Superman: Hijo Rojo forma parte de los Elseworlds de DC, en los que se ofrecen historias alternativas de sus icónicos personajes. Ahora, que las tensiones entre Rusia y Estados Unidos vuelven a ocupar la primera plana de los periódicos, no es un misterio que decidamos volver a cómics como este. Sus tres episodios (El amanecer del Hijo Rojo, El cénit del Hijo Rojo y El crepúsculo del Hijo Rojo) redefinirían al último hijo de Krypton. Cuando en 1938, Jerry Siegel y Joe Shuster narraron cómo una nave escapó del muriente Krypton y su tripulante, el bebé Kal-El, fue recogido y adoptado por la pareja de granjeros Martha y Jonathan Kent, se estableció el origen de un mito; pero ¿qué hubiera pasado si la nave hubiese caído en la Unión Soviética y no en Kansas y Superman se hubiera convertido en adalid de Rusia y no en el guardián de la justicia y el modo de vida estadounidense? Esa pregunta es la premisa de Superman: Hijo Rojo (2003; ECC Cómics, última edición de 2021), miniserie de tres números que contó con Mark Millar como guionista y con Dave Johnson y Kilian Plunkett en el dibujo.
Si la ucronía suele tocar la realidad a partir de la pregunta ¿qué pasaría si…? (un evento que marca otro rumbo en nuestra historia), en este caso parte de un hecho ficticio que cambia aquello que dábamos por sentado en cuanto al último hijo de Krypton. Igual que Marvel tiene los What if…?, DC cuenta con los Elseworlds, e Hijo Rojo es uno de los más destacados, y por méritos propios más allá de lo anecdótico.
Superman fue el primer superhéroe y también y muy poco después de su nacimiento, un icono americano. Participó en la Segunda Guerra Mundial y se prestó a servir de encarnación de los valores propios del imaginario de su país. A principios de los noventa, tras una larga agonía, la Unión Soviética se derrumbó y el sistema comunista pasó a convertirse en objeto de estudio de los historiadores y fuente de banales símbolos pop. Al mismo tiempo, en el cómic americano se produjo una desmitificación de la figura del héroe que llevó a situar a sus personajes más icónicos en historias amargas, psicológicamente complejas y/o políticamente controvertidas.
Un leve retraso de tan sólo unas horas en la llegada de la nave kryptoniana a la Tierra hace que aquélla, debido a la rotación del planeta, se estrelle no en Kansas, sino en una granja colectiva de Ucrania. Su rol en la sociedad ya no es el de un anónimo y torpón periodista, sino el de un oficial de alto rango en el Ejército Rojo, miembro selecto del círculo más próximo a Stalin. Su verdadera identidad (el nombre que le dieron sus padres) es un secreto de Estado que el gobierno le ayuda a mantener al tiempo que se sirve de su imagen y sus poderes con fines propagandísticos. Su uniforme no ostenta el popular símbolo de la “S”, sino la hoz y el martillo emblemas de la Unión Soviética. Tampoco lucha por “la verdad, la justicia y el modo de vida americano”, sino que es el “campeón del obrero común, que libra una eterna batalla en nombre de Stalin a favor del Socialismo y la expansión del Pacto de Varsovia”.
En ese mundo, la aparición de Superman en la Unión Soviética ha transformado la línea cronológica que conocemos. En los Estados Unidos, Richard Nixon ganó las elecciones presidenciales de 1960…para morir asesinado en Dallas en 1963. Le sucedió John F. Kennedy, que se convirtió en el primer presidente americano en solicitar el divorcio. La nación se ve obligada a otorgar la independencia al estado de Georgia (una referencia irónica a la antigua república soviética del mismo nombre) y surgen movimientos secesionistas en Detroit, Texas y California así como ataques terroristas “comunistas” contra la Casa Blanca. Mientras tanto, en Europa, Rusia no necesita intervenir con sus tropas en Alemania Oriental (1953), Hungría (1956) o Checoslovaquia (1968), ya que poco a poco todo el mundo, a excepción de Estados Unidos y Chile, se ha ido convirtiendo al comunismo.
