El cómic como espejo de la realidad: de la onomatopeya a la reflexión existencial

Las universidades de verano, a veces, pueden evocar la atmósfera de los palacios de invierno, lugares donde las ideas se refugian y las reflexiones toman forma. En este contexto, figuras públicas como Felipe González han compartido sus pensamientos, declarando su socialismo mientras admitían una menguante simpatía por el PSOE. Los líderes de opinión, a menudo inmersos en la búsqueda de un legado histórico, rara vez destacan por su discreción, aunque suelen ser oportunos en sus intervenciones, especialmente cuando se trata de defender causas o apoyar a compañeros afectados por eventos significativos.

La complejidad de la sensibilidad humana, o incluso de conceptos abstractos como la incomprensión de las plantas o la inconsciencia de una raíz cuadrada, a menudo escapa a las explicaciones verbales o científicas. Las artes plásticas, en su búsqueda de representación, también encuentran límites. Quizás, las soluciones más cercanas a la comprensión de estas cuestiones etéreas se encuentren en el universo de los cómics de nuestra infancia.

La destreza conversacional, a menudo limitada, ha llevado a que una parte considerable de nuestro lenguaje se componga de onomatopeyas. Así como el tebeo se enriquecía con expresiones sonoras como "¡bang!", "¡sploom!", "¡ras!" o "¡pum!", nuestro lenguaje cotidiano se empobrece por el uso excesivo o incorrecto de estas figuras, junto con expresiones como "tal y cual pascual" o "ni fu ni fa" que edulcoran el discurso diario.

El cómic, ese mundo transversal que nos introdujo en los roles de héroes y villanos, se asemeja con el tiempo a un paraíso escondido. Es un lugar para perderse, para sustituir los horarios y calendarios por la ficción trepidante de líneas, trazos y colores. La felicidad de un cartel o la fiabilidad del viento saltan de viñeta en viñeta en un mundo de ensueño. Nadie permanece en los cómics para siempre; son un placer fugaz, un pasatiempo. Dormir se representa con "zzzz", comer con "ñam-ñam" y un portazo con "¡plam!". Los personajes de cómic rara vez alcanzan el mismo éxito en la animación, y sus voces, inexistentes en el papel, no suelen ser reconocidas. Tampoco reconocemos los ruidos ni los gestos de un lenguaje aprendido de la nada y dirigido hacia la nada. El sueño profundo, en esta analogía, se equipara a un tronco y un serrucho.

De esta manera, podemos observar que figuras como Felipe González y José María Aznar, estadistas que han compartido nuestras infelicidades, se asemejan a personajes de cómic, enredados en un bosque de onomatopeyas y bocadillos. Sus mensajes, como notas en una botella, a veces parecen enigmáticos. Aznar, por un lado, declara que España es una gran lacra en Europa, mientras que, por otro, exige una actitud patriota. La postura de Felipe González presenta su propia complejidad: se define como militante y no simpatizante, una inversión de lo habitual. Se describe a sí mismo como un "jarrón grande en apartamento pequeño", un obstáculo por decir lo que piensa, y justifica a su rival: "Pobre Aznar, no va a estorbar poco…". González siempre ha sido partidario de establecer axiomas a partir de aforismos. Su célebre frase "gato blanco, gato negro, lo que importa es que cace ratones" se convirtió en un lema pragmático, adoptado por muchos políticos, no solo socialistas. Sin embargo, esta estrategia, al ser utilizada por Zapatero en un momento crucial, se volvió en su contra, contribuyendo al fin de su carrera política, de manera similar a como "los roldanes y los gales" acabaron con la de González. Estos "gatos" ya no cazan ratones.

