Aquellas historietas fueron mucho más que unas viñetas joviales y seriadas para quienes prefieren llamarlas tebeos.
No son otros que aquellos niños y adolescentes que los leían con avidez hace cuarenta, cincuenta o sesenta años.
Para ellos, los tebeos fueron, ni más ni menos, que uno de los pilares de su educación sentimental.
Esa reivindicación de la palabra “tebeo” frente a denominaciones más elevadas, como puedan serlo novela gráfica, noveno arte o simplemente cómic nos demuestra que aquellas historietas fueron mucho más que unas viñetas joviales y seriadas para quienes prefieren llamarlas tebeos.
Antes de empezar a llamarse “cómics”, que como tan acertadamente recuerda Guiral fue a finales de los años sesenta, a los niños se les regalaban tebeos como Pumby, Jaimito o Roberto Alcázar y Pedrín, de Juan Bautista Puerto y Eduardo Vañó Pastor, los domingos, al salir de misa.
Otras veces el obsequio era para que estuvieran callados en las visitas y, naturalmente, cuando convalecían en la cama de sus enfermedades.
A menudo eran ellos mismos quienes reservaban su paga semanal para acudir a los quioscos y adquirir publicaciones como Hazañas bélicas, del gran Boixcar, o El capitán Trueno de Víctor Mora.
El novelista Montero Glez recuerda cómo la maravilla de los sábados de su infancia consistía en merendar unos bocadillos de calamares, junto a sus padres, en las cervecerías de la madrileña glorieta de Cuatro Caminos.
El TBO, que sus progenitores le regalaban acto seguido, a modo de colofón a la fiesta, hizo surgir en él su vocación narrativa.
Sí señor, los tebeos son arte mayor, aunque los editores -que a menudo también eran los guionistas de los personajes señeros de la casa, tal era el caso de Juan Bautista Puerto- dispensaran un maltrato proverbial a sus dibujantes, a quienes no devolvían los originales y, a menudo, ni siquiera dejaban firmar sus trabajos.
No hay duda de que el gran Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón y tantos otros personajes inolvidables, es el paradigma de ese maltrato sistemático del que fueron objeto los grandes autores del cómic español.
Historietas del tebeo repasa tan dulce arte desde las primeras revistas surgidas en la primera década del amado siglo XX -TBO, Pulgarcito, Macaco- hasta Tótem y el resto de las publicaciones para adultos que vieron nacer los años setenta.
De los cuadernos apaisados -El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín- a los impagables fascículos de la editorial Buru Lan -Flash Gordon, Príncipe Valiente, Drácula-; desde Flechas y pelayos, el tebeo de la España oficial de la posguerra, hasta Florita, Claro de luna, Sissi y las revistas femeninas.
Todo el tebeo español está en esta exposición.
Comisariada por Antonio Guiral, editor de cómics, guionista y uno de los grandes divulgadores de la historieta en nuestro país, la exposición viene a incidir en el centenario de la revista barcelonesa que dio nombre a sus pares, el mítico TBO, cuyo primer número llegó a los quioscos el 17 de marzo de 1917 y un siglo después ha sido una de las grandes efemérides del año.
El primer número del TBO salió a la calle el 17 de marzo de 1917 en Barcelona, en blanco y negro, al precio de cinco céntimos de peseta.
A finales de los años 1990 yo solía leer comi-books y explicaciones de primeros y mediados de la década: guardar comics en bolsas free-acid parecía ser esencial, pero nunca supe la razón ni el significado del adjetivo inglés, aunque creo que mis primeros tiempos de internet alguna vez me lo quisieron contar de aquella manera tan española que viene a decir "eres tonto si no lo sabes porque es una cosa que va muy bien" y te quedas igual, no es científico y no aporta nada.
Por entonces, yo ya guardaba algunas revistas en bolsas de suplementos dominicales de la prensa escrita ¿veis como se está perdiendo mucho con lo de la prensa online? y os tengo que decir que aún tengo tebeos en ese tipo de bolsas, e incluso en bolsitas de propaganda ("cursos muy importantes para que te den un trabajo del copón" y otras mentiras del montón) y también aún las tengo... pero un día di un salto hacia las bolsas de "agujeritos", osea las bolsas para poner hojas sueltas, apuntes, con agujeros para carpesanos.
En paralelo, probé a meter esas bolsas en algún carpesano pero ya hacía tiempo que los carpesanos y un servidor habíamos cesado temporalmente nuestra convivencia.