Porque Superman, sigue siendo la misma persona compasiva, generosa, justa y valiente que, sobre todas las cosas, ama a la Humanidad y utiliza sus poderes para ayudar a aquellos que se encuentran en peligro, eso sí, a través de la retórica y valores del comunismo. Pero cuando Stalin muere y a pesar de sus reparos al respecto, Superman se ve obligado a asumir el poder político de una sociedad dispuesta sin demasiadas quejas a aceptar su mandato. Pero aunque Superman sea tan poderoso como inteligente y sus intenciones sean genuinamente altruistas, ello no es garantía automática de buenos resultados. Es más, el precio de esta nueva utopía comunista es la pérdida de la libertad individual. El Hombre de Acero se convierte tanto en salvador como en tirano, una encarnación viviente del “Gran Hermano” orwelliano, que puede ver a través de las paredes y escuchar conversaciones privadas a medio planeta de distancia. Con el kryptoniano defendiendo desde su Super-Kremlin los intereses del comunismo mundial, las armas nucleares y las operaciones de espionaje se quedan obsoletas. Rusia sustituye a los Estados Unidos como nueva y única superpotencia y la Guerra Fría se convierte en una carrera de armamentos metahumanos cuando Estados Unidos trata de establecer su propio programa de superhombres con los que neutralizar el poder de Superman.
Y aquí entra en juego Lex Luthor, un brillante científico de los laboratorios S.T.A.R. al que el gobierno -a través de un agente de la CIA llamado Jimmy Olsen- contrata para encontrar una forma de vencer a Superman. Así, crea toda una serie de superarmas (Bizarro, Metallo, Parásito, incluso Juicio Final) al servicio de la causa americana.
Podríamos pensar que en esta versión “roja” del mito de Superman, Luthor es, en efecto, un héroe, alguien genuinamente preocupado por la libertad de su país y sus compatriotas y alejado del individuo totalmente perverso que todos conocemos. Ni mucho menos. Sigue siendo el mismo genio amoral de siempre, un individuo soberbio e irritante cuyo odio por Superman emana de su incapacidad de asumir que haya alguien en el planeta más poderoso que él mismo. Interfiere el Sputnik 2 para que se estrelle contra Metrópolis, arriesgando las vidas de millones de inocentes sólo para conseguir trazas del ADN de Superman y poder así crear un clon; asesina a todo su personal de investigación cuando descubre que el Bizarro que han creado es más inteligente que él y colabora con Brainiac para encoger de tamaño Moscú (aunque la víctima acaba siendo Stalingrado).
Aunque Lois Lane es también en este universo alternativo una periodista del Daily Planet, está casada con Luthor, por lo que, aun cuando surge una chispa de atracción entre ella y Superman al encontrarse ambos por primera vez, ninguno de los dos podrá profundizar en un posible romance. Entre sus compañeros del Daily Planet se encuentran Oliver Queen (frecuente y misteriosamente ausente) e Iris West Allen (cuyo marido es famoso por llegar siempre tarde). Pete Ross (o Pyotr Roslov) es el jefe de la KGB así como hijo ilegítimo de Stalin. Pyotr está celoso de Superman, cuya aparición cambió la estructura de poder de Rusia, desviando la atención y afectos de su padre y, por tanto, sus posibilidades de ascenso al poder. Lana Lang (Lana Lazarenko) sigue siendo aquí una amiga de la infancia de Superman, miembro de la comunidad granjera de Ucrania en la que creció.
Batman, cuyos padres murieron asesinados a causa de su disidencia política, no es un luchador contra el crimen, sino un solitario anarquista enfrentado al todopoderoso régimen de Superman. Aunque en este universo no es un elegante millonario al que su fortuna le permite disfrutar de un equipo de última tecnología, sigue siendo increíblemente capaz e inteligente, llegando a constituir un auténtico peligro para el comunismo ruso y un rival de altura para Superman. Sus acciones y eventual sacrificio inspiran todo un movimiento de resistencia -o terrorismo, según se mire-, acercándolo más al V de V de Vendetta que al Batman tradicional. Wonder Woman es también aquí una embajadora internacional por la paz, aunque en este mundo viste una versión roja y negra de su uniforme que simboliza su alianza con la potencia comunista. Su papel en la historia es poco relevante, aunque sí muy trágico: relegada a mera subordinada de Superman, el amor que siente por él no recibe respuesta alguna.
