Demon Slayer: Un Viaje a Través de la Cultura y la Historia Japonesa

El manga Kimetsu no Yaiba (Demon Slayer, 鬼滅の刃), escrito e ilustrado por la mangaka Koyoharu Gotouge, comenzó a publicarse en la revista Shūkan Shōnen Jump el 15 de febrero. Gracias al éxito que tuvo el manga en Japón, una adaptación anime, a cargo del estudio Ufotable, fue estrenada el 6 de abril de 2019, contando un total de 26 capítulos y finalizando su emisión el 28 de septiembre de ese mismo año. El 16 de octubre de 2020 se estrenó en Japón la película Kimetsu no Yaiba: Mugen Ressha-hen (Demon Slayer: El tren infinito), convirtiéndose en la película más taquillera en la historia de Japón, superando a otras grandes películas tanto animadas, como El Viaje de Chihiro.

La historia de Demon Slayer, con la lucha de Tanjirō y el resto de cazadores de demonios por acabar con el villano principal, Kibutsuji Muzan, es claramente fantástica. Sin embargo, su trasfondo se ambienta en un periodo muy concreto de la historia de Japón ocurrido hace poco más de un siglo. Una etapa llena de claroscuros y contrastes, moldeada por los cambios políticos, sociales y culturales que marcaron la evolución del Japón moderno.

La Era Taishō: Un Crisol de Tradición y Modernidad

Sabemos que Kimetsu no Yaiba se ambienta en la era Taishō. Este fue un periodo que coincide con los catorce años de reinado del emperador Yoshihito, entre 1912 y 1926. Esta información está confirmada y ya nos ofrece una perspectiva bastante concreta. La clave la da el “demonio de las manos”, quien fue capturado por Urokodaki durante el periodo Keiō y que acecha desde entonces en la montaña donde se celebra la Selección Final. La era Keiō duró solamente tres años, entre 1865 y 1867. Si le sumamos 47 años, eso nos indica que la Selección Final pudo haber ocurrido entre 1912 y 1915. Además, Tanjirō pasa dos años entrenando con Urokodaki para pasar la prueba, por lo que la historia habría empezado entre 1910 y 1913.

La era Meiji fue una etapa que, con sus claroscuros y particularidades, marcó la evolución del Japón moderno. El emperador Meiji no solo se convirtió en la cara visible de todos estos cambios y reformas, sino que la Constitución de 1886 lo convirtió en una figura suprema, divinizada e inviolable que además era el símbolo de la unidad nacional. El emperador Taishō era un hombre retraído y enfermizo. Una meningitis al poco de nacer le dejó serios problemas neurológicos y de salud que arrastró durante toda su vida, hasta que en 1926 murió de un infarto a los 47 años. La fragilidad del emperador dejó al aire todas las costuras del sistema imperial, lo que provocó un vacío de poder en la cúspide del Estado que fue aprovechado por personajes influyentes y figuras desde las sombras para aumentar su influencia. Al mismo tiempo, la falta de una autoridad fuerte aceleró la llegada de un importante cambio político hacia un modelo más liberal, parlamentario y democrático. Hasta esta época, las personas escogidas para dirigir el gobierno eran aristócratas y militares, designados según los intereses de las élites.

1853 marcó un año vital dentro de la historia de Japón. En este año el comodoro estadounidense Matthew C. Perry arribó a la bahía de Edo (actual Tokio) al mando de una flota de acorazados a vapor. A partir de ello, el Shogunato fue disuelto y, en su lugar, se restituye el poder del Emperador, dando inicio al periodo conocido como la Restauración Meiji en el año de 1868. Esto trajo consigo un conjunto de reformas que buscaban la “modernización” y la “occidentalización” de la nación. El primer concepto hace referencia a la incorporación de técnicas y/o conocimientos “modernos” o nuevos (en su tiempo) y lo segundo a la aplicación de elementos culturales propios del mundo occidental (Europa-Estados Unidos). Con este objetivo buscaron imponer la cultura y tecnología europea y norteamericana por sobre la asiática. Esta práctica imperialista era muy común durante el siglo XIX. La idea del nuevo Estado Imperial japonés sería igualar (o asemejar) la sociedad japonesa a su contraparte europea-estadounidense, tanto en términos políticos, como económicos, militares y culturales. Sin embargo, ““lo tradicional” permaneció y, en ocasiones, se impuso sobre los intentos del Estado por “erradicar las costumbres malignas del pasado” (Galdon, 1994, 354). Ya hacia la era Taisho (1912-1926), esta “dualidad” se podía apreciar claramente en el contraste entre el “campo” y la “ciudad” e incluso en el interior de este último. Casas de madera, banderolas y pancartas, teatros, cafés, tranvías, postes de telégrafo, kimonos y ternos, y demás elementos convivieron juntos en las grandes ciudades, y algunos de ellos se colaron en las ciudades más pequeñas del interior del país. Esta nueva modernidad chocó con el Japón “tradicional”, creando una cultura en donde ambas corrientes convivian y entrelazaban. Esto es algo que se puede observar en la serie, dado que los protagonistas viven en una zona rural de Japón donde el estilo de vida es aún de la forma “tradicional” japonesa.

