Ha ganado cinco premios Eisner, dos Ignatz y un Harvey. 24 años después, seguimos sin comprender cómo hubo seres humanos capaces de aquellos horrores, aunque gracias a Lutes entendemos un poco mejor las circunstancias que rodearon al ascenso de Hitler. Por eso obras como estas son fundamentales para intentar impedir que cometamos los mismos errores.

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) implicó a decenas de países y causó la muerte de entre 50 y 60 millones de personas en todo el mundo. Bajo las órdenes de Adolf Hitler, millones de judíos fueron recluidos en campos de concentración. Supervivientes como Vladek Spiegelman, un judío polaco que estuvo encerrado en el campo de Auschwitz-Birkenau (Polonia).

La Ilustración como Testimonio Histórico

La neerlandesa Melanie Kranenburg (1997) es la ilustradora más joven del libro y se ha centrado en la deportación de todos los varones de la localidad de Putten, en el centro de Países Bajos. Ordenada por Friedrich Christiansen, un comandante de las fuerzas armadas germanas, fue una represalia contra los civiles después de un ataque de miembros de la resistencia. De los 659 hombres sacados a la fuerza de su hogar, 13 pudieron saltar luego de los trenes que les llevaron a campos de concentración. La autora recoge los hechos, incluida la destrucción de Putten por parte de las tropas ocupantes, a través de los ojos de Hannie, una madre de dos hijos que pierde allí a su esposo. Sobrecogida por lo ocurrido, un vecino de otro pueblo le trae una nota lanzada desde el tren por su marido, Piet, que dice: “Nos llevan a Alemania (…) nos adaptaremos (…) escribiré pronto (…) mucho amor, Piet”. Tras la liberación, a Putten solo regresaron 48 hombres.

Los cómics empezaron a hacerse populares en los años treinta tanto en Estados Unidos como en Europa: Tintín apareció en 1929 y Superman en 1938. Ribbens explica en el libro que en la Europa invadida los editores de cómic evitaban hacer referencias concretas a la situación política. Sin embargo, en los países que no habían sido ocupados, y en especial en las obras dirigidas al público estadounidense, presentaban la victoria aliada como el horizonte deseado. Este mismo experto halló en 2021 una octavilla con seis dibujos que incluía una de las primeras ilustraciones de una cámara de gas en funcionamiento, en el campo de exterminio de Majdanek, al sur de Polonia. Fechada en 1945, se titula Nazi Death Parade (El desfile nazi de la muerte) y está firmada por el ilustrador de origen austriaco August Froehlich.

Según Ribbens, “durante la guerra había muchos rumores y censura, y el retrato de lo ocurrido evolucionó en el formato gráfico”. Al principio, la gente quería saber lo que había sucedido, “y los dibujos reflejaban la cólera contra los nazis y los que colaboraron con ellos”. Luego se despertó el interés por la parte militar y de la resistencia. “Solo después, hacia los setenta, empezó en serio la disposición para conocer los padecimientos de los judíos, y más tarde los de la comunidad Roma y Sinti”.

La narración en forma de historieta hecha por Froehlich es un documento histórico. Entre los autores de los 10 trabajos del libro hay historias personales que enlazan con la realidad del pasado. Es el caso del belga Wide Vercnocke (1985), cuyo abuelo, un poeta, colaboró con los alemanes. Ha ilustrado la huida a Bélgica y posterior deportación a Auschwitz del futbolista judío austriaco Norbert Lopper. Obligado a llevar el uniforme de preso, juega al fútbol mientras se pregunta sin cesar por su familia. Con aspecto atlético, da unas cuantas patadas al balón pero es una ensoñación. Lo cierto es que le está pegando un oficial nazi, y él se da cuenta de que estaba pensando “en vivir”. Lopper sobrevivió y logró rescatar a su madre.