Sobretodo si los guardas como yo hacía y sigo haciendo: una bolsa de "agujeritos" me sirve para unos 8 o 10 comic-books de superhéroes, que es como comencé a guardarlos.
Si os preguntáis por los tebeos Bruguera y B... que seguramente tenía yo más... hum... pues había en aquellos tiempos cuasiprotohistóricos una cosa muy interesante: las camisas iban en cajas y también en una bolsa de plástico recio y crujiente (cruc, cruk) y además llevaban un cartón blanco... escuchen: todo eso me ha sido reaprovechable.en diferentes momentos de mi vida... y las bolsas lo fueron para esos tebeos...
Y EN EL VERANO del 2024 me hablan de unas fundas de plástico con hasta 100 fundas a modo de libro para apuntes, fichas, folios... que llevan un lomo en el que se puede insertar un rótulo con el contenido...
PREGUNTA: ¿ALGUIEN LO HA PROBADO PARA GUARDAR REVISTAS DE COMICS?
Estimada Malena Francisquera: hace un tiempo que a mi solitaria y agitada existecia llegó una llamarada de deseo en forma del Gran Bravo Scooby Doo número 2.
En mi espíritu siempre estuvo el cuidarlo como oro en paño pero la carne es débil y opté por escanear alguna página... y he visto que SE DESPEGADO TODA LA TRIPA.
Así que, Estimada Malena Francisquera, a la que tanto aprecio, le pido que me diga por una solución para ARREGLAR ESE TOMO DESPEGADO.
¿Serviría la cola de carpintero o el superglu?
Pero es que todo apunta a que el lomo de papel marrón no estaba antes pegado al interior del lomo que vemos por fuera del tomo.
¿Hay que unir la tripa a las guardas o a las hojas iniciales y ya sería suficiete?
¿Como hacerlo para que quede fuerte y robusto?
Ofuscado por el Escaner2025.
Al igual que con las personas, cuando los libros no son cuidados como se debe, especialmente cuando ya tienen una edad, tienden a desarrollar enfermedades en sus hojas y lomos.
Si bien es cierto que un ambiente privativo de oxígeno y una humedad relativa baja harán que estos males nunca surjan, ¿quién tiene sus libros en una cristalera?
Los hongos son unos seres vivos muy antiguos que, a diferencia de la creencia habitual, no son plantas.
De hecho, no son ni plantas, ni animal, sino que conforman todo un reino de organismos en sí mismos (y bastante grande comparado con otros reinos, para ser justos).
Cuando se dan las condiciones ideales (que suele ser en una biblioteca poco cuidada con alto índice de humedad y temperaturas muy bajas o muy altas), aparece el moho: una capa de hongos lo suficientemente grande como para ser visible.
Antes de nada, me gustaría aclararte algo.
Todos los libros tienen sus días contados, no importa cómo los quieras mantener.
El contacto con el oxígeno y otros elementos, y con determinadas materias orgánicas (como los mohos) van debilitando poco a poco su estructura interna hasta convertirlos en hebras.
¡Pero no tiene por qué pasar en tu generación!
Podemos irnos al otro barrio sabiendo que hemos legado una biblioteca en buen estado.
Nada de guardar los libros en lugares oscuros, fríos o sin aire.
Los libros son amigos, ¿no?
¿A qué amigo tenemos encerrado en un sótano?
Pues eso.
La luz ultravioleta (sol) mata determinados tipos de hongos, y un contacto permanente con el oxígeno hará lo mismo para la mayoría.
Evítales temperaturas extremas.
Tanto el frio como el calor hacen que el crecimiento de hongos se dispare.
Por eso es aconsejable tener los libros en una estancia donde tengamos tanto calefacción como unidad de aire acondicionado (cerca, pero no al lado) de los libros.
Así estarán fresquitos en verano y calentitos en invierno.
Evita las humedades.
No metas los libros en fresqueras, ni los pongas junto a un calefactor, rendija de aire, bajo el aire acondicionado o junto a plantas.
Nada de humedad, nunca.
A diferencia de la temperatura, la humedad del aire siempre va a fomentar el crecimiento, sea cual sea.
Menos humedad siempre será mejor que más humedad.
Aunque los expertos advierten que bajo el 60% de humedad la descomposición del papel y crecimiento de patógenos se reduce mucho, casi mejor que no arriesgarse.
Ese polvillo que crece sobre los libros, fuera.
A veces ocurre: vamos a una estantería, soplamos, y tenemos que cerrar los ojos porque hemos puesto una pasada de polvo en movimiento.