Japón adoptó oficialmente el calendario gregoriano desde 1873, pero la enorme importancia política, ceremonial y social del emperador (tennō) en esa época hizo que se mantuviera la tradicional división por eras, costumbre que sigue en la actualidad. Hay que decir que la eficacia de este sistema es cuestionable desde el punto de visto histórico. Para empezar, porque reduce periodos muy complejos a un simple cambio dinástico. Por un lado, el paso de un monarca a otro no tiene por qué conllevar un cambio político o social importante -en especial desde mediados de siglo XX hasta la actualidad, cuando la función de la casa imperial pasó a ser simbólica y ceremonial-. Por todo esto, podríamos decir que, más que ser una herramienta útil con la que medir el paso del tiempo, la división por eras ha cumplido la función de legitimar y reforzar la autoridad imperial.

El gobierno, sobre la base de diferentes políticas sociales, buscó inculcar en la población japonesa varios de estos aspectos, que iban desde el uso de ciertos bienes como algunos valores morales occidentales. Empero, no se vivió un cambio radical en cuanto a la aceptación de estas cuestiones, sino más bien, un proceso progresivo de intercambio cultural y de la incorporación de las mismas en el esquema cultural japonés. En Kimetsu no Yaiba se ejemplifica esta coexistencia de elementos “tradicionales” y occidentales, tanto en aspectos tan “secundarios” como la vestimenta, elementos de “fondo” como los edificios de concreto, los postes de telégrafo o las luces eléctricas, y los mismos personajes, los oni, y las relaciones que estos muestran entre sí.

En primer lugar, Tanjirō y sus compañeros tienen que esconder sus katanas cuando visitan algún núcleo urbano para evitar tener problemas con las autoridades. El derecho a llevar armas encima, que había sido un privilegio exclusivo de la casta samurái durante siglos, fue prohibido en 1876. Por otro lado, el uniforme de los cazadores de demonios parece estar inspirado por el gakuran, el uniforme escolar masculino típico durante esos años. Este uniforme es combinado por muchos protagonistas con un haori, una prenda tradicional japonesa. El haori de Rengoku representa su personalidad enérgica y apasionada. La combinación de un uniforme moderno como una prenda tradicional es una muestra más de los contrastes de una época marcada por la transición de Japón hacia la modernidad, donde era habitual encontrar por la calle a gente vestida tanto a la manera tradicional como siguiendo la última moda de Occidente. Entre estos últimos surgió la subcultura de los mo-bo y las mo-ga, hombres y mujeres que seguían de lleno todas las tendencias estéticas y de estilo de vida occidentales. En algunos casos, incluso se produjo una fusión entre ambos estilos. El villano principal, Kibutsuji Muzan, destaca por ir siempre a la última moda. Como podemos ver, Kimetsu no Yaiba utiliza la era Taishō no solo como un simple escenario en el que ambientar su historia, sino que, a través de la narrativa y la estética de un momento muy concreto del pasado, la obra captura la esencia de una época llena de contrastes entre la tradición y la incipiente modernidad.