La responsabilidad del superhombre
Lo más fascinante de Hijo Rojo es cómo nos hace explorar este mundo ucrónico en el que la Rusia Soviética mantiene al resto del mundo subyugado, mientras Estados Unidos perpetúa una Guerra Fría donde hay un superhombre capaz de acabar con todo. Con Hijo Rojo DC jugaba a sacar a Superman, símbolo del modo de vida estadounidense, de los Estados Unidos, representación del capitalismo, para entregárselo a la Rusia comunista durante el período de la Guerra Fría. Un golpe de efecto que a principios de los 2000 servía para dibujar a un Superman más cercano a un dios que a un mesías, capaz de someter al mundo con tiranía con tal de cumplir con aquello que consideraba mejor moralmente (y que poco tenía que ver con los mortales). Al igual que el superhombre de Nietzsche, este Superman es capaz de imponer sus propias ideas sobre el Bien y el Mal, aunque las consecuencias sean sombrías.
En Hijo Rojo, asistimos pues a una oscura historia donde Superman es utilizado como arma disuasoria en una Guerra Fría que está lejos de seguir siéndolo: el Reloj del Juicio Final se acerca a la medianoche y la Tercera Guerra Mundial es un hecho. Lo interesante, desde el punto de vista filosófico, es el debate sobre qué supone el poder y qué hace que un superhéroe no tenga que ser un tipo que se dedica a bajar a gatos de los árboles, sino que decide que es lo suficientemente poderoso como para gobernar el mundo. ¿Qué importan las bombas atómicas cuando se tiene al superhombre? De ese modo, Millar juega con uno de los elementos clásicos de obras maestras como Watchmen (ECC Cómics, 2021) de Alan Moore y Dave Gibbons: un superhombre (un dios) que existe y es estadounidense… Sólo que aquí es ruso.
La deshumanización, el clima de destrucción mutua asegurada… impera en cada uno de los números, donde al menos se agradece que la visión de políticos mitificados como John F. Kennedy no sea tan simplista como cabría esperar. Pero donde Alan Moore trazaba una gran obra más allá del argumento (como decía el escritor de ciencia-ficción Rafael Marín: «Watchmen nunca se acaba»), Superman: Hijo Rojo sí se termina. Es un cómic más simple, aunque entretenido y, seguramente, junto a El viejo Logan (Panini, 2013), sea la última obra importante de Mark Millar con licencias ajenas (y más ahora, cuando se dedica a vender storyboards que llama cómics a Netflix).
La repetición de Millar
Ya por aquel entonces, en 2003, Millar demostraba ser un autor hermanado con el marketing. Una idea como Hijo Rojo se vendía sola. Millar sabía que los efectismos de sus guiones hacían que los lectores hablasen de él y sus obras se vendiesen. Aliándose con dibujantes como Bryan Hitch (el Michael Bay de los dibujantes de superhéroes), sus cómics parecían blockbusters ligeros que le dotaban de una fama de chico malo que lo hizo popular en la industria del cómic al principio de los 2000. Tras dejar obras como Wanted (Norma Editorial, 2008) o Vengadores: Ultimate (Panini, 2014), donde sufrió la censura y, sobre todo, no llevarse tanto dinero como hubiese deseado, Millar creó Millarworld, su propia compañía, que ha vivido de Kick-Ass (Panini, 2010), The Magic Order (Panini, 2018), Supercrocks (Panini, 2013) o Jupiter’s Legacy (Panini, 2015)… obras que, pese a tener buenas premisas, caen siempre en los mismos tropos. Y es que Millar tiende a repetirse: siempre hay un héroe que es traicionado en el último momento por el que menos se espera y debe emprender la venganza. Esto que parece tan original, no lo es cuando llevas más de veinte años haciéndolo.