Los ilustradores han contado con el apoyo del historiador y de los archivos de los tres campos de concentración. También ha colaborado el Instituto de Estudios sobre la Guerra, el Holocausto y el Genocidio, de Ámsterdam (NIOD, en sus siglas neerlandesas). “El enfoque de los artistas era esencial y debíamos fiarnos de la profesionalidad de unos y otros”, subraya Ribbens.

La autora B. Carrot (pseudónimo de Anat Segal), nacida en 1985 en Jerusalén, mezcla en sus viñetas la apertura del campo de Westerbork, en octubre de 1939, con la situación actual de los solicitantes de asilo. Westerbork fue al comienzo un centro de refugiados judíos llegados a Países Bajos desde Alemania y Austria. En julio de 1942 los nazis tomaron las riendas y se convirtió en el lugar de tránsito para la deportación de más de 100.000 judíos. Las primeras viñetas recrean la construcción del complejo y las quejas por la molestia que suponía la llegada de los refugiados. En la última viñeta, los antiguos barracones planean sobre el actual centro de asilo de Ter Apel, al norte de Países Bajos. En su explanada acamparon durante semanas unos 700 solicitantes de asilo en agosto de 2022.

En otro de los capítulos, el ilustrador belga Jeroen Janssen (1963) y la periodista Arezoo Moradi (1984), nacida en Teherán, se han basado en las historias que les contó la nieta de una mujer de la comunidad Sinti que escapó a la muerte. El trágico destino de los Sinti y los Roma casi desapareció de la memoria colectiva después de la II Guerra Mundial, a pesar de que los historiadores calculan que entre 250.000 y 500.000 de sus miembros fueron exterminados. “Eso explica en parte el olvido del porrajmos [en lengua romaní], el intento de exterminar a la mayoría de los pueblos romaníes de Europa”, indica la obra. El libro tiene ediciones en neerlandés, inglés, alemán y francés, y la exposición viajará a Bélgica a partir de septiembre.

Póster de la exposición

Maus: Relato de un superviviente (el título original en inglés es Maus: A Survivor's Tale) es una novela gráfica completada en 1991 por el historietista estadounidense Art Spiegelman. Se trata de un cómic alternativo publicado por entregas entre 1980 y 1991 en la revista Raw, una publicación vanguardista de cómics al frente de la cual estaban Spiegelman y Françoise Mouly. La obra, de casi 300 páginas, se publicó en dos partes: Mi padre sangra historia (My Father Bleeds History, 1986) y Y allí empezaron mis problemas (And Here My Troubles Began, 1991), unidas posteriormente en un único volumen. La historia se desarrolla a partir de las experiencias del propio autor y las entrevistas a su padre, que narra su vida como judío polaco y superviviente del Holocausto. El libro hace uso de técnicas postmodernistas y emplea recursos convencionales, propios de las fábulas clásicas, al representar a los distintos grupos humanos como diferentes tipos de animales: los judíos son ratones, los alemanes son gatos, los polacos no judíos aparecen como cerdos, etc. Una tira de tres páginas, dibujada por Spiegelman en 1972, fue el punto de partida del autor para entrevistar a su padre sobre su vida durante la Segunda Guerra Mundial. Las entrevistas grabadas se convirtieron en la base para la novela gráfica, que Spiegelman comenzó en 1978. La temática central de Maus es la persecución que realizaron los nazis sobre el pueblo judío.

