Despertar a Tiempo Completo: Un Viaje a Través de la Existencia y la Decisión

Desde que tengo 18 años he estado escribiendo esta novela. En un principio los avances eran sustanciales hasta que, como suele suceder en Bogotá, robaron mi maleta no solo con mi computador en ella, sino también con un llavero del que colgaba la USB que contenía todos mis escritos. Me tomó varios años volver a empezarla y, cuando lo hice, los avances eran ínfimos. La usé como trabajo final de la Maestría en Creación Literaria de la VIU, y la transformé en algo completamente nuevo que representa un reto mucho mayor. Hoy en día es el proyecto en el que dedico mis horas libres. Espero que la disfruten y que de ninguna manera piensen que Un Camino Para Dormir(los) sea un mejor título.

CAPÍTULO 1: EL FINAL Y EL INICIO

Tristán recibió su último día con los ojos abiertos. No había podido conciliar el sueño y se dedicó toda la noche a mirar el techo y a planear el que, pensó, sería el día final de su existencia.

Tiempo atrás había soñado con el fin del mundo. Las carreteras se abrían en dos, las casas se derrumbaban y los gritos de las personas se diluían en el rojizo e incendiado cielo. Él llegaba hasta un cajero automático y en vez de vaciar su cuenta retiró solo la mitad. Luego de despertar del sueño nunca pudo comprender el porqué de esa decisión. Ya con esa parte de sus ahorros en los bolsillos del pantalón, llegaba hasta donde una prostituta y le pagaba todo lo que tenía a cambio de unos últimos minutos u horas de desahogo carnal. Ella se veía tranquila y dispuesta, como si la desgracia no se estuviera cerniendo sobre la humanidad o como si esta no se comparara en lo absoluto con la que ella había vivido durante toda su vida. Tristán no recordaba si en el sueño se había acostado o no con la prostituta, pero entendió qué significaba que el mundo fuera a terminar.

Aquello era el día en el que ese sueño se realizaría y, aunque muy en sus adentros quería volver a sentir el calor y la humedad de una mujer, era consciente de cómo el placer podía hacer temblar hasta las decisiones más férreas, así que pensó en su novia, y toda idea lujuriosa se desvaneció.

Se sentó en el borde de la cama, se frotó con las manos el rostro y suspiró. Abrió el cajón de una mesita de noche posada al lado de la cama y observó el revolver que había en él. Lo sacó junto con las balas y, tranquilo, las metió, una por una, en el tambor del arma. Observó el ojo oscuro que se iluminaría en el momento preciso de su muerte. La luz lo mataría, pensó y guardó de nuevo el arma en el cajón.

Se bañó a sabiendas de que ese sería su último baño, la última vez que sentiría el agua caliente deslizándose por su piel. Se vistió con la consciencia de que sería la última vez que lo hacía a menos que algún evento azaroso lo obligara a cambiar su descuidada vestimenta. Cerró la puerta del apartamento tras de sí y bajó las escaleras. No las volvería a bajar, pensó, y salió del viejo y sucio edificio en el que quedaba su pequeño apartamento.

En la calle las personas se sometían al vaivén de sus ocupaciones. Siempre era lo mismo. No se detenían ni un segundo para cuestionarse acerca del sentido de lo que hacían, la costumbre las hacía ir y venir como por inercia. Ninguna de ellas se preocupaba por la persona que pasaba a su lado ni por aquella que, bajo la sombra del viejo y sucio edificio, tenía planeado acabar con su vida. No les importaba, era normal y a Tristán tampoco le habían importado cuando él también había sido esclavo de ese mismo vaivén. Pero ahora que él había decidido liberarse y que no tenía ataduras, solo pensaba que los extraños no eran más que decoraciones de un paisaje que solo servía de encuadre para las miserias del caminante.