Tampoco se puede decir que a Milar le haya ido bien en su contrato con Netflix: sus cómics se perciben como storyboards vacíos, como humo que se vende en doce números para alimentar los primeros cinco minutos de una serie que acabará cancelada. La única excepción parece ser Kingsman de Matthew Vaughn, que mejoraba el material de partida a riesgo de estancar la carrera de un director que, durante un tiempo, pareció prometedor.
Pero volviendo a Hijo Rojo, hablamos del autor de Authority y Ultimates (Panini, 2018) en su época más llamativa, cuando era el enfant terrible que llegaría al éxito de ventas con Civil War (Panini, 2010), el evento marvelita. Por suerte, en Hijo Rojo no le da por escandalizar sin más como sí hará en obras mediocres que vendrían más adelante, como Némesis (Panini, 2011); tampoco se le puede pedir más al que convirtió al Capitán América en un supersoldado que se burlaba de Francia y le daba la mano a George W. Bush.
Todo esto hace que las obras más interesantes de Mark Millar, las que sobreviven a más de una lectura, puede que sean también las menos conocidas, como El Elegido o la mismísima Hijo Rojo, salvando las diferencias. Precisamente, el estar más autocontenido favorece que este Superman soviético sea más fascinante que otras aberraciones perpetradas por el escritor escocés que, en ocasiones, parece más estadounidense que otros autores estadounidenses.
El mundo supersoviético
Sobre el dibujo, contamos con un trabajo sobrio y de estilo clásico que le sienta perfectamente a Superman: Hijo Rojo. Los rediseños de algunos personajes son interesantes, aunque no abandonan los rasgos clásicos que hacen reconocibles a estas versiones alternativas de Lois Lane, Oliver Queen o los Green Lantern de este Elseworlds. No podemos olvidar mencionar el estilo de las portadas, oficiales o alternativas, que evocan los carteles propagandísticos soviéticos.

Como curiosidad, siguiendo con la moda de adaptar varios de sus cómics al formato de animación, DC llevó Superman: Hijo Rojo a ese espacio en 2020, y directamente al formato vídeo, bajo la dirección de Sam Liu, veterano conocido por Batman: La broma asesina (2016), Batman: Año uno (2011) o Liga de la Justicia: Crisis en dos tierras (2010). Con guión de J. M. DeMatteis, otro guionista comiquero, la obra perdió fuelle en su versión cinematográfica, lo que la convierte en una mera anécdota para aquellos que lean el cómic y se queden con ganas de más.
Superman: Hijo Rojo
Destrucción mutua asegurada
Vista a distancia, Hijo Rojo es una historia que no aburre, con algunos momentos que si bien no inspirados, sí resultan interesantes, y con un final (o remate) que sirve más allá del chiste para jugar con la paradoja. Hijo Rojo decide jugar con los estereotipos comunistas al estilo Rocky IV, como si todos los soviéticos fueran trasuntos de Ivan Drago (Dolph Lundgren en Rocky IV). Así que no se puede esperar nada profundo, pese a las alusiones a obras distópicas a años luz de calidad, como V de Vendetta, Fahrenheit 451 o 1984… Millar no es Alan Moore, no es Ray Bradbury, no es George Orwell. Sólo es un pequeño niño malo escocés jugando con los superhéroes. Siempre lo ha sido, pero durante las páginas de Hijo Rojo asistimos a su canto de cisne, igual que el del propio Superman.
