La Máquina del Tiempo de H.G. Wells: Un Viaje a Través de la Evolución Social y el Futuro de la Humanidad

La Máquina del Tiempo, publicada en 1895, es una obra pionera de la ciencia ficción que explora temas de evolución social, el paso del tiempo y el conflicto de clases.

La novela fue escrita en una época de grandes cambios en Inglaterra, durante la Revolución Industrial. Las ideas de Darwin sobre la evolución influyeron profundamente a Wells, quien también tenía formación científica.

H.G. Wells (1866-1946) fue un escritor, historiador y futurista británico conocido como uno de los padres de la ciencia ficción moderna. Con novelas como La máquina del tiempo (The Time Machine), La guerra de los mundos (The War of the Worlds), El hombre invisible (The Invisible Man) y La isla del doctor Moreau (The Island of Dr. Sus historias no solo popularizaron la ciencia ficción, sino que también sirvieron como críticas sociales.

El estilo de Wells es sobrio y directo, utilizando el relato en primera persona del Viajero en el Tiempo para acercar al lector a los descubrimientos y reflexiones del personaje. La narrativa está llena de descripciones detalladas que crean una atmósfera vívida del futuro desolador.

El Viajero en el Tiempo y su Descubrimiento

La historia gira en torno a un científico y explorador llamado simplemente el Viajero en el Tiempo, quien desarrolla una máquina que le permite desplazarse temporalmente. El protagonista es un científico apasionado, que representa el arquetipo del hombre racional y curioso de la época victoriana. Aunque tiene un rol de observador, a través de él se revelan los temores de Wells sobre el futuro de la humanidad.

Cuando escribió La máquina del tiempo, Wells no navegaba en mares vírgenes. Por citar algunos ejemplos, ya en 1781 apareció la primera referencia literaria con la obrita Año 7603, del poeta y dramaturgo Johan Herman Wessel, y en 1881 se publicó el relato El reloj que marchaba hacia atrás, de Edward Page Mitchell.

Más interesante, entre los precursores de los viajes temporales, es el español Enrique Lucio Eugenio Gaspar y Rimbau (1840-1902), quien en 1887 publicó El anacronópete, un año antes de la Exposición Universal de Barcelona. Gaspar y Rimbau había escrito esta novela seis años antes durante su estancia como diplomático en China. Este extravagante poeta, periodista y novelista había imaginado su máquina como un artefacto de hierro fundido, capaz de desplazarse por el tiempo merced a unos cucharones movidos por electricidad y donde una sustancia especial, el llamado “fluido García”, permitía que los viajeros no envejecieran al deslizarse por los siglos.

La máquina en sí misma es un símbolo de la ambición humana y la capacidad tecnológica. Representa tanto el ingenio como el peligro de la ciencia cuando se emplea sin reflexión ética.

En La máquina del tiempo, Herbert George Wells evita abordar cualquier tipo de paradoja espacio-temporal que, según la teoría, se presentaría en semejante viaje. Tal evasión no socava la calidad literaria del libro, sino más bien todo lo contrario. “Somos incapaces de visualizar una cuarta dimensión, porque requiere de un salto de la lógica que nuestro cerebro sencillamente no comprende”, explica el físico Michio Kaku. En este sentido, Wells, que no habla de agujeros de gusano, saltos en universos multidimensionales, etcétera, da por sentada la manipulación del tejido espacio-temporal y, sin describir tampoco el funcionamiento de su máquina, avanza hacia el meollo de la novela, situado en la escalofriante fecha del año 802.701 de “nuestra era”. Del viaje en sí, además de narrar someramente los cambios en la naturaleza y la ciudad que percibe sentado en su artilugio viajero (que tampoco se mueve de donde se encuentra desde un principio), se limita a indicar que “resulta imposible describir lo que se siente al viajar en el tiempo. Es demasiado desagradable. Como si uno viajara por un camino lleno de subidas y bajadas, o como si la cabeza se bamboleara contra nuestra voluntad”.

La Máquina del Tiempo, al contrario que El anacronópete, era más consistente, tanto en lo literario como en su esencia científica y social. Aunque algunos autores han criticado el estilo de Wells, no hay duda de que supo dotar a su creación de un atractivo especial, donde la sencillez del relato se mezclaba con cierto grado de tensión que pronto atrajo a millones de lectores. “Eres el realista de lo fantástico y nos lo muestras plagado de emociones humanas”, le apuntaba en una carta su buen amigo Joseph Conrad, otro de los autores que revolucionó la literatura inglesa victoriana.