Las palabras, por otro lado, encuentran su hogar natural en la obra de poetas y cantautores. Yohana Anaya Ruiz, en su poemario "Diario de un encuentro", revisa líricamente su incursión en la realidad de Centroamérica, desde Málaga hasta Honduras y Panamá. La primera parte del libro, ambientada en Málaga en 2019, se centra en la acción y la observación, en una búsqueda de oxígeno y alimento para el alma. Frases como "En una cama que huele a libertad" o "Hoy voy a respirar mis propios sueños" reflejan esta introspección. La monotonía de una vida insípida se diluye en el paisaje de Málaga, mientras Ámsterdam y Panamá aparecen como avisos de la extensión del camino. La figura del poeta Fernando Merlo emerge como una aparición: "Estoy atravesando el mundo/para poder encontrarme". En Honduras, el clima se describe como un insecto sediento que se apodera del alma: "Soy una flor de plástico sedienta/en mitad de un aeropuerto" o "Repleto de ojos extraños/que quieren arrancarme las raíces/que aún no han nacido". Un país con apetito, un cuerpo desfasado ante el tiempo y el espacio, sentidos saturados ante señales extrañas: "Y me siento dentro de una canción/que sueña en una radio sin señales". La figura de Rosa, la Santa de plegaria confusa, se presenta: "En la cocina demasiado espacio/para tan poca comida". Ante ojos desconocidos, con lo mínimo: "Y hago la cama con unas sábanas sucias que conservarán mi olor". La poeta experimenta un proceso de deconstrucción en tierra extraña: "Las cicatrices se posan/unas encima de otras:/No hay espacio para tanto dolor". Como una palabra minúscula en un continente inmenso: "¿Por qué tanto silencio/sobre mi almohada?". El libro aborda la dicotomía entre hambre y riqueza, pantallas europeas y calles pobres y libres: "En Honduras aún existen ojos/que observan su cielo". La propia ausencia de España se convierte en un rasgo distintivo: "Venir aquí ha sido/el mejor de mis errores". En las playas de Cayo Cochinos, se mezclan referencias mitológicas, mientras el Mediterráneo, padre distante del Atlántico, y el Pacífico centroamericano se respiran en la distancia: "Solo es real la niebla:/los recuerdos no se pueden tocar". El cuerpo se describe como lleno de destilados, sangre y vísceras. La segunda parte del libro nos lleva a Panamá: "Usted me embargó todos los miedos". La soledad se entrelaza con una metamorfosis compartida: "Jingoísmo sobre la sandalia/objeto de tortura para los insectos". Niños que cambian de tierra respiran con un mismo orden, reconociéndose a distancia a través de juegos y gritos: "El mundo de los tres niños está compuesto de/nubes que lloran/cielos que lloran, /un árbol que llora / y tres voluntarios que sonríen". De Santa Rosa a Santa Clara: "Lloviese o no / estábamos empapados de tiempo". En San Carlos, Panamá, el cuerpo se funde con la tierra, la lengua atraviesa: "Maldigo haberme quedado quieta/mientras tú te hacías dueño de mi insomnio". El cambio y el tiempo escapan a la casualidad a través del trabajo. "Este sendero conoce todas tus heridas: / esta tierra ya forma parte de tu cuerpo". El humor agrio de la torreta del alcohol da paso a la miseria pérfida: "Y aquel domingo, / el olor a ira lo invadió todo". Jorge Guillén y Julio Cortázar se mezclan en una ciudad de geometría caótica. "Estarán perdidas las viejas/almas del pueblo panameño/eternamente desorientadas/ entre esquinas". El regreso a Málaga, con referencias a Isabel Bono y Antonio Luque, culmina en la afirmación de un amor cotidiano pero propio: "Málaga es un poema dibujado en un mapa, / es una tienda de posibles / de la que todos somos dueños y clientes", y el "esplendor en la hierba", concluyendo que "Málaga es un imposible / hecho realidad". Un libro que se expande, sensible, que transforma el viaje en una purificación del alma, permitiendo comprender Málaga y a la poeta.