Contiene: Superman Red Son Núm. «¿Quién te crees que eres, volando por ahí y vistiendo nuestra bandera? ¿Cómo pueden considerarte un símbolo de todo en lo que creemos si ni siquiera eres de este planeta? Superman. El llamado Hombre de Acero. El primer superhéroe en mayúsculas de la historia del cómic. Un personaje creado por los estadounidenses Jerry Siegel y Joe Schuster a principio de los años treinta del pasado siglo XX que, a lo largo de sus casi ochenta años de existencia, se ha convertido en un icono popular capaz de trascender el propio mundo de la viñeta, como pocos personajes del género superheroico han conseguido después de él, para convertirse en una idea, un símbolo y un concepto, que a lo largo del tiempo ha ido adquiriendo cierto carácter nietzscheano e incluso mesiánico, a propósito de nuestra frágil humanidad y nuestros anhelos de futuro. Superman, como un sosias contemporáneo del mito hercúleo grecolatino, representa una nueva encarnación del antiguo héroe solar enfrentado a los monstruos que intentan apropiarse de nuestro mañana, como bien insinuaban Grant Morrison y Frank Quitely en su destacada All Star Superman. De esta manera, como un ancestral personaje de estas mitologías clásicas, Superman ofrece una perspectiva y una capacidad interpretativa sobre el universo conocido y sobre nosotros mismos que no puede ocultar su preponderante potencial metafórico y alegórico. Desde su nacimiento han sido muchos los autores que han querido, algunos menos los que han conseguido, aprovecharse de este hecho en sus historias y relatos para, más allá de entretenernos, hacernos pensar y reflexionar sobre los más variados temas políticos, sociales, éticos e incluso, o sobre todo, existenciales. Sólo de esta manera se puede explicar como en una obra como Superman: Hijo Rojo, un cómic creado por Mark Millar y Dave Johnson en 2003, el famoso Hombre de Acero sea capaz de acabar convertido en “la utopía definitiva del obrero” enarbolada por el hoy casi extinto movimiento comunista y la premisa, lejos de caer en el absurdo, resultar una atractiva e interesante propuesta. En esta historia, publicada dentro del sello Elseworlds de DC Comics, se presenta una vuelta de tuerca respecto al mítico superhéroe pues, al contrario de otras veces, en este cómic Superman no defiende el status quo estadounidense y su salvaje idealismo capitalista, su american way of life que tanto parece preocupar a Mark Millar, sino que se presenta como el abanderado y valedor del comunismo de la hoy desaparecida Unión Soviética. Superman: Hijo Rojo se sitúa en los años cincuenta, en la época de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, un marco histórico que se esta convirtiendo en algo recurrente en el género superheroico, tanto en el mundo del cómic como atestigua el ya clásico y pionero responsable de este tópico, el Watchmen de Alan Moore y David Gibbons, como en lo referente a las adaptaciones cinematográficas, siendo este el caso de la reciente X-Men: Primera Generación de Matthew Vaughn. El guionista escocés Mark Millar, “el maestro de las ideas simples y obvias”, como él mismo asegura que le tiene en consideración el editor marvelita Dan Buckley, sabe aprovecharse en Superman: Hijo Rojo de algunos “pequeños huecos” e ideas abandonadas y apenas esbozadas por el conocido mago de Northampton en la mencionada Watchmen para reutilizarlas en el beneficio del relato que aquí nos propone. De esta manera, su retrato de este Superman soviético juega un papel muy parecido al del estadounidense Dr. Manhattan, compartiendo con este su configuración divinizada y su incomprensión hacia algunos roles y actitudes humanas pero diferenciándose, por otro lado, en sus respectivas implicaciones hacia la sociedad que les ha amamantado y visto nacer. En el caso del primero, Superman, esto se traduce en un militante y directo intervencionismo de marcado carácter político y nacionalista que se contrapone al autoimpuesto colaboracionismo nihilista y apático que desprende el D. Manhattan. En el otro lado de la ecuación, Lex Luthor, el archienemigo por antonomasia en las historias de Superman, se presenta en Superman: Hijo Rojo como un ambiguo humanista científico y benefactor de la raza humana, un perfil relacionado con las raíces más clásicas del famoso villano y que Brian Azzarello y Lee Bermejo analizarían en más profundidad en Lex Luthor: Hombre de Acero, una obra con una narrativa marcadamente freudiana algo alejada de la que Mark Millar propone en la presente obra. No obstante, en Superman: Hijo Rojo descubrimos un Lex Luthor rico en matices, un ególatra y presuntuoso autodidacta con aspiraciones dictatoriales que no puede evitar comprobar como su nación languidece bajo el peso de su propio sistema capitalista mientras el ideal viviente del superhombre encarnado en Superman, el comunismo, amenaza con extenderse por todo el mundo logrando que “Rusia se sienta tan indestructible