Tanjirō visita la ciudad de Tokio en tres ocasiones. La primera vez que el protagonista llega a la capital lo hace respondiendo a un llamado de emergencia en el distrito de Asakusa. Este era el principal núcleo de entretenimiento de la capital a principios del siglo XX, aunque actualmente ha perdido parte de su importancia pasada. Durante esta época las ciudades japonesas experimentaron un enorme desarrollo, siguiendo la estela de modernización que había empezado en el periodo Meiji. Este proceso vino acompañado de la llegada de tecnologías como la electricidad, el telégrafo, el teléfono o nuevos medios de transporte. La situación en el mundo rural era totalmente diferente, ya que hasta allí las nuevas tecnologías tardaron mucho en llegar. El estilo de vida en el campo cambió muy poco desde la época feudal, manteniéndose por lo general las costumbres tradicionales.

En otro arco narrativo, Tanjirō, Zenitsu e Inosuke acompañan a uno de los pilares, Tengen Uzui, durante una misión en el distrito de Yoshiwara. El barrio -que también aparece en otras obras como Ōoku, de la que hablamos hace tiempo en un artículo- fue fundado en el siglo XVII por las autoridades del shogunato Tokugawa para centralizar en único lugar todo el negocio de la prostitución de la capital. En la trama se nos muestra parte de la oscuridad que se escondía detrás de este mundo. La mayor parte de las mujeres comenzaban como cortesanas cuando todavía eran unas niñas. La mayoría provenían de familias pobres que las vendían a los burdeles (girō), casas dirigidas por mujeres que conocían bien el negocio, muchas veces por haberse dedicado a él en su juventud. Una vez dentro se les daba comida, alojamiento y se las adiestraba en destrezas como el canto, el baile, la música y la etiqueta, ya que además de las cuestiones sexuales se esperaba que entretuvieran a los clientes por medio del espectáculo.

Dentro de los burdeles existía una compleja jerarquía de cortesanas. Las más hermosas y populares alcanzaban el rango de oiran, que en Kimetsu no Yaiba es el puesto ocupado por Daki, el demonio que se ocultaba en una de las casas y que, junto a su hermano, es la principal antagonista del arco. El barrio de Yoshiwara sufrió un gran incendio en 1913 -a quienes conozcan la historia de Kimetsu no Yaiba puede que esto les suene- que lo redujo a cenizas casi por completo, tras lo que nunca recuperó la importancia que había tenido anteriormente.

Calles de Tokio en la era Taishō

Folclore y Mitología Japonesa en Demon Slayer

Una de las criaturas más conocidas del folklore japonés son los oni (鬼). Aunque este término es comúnmente traducido a los idiomas occidentales como “demonio”, también comparten similitudes con los ogros. Los oni pueden ser englobados dentro de una categoría mucho más grande conocida como Yōkai (妖怪). La forma más tradicional de representar a un oni es como un ser grande, musculoso y con cuernos, vistiendo únicamente un taparrabos de leopardo y suelen ser de color rojo o azul. Uno de los relatos más conocidos donde aparecen los oni es el cuento de Momotarō. En este cuento, la mujer de un campesino encuentra un durazno gigante. Dentro de este durazno encuentran a un bebe al cual adoptan y llaman Momotarō (momo significa durazno y Tarō es un nombre masculino común). Momotarō decide así partir hacia la isla donde viven los oni para derrotarlos y salvar de esta manera a su pueblo. Aunque en algunos relatos, los oni también se muestran ayudando a los humanos, ha sido su representación como seres peligrosos y monstruosos la que ha primado en la cultura popular.

En esta serie, los oni aparecen como los principales antagonistas, a quienes el protagonista Tanjiro se enfrenta en múltiples situaciones. Sin embargo, los oni también se muestran como compañeros o aliados de este, en su búsqueda por una cura para su hermana menor, quien fue convertida en un oni. Por otro lado, estos “demonios” toman diferentes características tanto tradicionales (como se ha mencionado anteriormente) así como prestaciones del mundo occidental (como sus oficios o vestimentas).

Quizás habrás notado lo peculiares que pueden ser estas máscaras, y no es que sean algo nuevo o algo propio de Kimetsu no Yaiba. Esta máscara es conocida como Hyottoko (火男). El nombre proviene de Hi (fuego) y Otoko (hombre), ya que este personaje aviva el fuego a través de un tubo de bambú, por ello esa peculiar mueca. Según las leyendas niponas este animal es uno de los más astutos y esto debido a su habilidad para cambiar de forma. Esta máscara, usada como protección para los malos espíritus, es conocida como kitsune (狐). Conocida como tengu (天狗), un tipo de dios sintoísta (kami) o yōkai (criatura sobrenatural). La forma original de los tengu era la de un ave de rapiña, y eran representados con características humanas y de aves. Ahora ya sabes que importancia tienen todos estos personajes en Kimetsu no Yaiba.