A pesar de haber pasado la noche en vela, no logró establecer el plan a seguir para ese día, aunque estaba seguro de que no quería perder sus últimas horas en observar a los pasantes. Pensó en ver a su madre, pero descartó la idea. Desde el divorcio de sus padres, la había visto caer en la depresión y refugiarse, primero, en el vino de la tarde, que se fue ampliando a otros periodos del día, y, segundo, en él mismo. Había oído sus lamentos hasta el hastío. Al principio era lo natural, pero, después, interpretó que su madre, de manera deliberada, se había estancado en un momento de la vida en el que parecía no poder vivir sin el consuelo de su hijo. Tristán esto, Tristán aquello. Se convenció a sí mismo de que su alejamiento de ella era, precisamente, un acto de liberación contra esa necesidad empalagosa con la que su madre quería tenerlo siempre a su lado, pero, muy en el fondo, sabía que la distancia era necesaria para lograr su cometido y si no quería verla ni despedirse era para alejar por completo cualquier atisbo de duda. Aunque evitara el sentimiento, amaba a su madre y ello lo evidenciaba que ella era la primera persona que llegó a su mente.

En cuanto a su padre, Tristán hizo una mueca de asco con el primer pensamiento que tuvo de él y solo empezó a caminar sin rumbo alguno a lo largo del andén.

Con su madre y su padre descartados, pensó en ir a ver a su tío Juan. Tristán siempre había sentido una gran empatía hacia él, que se incrementó con la muerte del hijo de apenas siete años de edad por una afección cardíaca. Solía escuchar por horas sus teorías acerca de la existencia y del universo. A raíz de la temprana partida de su hijo, estas teorías se fueron volviendo cada vez más alocadas y divinas, hasta el punto en el que ya no valía la pena, ni siquiera, hablar de ellas pues las palabras no les hacían el suficiente honor. Entonces, solían sentarse en silencio, y las miradas serias junto a las taciturnas poses lo expresaban todo. Siguieron dando preferencia a esta forma de comunicación incluso después de que una tractomula dejara el cuerpo de su tío desperdigado por una decena de metros a lo largo de la autopista interdepartamental. Tristán solía, entonces, visitar su tumba, aunque el paso del tiempo redujera la frecuencia en que lo hacía. La opción de ir al cementerio se hacía cada vez más plausible hasta que, mientras caminaba, Tristán sintió a alguien que lo apresaba por la espalda.

-¡Viejo Tris! ¡Casi que no te vuelvo a ver!

Tristán reconoció la voz de Simón, su amigo de infancia y a quien había decidido evitar desde hacía mucho tiempo. Maldijo en sus adentros. La casualidad no quería evitarle despedidas. Se volteó y miró a su amigo.

-¿Qué? -siguió Simón-. ¿Llevamos tiempo sin vernos y ni siquiera me vas a saludar? ¡Ven para acá!

Simón lo halo y le dio un abrazo de hombro con hombro. Tristán se recompuso e intentó hablarle como si el día fuera uno más de los incontables que le quedaban por vivir. Pero una de sus mayores virtudes o defectos era su pésima capacidad para la mentira. No podía aparentar que el mañana llegaría precedido por otro mañana, así que, mientras caminaba con su amigo, hacía silencios que no eran los silencios normales y ya conocidos por Simón, quien lo comprobó al parar y hacerle la pregunta que Tristán menos quería escuchar: “¿Todo está en orden?”

Tristán se detuvo y, sin poder mirarlo a los ojos, hizo un gesto afirmativo. Simón se paró en frente, lo sostuvo por los hombros, acercó su rostro al de él y mostró desaprobación en la mirada.

-Tengo que despedirme -contestó.

-¿Qué? ¿Te vas? ¿Cuándo? -preguntó con frenesí Simón-. ¡Mañana en la mañana! -Y ¿a dónde si no hay mejor ciudad que esta?

Tristán se quedó en silencio.

-Mierda Tristán -siguió Simón-, pero me hubieras avisado. Todavía tengo tiempo de llamar a toda la gallada para organizarte tu despedida. Tú no te preocupes ¿eh?, que vas a ver que la vamos a pasar del putas. Tanto que vas a decidir quedarte.

