La historia del cómic en España, a menudo recordada con el entrañable término "tebeo", es un fascinante tapiz tejido con hilos de creatividad, evolución social y influencias culturales. Si bien la definición exacta de "historieta" puede abrir debates sobre sus orígenes más remotos, es innegable que el medio ha recorrido un largo y rico camino en la península ibérica.
Los primeros atisbos de lo que hoy consideramos tebeo se remontan a épocas tan lejanas como el siglo XIII, con las Cantigas de Santa María, creadas entre 1260 y 1270 por el taller de Alfonso X el Sabio. Sin embargo, la identificación de la primera historieta española es objeto de discusión. Algunos señalan a la "Historia de las desgracias de un hombre afortunado" (1857) de Víctor Patricio de Landaluze, publicada en una revista cubana entonces territorio español, como un hito temprano.
Ya en la España peninsular, los ejemplos más antiguos datan de 1864, con creadores como Luis Mariani Jiménez y Salustiano Asenjo. En la década de 1870, Francisco Cubas, Tomás Padró y José Luis Pellicer también dejaron su huella. Pronto surgieron las primeras recopilaciones en formato álbum, como las de Francisco Ortego y Apeles Mestres con obras como "Granizada" (1880) y "Cuentos vivos" (1882).
El investigador Antonio Martín considera que la serie "El suero maravilloso" de Robledano, publicada en 1910 en la revista infantil "Infancia", fue la primera historieta española en incorporar globos de diálogo. Este período vio nacer una multitud de revistas infantiles, entre las que destacaron "Dominguín" (1915) y "Charlot" (1916). Sin embargo, fue TBO (1917) la que alcanzó una difusión masiva, llegando a 220.000 ejemplares en 1935, y que, de hecho, dio nombre al medio en España. Entre sus autores más notables se encuentran Ricard Opisso y Manuel Urda Marín.
La década de 1930 marcó el inicio de la popularización del tebeo en España, impulsada por cambios sociales y el auge editorial. La introducción de material clásico estadounidense en revistas como "Yumbo" (1934), "Aventurero" (1935) y "La revista de Tim Tyler" (1935) de Hispano-Americana de Ediciones, "Mickey" (1935) de Editorial Molino y "Cine Aventuras" (1936) de Editorial Marco, tuvo una influencia significativa. Esto propició la extensión de las aventuras autóctonas y el surgimiento de autores con un grafismo realista, como Francisco Darnís, Salvador Mestres, Riera Rojas y Jaime Tomás, que se sumaron a los de estilo caricaturesco, como José Cabrero Arnal o Arturo Moreno.

El conflicto bélico de la Guerra Civil española tuvo un impacto considerable en la historia del cómic, provocando el exilio de muchos artistas. Sergio Aragonés, originario de Castellón, emigró y se convirtió en una figura clave del mercado estadounidense. Quino, por su parte, dejó su Fuengirola natal para convertirse en uno de los máximos exponentes de la historieta en Argentina.
Tras la guerra, la Editorial Valenciana introdujo el formato de cuaderno de aventuras con series tan populares como "Roberto Alcázar y Pedrín" (1940) de Eduardo Vañó y "El Guerrero del Antifaz" (1944) de Manuel Gago. En 1945, "Silac, el Hombre-León" de Enrique Pertegás destacó por su factura gráfica. En 1947, nuevas revistas de Bruguera, como "Pulgarcito" y "El Campeón", incorporaron series de aventuras como "El Inspector Dan de la Patrulla Volante" de Eugenio Giner.
La década de 1950 fue testigo de grandes éxitos. "El Cachorro" (1951) de Iranzo, "Aventuras del F.B.I." (1951) de Luis Bermejo, "Diego Valor" (1954) de Jarber/Buylla/Bayo, "Red Dixon" (1954) de Joaquim Berenguer Artes/Martínez Osete, "Mendoza Colt" (1955) de González Casquel/Martín Salvador y, de forma sobresaliente, "El Capitán Trueno" (1956) de Mora/Ambrós, que alcanzó ventas de 350.000 tebeos semanales. El éxito de "El Capitán Trueno" contribuyó a desdramatizar las aventuras, dotándolas de un tono más festivo. Otros títulos destacados de la época incluyen "El capitán Pantera" (1954) de Carrillo, "El mundo futuro" (1955) de Boixcar y "Hazañas de la juventud audaz" (1959) de Matías Alonso.
Mientras tanto, las series humorísticas, a menudo autoconclusivas y en formato vertical, también florecían. Destacaron "Pepe Carter y Coco" (1942) de Ángel Puigmiquel y "Sherlock López y Watso de Leche" (1943) de Gabi. El sempiterno TBO (1941) de la Editorial Buigas, Estivill y Viña, que tradicionalmente evitaba personajes fijos, popularizó en esta época "La familia Ulises" de Benejam. Revistas como "Pulgarcito" (1947), "El DDT" (1951), "Tío Vivo" (1957) y "Din Dan" (1965) de Editorial Bruguera albergaron un amplio repertorio de personajes de autores como Peñarroya, Cifré, Jorge, Escobar, Conti, Vázquez, Martz Schmidt, Enrich, Ibáñez, Segura, Nené Estivill y Alfons Figueras.

A finales de los años 50, se produjo un auge del tebeo femenino, con revistas que presentaban historietas sentimentales más contemporáneas y que buscaban sinergias con el cine y la música del momento, como "Rosas Blancas" y "Sissi" (1958) y "Claro de Luna" (1959).
Con el tiempo, se crearon agencias especializadas en sindicar encargos para dibujantes españoles y distribuirlos en el extranjero. Autores como Juan Arranz o Tomás Marco Nadal también publicaron para el mercado internacional, gozando de una mejora sustancial en sus condiciones laborales y salarios significativamente superiores a los del mercado nacional.