como él”. Mark Millar en Superman: Hijo Rojo nos brinda, sin lugar a dudas, su obra más redonda hasta la fecha, ofreciéndonos su mejor cara como guionista, con una trama llena de conceptos e ideas que maneja con cierta soltura, a pesar de en el fondo no ser más que un popurrí de influencias que el guionista expolia de diversos lugares, y que se aleja sobremanera del efectismo y el “salvajismo comercial” de otras propuestas suyas más recientes como Kick-Ass, Némesis o Wanted. Pero, curiosamente, también estamos ante uno de los trabajos más infravalorados de este autor, un cómic que ha pasado algo desapercibido entre sus aficionados y entre el fandom pese a sus destacadas virtudes, posiblemente debido a la aparentemente farragosa carga política utilizada, que realmente se trata ligeramente y con algún que otro estereotipo, y que toma como referencia la literatura distópica de la primera mitad del siglo XX. Esto queda patente en la misma figura superheroica que nos traslada la historia, un Superman defensor de la utopía comunista establecida, aunque irónicamente su sola existencia suponga una corrupción evidente de la doctrina marxista, un Gran Hermano que consolida un mundo desprovisto de todo tipo de males, crímenes o hambrunas y donde todos los ciudadanos son iguales, lo que se traduce, curiosamente, en una carencia de libertades. Superman representa pues a ese tipo de «superhéroe tutelar» dispuesto a cambiar el mundo por la fuerza, como hemos visto en otras obras del género como The Authority, donde ya Mark Millar jugaba con dicha idea junto a Frank Quitely después de la previa etapa de Warren Ellis y Bryan Hitch, o el más reciente The Mighty de Peter Tomasi y Keith Champagne, por poner sólo un par de ejemplos. Esta «dictadura benevolente» es un hecho que en Superman: Hijo Rojo combatirán los rebeldes y opositores al régimen, liderados por un Batman que recuerda sospechosamente en espíritu al héroe anárquico de V de Vendetta de Alan Moore y David Lloyd, “por su derecho a vivir en el infierno”. El revisionismo histórico y la citada novela de ciencia ficción distópica se entremezclan en Superman: Hijo Rojo, como en los esquemas habituales de este tipo de obras, en la línea de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o la más desconocida, pero antecesora a estas, Nosotros de Yevgeni Zamiatin, es clave la figura del disidente que acaba descubriendo y luchando contra las injusticias del estado totalitario. Este papel lo juega en la obra de Mark Millar su peculiar versión soviética de Batman que mencionábamos, un personaje incapaz de diferenciar entre justicia y venganza, cuya oposición al régimen que representa Superman, consolidado durante el gobierno represivo de Iósif Stalin, es férrea e inquebrantable, lo que le llevará a convertirse “en el lado oscuro del sueño soviético”. Mark Millar, con buen criterio, se muestra hábil a la hora de relatar una historia en la que predominan este tipo de grises y en el que conviven toda una galería de ambiguos personajes que luchan por su verdad y entre los que se diluye el concepto superheroico sin llegar a manisfestarse totalmente. De esta manera, Superman: Hijo Rojo es capaz de superponerse a la tentación de tomar un partido más activo por alguno de los bandos en conflicto lo que sólo podría haber desembocado en un trasnochado alegato anticomunista o en un vanal ensalzamiento del libre mercado y de los valores liberales estadounidenses aunque su final, no cabe duda, puede estar sujeto a diferentes y partidarias interpretaciones. No obstante, para llegar a este punto intermedio de entendimiento, su autor acaba sustentándose en el contexto histórico que ha utilizado como punto de partida. Así, en Superman: Hijo Rojo encontramos algunos cameos de figuras históricas de primer nivel, como el mencionado Iósif Stalin o J. F. Kennedy, desprovisto en el cómic de su habitual «aura idealizada» debido a los acontecimientos distorsionados respecto a nuestra línea temporal, o de hechos reales que se combinan con la presencia de algunos de los personajes insignia de DC Comics en roles diferentes a los que suelen jugar habitualmente, como es el caso de Green Lantern y sus «terrenales» Corps., la princesa Diana (Wonder Woman), el periodista del Daily Planet Oliver Queen (Green Arrow) o el caso ya comentado de Batman. En una situación parecida encontramos en Superman: Hijo Rojo a la galería recurrente de personajes secundarios de las aventuras de Superman, con un Jimmy Olsen agente del gobierno de los Estados Unidos, una Louis Lane casada con Lex Luthor, una Lana Lang fervorosa defensora de los derechos de los obreros o villanos como Brainiac, Bizarro, curiosamente el Superman estadounidense de la historia, y el mencionado Lex Luthor, además de ciertos guiños a la mitología del personaje como, por ejemplo, La Ciudad Embotellada de Kandor, convertida para la ocasión en La Ciudad Embotellada de Stalingrado.