En Maus Art Spiegelman narra la historia real de su padre, Vladek Spiegelman, judío polaco, durante la Segunda Guerra Mundial, así como las complicadas relaciones entre padre e hijo durante el proceso de elaboración de la historieta, ya en Estados Unidos, donde llegaron los padres de Art tras la guerra. La historia se desarrolla por una parte en Rego Park (Nueva York), donde Vladek Spiegelman cuenta su historia a su hijo Art, que está desarrollando un cómic. Y, en otro plano, se narra en los flash-backs de Vladek sobre sus vivencias durante la guerra. En la narración en presente, que comienza en 1978 en Rego Park (Nueva York), Spiegelman habla con su padre acerca de sus experiencias durante el Holocausto con la intención de reunir material para su proyecto Maus. En la narración en pasado, Spiegelman muestra estas experiencias, comenzando con los años previos a la Segunda Guerra Mundial. La mayor parte de la historia gira en torno a la complicada relación de Spiegelman con su padre y a la ausencia de su madre, que se suicidó cuando él tenía veinte años. Su marido, Vladek, destruyó los escritos de esta sobre Auschwitz. La mayor parte del libro oscila entre dos líneas de tiempo. En 1958,[6] en Rego Park, un joven Art Spiegelman se queja a su padre de que sus amigos se han ido sin él. Su padre responde en un inglés no estándar: "¿Amigos? ¿Tus amigos? Si los encerraran una semana en una sala sin comida... Art quiere que Vladek rememore su experiencia del Holocausto.[9] Vladek le habla de su época en Częstochowa[10] y describe cómo llegó a casarse en 1937 con Anja, de familia adinerada, y cómo se mudó a Sosnowiec para abrir una fábrica. Vladek ruega a su hijo que no incluya esta parte de la historia en el libro, y Art acepta de mala gana.[11] Anja sufre una crisis nerviosa por depresión postparto[12] tras dar a luz a su primer hijo, Richieu,[nota 2] y la pareja acude a un sanatorio mental en Checoslovaquia -ocupada por los nazis- para que ella se recupere. Tras su regreso, las tensiones políticas y antisemitas van en aumento hasta que Vladek es reclutado justo antes de la invasión nazi. Vladek es capturado en el frente y forzado a trabajar como prisionero de guerra. Después de ser liberado, descubre que Sosnowiec ha sido anexionado a Alemania, por lo que es llevado al otro lado de la frontera en el protectorado polaco. Durante una de las visitas de Art, se encuentra con que un amigo de Mala ha enviado a la pareja una de las revistas underground en donde Art había colaborado con la historieta Prisionero en el planeta Infierno.[15] A pesar de que Mala había intentado esconderla, Vladek la encuentra y la lee; en la historieta, el suicidio de la madre de Art tres meses después de su alta en el psiquiático lo traumatiza, y termina representándose a él mismo entre barrotes, diciendo: «¡Me mataste, mami! Liquidación del gueto de Sosnowiec durante la Segunda Guerra Mundial. En 1943, trasladan a los judíos del gueto de Sosnowiec a Srodula, un pueblo cercano, aunque les hacen marchar a diario a trabajar a Sosnowiec. La familia se divide, pues Vladek y Anja envían a Richieu a Zawiercie junto a su tía, con quien piensan que estará a salvo. Sin embargo, conforme aumentan las redadas y se envían más judíos a Auschwitz, la tía decide envenenar a sus hijos, a Richieu, y a sí misma, para escapar de la Gestapo. En Srodula, muchos judíos -incluyendo Vladek- construyen búnkeres para esconderse de los alemanes. El búnker de Vladek es descubierto y lo envían a un "gueto dentro del gueto", una zona separada por alambradas. La familia de Vladek y Anja se queda sin sus últimas pertenencias.[14] Srodula es vaciada de judíos, excepto por un grupo con quien Vladek se esconde en otro búnker. En Sosnowiec, Vladek y Anja se mueven de un escondite a otro, estableciendo contacto ocasional con otros judíos escondidos. Vladek sale de incógnito en busca de provisiones, haciéndose pasar por polaco no judío. Por otra parte, Art pregunta acerca de los diarios de Anja, ya que Vladek le había contado que contenían las experiencias de su madre durante el Holocausto. Son la única forma de saber qué le pasó tras su separación de Vladek en Auschwitz. Vladek le revela a Art que en ellos se decía: «Espero que mi hijo, cuando crezca, se interesa por esto», pero también admite que los quemó tras el suicidio de Anja. La historia salta hasta 1986, después de que los seis primeros capítulos de Maus se publicaran en un solo volumen. Art se encuentra abrumado por la atención inesperada que recibe el libro[7] y admite estar «totalmente bloqueado». Art habla con su psiquiatra -Paul Pavel, de nacionalidad checa y también superviviente del Holocausto-[18] acerca del libro. Pavel sugiere que, ya que aquellos que perecieron en los campos no podrán contar sus historias, «quizás sea mejor no contar más historias». Vladek habla sobre sus dificultades en los campos, sobre la hambruna y el maltrato, sobre su capacidad para arreglárselas, sobre las distintas maneras de evitar la selektionen -el proceso de selección de prisioneros para más trabajos o para ejecutarlos-, etc.[20] Aunque es peligroso, Anja y Vladek logran intercambiarse mensajes ocasionalmente. La guerra termina, los prisioneros de los campos resultan liberados, y Vladek y Anja se reúnen.