Cuando escribió La máquina del tiempo, Wells no navegaba en mares vírgenes. Por citar algunos ejemplos, ya en 1781 apareció la primera referencia literaria con la obrita Año 7603, del poeta y dramaturgo Johan Herman Wessel, y en 1881 se publicó el relato El reloj que marchaba hacia atrás, de Edward Page Mitchell.

La génesis de La máquina del tiempo, envuelta en ese aura de sencillez de la que hablaba Borges, la explicó muchos años después el propio Wells en uno de los prólogos que escribió para su libro. “En su forma final, salvo algunas enmiendas de menor cuantía, fue escrita esta obra en una pensión de Sevenoaks en Kent. El autor vivía entonces totalmente de su profesión de periodista. Pero llegó un mes en que las cosas se presentaron bastante mal”, refiere el escritor. Aludía a problemas económicos, derivados de las dificultades para colocar los artículos periodísticos de tema científico cuya publication les ayudaba a él y a su pareja, Amy Catherine Robbins, a medio sobrevivir. Wells recordaba con ternura esa estancia del primer piso de la pensión y sus largas horas nocturnas escribiendo bajo las regañinas de la patrona por gastar la escasa luz, mientras intentaba evitar en vano que el aspecto científico de la obra, la naturaleza del tiempo, acallara el eco de protesta social que pretendía dar al libro.

Wells reconocía en ese prólogo que una parte del texto, compuesto por 16 capítulos y un epílogo, ya la había utilizado en un artículo publicado en 1893 en el Henley’s National Observer, aunque entonces no había recibido la atención que a él le hubiera gustado. En el libro se incluye esa parte como la explicación que el protagonista de la trama ofrece en su casa a algunos invitados para referirles lo que él entendía como las bases científicas de los viajes en el tiempo.

La parte segunda, que incluye ese aspecto más sociológico y político, además de la aventura del héroe de la novela, cuyo nombre nunca sabremos y al que Wells se refiere sólo como “el viajero a través del tiempo” o el crononauta, “fue la que se escribió tan precipitadamente en Sevenoaks en 1894”, según contaba con sorna el autor. Así, añadía, “de una raíz muy profunda brota una historia muy deshilachada”, inspirada “por las discusiones entre los estudiantes de los laboratorios y por los debates sostenidos en el Real Colegio de Ciencias en el Siglo XIX”, en el que Wells había trabajado como profesor.

La Evolución y Decadencia de la Humanidad: Eloi y Morlocks

Viajando a un futuro lejano, llega al año 802,701, donde encuentra a dos especies derivadas de los humanos: los Eloi, seres frágiles y despreocupados que viven en la superficie, y los Morlocks, criaturas siniestras que habitan el subsuelo y trabajan en la oscuridad.

Ilustración de los Eloi y los Morlocks

A través de los Eloi y los Morlocks, Wells sugiere que la humanidad podría degenerar en dos especies distintas como resultado de la división de clases. Los Eloi, descendientes de las clases altas, viven en una aparente utopía, pero son dependientes y desprovistos de curiosidad o ingenio.

Los Morlocks, en cambio, representan a los obreros, quienes trabajan en las entrañas de la tierra y han desarrollado características adaptativas para sobrevivir en la oscuridad, pero han perdido su humanidad.

Los Eloi y los Morlocks son representaciones de las dos clases sociales victorianas llevadas al extremo. Su relación refleja una visión distópica en la que la tecnología y el progreso no han producido una sociedad más justa o evolucionada, sino una que ha perdido su esencia humana.

Los Eloi y los Morlocks representan más que una división de clases; también son símbolos de lo que sucede cuando se abandona la empatía y se permite que las personas se conviertan en productos de su entorno sin aspiración ni propósito. Wells hace una crítica mordaz a la sociedad victoriana, mostrando una posible consecuencia de la división de clases y la falta de movilidad social. Sugiere que el progreso material y científico no necesariamente lleva a una mejor sociedad, sino que puede contribuir a la decadencia humana.

En ese remoto futuro, el viajero del tiempo encuentra un mundo muy diferente a la Inglaterra victoriana de la que partió. Encuentra allí dos razas humanas, los dulces, bellos e inocentes “elóis”, que viven en la superficie con la única dedicación de comer frutas y dormir, y los ávidos y astutos “morlocks”, habitantes del subsuelo, con un aspecto y unos hábitos muy inquietantes. La relación entre ambas poblaciones, evolucionadas por diferentes sendas del original ser humano, no esconde cierta morbosidad y augura los peores presagios sobre el destino que aguardaría a nuestra especie.

