El Mundo Nuevo de EGB: Un Viaje Nostálgico a Través de los Tebeos y la Televisión

Ejercer de niño a finales de los 70 y principios de los 80 tenía su qué gracias a Barrio Sésamo. Las aventuras por las calles de nuestro patrio barrio eran los momentos ideales para ir al lavabo, para mendigar otra rebanada de pan con Nocilla o para avanzar algo de esos deberes eteeeeernooooooooooos de Sociales, Naturales o Mates. La magia del programa pasaba por los encuentros con los personajes venidos allende los mares, divertidos, bien construidos y con una vocación didáctica y educativa insuperable. Aprendíamos sin darnos cuenta gracias a personajes como la rana Gustavo, el devorador monstruo de las galletas, Epi y Blas o el gruñón Óscar.

Mis momentos favoritos eran los de dos personajes: Coco y el Conde Draco. Buena parte de mi generación sabe la diferencia entre cerca y lejos gracias a los esfuerzos de Coco, un desgarbado personaje azul que, antes de desplomarse agotado, se acercaba y se alejaba de la cámara de forma reiterada, con una vocación pedagógica encomiable. Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, podía ser el abanderado carismático de la banda, mientras los antagónicos Epi y Blas eran los líderes de audiencia, pero Coco era el más versátil, el teleñeco más camaleónico, capaz de crear su propio alter ego en forma de superhéroe, un Supercoco ataviado con un casco de armadura y una capa con la letra G y con unos aterrizajes no precisamente silenciosos. El mismo Coco también aparece en el papel de Sheriff Coco, un defensor de la ley al que su fiel Jaca Paca le saca las castañas del fuego en cada conflicto.

Personajes de Barrio Sésamo

¿Y qué me dicen del gran Conde Draco? Estoy casi seguro que aprendí a contar con él, y no con esos libritos de papel fino de la EGB de hace tres décadas. El Conde Draco era un vampiro que no daba miedo, en un castillo puro viejuno, lleno de polvo y con unos patosos murciélaguitos por allí revoloteando cual gráciles pajarillos. Era un vampiro enamorado de una tal Condesa Natacha, que no asustaba a pesar de vestir de negro riguroso, tener la piel violeta y una perilla de chivo, un acento entre transilvano y el eterno deje arrastrado de Bela Lugosi y unas cejas perfiladas que rodeaban un burgués monóculo.

Uno de los grandes iconos del cine y la literatura de terror convertido en un personaje que, a pesar de reproducir un entorno entre tenebroso y polvoriento y de contarlo todo entre truenos, relámpagos, risas de malo y unos extraños ritmos a medio camino entre zíngaros y sonidos de violín desafinado, se convirtió en el favorito de muchos niños. Recuerdo que al conde no le asustaba la luz y tenía una obsesión por contar cualquier objeto, numéricamente hablando claro. De hecho, existe la creencia de que los vampiros sufren de aritmomanía, un trastorno obsesivo compulsivo que consiste, precisamente, en tener que contar objetos o acciones continuamente.

Conde Draco contando números

No es casualidad, pues, que el nombre original de mi querido conde fuera, en inglés, el de Count Von Count (un nombre más apropiado), un personaje incrustado en mi memoria infantil a la altura del Mazinger Z, de Pierre Nodoyuna, de la Hormiga Atómica, del Lagarto Juancho o de Maguila el Gorila. O sea, psicodélicos y estrafalarios personajes que debían moldear la cultura televisiva de un tierno infante.

Y así he salido, ya que cuando voy por la calle y la mente, que también se aburre, decide ponerse a contar los números de las matrículas de los coches o las letras de los carteles publicitarios, inmediatamente me viene a la mente la imagen de Draco. De negro riguroso, con esa extraña banda con los colores que coincidían con los de la bandera española y sus movimientos sincopados de títere algo patoso, mientras tiernos murciélagos revoloteaban a su alrededor, en ese decorado de castillo desvencijado y paisaje algo agrietado, siempre adornado por truenos relampagueantes. Una delicia.

5. "Barrio Sésamo" Epi y Blas: Dentro y fuera

Este post está dedicado al fundador del Grupo Anaya, D. Germán Sánchez Ruipérez, un auténtico mecenas de la lectura, un trabajador incansable. Hoy nos atrevemos a volver a abrir aquel libro de 1º de EGB de la editorial Anaya, que fue sustituido por el de Borja y Pancete a partir de mediados de los ochenta. El título hace honor al libro ya que realmente era el primer libro que teníamos que leer en primero de E.G.B. y que debido a su contenido, así como a sus maravillosas ilustraciones, te hacía descubrir "UN MUNDO NUEVO". Este ha sido el libro más importante de mi vida, y de hecho es uno de los pocos que conservo de mi etapa infantil. Este libro está en el recuerdo de muchas personas que por suerte lo disfrutaron a principios de los 80. Aquel que lo leyó de niño no lo olvida. Su formato narrativo, sus descripciones, sus dibujos increíbles y su temática aventurera hace despertar la imaginación de los más pequeños.

El libro comenzaba con la presentación de sus dos protagonistas principales, las botitas gemelas Charolín y Mediasuela, su dueño Tomín y el gato Cifú. Pero una noche, mientras el niño duerme, las botas sueñan con abandonar aquella habitación y visitar el país de los árboles, el de los pájaros y el país de sus papás-zapatos. En medio del libro hasta nos cuelan el cuento de Pulgarcito y a esas alturas ya estamos completamente enganchados a las aventuras de Charolín y Mediasuela. Finalmente, Charolín y Mediasuela deciden volver a su habitación porque como en casa no se está en ningún sitio.

Ilustración del libro

Este libro tiene una historia peculiar. El ejemplar que conservo realmente no es mi libro, ya que el mío lo perdí junto con el resto de libros, mi cartera, los cuadernos, el estuche, todo... en unos almacenes ya desaparecidos de ropa mientras me probaba ropa con mi madre y mi abuela. Como quedaba poco para acabar el curso, y entonces los libros pasaban de hermano a hermano, o al vecino, al primo, a un conocido, tuve la suerte que mi vecino que estudiaba en el mismo colegio que yo, lo conservaba y me lo dejó, y el libro volvió a mí. Lo gracioso del asunto es que el resto de libros no me los pudo pasar porque no los conservaba, por lo que solo recuperé ese; el que tenía esas historias tan divertidas sobre de botitas que deciden recorrer el mundo, y que al final se dan cuenta como en el "Mago de Oz" de "como en casa, en ningún sitio". Pasó el tiempo, y llamaron de la tienda diciendo que habían aparecido mi cartera. Apareció todo menos el libro de "Un Mundo Nuevo". Siempre he creído que se lo llevó otro niño que también le había gustado tanto como a mí, y que a lo mejor también lo había perdido.

Portada del libro

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