Los llamados “demonios” que aparecen a lo largo de Kimetsu no Yaiba no lo son. Los oni (鬼) son criaturas que se suelen confundir con demonios, sin embargo, son realmente un tipo de duende u ogro oriental. Algunas aldeas celebran ceremonias anuales para alejar al oni, particularmente al comienzo de la primavera.

El universo de Demon Slayer está repleto de una rica mitología y construcción de mundos. Ambientado en un Japón de fantasía del Período Edo, donde los humanos viven con miedo a los demonios que se alimentan de carne humana y aterrorizan a la población. La historia gira en torno a Tanjiro Kamado, quien emprende un viaje para convertirse en Demon Slayer y vengarse de los demonios que mataron a su familia y convirtieron a su hermana en un demonio. Entre las primeras y más destacadas referencias culturales que emplea Gotouge se encuentran los samuráis japoneses, que eran guerreros que seguían un estricto código de honor y eran reconocidos por su valentía y habilidades (retratados también de manera formidable por Akira Kurosawa en Los siete samuráis). Esto se conecta bien con la historia y la cultura japonesa combinada con elementos de fantasía que lo hacen identificable para los espectadores. Los demonios también están fuertemente influenciados por el folclore y la mitología y son vistos como seres malvados con diferentes niveles de poderes sobrenaturales, la mayoría de los cuales se basan en demonios y monstruos tradicionales como el Oni. Se trata de una especie de yōkai (demonio), conocido principalmente por su naturaleza feroz y malvada que se manifiesta en su propensión al asesinato y al canibalismo. A pesar de su mala reputación, los Oni poseen aspectos complejos que no pueden descartarse simplemente como malvados. Otra influencia mitológica de la serie Demon Slayer es la influencia de las creencias y prácticas sintoístas junto con la referencia a los Kami o espíritus que se dice que viven en el mundo real. Los Demon Slayers tienen la misión de proteger a la humanidad y tienen la tarea de purificar el mundo de estos espíritus malignos, que se considera el motivo principal de su existencia como protectores del mundo humano. El concepto de transformación demoníaca es otro aspecto interesante de la construcción del mundo y la mitología en Demon Slayer. Los demonios pueden convertir a los humanos en demonios a voluntad, y la forma en que esto sucede se ve como una experiencia traumática y que cambia la vida del humano que se está convirtiendo en un demonio. El "maná", o simplemente conocido como energía mágica vital, también juega un papel clave, ya que es lo que los cazadores de demonios usan para mejorar sus ataques y habilidades. Una vez que la poseen, los cazadores de demonios pueden luchar contra los monstruos sobrenaturales con posibilidades de ganar. El elemento del "maná" agrega un toque majestuoso a las escenas de lucha y también ayuda a los espectadores a comprender cómo funciona el universo de Demon Slayer.

Varios personajes relacionados con el oficio de cazadores de demonio portan mascaras tradicionales. Por ejemplo, Hotaro Haganezuka, fabricante de espadas, lleva una mascara Hyottoko, un personaje cómico que sopla una vara de bambú para escupir fuego y está comúnmente asociado al metal y el fuego (siendo considerado un dios en ciertas regiones del noreste japonés). En sus representaciones más tradicionales, Hyottoko utiliza alrededor de su cabeza un pañuelo blanco con puntos azules y cumple un papel cómico, estando estrechamente asociado a bailes tradicionales y al teatro noh, siempre con un papel cómico. Una de las mascaras más populares es la utilizada por Urokodaki, el maestro de Tanjiro. Los tengu son criaturas míticas que pueden bien ser consideradas yōkai o kami, y actualmente se refiere a ellos como espíritus guerreros de bosques y montañas. Suelen estar asociados con el manejo de la espada, los ninjas y a la práctica ascética del Shugendō (que conjuga creencias esotéricas del budismo y shintoismo) especialmente gracias a Minamoto no Yoshitsune, de quién se dice su maestro fue el rey de los tengu, Sōjōbō. Previo a Tanjiro, Urokodaki ha entrenado a 13 espadachines, y cada uno de ellos podría encajar en cualquiera de las 13 subcategorías de los kitsunes (más allá de si son buenos o malos), con una mascara propia. Así como los zorros del imaginario japonés pueden ser benevolentes o malvados, los niños en máscaras de kitsune representan esa dualidad durante el entrenamiento de Tanjiro, que es distinto a la idea tradicional del héroe, aunque no se separa del concepto de que un gran héroe debe tener un buen maestro.