Es aquí donde Wells, convencido socialista y antaño fabiano, entiende que la evolución de la sociedad humana, la que existía en esos años de finales del siglo XIX, conduciría, por obra y gracia del egoísmo y la ceguera capitalista, a una creciente diferenciación entre los trabajadores proletarios y la clase burguesa y pudiente, dominante en un principio de aquellos, para más tarde derivar en terrible sustento de esa plebe subhumana y “subterránea”. Los dueños y señores se convierten, así, en inocentes inútiles, presas de sus antiguos sirvientes y esclavos. En un ambiente de ausencia de amenazas, de enfermedades o de la necesidad de trabajar, “los que llamamos débiles están igual de bien equipados que los fuertes para sobrevivir; de hecho, dejan de ser los débiles e incluso están mejor preparados”, dice el crononauta. Con el tiempo, el ser humano “superior”, que antaño se había conformado con vivir a costa del esfuerzo de sus congéneres “usando la necesidad como excusa”, había encontrado en esa misma necesidad el peor de sus castigos. El avance de la civilización hacia la paz perenne y la ausencia de las enfermedades no habían derivado en el avance de la especie, sino todo lo contrario. “Me afligió pensar cuán breve había sido el sueño de la especie humana”, se lamenta el viajero del tiempo.

La crítica convencional interpreta esta novela como una reflexión sobre la estructura de clases de la Gran Bretaña de finales de siglo, o, alternativamente, un poderoso intento de anticipación con implicaciones darwinianas: los Eloi, viviendo en comunidades neo-helenísticas en un paraíso pastoral recordaban la decadente nobleza del siglo XIX. Los Morlocks, por su parte, son la extensión darwiniana del proletariado industrial. Que los caníbales Morlocks se alimenten de los hermosos pero retrasados Eloi constituye una clara y despiadada sátira de la violencia de clases inherente en la Inglaterra del XIX. Sin embargo, esta alegoría supera las fantasías swiftianas al estilo Gulliver en tanto en cuanto Wells introduce una explicación de corte científico -a efectos narrativos da lo mismo si es cierta o no- que da solidez y verosimilitud a la extrema situación alejándola del campo de la mera fantasía.

En un primer momento, el protagonista teoriza que fueron los acomodados antepasados de los Eloi los que obligaron a los ancestros de los Morlocks a vivir bajo tierra y trabajar para ellos, condicionando así la evolución biológica de lo que en un principio fueron clases sociales (capitalistas y obreros) y acabaron convirtiéndose en razas diferentes. “El gran triunfo de la Humanidad que había yo soñado tomaba una forma distinta en mi mente. No había existido tal triunfo de la educación moral y de la cooperación general, como imaginé. En lugar de esto, veía yo una verdadera aristocracia, armada de una ciencia perfecta y preparando una lógica conclusion al sistema industrial de hoy día. Su triunfo no había sido simplemente un triunfo sobre la Naturaleza, sino un triunfo sobre la Naturaleza y sobre el prójimo”.

Pero no tarda en darse cuenta de que las apariencias le han engañado. Los Morlocks son los verdaderos dueños de la situación por mucho que vivan en oscuros corredores y cámaras subterráneas: mantienen en marcha las máquinas que producen lo poco que los Eloi necesitan pero, a cambio, salen de sus escondrijos por la noche y los cazan para alimentarse de ellos.

Esquema de la división social en La Máquina del Tiempo

El Tiempo como Fuerza Inexorable y Crítica Social

Wells usa el viaje en el tiempo para explorar la idea del tiempo como una fuerza imparable y cíclica. A medida que el Viajero se desplaza hacia el futuro, es testigo del declive de la humanidad y de la eventual extinción de la vida en la Tierra.

La novela es una metáfora de la estructura de clases en la sociedad victoriana. Los Eloi, con su vida despreocupada y sin trabajo, representan a la clase alta, que se ha vuelto débil y dependiente. Los Morlocks representan a la clase obrera, condenados a una existencia subterránea y alienada, alimentando la estructura de una sociedad de la que no obtienen beneficio.