Daniel Gascón, nacido en Zaragoza en 1981, se ha consolidado como uno de los columnistas y generadores de opinión más influyentes de España. Su labor periodística en El País y Onda Cero, y especialmente su dirección de la edición española de la revista cultural Letras Libres, lo han posicionado como un referente del pensamiento liberal en el país. Además de su obra narrativa, que incluye títulos como "Entresuelo" (2013), el díptico "Un hipster en la España vacía" (2020) y "La muerte del hipster" (2021), y "El padre de tus hijos" (2023), Gascón es guionista, presentador de podcast y colaborador en televisión. Su último libro, "Los nuevos Bartleby. Crónica de un cansancio colectivo" (Editorial Rosamerón, 2026), presenta una nueva traducción del clásico relato de Herman Melville, "Bartleby el escribiente", acompañada de reflexiones sobre la situación social y política occidental y su relación con el resto del planeta en los ámbitos laboral, emocional y comunicativo. La conexión entre la obra de Herman Melville y la de George Saunders, con sus cuentos de futurismo ofimático, explica la fascinación que Gascón ejerce sobre referentes de la narrativa contemporánea como Rodrigo Fresán. Su análisis de la gestión de la estructura laboral y la contracción de la administración pública evoca a Mariano José de Larra o a Franz Kafka. Gascón aborda la paradoja de un trabajo necesario pero tóxico, el presentismo que expande el tiempo hasta el extremo, la generación de conflictos que anula la eficiencia y un nuevo ludismo que protesta contra el progreso a través de dispositivos de última generación. Vivimos en una sociedad donde la edad es cualitativa y las acciones y responsabilidades se han retrasado. Gascón examina la paradoja de pedir el decrecimiento económico en libros que alcanzan el éxito de ventas, abordando estas disyuntivas universales con lemas ostentosos y reivindicativos, como la idea de "sacarle el dinero a los ricos" o la supresión de antibióticos, vacunas o agua caliente. Reflexiona sobre la posibilidad de que la IA nos haga compañía, citando la preocupación individual: "A nivel individual se puede vivir fácilmente como una amenaza, pero mi trabajo es una mierda y tengo miedo de que desaparezca". Gascón, certero como siempre, señala a Michel Houellebecq como un profeta, anticipando el ascenso de un islamismo políticamente atractivo que, según él, dejará a los hombres en una posición de poder y comodidad, validando la narrativa de la última década en España: "Por lo menos no manda la derecha". Las redes sociales, fuente de contradicciones, enfrentan la delación con lo políticamente correcto, exigiendo anonimato. El libro de Gascón intercala referencias a la serie "Severance", Enrique Vila-Matas, los Monty Python, la generación post-Covid, Gilles Deleuze, la manufactura, el copista Georges Perec, Mark Twain, Saul Bellow, Barcelona y "El Lazarillo de Tormes". Daniel Gascón se presenta en estado puro, invitándonos a pensar con una sonrisa perpetua, una "gran pluma de nuestra generación", dotada de sensatez irónica y pasión por la libertad, herencia directa del recordado Félix Romeo.

La poesía de Francisco Layna se caracteriza por la idea como punto de sutura que deshilacha todo lo demás. Su acento de orfebre, su musicalidad al borde del desequilibrio y sus sintagmas de aparente sencillez que generan tumultos de sentido y posibilidad son distintivos. El vuelo y la polinización insistente son temas recurrentes. Utiliza el humor como respuesta certera al enigma, permitiendo que lo auténtico adquiera una dimensión cotidiana. Su obra completa se recoge en "Nunca, mil y gigante" (Dilema).

En relación con la idea de que "Puesto que no saben cantar, hoy los poetas hablan" o "Noble forma de hacer cantar al idioma, y en la cual, el lenguaje se reencuentra con sus aspiraciones de plenitud", se destaca la realización sonora de lo poético. Un verso como "Eso o a su vez sacar acaso de la galera/el canto a priori de un cuerpo privado" sugiere una elección entre lo dado o la invención de una voz íntima antes de la intervención del mundo. La sonoridad del verso, marcada por vocales abiertas y la repetición del sonido [k], genera pequeños golpes rítmicos que evocan la idea de extracción o aparición. El ritmo del verso, más ondulante en la primera línea y más segmentado en la segunda, sugiere una transición del pensamiento a la materialidad, en línea con la teoría de Ezra Pound sobre la melopeya, donde el lenguaje acelera más allá de la semántica, resonando en lugar de transmitir.

La distinción entre el orden discursivo (poema que habla) y el orden rítmico-intensivo (poema que canta) es fundamental. En el primer caso, el poema se desarrolla lógicamente, y el cambio de orden debilita su estructura. En el segundo, el poema orbita alrededor de ritmo, recurrencias sonoras e imágenes, y el cambio de orden no destruye el significado, sino que altera la intensidad. Cada verso funciona como un campo de fuerzas, operando por acumulación. La alteración del orden en los poemas sobre la vejez de Espina, por ejemplo, crea una diferencia de respiración: el avance hacia el último verso sugiere una acumulación descendente y una aceptación de la vejez como sedimentación, mientras que el retroceso desde el último verso aumenta la intensidad imaginaria, evocando una reverberación. Este tipo de juego formal, presente en la poesía del Barroco y llevado al extremo por Caramuel, se reinterpreta en la poesía contemporánea, como en la obra de Maite Martí Vallejo, quien crea textos nuevos mediante la confluencia de fragmentos de diferentes libros, generando una reconfiguración semántica y una lógica de campo textual.

Siguiendo la idea de Henri Meschonnic de que el lenguaje habla cuando el ritmo organiza el sentido, es crucial tratar el lenguaje como materia: sonido, grafía, espacio, respiración. El lenguaje "habla" en el poema cuando el poeta deja de ser su origen y se convierte en un lugar de paso. En la poesía de Ángel Cerviño, por ejemplo, el poema se construye a través de operaciones mínimas, desplazamientos y repeticiones con variación, sometiendo palabras comunes a presión. Esto produce un efecto donde el poema no parece escrito desde una intención, sino desde una dinámica interna, permitiendo que la lengua se reacomode. El lenguaje renuncia a la explicación y al énfasis expresivo, trabajando con una atención extrema a la continuidad.