Máscara Hyottoko

Detalles Culturales y Simbolismo en Demon Slayer

El primer concepto hace referencia a la incorporación de técnicas y/o conocimientos “modernos” o nuevos (en su tiempo) y lo segundo a la aplicación de elementos culturales propios del mundo occidental (Europa-Estados Unidos). Con este objetivo buscaron imponer la cultura y tecnología europea y norteamericana por sobre la asiática. Esta práctica imperialista era muy común durante el siglo XIX. La idea del nuevo Estado Imperial japonés sería igualar (o asemejar) la sociedad japonesa a su contraparte europea-estadounidense, tanto en términos políticos, como económicos, militares y culturales. Sin embargo, ““lo tradicional” permaneció y, en ocasiones, se impuso sobre los intentos del Estado por “erradicar las costumbres malignas del pasado” (Galdon, 1994, 354). Ya hacia la era Taisho (1912-1926), esta “dualidad” se podía apreciar claramente en el contraste entre el “campo” y la “ciudad” e incluso en el interior de este último. Casas de madera, banderolas y pancartas, teatros, cafés, tranvías, postes de telégrafo, kimonos y ternos, y demás elementos convivieron juntos en las grandes ciudades, y algunos de ellos se colaron en las ciudades más pequeñas del interior del país. Esta nueva modernidad chocó con el Japón “tradicional”, creando una cultura en donde ambas corrientes convivian y entrelazaban. Esto es algo que se puede observar en la serie, dado que los protagonistas viven en una zona rural de Japón donde el estilo de vida es aún de la forma “tradicional” japonesa.

El primer concepto hace referencia a la incorporación de técnicas y/o conocimientos “modernos” o nuevos (en su tiempo) y lo segundo a la aplicación de elementos culturales propios del mundo occidental (Europa-Estados Unidos). Con este objetivo buscaron imponer la cultura y tecnología europea y norteamericana por sobre la asiática. Esta práctica imperialista era muy común durante el siglo XIX. La idea del nuevo Estado Imperial japonés sería igualar (o asemejar) la sociedad japonesa a su contraparte europea-estadounidense, tanto en términos políticos, como económicos, militares y culturales. Sin embargo, ““lo tradicional” permaneció y, en ocasiones, se impuso sobre los intentos del Estado por “erradicar las costumbres malignas del pasado” (Galdon, 1994, 354). Ya hacia la era Taisho (1912-1926), esta “dualidad” se podía apreciar claramente en el contraste entre el “campo” y la “ciudad” e incluso en el interior de este último. Casas de madera, banderolas y pancartas, teatros, cafés, tranvías, postes de telégrafo, kimonos y ternos, y demás elementos convivieron juntos en las grandes ciudades, y algunos de ellos se colaron en las ciudades más pequeñas del interior del país. Esta nueva modernidad chocó con el Japón “tradicional”, creando una cultura en donde ambas corrientes convivian y entrelazaban. Esto es algo que se puede observar en la serie, dado que los protagonistas viven en una zona rural de Japón donde el estilo de vida es aún de la forma “tradicional” japonesa.