La Máquina del Tiempo es una novela que va más allá de su premisa de ciencia ficción para ofrecer una meditación profunda sobre la condición humana y el destino de la civilización. Wells desafía al lector a cuestionarse sobre el futuro de la humanidad y a reflexionar sobre las implicaciones de una sociedad basada en la explotación y el progreso desmedido.

En La guerra de los mundos, planteó una invasión extraterrestre como una analogía de la colonización y los horrores que ésta conlleva para los pueblos sometidos. Wells era un optimista crítico del progreso, creyendo que el avance científico podía traer beneficios a la humanidad, aunque advertía sobre los peligros del mal uso de la tecnología. Fue un defensor del socialismo y pensaba que la educación y la ciencia podían usarse para mejorar las condiciones de vida y la justicia social.

La novela se narra de forma funcional, sencilla y clara, con un tono directo y sin florituras que se haría enormemente popular entre otros escritores del género. Sin embargo, no todo es frialdad en su estilo: el personaje de Weena, la bella e inocente Eloi, protagoniza escenas de gran calidad poética y Wells hace de ella uno de los mejores personajes de todos sus libros. Débil, asustadiza, con la mente de un niño pequeño, a diferencia de sus congéneres es capaz de desarrollar ternura, lealtad y puede que incluso amor por el viajero del tiempo, lo que la convierte en la única chispa de esperanza de un mundo en el que los sentimientos y las emociones menos primarias parecen haber desaparecido

Por otra parte, el protagonista, que narra en primera persona la aventura, es el único personaje aparte de Weena que tiene entidad individual, puesto que los Eloi y los Morlocks se describen de forma colectiva. El viajero sufre una notable evolución: al comienzo del relato se nos presenta como un científico ejemplar, objetivo, lleno de teorías...

La carga político-metafórica es evidente y profunda, acorde a los tiempos victorianos en que fue escrita, en un momento en que los avances tecnológicos empezaban a demostrar sus evidentes ventajas, pero también sus peligros de cara al trabajo productivo. Un mundo que comenzaba a industrializarse y donde la fractura entre clases sociales, entre ricos y pobres, se hacía cada vez más grande y evidente.

El viajero de Wells se muestra ante los ojos de un lector del siglo XXI un tanto «inocente», no tan resabiado como seguro sería uno actual. Inteligente y un tanto soberbio, se muestra bastante ingenuo, despreocupado y descuidado en su primer contacto con el futuro, dejando de lado cualquier tipo de prevención y precaución para garantizar su viaje de vuelta, algo que de entrada le va a costar un buen disgusto.

A través de sus ojos de explorador, de sus descripciones y las conclusiones que va extrayendo a cada paso se va creando la extraordinaria atmósfera de la novela, pasando de forma paulatina de la inicial percepción de un paraíso sin mácula a un infierno sin remedio. Hay un mundo hedonista y un mundo tecnificado, pero ambos carecen de alma. La utopía lleva al estancamiento, la perfección lleva a una vida vacía y sin sentido. Pero su contrapartida tampoco es la solución, y es en el equilibrio donde el Viajero va a creer encontrar la salida hacia una correcta evolución.

Adaptaciones y Legado

Norma Editorial inicia la publicación de una colección de álbumes dedicada a las adaptaciones de las obras más famosas del escritor H.G Wells y lo hace con una de sus obras más célebres: La Máquina del Tiempo. Las adaptaciones de las cuatro novelas mencionadas formarán la serie que ahora empieza a publicar Norma y todas ellas cuentan con guion de Dobbs, guionista especialista en el género histórico y en adaptaciones literarias.

El trabajo de Dobbs adaptando la novela de Wells se podría resumir como de fidelidad absoluta a la obra original. No estamos ante una revisión o interpretación de la novela sino ante una traslación a viñetas de la novela original. El guionista respeta todo el argumento y desarrollo del relato, manteniendo el marco temporal (finales del siglo XIX) e incluso rasgos estilísticos como los diferentes narradores del relato o la falta de nombre para el protagonista al que conocemos solo como el explorador.

El responsable del apartado gráfico es Mathieu Moreau, un autor joven que no se ha prodigado mucho y que cuenta con un estilo moderno y dinámico que resulta ideal para realizar una adaptación visual de este relato apta para las nuevas generaciones. Destacan la narrativa clara, la expresividad de sus personajes y el excelente trabajo recreando el mundo del futuro y sus escenarios.