A mediados de los años sesenta, la novela gráfica, con su formato vertical y mayor extensión, comenzó a dominar el mercado español, con títulos duraderos como "Novelas Gráficas de Hazañas Bélicas" (1961) y "Brigada Secreta" (1962) de Toray, y "Celia" de Bruguera. En el sector juvenil, series de Miguel Calatayud, Carlos Giménez, Esteban Maroto, Antonio Hernández Palacios o Ventura y Nieto aparecieron en "Delta 99" (1968), "Trinca" (1970). La difusión del cómic franco-belga, de superhéroes y Disney se amplió a través de "Gaceta Junior" (1968), "Strong" (1969), "Don Miki" (1976) y "Pif" (1978), junto a las publicaciones de Ediciones Junior y Editorial Vértice, donde las portadas de superhéroes de Rafael López Espí son especialmente recordadas.
Los lectores adultos se vieron atraídos por el género de terror con revistas como "Dossier Negro" (1968), "Drácula y Vampus" (1971), "Pánico" (1972), "Rufus" (1973), "Vampirella" (1974) y "SOS" (1975), así como por la prensa satírica ("Barrabás", 1972; "El Papus", 1973) y el cómic underground ("El Rrollo enmascarado", 1973; "Star", 1974).
Las grandes editoriales comenzaron a contratar a dibujantes que trabajaban para el mercado exterior y a lanzar colecciones compilantes, como la colección "Olé!" (1971). Entre los autores españoles que trabajaban para otros mercados en esta época, destacan Carlos Ezquerra, cocreador de Judge Dredd, y Julio Ribera, ganador del primer Fauve d’Or del Festival de Angoulême.
Viktor Lowenfeld: las etapas de la evolución del dibujo infantil y adolescente /aprender a dibujar
El momento de máximo esplendor del cómic para adultos, conocido como el "boom", se produjo tras la muerte de Franco. Editores como Roberto Rocca, Josep Maria Beà, Josep Toutain y otros impulsaron un aluvión de revistas mensuales o bimestrales, entre las que se encuentran "Totem", "Blue Jeans", "El Jueves" y "Trocha" (todas de 1977); "Bumerang" y "1984" (1978); "Creepy" y "El Víbora" (1979); "Comix internacional", "Delta" y "Bésame Mucho" (1980); "Cairo", "Cimoc", "Sargento Kirk", "Metal Hurlant" y "Rambla" (1981), y "Makoki" y "Vértigo" (1982).
Las revistas satíricas, ilustradas por autores como Ivà, Ja, José Luis Martín u OPS, se enfrentaron a represalias, como el atentado sufrido por la redacción de "El Papus" en 1977. Otras publicaciones exploraban la ciencia ficción y la fantasía, a menudo con un fuerte componente erótico, y se dedicaron a dar a conocer el cómic adulto extranjero y nacional. En este contexto, surgieron nuevos dibujantes como Mique Beltrán, Ceesepe, Guillem Cifré, Gallardo, Pere Joan, Mariscal, Max, Micharmut, Nazario, Roger, Scaramuix, Sento, Daniel Torres o Luis Royo.
Bruguera, una de las grandes editoriales, entró en crisis, lo que llevó a algunos de sus autores a unirse a la revista "Jauja" (1982). A pesar de ello, Bruguera logró superar a revistas como "Spirou Ardilla" (1979) y "Fuera Borda" (1984), adquirió TBO en 1983 y lanzó títulos como "Esther" (1981), "Superlópez" (1985) y "Más madera!" (1986).
La saturación del mercado se hizo evidente en 1983 con la corta vida de las revistas de Ediciones Metropol. A pesar de la proliferación del tebeo subvencionado a partir de 1984, con "Madriz" como exponente, la mayoría de las revistas de cómic adulto cerraron progresivamente, al igual que la Editorial Bruguera en 1986. Tras la desaparición de Bruguera, varias editoriales compitieron por su mercado, pero ninguna logró consolidarse, y títulos como "Don Miki" desaparecieron en 1989. El mismo destino sufrieron los tebeos para chicas y la mayoría de las revistas para adultos.
A pesar de la crisis, surgieron nuevas oportunidades, como el auge de los superhéroes y el manga de importación, así como la publicación de material franco-belga por parte de Norma Editorial. Se expandieron las librerías especializadas y las revistas de información sobre cómics. Editoriales independientes como Camaleón apostaron por nuevos talentos, sentando las bases para que otras, como Planeta DeAgostini con su línea Laberinto, siguieran el mismo camino.
Veteranos como Alfonso Azpiri, Jordi Bernet, Carlos Giménez, Francisco Ibáñez, Jan o Max continuaron dedicando sus esfuerzos a la historieta, mientras que el número de dibujantes que trabajaban para el extranjero se amplió, incluyendo nombres como Salvador Larroca, quien recibió un premio Eisner por su trabajo en Iron Man. En 1998, se crearon eventos importantes como Expocómic y Viñetas desde el Atlántico, y surgieron editoriales independientes más estables, centradas en la producción de álbumes y novelas gráficas.
Aunque algunas revistas como "El Víbora" desaparecieron, otras se sumaron a las ya establecidas, y surgieron nuevas publicaciones infantiles, aunque con éxito limitado. Las revistas de información en papel fueron gradualmente sustituidas por publicaciones electrónicas. El mercado estadounidense vio el auge de talentosos dibujantes españoles como Daniel Acuña, Gabriel Hernández Walta, Marcos Martín, David Aja, Bruno Redondo y Ramón F., muchos de ellos galardonados con premios Eisner.
En 2007, se creó en España el Premio Nacional del Cómic, un estímulo significativo para el sector que ha reconocido a autores como Max, Paco Roca, Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí, entre otros.