¿Te acuerdas de la primera vez que viste la espada de Tanjiro cortando el aire? Ese segundo exacto en el que Ufotable dijo “vale, ahora sí” y el shōnen volvió a rugir como en los días dorados de Dragon Ball y One Piece. ¿El truco? Una humanidad descarnada, casi incómoda, que te hace empatizar incluso con el monstruo al que hay que cortarle la cabeza. Pocos lo saben, pero Kimetsu no Yaiba nació al borde del olvido. Su creadora (o creador, porque durante años fue un misterio absoluto), Koyoharu Gotouge, estuvo a punto de dejarlo todo. En serio: antes de Demon Slayer, ya había intentado publicar otras historias, pero todas fueron rechazadas por se “demasiado oscuras” o “poco comerciales”. Hasta que llegó Kisatsu no Nagare, el germen de lo que más tarde se convertiría en Kimetsu. Pero hubo un editor que vio algo. Le dijo: “Necesitas un protagonista más cálido y amable para contrarrestar todo esto”. Así nació Tanjiro Kamado. Un chico con una cicatriz en la frente y una ternura tan grande que su mente es un mar en calma lleno de espíritus que te conducirás con amabilidad hasta su alma. Su historia fue la chispa que Gotouge necesitaba para seguir creando. Y es que lo de Kimetsu no Yaiba no fue un éxito normal, fue una resurrección. En pleno dominio de One Piece, con My Hero Academia marcando tendencia, nadie esperaba que una historia tan clásica (samuráis, demonios, espadas....) fuera la que reviviera el espíritu del shōnen de toda la vida. Pero lo hizo. El manga vendió millones, superando incluso las cifras de One Piece durante su lanzamiento. Y cuando la primera temporada del anime llegó, en 2019, la industria se detuvo a mirar. Hay estudios que hacen anime, luego está Ufotable, que hace arte. Los responsables de convertir Kimetsu no Yaiba en una obra de arte en movimiento se pasaron el juego como nunca nadie. Cuando la serie se estrenó en 2019, el público no sabía muy bien qué esperar: una historia clásica, demonios, katanas, estética Taishō… Nada nuevo, ¿no? Ufotable no solo animó Kimetsu, lo esculpió. Y aquí va una curiosidad: la forma en la que los elementos (agua, fuego, viento) se representan no es real dentro del mundo de los personajes. Es solo para nosotros. Una metáfora visual que Gotouge y el estudio diseñaron para que sintamos lo que ellos sienten. No hay llamas, pero Rengoku arde.

Los mangakas japoneses rara vez eligen un nombre al azar, y Gotouge jugó aquí con puro simbolismo. Tanjiro Kamado se escribe con los kanjis “Tan” (carbón), “Ji” (curar) y “Ro” (hijo). Su apellido, Kamado, significa literalmente “estufa de carbón”, una referencia directa a su pasado como vendedor de carbón y a la calidez que define su carácter. Sí, lo que oyes. Kyojuro Rengoku, el Pilar de la Llama, se enfrentó al temible Demonio Flauta cuando aún no era Hashira. Para neutralizar su Arte Demoníaco de la Sangre, se reventó los tímpanos con sus propias manos. El mentor de Tanjiro siempre lleva puesta una máscara de tengu. ¿Motivo? Su rostro es tan dulce y amable que hasta los demonios se reían de él. Cansado de ser el cazador más adorable del gremio, decidió ocultarse tras la máscara para imponer respeto. Parece un detalle menor, pero sin Aoi Kanzaki, Kanao Tsuyuri se llamaría Kamasu, que significa “barracuda”. Durante una elección de nombres, Aoi cambió el papel sin que Kanao lo notara, eligiendo por ella un nombre más dulce y elegante. El líder Kagaya Ubuyashiki estaba condenado desde su nacimiento por una maldición familiar que lo consumía poco a poco. Su vista se apagaba y su rostro se desfiguraba con los años. El maestro de Zenitsu fue un Hashira legendario. Era tan poderoso que se le conocía como el “Pilar del Trueno y del Rugido” por la fuerza de sus ataques. Perdió una pierna en combate y se retiró, dedicando el resto de su vida a entrenar discípulos. Gyomei Himejima, el Pilar de la Roca, es el más fuerte de todos los cazadores y el único que no usa una espada Nichirin. En su lugar, empuña un hacha y una bola con púas unidas por cadenas. ¿El motivo? Su ceguera. Este arma le permite “sentir” a su enemigo y atacar con precisión casi divina. Inosuke Hashibira aprendió a hablar gracias a un anciano que lo confundió con un animal y lo cuidó de niño. De hecho, el hijo del anciano pensaba que Inosuke era un jabalí… y no estaba tan equivocado. Yoriichi Tsugikuni, el espadachín más legendario del universo Kimetsu, no habló hasta los siete años. Creó la Respiración del Sol, la técnica original de la que derivan todas las demás. Su marca de cazador es idéntica a la de los usuarios de dicha respiración, aunque practicara otros estilos. En las páginas extra del manga, se revela que Tanjiro mantiene contacto con sus aliados a través de cartas. Escribe regularmente a Urokodaki, Senjuro (el hermano de Rengoku), Giyu, Tengen y a las chicas del Distrito de Entretenimiento. Gotouge, fan confesa de Gintama y JoJo’s Bizarre Adventure, siempre dijo que Kimetsu no Yaiba es una historia sobre “cómo el dolor puede volverse fuerza”. Kimetsu no Yaiba es, en el fondo, una oda a la resiliencia. Al hermano que no se rinde. A la hermana que aún en la oscuridad recuerda cómo amar. Hoy, junto a Dragon Ball y One Piece, Demon Slayer ya tiene su propio altar en la historia del anime. Ya solo quedan dos películas para ver el final.