En conclusión, estamos ante una adaptación tan fiel al original que no sorprenderá en absoluto a los conocedores de la novela. Para ellos el principal atractivo será el dibujo de Moreau. Para los que no conozcan la novela o no la hayan leído, esta puede ser una buena oportunidad para acercarse a este clásico intemporal (nunca mejor dicho) y, quizás, despertar la curiosidad por otras obras de ese visionario que fue H.G.

El relato de Wells también ha sido llevado al cine. La primera ocasión y la más destacada en 1960, por George Pal, bajo el título español de El tiempo en sus manos y con una sorprendente fidelidad a la historia de nuestro autor. En 2002, Simon Wells, descendiente del escritor, dirigió su propia versión, pero esta vez la locura de Hollywood y sus extravagancias fílmicas hicieron irreconocible la obra de H.G. Wells.

Es preciso destacar una proeza narrativa llevada a cabo en los últimos años bajo la inspiración directa de Wells y de su máquina del tiempo. Se trata de la “Trilogía victoriana” desarrollada por el escritor gaditano Felix J. Palma bajo los títulos El mapa del tiempo (2008), El mapa del cielo (2012) y El mapa del caos (2014). Este autor se ha convertido en todo un referente novelístico a nivel internacional y mundial gracias a su “complicidad” con Wells.

Análisis de La Máquina del Tiempo, de Georde Pal (1960) y de Simon Wells (2002).

La Máquina del Tiempo, de Herbert George Wells (1866-1946), marcó un antes y un después en la historia de la literatura de ciencia-ficción, pero también en la evolución literaria de las distopías. Y es que esta obra no es sólo un libro de aventuras y fantasía, sino un notable ejemplo de crítica social y una advertencia sobre el destino aciago al que parecía encaminarse la sociedad de su época. Wells nos muestra una distopía que, como toda distopía, esconde el horror bajo sus delicados pétalos externos.

Aunque Wells se consideraba a sí mismo más un crítico social que un autor de ficción, pronto advirtió que precisamente era la ficción la herramienta más adecuada para exponer sus ideas políticas y científicas. Ficción cargada de hechos científicos que, en numerosos casos, rozó la profecía o, cuanto menos, la inspiración para genios posteriores. Así ocurrió con Albert Einstein, quien diez años después de que se publicara La máquina del tiempo estableció su teoría de la relatividad, que bebe en algunos de los mismos postulados que ya estableció Wells para su viaje temporal. Como señala el físico teórico Michio Kaku, “es increíble que Wells escribiera esa novela cuando aún no se conocía la teoría de la relatividad” e identificara al tiempo “como una cuarta dimensión”, la piedra angular de esa primera novela del autor inglés.

Han sido muchos, legión, los autores que continuaron el sueño de Wells y abordaron en el último siglo el tema del viaje en el tiempo, desde Isaac Asimov a Ray Bradbury, de Philip K. Dick a Poul Anderson, de Robert Silverberg a Richard Matheson, Arthur C. Clarke, o Stanislaw Lem, por citar sólo un puñado.

La versión en cómic de Carlos Giménez es una versión libre de la obra de Wells. En realidad, incluso elimina la parte final de la travesía en el tiempo del Viajero, con el fin de reforzar el periodo que vive entre elois y morlocks, la parte central de la novela. Quizás La máquina del tiempo no llega a la calidad de Barrio o Paracuellos, pero sin duda es una notable versión del clásico de Wells, que interpreta muy bien el espíritu de este autor.

La Máquina del Tiempo fue el debut de su autor en un género por entonces en pañales como era la ciencia ficción. Y fue pionero en cuanto a la temática de los viajes en el tiempo. En el cine ha tenido a su vez cinco (que yo sepa) adaptaciones.

La primera gran historia de viajes en el tiempo y una de las grandes novelas de ciencia ficción de todas las épocas. El Crononauta de Wells recorrerá distintos momentos de nuestro futuro para acabar en una remota y aparentemente utópica sociedad en la que la humanidad se ha dividido en dos especies tan antagónicas como dependientes la una de la otra: los apacibles Elois y los siniestros Morlocks.

Portada de una edición de La Máquina del Tiempo

La mezcla de elementos como la acción, la intriga, el viaje temporal, sumado a la crítica social, logran aunar una historia excelente desde el punto de vista narrativo, con un sabor postlectura muy prolongado y reflexivo. Y todo ello nos traslada a nuestro presente, a nuestra gestión como sociedad de donde queremos llegar y lo que podemos hacer desde.

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