Simón sacó del bolsillo su móvil, pero Tristán lo detuvo sujetándolo del antebrazo.

-No, no lo entiendes.

-¿Pero qué no voy a entender? -Es solo que…

No sabía cómo continuar su frase y lo único que hizo fue apartar la mirada. Entonces, Simón le tomó el rostro y lo miró fijamente a los ojos. Tristán nunca supo qué de su mirada lo delató ante Simón. El iris de Simón se movía como si leyera algo en sus ojos, como si recorriera cada uno de los diminutos músculos para adentrarse en la pupila y encontrar quién sabe qué secreto en esa oscuridad de su amigo. Tristán notó cómo se humedecieron los ojos que lo observaban, pero antes de que pudiera decir algo o irse sin decir nada, Simón continuó.

-No, créeme que sí lo entiendo. -Simón hizo silencio unos segundos y levantó la mano para que Tristán no interrumpiera lo que sea que estuviera pensando, luego lo soltó y siguió-. mira Tris, no te voy a pedir explicaciones ni voy a intentar detenerte. Tampoco voy a llamar a los demás porque sé que ellos sí que lo intentarían. Pero sí te pido al menos que te despidas de mí con una cerveza en mano. ¿Te parece?

Tristán lo meditó por unos segundos mientras sentía la presión de los ojos suplicantes de su amigo, quien, a pesar de todo, parecía conservar la calma. Entonces suspiró e intentó relajarse.

-¿Apenas es medio día y ya está pensando en cerveza? -prosiguió en tono jocoso.

-¿Pues si ya sabes cómo soy para qué me invitas? -contestó Simón luego de esbozar una sonrisa.

-De hecho, tú eres el que está invitando.

-Ya no seas tan sabiondo y vamos, que tengo una sed del demonio.

Tristán rio para sus adentros y se dirigieron al parque de siempre. Hablaron de todo y de nada y no fue sino hasta que hicieron silencio que Simón volvió a tocar el tema.

-¿Y ya has hablado con…

Tristán se detuvo y lo miró a los ojos como quien sabe que una desgracia se avecina y no puede hacer nada para evitarla. No quería escuchar el nombre de ella. No quería pensar en qué le diría cuando la viera, aunque sentía la responsabilidad de hacerlo, de confrontarla y darle, si podía, el consuelo anticipado. Suspiró e intentó evitar la tristeza apartando la mirada hacia otra dirección. Allá, a lo lejos, entre las ramas pintadas en el cielo nubloso volaba una pareja de pájaros con frenesí. Parecía que uno escapaba del otro y cuando se escondían en los follajes y volvían a salir ya no se sabía si habían cambiado de lugares. No parecían estar empecinados en una carrera por la comida, más bien parecían jugar antes de la caída de la lluvia como controlados por el deseo inmenso de mezclarse con el plumaje del otro luego del intenso baile de la seducción.

-Ya entendí -prosiguió Simón-, ya tendrás algo en mente.

Siguieron en silencio hasta que llegaron a una pequeña tienda, compraron algunas latas de cerveza y se dirigieron al parque.

Estaba vacío. Pasaron por la cancha de micro situada en el costado norte. Era en ella que solían jugar, ganar, perder y pelear con el rival por una supuesta falta cometida o por unos supuestos egos aporreados. Antes de llegar a las gradas y destapar las cervezas, Tristán miró los arcos oxidados y sin malla, raspó el concreto agrietado con la punta de su pie derecho y suspiró. Luego se sentó con Simón en las gradas y destaparon la primera lata.

-Nunca me gustó esta cerveza. Sabe a agua -dijo Tristán sonriendo.

-¿Entonces por qué la compraste?

-No sé -mintió.

-¿Prefieres que te traiga un vino o tal vez un whisky? ¿O, mejor un aguardiente? -Bromeó Simón.

-El whisky estaría muy bien. Muchas gracias, pero ve rápido que no tengo todo el día -continuó Tristán con una voz excesivamente sofisticada.