Viñeta de cómic con onomatopeyas

En la narrativa, la realidad social de la mujer, a menudo silenciada, se aborda a través de relatos que representan diferentes experiencias. La historia de Miguel, chapoteando con sus hermanos en el río, evoca la inocencia de la infancia y los recuerdos de la madre Catalina. En contraste, la plaza se llena de gritos contra un "impío y hereje", mientras el olor a humo anuncia un presagio funesto. La figura de Servet se presenta como un punto de inflexión ideológica, mientras que Martín navega su pequeña balsa en la árida estepa aragonesa, soñando con el reino de los mares. Penélope, al desenredar el cabello de Luna, recuerda el paisaje desértico de Los Monegros, donde sintió que "he tocado la luna". La película "Jamón, jamón" catapultó a la fama a Bigas Luna, Penélope Cruz y Javier Bardem, explorando la universalidad y el nominalismo en un debate dialéctico de gran intensidad. Gaspar Lax, nacido en Sariñena en 1487, es parte de esta tradición de pensamiento.

La primavera trae milagros a la tierra árida, y Manuel, un pintor, reflexiona sobre su obra en el monasterio de la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, contemplando la posibilidad de una inscripción secreta en la cúpula. El monasterio, inmutable, contrasta con su pequeño paseo, que representa su "vuelta al mundo". Fray Manuel Bayeu concibió un vasto programa iconográfico para la Cartuja.

La calle, testigo de miradas hirientes y burlas, se convierte en el escenario de la soledad de una mujer que, marcada por el desprecio y la miseria, ha perdido su nombre y su identidad. Ella representa a muchas mujeres vulnerables marginadas por la sociedad. Alfonso, por su parte, avanza imparable conquistando Los Monegros, forjando su legado a través de batallas y luchas de poder.

Asun, cada mañana, barre la calle frente a su casa, un ritual que refleja las grietas de la edad en su propio rostro y en las casas abandonadas de la calle. La visita diaria de su sobrina María Victoria es un consuelo. Aún espera ver el portal de Matilde, con su sonrisa alegre y sus geranios floreciendo. La calle, silenciosa, apenas cuenta con media docena de vecinos, sin escuela ni tienda, y con un médico una vez por semana.

El frío de la mañana en las trincheras contrasta con el cielo estrellado. Antonier, con su bastón, camina hasta el cruce del pueblo, donde los bancos solían ser punto de encuentro. Se sienta en su sitio habitual, recordando a Manolote, Juan y Ramón, y las conversaciones sobre el pueblo y su futuro olvidado. Luiser, siempre enérgico, solía hablar de la cosecha, enfadándose si le llamaban fanfarrón. Antonier se levanta, solo queda él, el tiempo de los mentideros ha pasado.

Tío Juaner, con su palo y morral lleno de versos, cavila mientras apacienta el rebaño, recordando los sucesos del pueblo. Las fiestas mayores volverán a sonar con la gaita y los danzantes, las campanas repiquetearán y olerá a albahaca.

Elisa García Sáez, a sus 19 años, luchó contra el fascismo en el frente de Tardienta. Herida de muerte, sus últimas palabras fueron un rezo balbuceante. Fue una de las muchas mujeres que combatieron contra la opresión.

Lorién da una vuelta por el pueblo, jugando en el parque y chutando a portería. Se cruza con Jacinto y su tractor. Un joven Pedrito, impecable y elegante, recibe los cumplidos de su familia en un día importante. La gente se agolpa en la plaza para su primera comunión, y Pedrito, aunque joven, empieza a soñar con un mundo de colores en una España gris. Su arte, forjado en Los Monegros, pronto florecerá.

Eduardo, sumido en el miedo, reza con dificultad mientras le gritan que su dios no le salvará. Su delito fue una misa, un encuentro con Dios. Sus últimas palabras, "Por todos los siglos", se apagan con una ráfaga de balas.

Marisa, la mayor, se queda en casa para ayudar a su madre Catalina con las faenas y el cuidado de los hermanos pequeños y los abuelos. Raquel, la segunda, anhela estudiar, pero su futuro como mujer la aleja de sus aspiraciones. En casa de los Sabinos, Raquel trabaja como sirvienta, sin poder ver a su familia ni a Alfredito. Una noche, una sombra entra en su habitación, susurrándole que guarde silencio. Raquel nunca se atreve a decir nada, guardando el secreto a pesar del tormento.

Portada de un tebeo clásico español

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