Victory Parade es un conmovedor mapa de las laberínticas consecuencias de la guerra y el genocidio para los supervivientes de varias generaciones. En la muerte, hay una cierta medida de liberación de la crueldad humana, e incluso de venganza contra quienes la perpetraron. Cuando los soldados estadounidenses liberan Buchenwald, un fantasma conduce a un oficial de las SS (que había utilizado el cráneo del espectro como pisapapeles) desde su escondite hasta el patio, donde los prisioneros recién liberados lo ahorcan en sincronizado regocijo. La secuencia sigue el estilo de los musicales de Busby Berkeley, con sus bailarines estallando hacia dentro y hacia fuera en caleidoscópico Technicolor. Hay algo coreográfico en el uso que hace Corman del espacio y el tiempo. Sus personajes -vivos y muertos- tienen historias tenuemente conectadas, pero hay un método en la locura y sincronicidad en el caos. Un veterano alemán sin nombre (probablemente de la Primera Guerra Mundial) en las aceras de una concurrida calle de Berlín nos recuerda a George en su país. Los heridos, tanto físicos como de otro tipo, son abandonados a su suerte en todas partes. En Victory Parade no hay un final, ni un triunfo real para los vencedores.

Ruth sobrevive a una infancia en la Alemania nazi, sólo para ser catalogada como “Kraut” en Brooklyn. Insegura de su lugar en el Brooklyn de la posguerra, la pequeña Eleanor se pregunta qué fue de su no-hermana, no-prima, por qué sus padres -siempre peleándose en su casa atormentada por la guerra- nunca hablan de Ruth. Sus preguntas sobre Alemania y los trenes tampoco tienen respuesta, aunque su padre ha sido testigo de los horrores perpetrados al final de las vías.

A pesar de todos los traumas que sufren los personajes, rara vez hablan entre ellos. Se las arreglan de forma aislada y somos testigos de sus ruinas. Corman evoca su torturada realidad interior mediante referencias a tragedias griegas, homenajes a pintores del siglo XX y otras alusiones visuales intertextuales. Por ejemplo, descubrimos a través de un cuadro de Otto Dix titulado The Skat Players que la madre de Ruth fue obligada a trabajar en la industria del sexo. La imagen original de Dix se centra en tres oficiales militares alemanes con prominentes cicatrices y prótesis. En la versión de Corman, hay una mujer desnuda sirviendo alcohol a los hombres.

“Victory Parade” no es un cómic fácil de digerir, e incluso es probable que despiste a algunos lectores. Pero explota a fondo el potencial del medio para visualizar lo indecible. La escena final, en la que Sam, el marido de Rose (aunque podría ser cualquier otra persona), recoge a un pasajero en su taxi amarillo, refuerza el aislamiento del trauma masivo. El pasajero, un cansado veterano del teatro del Pacífico, pregunta a Sam si vio algo de “acción real” durante su estancia en Alemania. Sam responde: “Nada especial”.

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