Rieron y permanecieron un rato en silencio mientras observaban jugar a los niños que por alguna razón desconocida no habían ido a la escuela, y cuidarlos a las empleadas que por muchas razones conocidas no podían cuidar a los de ellas tanto como a aquellos. Entonces Simón sacó un cigarro y le ofreció uno a Tristán, quien no se negó incluso si hacía unos meses le había prometido a su novia que dejaría de fumar. Ya con la relajación del alcohol y de la nicotina empezaron a hablar de banalidades. Del último partido que jugaron en el que de un pelotazo Tristán sintió sus testículos hasta la garganta, de la última borrachera en la que cantaron rancheras hasta el amanecer, de lo estúpido que era el uno al haber sido expulsado de la escuela por malos resultados e indisciplina un par de años atrás y de lo estúpido que había sido el otro al haber perdido media vida por sacar buenos resultados y tener una pulcra disciplina. Simón terminó contándole acerca de la última parranda en la que estuvo y que terminó en un burdel de la zona de tolerancia de la ciudad y del que aseguró no recordar si las chicas venían con un miembro extra o no. En el momento Tristán se burló de él y afirmó entender la razón del porqué lo vio caminar torcido y con las nalgas apretadas, y después de que Simón le empezó a recriminar el por qué le había estado observando las nalgas y de reír, Tristán volvió a recordar el sueño del fin del mundo y de la prostituta. No quiso contarlo debido a la cercanía de la finitud. De hecho, la conversación se había vuelto tan amena y graciosa que por un momento había olvidado por completo su propósito. El recordarlo fue como un violento jalón de la realidad y no hubo más risas ni anécdotas jocosas. El repentino cambio de ánimo fue como una señal para Simón, pues añadió un sutil silencio al existente con sus palabras quebradas.

-Te vamos a extrañar mucho.

Tristán levantó la mirada y vio los ojos cristalinos de su amigo.

-Lo sé -dijo con una sequedad que hizo incluso más dura en las siguientes frases de la conversación mientras que Simón parecía cada vez más vulnerable.

-¿Cuándo lo piensas hacer?

-Al amanecer.

-¿No vas a dormir? -No.

-Estarás tan cansado que no podrás hacerlo -dijo Simón riendo con tristeza.

-Puede que tengas razón. ¿Cómo no pensé en ello antes? -intentó decir Tristán en un tono fracasado de burla.

Ambos rieron resignados y volvieron a quedar en silencio hasta que Tristán se levantó.

-¿Ya te vas?

-Sí.

- Mira -siguió Simón sacando del empaque la última de las cervezas-, todavía te queda una.

-No, si sigo lo más seguro es que me quede dormido en estas gradas.

- Entonces ten -Simón tenía el brazo estirado con la caja de cigarrillos en la mano-, seguro que te harán falta para esta noche.

-¿Un adicto como tú dándome sus suministros de droga?

- Si te quedas verás que hay muchas sorpresas más -continuó Simón mientras reía.

Tristán recibió la cajetilla, se le acercó y Simón se levantó. Se miraron unos segundos y luego se abrazaron. Tristán le dijo el adiós que Simón parecía querer postergar el mayor tiempo posible. Se separaron y Tristán se fue. Salió del parque y dejó atrás a su amigo más cercano. No volvió para mirarlo, pero se lo imaginó ahí, sentado en las gradas, cubriéndose el rostro con la camisa ya sea para que nadie lo viera llorar o para olvidarse del mundo mientras sentía la pérdida. O tal vez ni siquiera lloraba, tal vez solo se quedó ahí, mirando el punto blanco de la mitad de la cancha sin pensar nada pues no había pensamiento digno de la tristeza, y sin sentir nada pues tampoco había emoción que fuera digna de la profundidad de aquello que sentía. Una pequeña lágrima se aventuró sobre la mejilla de Tristán, pero la secó de inmediato.

Persona mirando el horizonte al amanecer

La vida de Tristán se encuentra en una encrucijada, enfrentando la decisión final en un mundo que parece haber perdido su sentido.

Full Time Awakening Capítulo 82 en inglés | Filmywalah Talks

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