En cuanto a su estructura, Superman: Hijo Rojo se divide en tres partes, la primera de ellas titulada El Amanecer del Hijo Rojo, centrada en presentarnos la forja de este Superman y su relación con el mundo de los años cincuenta; la segunda, El Apogeo del Hijo Rojo, en la que se nos relata la llegada de este al poder ya en los años setenta y su insistente persecución de la utopía y, finalmente, El Ocaso del Hijo Rojo, ya en pleno siglo XXI, donde asistimos al desenlace de la historia con un final, al parecer propuesto por Grant Morrison, que resulta en toda una paradoja futurista muy propia del género de ciencia ficción y de las fábulas políticas y que también funciona como homenaje implícito a la génesis del conocido Hombre de Acero.
En el apartado gráfico, el dibujo de Dave Johnson y Killiam Plunkett cumple con lo esperado, un trazo simple pero lo suficientemente agradable y detallado como para no entorpecer la historia desarrollada por Mark Millar que intenta retrotraernos en cadauna de las partes del cómic al momento histórico que representan. Cabe destacar, en este aspecto, las portadas originales y alternativas del cómic que recuerdan, intencionadamente, a las campañas propagandísticas de la Segunda Guerra Mundial y la posterior etapa de Guerra Fría y también la lograda labor de adaptación simbólica de los reconocibles personajes que pueblan las páginas de Superman: Hijo Rojo. Completando el conjunto, las tintas de Andrew Robinson y Walden Wong y el color de Paul Mounts acaban por configurar un estilo estéticamente sobrio y mesurado que resulta en «un cómic kafkiano y propio de Max Fleischer», como lo describe el escritor y productor cinematográfico Tom DeSanto en la introducción a la edición de Planeta DeAgostini de la presente obra y que lleva por título Mamá, tarta de manzana, Chevrolet y Superman. En nuestro país, Superman: Hijo Rojo fue publicada previamente por Norma Editorial pero la citada edición de Planeta DeAgostini es la más reciente que podemos encontrar en las librerías, un tomo que incluye todas las portadas originales y sus variantes así como una galería de bocetos comentados por el mismo Dave Johnson donde confiesa, entre otras cosas, que sus amigos también encuentran ridícula la capucha rusa que Batman luce en el cómic.
En definitiva, Superman: Hijo Rojo es una obra muy recomendable para aquellos que gustan de este tipo de experimentos y realidad alternativas o para los que buscan algo más que una historia de acción superheroica al uso pues, en ese sentido, la propuesta de Mark Millar y Dave Johson tampoco defrauda pero, lejos de quedarse ahí, nos ofrece un transfondo muy interesante y lleno de matices, muy dado a diversas y futuras relecturas.