Evita que ese polvo sea demasiado grueso, ya que será un imán para la humedad y la temperatura.
Aunque parezca mentira, una película de unos milímetros de polvo puede multiplicar varias veces la humedad contenida dentro con respecto de la exterior, así como retener la temperatura.
Si has comprado un libro anciano y huele húmedo, ¡aún puede salvarse!
Pero, eso sí, ponlo en cuarentena de inmediato.
El problema que tiene el moho es que se reproduce por esporas, y eso hará que salte de un libro a otro con relativa facilidad y una promiscuidad de vértigo.
¿Tienes un libro enfermo?
Es posible que el libro que acabas de comprar incluso tenga moho, pero que no lo veamos a simple vista.
Secar el libro: Vamos a quitarle toda la humedad.
Para ello, abre una a una las páginas del libro, e intercala papel de cocina o de baño absorbente.
Mira bien de llegar con él hasta donde puedas de la línea de costura del libro, que es donde más humedad habrá.
Una vez hayas colocado una lámina entre cada dos hojas, prensa el libro colocándole algo muy pesado sobre él.
Irradiar UV: Aunque el libro esté ahora seco y siga pareciendo que no tiene hongos, vamos a irradiarle un poquito, por si acaso.
Especialmente si sigue oliendo raro.
Basta con encontrar un lugar donde dé el sol de manera natural y directa (como el suelo de una terraza cerrada), y depositar el libro abierto en el suelo, de modo que sus páginas queden expuestas a la luz directa.
Bastará con uno o dos días para haber quemado la totalidad de los hongos.
Ya podemos dejar el libro sin demasiado problema en nuestra biblioteca.
La mayoría de las veces, retirar el moho será fácil porque este será pequeñito.
Pero, en otras ocasiones habrá que usar métodos más agresivos, como usar agua oxigenada o alcohol desnaturalizado sobre las manchas.
Si tienes que llegar a esto es que el libro ya está bastante mal, y que es improbable que sea una buena idea dejarlo junto al resto de libros porque el hongo rara vez se irá.
Aunque le bañes en alcohol, seguirá unido a la estructura fibrilar del folio, y reaparecerá con el tiempo.
Ya hemos limpiado el libro de moho, pero este sigue oliendo rarillo, ¿qué hago?
Basta coger bicarbonato, espolvorear un poco en un recipiente hermético o en una bolsa y dejar el libro dentro un par de horas.
Puedes usar una bolsa pequeña de basura y tirar de las cintas para evitar que entre aire.
Hasta aquí hemos visto qué hacer cuando nuestro libro tiene hongos, y también te he contado que los hongos no son animales.
Pero los insectos sí que lo son, y constituyen otro problema diferente al del moho.
Los parásitos animales se comen los libros.
De manera literal, con sus boquitas.
Polillas, comejón o caroma, barrenillo, termitas.
¿Te suenan?
Probablemente los hayas visto alguna vez en tu vida, al levantar una tabla húmeda.
Los bichitos devoradores de cultura (no, tú no, los que he dicho antes) ponen huevos.
Todos.
Y siguen un ciclo bastante predecible: huevos, larvas, pupa, insecto adulto (y repetir).
Lo mejor para prevenir una plaga en tu biblioteca es evitar la humedad y zonas oscuras, un poco lo mismo que con los hongos.
Pero, a diferencia de estos, los animales tienen mayor facilidad para ser detectados: se ven a simple vista.
Una simple mirada a la biblioteca, cogiendo los libros, nos dirán si estamos infestados.
Los insectos ponen sus huevos entre las hojas y, cuando estos se abren, la larva cava un poco en el libro.
Usar la aspiradora para limpiar suele ayudar mucho, ya que los huevos pesan tan poco que saldrán disparados hacia la bolsa de basura.
¡Oh, no!
Tenemos una infestación.
Cogemos un libro y nos encontramos con pequeños esferoides traslúcidos (huevos).
¿Qué hacer?
El que haya huevos en los libros significa que un adulto ha venido por ahí y los ha puesto.
Puede haber más, así que compra algún remedio contra ellos.
Con una aspiradora, pasa por todas las páginas de los libros que creas que pueden contener huevos.
Con un paño ligeramente humedecido en cloro o lejía (ponte guantes) podemos limpiar el contorno de los libros.
Algo que funciona a la perfección es usar el horno como descontaminador.
Precalienta el horno a más de 65 grados y, habiéndolo apagado, mete el libro dentro durante una hora.