En este contexto de cambios y adaptaciones de lo que conocemos como tradición y lo que es nuevo, tenemos a Nezuko, un demonio que desafía las convenciones debido a que no consume carne humana. La Nezuko que conocemos al comienzo es profundamente humana y cuida a su familia más que a si misma, y es una actitud que mantiene aun cuando es despojada de su humanidad: para ella, toda la humanidad es su familia. Si bien esta Nezuko no necesita comer, no habla, se sana casi instantáneamente, se recupera durmiendo y no necesita la protección de nadie, sus afectos no la ven como un individuo súper poderoso, sino como una chica que quiere volver a la normalidad. Tanto en Dororo como en Kimetsu no Yaiba el viaje va desde algo que en términos absolutos puede verse como superior a la humanidad (ausencia de dolor, invulnerabilidad, resistencia sobrehumana) hacia la humanidad arrebatada. El viaje del héroe es similar en ambos casos: empiezan con el conocimiento de que deben derrotar a los demonios, y con la evolución de la historia conocen la identidad del verdadero responsable de sus desgracias. Mientras que la caracterización de los demonios en Dororo da poco lugar a dudas y conflictos respecto a estos seres -que siempre han sido y seguirán siendo demonios- Kimetsu No Yaiba plantea preguntas ¿por qué alguien querría ser un demonio?

Japón experimentó un enorme desarrollo en las redes de comunicación durante las eras Meiji y Taishō. El Tren Infinito (無窮), una locomotora Clase 8620, en la película «Kimetsu no Yaiba: Mugen Ressha-hen». La primera línea ferroviaria se inauguró en 1872. La locomotora de la trama está inspirada por un modelo real, el Clase 8620, fabricado entre 1914 y 1929. Este es uno de los modelos más famosos y suele usarse para representar el desarrollo tecnológico durante la era Taishō. Como curiosidad, el título del arco proviene de los caracteres 無窮 (mugen, “infinito”) que la locomotora lleva escritos en su parte frontal. Además, cuando Tanjirō se queda maravillado al ver el tren por primera vez, Inosuke llega aún más lejos y lo confunde con una bestia, mientras que Zenitsu se burla de ellos por su ignorancia.

Tren Clase 8620

Demon Slayer está lleno de elementos culturales tradicionales que hacen referencia no solo al sistema de creencias (particularmente al shinto), sino a la época en la que se desarrolla el relato. El periodo Taishō es de los más cortos de la historia de Japón, pero sabemos que el trasfondo de la serie se extiende al periodo Edo, más propio de samurais que de la policía que ocupó su lugar luego de la restauración Meiji. Una de las señales de este Japón Imperial pero occidentalizado son los pendientes de cartas hanufada (¿sol naciente o flor?) que lleva Tanjiro y son herencia familiar -y de las que se sabe poco o nada-. Los juegos de cartas occidentales eran utilizados para realizar apuestas en Japón, y fueron continuamente prohibidos en el país. Nota de color: Cuando se fundó Nintendo, fabricaban cartas hanufada.

Datos culturales de Demon Slayer

Kimetsu no Yaiba es un anime que ha causado mucho revuelo entre los otakus de hueso colorado y los no tan otakus. La tan esperada segunda temporada del famosísimo Demon Slayer o Kimetsu no Yaiba para los fans más pro ya se estrenó.

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