La historia que desentraña los horrores de la dictadura uruguaya comenzó de manera inesperada en un frío día de invierno del año 2000.
Una voz masculina, con un tono vacilante, se comunicó con el periodista en los estudios de la radio donde trabajaba. El interlocutor afirmó querer aportar información sobre personas desaparecidas durante la dictadura. Un ruido del otro lado de la línea, un chasquido metálico, se imaginó provocado por la estática de la centralita telefónica, y la comunicación se cortó abruptamente. Esta llamada dejó una desagradable sensación y la duda de si podría tratarse de una simple broma.
En aquellos días, la instalación de la Comisión para la Paz en Uruguay, anunciada por el nuevo presidente, generaba expectación. Se esperaba que este organismo esclareciera el destino de los presos políticos desaparecidos, quienes fueron "tragados en la noche y en la niebla de los cuarteles". Aunque oficialmente aún eran personas desaparecidas, la sociedad sabía que estaban muertos y sus familiares reclamaban justicia. La expectativa en Montevideo era tensa, con una parte de la sociedad exigiendo conocer la verdad a cualquier precio, mientras otros deseaban pasar página.
Existía la noción, promovida en algunos círculos, de que la dictadura uruguaya había sido menos cruenta que la de otros países. Este argumento, basado en cifras y porcentajes, se consideraba inmoral, ya que comparaba la magnitud de los horrores como si fuera una competencia. Se reflexionaba sobre las torturas y se señalaba que en países como Argentina, Chile y Paraguay, la situación había sido peor, llegando a mencionarse casos como el de Guatemala, Colombia o Camboya.
Para desenredar la maraña de lo ocurrido entre 1973 y 1984, era fundamental localizar los cuerpos de las víctimas más emblemáticas. Existían diversas versiones sobre el destino de los cuerpos: algunos decían que estaban sepultados en predios militares, otros que habían sido cremados y las cenizas arrojadas al Río de la Plata. Incluso en 2000, la información era escasa y confusa, en parte debido a la siembra de desinformación por parte de los aparatos de inteligencia, con datos falsos y operativos de distracción.

La llamada telefónica, sin embargo, se presentó como algo diferente. Era un secreto a voces la conjura de silencio urdida por los jefes militares, una especie de omertá destinada a obstaculizar las investigaciones y la identificación de los culpables. A pesar de esto, no era descabellado pensar que el pacto de secreto pudiera romperse por un arrepentido.
Tras recuperarse de la sorpresa, el periodista se dirigió a la centralita de la radio. La operadora confirmó que la llamada provino de un hombre, que parecía joven, y que preguntó por él, mencionando datos de importancia. El periodista intentó serenarse y regresó al estudio.
Mientras se preparaba para entrevistar a un economista defensor de la privatización del agua potable, sonó el teléfono nuevamente. En ese instante, el periodista tuvo la certeza de que era la misma persona de la llamada anterior. La comunicación se cortó de nuevo, y el hombre se identificó como repartidor de golosinas, aunque el uso de un teléfono público generó dudas.
El periodista, decidido a no perder la oportunidad, le dijo que lo esperaban, enfatizando el plural para dar seriedad. Tras colgar, imaginó diversos escenarios, desde una trampa hasta un acto de provocación o un intento de obtener dinero. La radio, con su gran audiencia, era un medio poderoso y cualquier maniobra era posible, aunque también consideró la posibilidad de que se tratara de un militar dispuesto a revelar la ubicación de los desaparecidos.

El programa radial gozaba de gran éxito, con muchos auspiciantes y un excelente equipo. Sin embargo, el descubrimiento de las verdades sobre los desaparecidos tenía una dimensión mucho mayor.
Para precavérseles, el periodista habló con su compañero de trabajo, Alfonso, un periodista respetado y profesional. Alfonso propuso grabar la conversación y luego evaluar la información. Mientras tanto, el periodista repasaba mentalmente palabras relacionadas con la conversación, sintiendo la carga de los secretos y crímenes del pasado.
Reflexionó sobre la situación en otros países de la región, como Argentina, Chile y Brasil, donde las secuelas de las dictaduras y la impunidad seguían presentes. Mencionó las leyes de punto final, obediencia debida y los indultos en Argentina, la presencia de Pinochet en el Senado chileno, y la hipocresía internacional demostrada en casos como el arresto y defensa de Pinochet en Londres, con figuras como Henry Kissinger a la cabeza.
El periodista se encontraba absorto en el laberinto de tres décadas de oscuridad y verdades parciales. La llamada de aquel hombre, que afirmaba conocer un lugar que podría ofrecer una salida, resonaba en su mente.

El supuesto repartidor, identificado como Ricardo, llegó casi una hora después. Su juventud desanimó al periodista, quien dudaba que pudiera tener información sobre enterramientos clandestinos de los años 70. Ricardo, un joven corpulento de ojos azules, se mostró tímido y educado, y afirmó tener miedo, negándose a revelar más datos sobre su identidad. Dejó claro que no buscaba dinero, sino que la verdad saliera a la luz y se investigara.
Ricardo relató una historia confusa sobre un familiar que poseía datos sobre cuerpos sepultados en un campo cercano a una unidad militar, mencionando la gruta de Lourdes, un galpón y pozos para enterrar cadáveres durante la noche.
Alfonso escuchaba atentamente, mientras Ricardo aceptaba la propuesta de grabar la conversación. Los tres se encontraban solos en una pequeña sala. El periodista, para presionar a Ricardo, comentó que la Comisión para la Paz no aceptaría testimonios anónimos, una afirmación que Alfonso sabía inexacta. El periodista se puso de pie, cruzado de brazos, esperando la reacción de Ricardo.
Tras unos momentos de tensión, Ricardo accedió a dar la cara, pidiendo apoyo. La reunión concluyó sin más detalles, con Ricardo marchándose de forma apresurada. Las grabaciones eran interesantes pero difíciles de evaluar, y el periodista se encontraba de nuevo en un limbo, rodeado por las sombras del pasado.
Entornos. La Paz (Programa completo)
El testimonio podía ser un fraude o contener información útil. En cualquier caso, era una noticia. En ese momento, alguien tosió a sus espaldas, y el periodista se puso en guardia, pensando si se trataba de Ricardo arrepentido o de alguien que lo había enviado.
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