La Unión Soviética ha desvelado su arma secreta: Superman. El anuncio supone un cambio en la Guerra Fría que el país libra contra Estados Unidos. Pero la CIA no piensa quedarse de brazos cruzados, y ya ha reclutado al único hombre capaz de detener al poderoso alienígena. Se trata, por supuesto, de Lex Luthor. Mark Millar, uno de los guionistas de cómics más influyentes del siglo XX, nos presenta Superman: Hijo rojo, un volumen dibujado por autores como Dave Johnson o Andrew Robinson por el que desfilan viejos conocidos como Jimmy Olsen o la mismísima Wonder Woman. Las “historias imaginarias” han sido una constante en las publicaciones de DC Comics desde hace más de medio siglo. Hijo rojo parte de una premisa sencilla para narrar una historia compleja cuyos protagonistas llevan una vida muy distinta de la habitual aunque mantengan la esencia que los ha convertido en iconos de la cultura popular.

Edición original: Superman: Red son USA Formato: 160 páginas. A color. Cartoné Fecha Edición: 08/05/2024ISBN: 978-84-10203-03-7
Tanto DC como Marvel han basado buena parte de su éxito en el mantenimiento de una continuidad compartida por todos sus personajes. Ahora bien, a menudo los autores ofrecen conceptos, ideas o versiones de esos mismos personajes que resultan imposibles de insertar en las respectivas continuidades pero que tienen tanto interés que merece la pena encontrar una forma de que vean la luz. Para dar cabida a esos proyectos “alternativos” surgieron tanto la colección What If? De las dos editoriales fue DC la que mejor supo orientar este tipo de cómics y la que ha ofrecido obras, con diferencia, más interesantes. En ellas, el lector puede ver a sus héroes desde un punto de vista diferente en el que no sólo se han cambiado pequeños detalles, sino todo el trasfondo histórico o temporal del personaje, conservando, eso sí, su mitología particular y su naturaleza heroica (o villanesca).
¿Y si la nave procedente de Krypton se hubiera estrellado en la Unión Soviética en vez de en Kansas? ¿Os imagináis a Kal-El cambiando las barras y las estrellas por el martillo y la hoz comunistas? Como buen historiador, las ucronias siempre me han fascinado. Imaginar ese “y si…” en acontecimientos claves de la historia y sus posibles repercusiones es un ejercicio del todo fascinante. Los nazis ganando la II Guerra Mundial (y gobernando Estados Unidos y el mundo) en El hombre en el castillo de Philip K. Dick; Richard Nixon perpetuándose en el poder en Watchmen; el Imperio Romano reinando en nuestros días en Roma eterna… Y aquí tenemos a este Superman soviético, mano derecha del mismísimo Stalin, defensor y benefactor del estado comunista. Un Hombre de acero que decanta la balanza del lado ruso en la Guerra Fría. Mark Millar nos mete de lleno en el principal conflicto de la segunda mitad del siglo XX, con su tensión política en escalada, sus intrigas diplomáticas y su eterno miedo a una hecatombe nuclear global. Desfilan por esta historia alternativa los clásicos personajes del universo Superman, desde Lois Lane a Lex Luthor, pasando por Jimmy Olsen o el mismísimo Batman, pero todos llevan una vida algo diferente… Aunque, en esencia, no difieren tanto del rol al que nos tienen acostumbrados. Superman lleva un martillo y una hoz en el pecho en lugar de una S, habla ruso y se crió en un koljós, pero sigue manteniendo intactos los valores que hacen de él el héroe definitivo: honestidad, bondad, nobleza, generosidad, valentía y servicio. Vive para los demás, para ayudar y salvar a todo aquel que esté en peligro. Punto. Superman: Hijo rojo plantea un escenario mundial inédito en el que la figura del camarada Superman propicia el colapso del capitalismo, llevando a la expansión del comunismo y su supuesta teoría de la igualdad. Una historia excelentemente escrita, que conjuga sorpresas con lugares comunes, plena de espectaculares y oscuras páginas que hacen recapacitar sobre el complejo mecanismo que mueve el mundo, el bien y el mal, la corrupción que conlleva el poder y la injusticia. “Eres lo opuesto a la doctrina marxista, Superman.

Mark Millar es un guionista de comics nacido en Escocia el 24 de diciembre de 1969. El dublinés Killian F. Plunkett es un artista con una larga experiencia en la industria de los cómics.